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Teofisica

segunda-feira 28 de março de 2022

      

La Teofísica
Sus características
Después de todo lo dicho acaso se comprenda un poco mejor lo que para decirlo con precisión necesitaría de sus propias categorías. A guisa de introducción provisional apuntemos tres caracteres de esta presunta Teofísica:

a) antropológica — La visión unitaria que deriva de una concepción de la realidad vista desde Dios y en Dios nos lleva en primer lugar a no excomulgar al hombre del mundo. Un extremo consiste en la concepción ingenua y acaso primitiva que considera al hombre como una cosa más entre las cosas, sin discriminación ni distinción; pero el otro extremo estriba en tomarmos tan en serio la razón humana o aun su espíritu que, enorgulleciéndonos de tal modo de este su "privilegio", olvidemos que el hombre es polvo de la tierra y "humus" de este planeta  , "cosa" con las cosas, contingente con los demás seres y e%n un destino común con ellos. Vistas las cosas teofísicamente no hay hombre por un lado y mundo por el otro sino un antropocosmos, primer elemento   de un cosmos más total aún (ya que ángeles y demonios pululan el universo  ) que a sua vez se culmina en un teocosmos, en el que Dios no deja de ser Dios ni el mundo obra de Dios. Pero volviendo ahora a nuestro antropocosmos: en él no sólo no se separa el alma   del cuerpo sino que tampoco la tierra y el hombre se enemistan y dividen. Existe una simbiosis positiva que llega tan lejos como para permitir la reconciliación entre el hombre y la máquina. Si bien es cierto que el ser   humano se ha maquinizado en estos últimos tiempos, no es menos verdad que la máquina se ha humanizado y se va incluso hominizando cada vez más. La última razón estriba en que, en el fondo, el hombre y la máquina por material y técnica que ésa sea, no son dos "cosas" completamente extrañas la una a la otra y heterogéneas. Esta unidad entre el hombre y el cosmos está repleta de consecuencias en todos los órdenes. La relación entre nuestro cuerpo y nuestra alma, por ejemplo, supera el dualismo   que ha corroído una buena parte de las raíces cristianas de la cultura occidental. La unidad del hombre se toma más en serio que en la época postcartesiana dualista, que oscilaba entre considerar al. hombre como si fuese sólo espíritu (concepción incompatible con el Cristianismo) o bien como si constase de alma y de cuerpo, como de dos cosas, dos sustancias (igualmente inaceptable teológicamente). De ahí la visión positiva de la ascesis y aun la concepción plenamente humana de la misma mística que no puede ser completamente acósmica e incorporal. Las mismas cosas adquieren también una nueva dimensión porque vuelve a descubrirse el parentesco óntico entre ellas y el hombre. Cristo   caminando sobre las aguas fue algo más que un taumaturgo y San Francisco predicando a los peces algo más que un poeta. Las piedras vivientes, el agua viva, el fuego supratemporal, el zarzal que arde sin consumirse, las piedras preciosas de la Jerusalém celestial, los ojos y las alas de los animales celestiales, el cordero sacrificado y no obstante vivo, etc., etc., son todo algo más que primitivismos o hebraísmos y simples metáforas que hay que desmitologizar (para luego paradójicamente "metafisizar").

La Teofísica no se limita, sin embargo, a una visión teológica clásica del mundo creado desde Dios, sino que pretende mucho más. Pretende ante todo ver al Dios de las cosas, o a Dios en las cosas, o verlas como Dios, dijimos. No pretende ver al Dios trascendente, al Otro por medio de la lupa de las cosas, sino que aspira a ver lo más recóndito de lo que las cosas mismas son, su núcleo más íntimo, su constitución ultrametafísica, esto es aspira ver a Dios mismo hecho, esto es creado, cosa. Para esto no recurre a la contemplación allende, sino a la observación rigurosamente científica, aquende la experiencia;