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Coomaraswamy Delfos
segunda-feira 28 de março de 2022
Los procedimientos esenciales de los ritos iniciatorios, por los cuales se efectúan la muerte de un hombre viejo y el renacimiento de un hombre nuevo, y las condiciones de acceso a penetralia, son similares por todo el mundo. Firmicus Maternus, De errore profanarum religionum (cap. XVIII), tratando de estos temas [1] nos recuerda que hay respuestas correctas a las preguntas correctas (habent enim propria signa propria responsa), y que la respuesta correcta (proprium responsum) la da el iniciando (homo moriturus) precisamente como la prueba de su derecho a ser admitido (ut possit admitti). Un ejemplo típico de un tal signum y de las respuestas errónea y correcta puede citarse en la Jaiminiya Upanishad Brahmana, III.14.1-5. Cuando el dece-dido alcanza la Porta do Sol - Puerta del Sol se hace la pregunta, «¿Quién eres tú?». Si responde por su nombre propio o por un apellido [2] es arrebatado por los factores del tiempo. Él debería responder, «Quien yo soy (es) la Luz que tú (eres) (ko’ham asmi suvas tvam). Como tal he venido a ti, la Luz celestial». Él (Prajapati, el Sol ) replica, «Quien tú eres, eso mismo soy yo; quien yo soy, eso mismo eres tú. Entra». De los numerosos paralelos que podrían citarse, quizás el más notable es el mito de Rumi del hombre que llamó a la puerta de su amigo y fue preguntado «¿Quién eres tú?». El respondió «yo». «Vete», dijo su amigo. Después de un ano de separación y de tribulación vino y llamó de nuevo, y a la misma pregunta respondió «Este tú está a la puerta», y recibió la réplica, «Puesto que tú eres yo, entra, oh mí mismo» [3].
No puede caber duda de que la entrada al templo de Apolo en Delfos era literalmente una Porta do Sol - Puerta del Sol, una vía adentro de la Casa - casa o Templo del Sol. La sobreinscripción, «Conócete a ti mismo» (gnothi seauton) requiere un conocimiento de la respuesta a la pregunta, «¿Quién eres tú?» [4] y puede decirse que, en el lenguaje velado de los misterios, hace esta misma pregunta. Este mandato, como dice Plutarco [5], es dirigido por el Dios a todos los que se acercan a Él; y toma la famosa «E» como su respuesta correcta. Ahora si, como también él sugiere, la «E» significa «EI», y si tomamos de sus diferentes interpretaciones los significados (1°) el Sol (Apolo) y (2°) «tú eres», y asumimos que estos dos significados están contenidos ambos en esta única sílaba enigmática, entonces tenemos el signum, «¿Quién eres tú (que estás a la puerta)?» y el responsum, «El Sol que tú eres (soy yo)». Es cierto que ninguna otra respuesta verdadera podría haber sido dada por alguien «cualificado para entrar en unión con el Sol» [6].
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Ver online : Coomaraswamy
[1] Para Firmicus Maternus, ver G. van der Leeuw, «The SYMBOLA in Firmicus Maternus», en Egyptian Religion, I (1933).
[2] «Los nombres son cadenas» (Aitareya Aranyaka II.1.6). Dios no tiene nombre personal ni apellido (Brhadaranyaka Upanishad III.8.8), ni deviene jamás alguien (Katha Upanishad II.18), y de ello se sigue que no puede haber retorno a Dios, ni deificado (para lo cual, en las palabras de Nicolás de Cusa, es indispensable una ablatio omnis alteritatis et diversitatis) para quien todavía es alguien. El iniciado es sin nombre, él mismo no es sino Agni (Rigveda - Kausitaki Brahmana VII.2.3), cf. Gálatas 2:20, vivo autem jam non ego, sed Christus in me. Dios es un Mar, «nostra pace: ella é quel mare, al qual tutto si move» (Paradiso III.85, 86); y al igual que los nombres de los Rio - ríos se pierden en el mar, así nuestros nombres y apariencias se pierden cuando Le alcanzamos (Anguttara Nikaya IV.198, Prasna Upanishad VI.5). «Also sich wandelt der tropfe in daz mer» (Maestro Eckhart, ed. Pfeiffer, p. 314), cf. Rumi, «a fin de que tu gota devenga el mar», y «Nadie tiene conocimiento de nadie que entra, de que él es "Fulano"» (Odas XII y XV en Divan), y Lao-tzu, «Tao-Te-King» XXXII, «Al Tao todo bajo el Céus - cielo vendrá como las Correntes - corrientes desembocan en un gran Rio - río o en el mar». («El que encuentra (a Dios) se pierde (en Él): como un torrente él es absorbido en el Océano» (Mathnawi VI.4052. Y así, según la inscripción citada por V. Magnien, Les Mystéres d’Éleusis (París, 1938), p. 334, «Pour mon nom, ne cherche pas qui je suis: le rite mystique l’emmena en s’en allant vers la mer empourprée».
Ver también Coomaraswamy, «Coomaraswamy Humildade - Akimcanna: La kenosis - anonadación de sí mismo», y «Svayamatrnna: Janua Coeli».
[3] Mathnawi I.3056-3065; cf. el Cântico dos Cânticos - Cantar de los Cantares I:8, «Si ignoras te, egredere».
[4] Que la inscripción hace en efecto esta pregunta es explícito en Jenofonte, Memorabilia IV.2.24, donde Sócrates pregunta a Eutidemo, «¿Acaso has prestado atención, e intentado considerar quién eras?» (ostis eies).
[5] Moralia 384D sig. («La "E" de Delfos»). Se asume igualmente en Platón (Charmides, 164D) que el mandato «Conócete a ti mismo» no es «un consejo» sino «la salutación (prosresis) del Dios a aquellos que entran» y que las palabras son habladas por el Dios a aquellos que entran en su templo, «de un modo diferente a como los hombres hablan» y «muy enigmáticamente» (ainigmatodesteron); es decir, «non in doctis humanae sapientiae verbis, sed doctrina Spiritus» (I Corintios 2:13).
Las palabras «Conócete a ti mismo» son «enigmáticas», al parecer, solamente a causa de que pueden tomarse como haciendo referencia a un conocimiento de una u otra de las dos almas o sí mismos del hombre, el corporal y mortal o el incorporal e inmortal, tan a menudo tratados por Platón y en la filosofía védica. En Jenofonte, Memorabilia IV.2.24 (cf. III.9.6), Sócrates habla del «conocimiento de sí mismo» como el conocimiento de los propios poderes y limitaciones de uno (cf. Filón, De specialibus legibus I.44 y Plutarco, Moralia 394C); pero esto es en conversación con un hombre engreído que piensa que ya sabe «quién» es, «Eutidemo» por nombre. Pero en Alcibíades I.130E sig., Sócrates dice que «el que ordena, "Conócete a ti mismo", nos pide que conozcamos el alma», y continua diciendo que el que conoce solo lo que es del cuerpo «conoce las cosas que son suyas pero no a sí mismo» (ta autou all ouk auton); cf. Brhadaranyaka Upanishad.I.5.15.
Como un paralelo a estas distinciones puede citarse el ridículo de Plutarco hacia aquellos que no pueden distinguir a Apolo del Sol (Moralia 393D, 400CD), pasajes que recuerdan a Leyes 898D, donde Platón dice que «ese cuerpo de Helios es visto por todos, su alma por nadie», y que recuerdan también a Atharva Veda X.8.14: «A Él (el Sol) todos los hombres le ven, (pero) no todos le conocen con la mente».
[6] Jaiminiya Upanishad Brahmana I.6.1.