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Izutsu (ST:39-47): O auto-conhecimento do homem

terça-feira 9 de agosto de 2022

    

En respuesta a esta pregunta, Ibn Arabi   afirma categóricamente que la Única manera correcta que tenemos de conocer lo Absoluto es conocernos a nosotros mismos. Y basa esta idea   en la célebre Tradición   que dice: «Quien se conoce a sí mismo   conoce a su Señor», sugiriendo, según Ibn Arabi, que deberíamos abandonar el fútil esfuerzo por conocer lo Absoluto per se, en su absoluta ausencia de manifestación  , que debemos volvernos hacia las profundidades de nosotros mismos y percibir lo Absoluto tal como se manifiesta en las formas particulares.

En la cosmovisión de Ibn Arabi, todo, no sólo nosotros, sino todas las cosas que nos rodean, son formas de la manifestación divina. Y como tales, objetivamente, no hay diferencia esencial entre ellas. Sin embargo, desde un punto de vista subjetivo, hay una diferencia notable. Contemplamos las cosas externas que nos rodean únicamente desde fuera. No podemos penetrar en su interior ni experimentar desde dentro la vida divina que palpita en su seno. Sólo somos capaces de penetrar en el interior de nosotros mismos mediante nuestra autoconsciencia y experimentar desde dentro la actividad divina de manifestación que allí se desarrolla. En ese sentido, «conocernos a nosotros mismos» puede ser el primer paso hacia nuestro «conocimiento del Señor». Sólo quien ha tomado consciencia de sí mismo como forma de la manifestación divina está en situación de ir más allá y ahondar en el secreto mismo de la vida divina que palpita en cada parte del universo  .

Sin embargo, no todo el autoconocimiento del hombre conduce al límite sumo del conocimiento de lo Absoluto. A este respecto, Ibn Arabi divide ese modo de conocer lo Absoluto en dos tipos. El primero es el «conocimiento de lo Absoluto (alcanzable) en la medida en que (eres) “tú” (ma’rifa bí-hi min hayt anta), y el segundo es «conocimiento de lo Absoluto (alcanzable) a través de “ti” en la medida en que (eres) “Él”, y no en la medida en que (eres) “tú”» (ma’rifa bi-hi min hayt huwa la min hayth anta).

El primero corresponde al razonamiento mediante el cual deduces a Dios desde «ti», es decir la criatura. Más concretamente, consiste en que uno tome consciencia de las características propias de la naturaleza creada de «tú» y, seguidamente, alcance el conocimiento de lo Absoluto por el razonamiento consistente en apartar todas las imperfecciones de la imagen de lo Absoluto y atribuirle todas las propiedades contrarias. Si uno ve en sí mismo, por ejemplo, la posibilidad ontológica, atribuye a lo Absoluto la necesidad ontológica, que es su contraria; si ve en sí mismo la «pobreza  » (fztiqâr), es decir la necesidad básica en que uno se encuentra respecto a cosas distintas de sí, atribuye a lo Absoluto lo contrario, a saber, la «riqueza  » (gínâ’) o la absoluta autosuficiencia; si ve en sí mismo el «cambio» incesante, atribuye a lo Absoluto la eterna constancia, etc. Según Ibn Arabi, este tipo de conocimiento es característico de los filósofos y teólogos y no representa sino un grado extremadamente bajo del conocimiento de Dios si bien no cabe duda de que se trata de una especie de «conocimiento del propio Señor mediante el conocimiento de uno mismo».

El segundo también es el conocimiento de «Él» por «ti». Pero, en este caso, lo esencial no está en «ti», sino en «Él». Consiste en conocer lo Absoluto, aunque bajo una forma particularizada, mediante el conocimiento del «yo» como forma de manifestación directa de lo Absoluto. Es el proceso cognitivo a través del cual uno llega a conocer a Dios tomando consciencia de sí mismo como manifestación divina en esa forma particular. Analicemos este proceso de acuerdo con la descripción que de él hace Ibn Arabi. Se distinguen tres fases básicas.


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