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Berdiaeff Diginidade Cristianismo I

domingo 20 de março de 2022

      

I

Bocaeio nos cuenta la historia   de un israelita a quien un amigo suyo cristiano quería convertir al cristianismo. El israelita estaba a punto de abrazar la nueva religión, pero antes de comprometerse definitivamente, quería ir a Roma para darse cuenta de la conducta del Papa y de los cardenales, de la vida de los hombres que estaban a la cabeza de la Iglesia. El cristiano que procuraba convertirlo se asustó y pensó que todos sus esfuerzos habían sido inútiles, porque cuando su amigo viera todos los escándalos de Roma, con seguridad que no se decidiría a hacerse bautizar. El israelita llegó a Roma y descubrió la hipocresía, la depravación, la corrupción, la avaricia que reinaba en aquella época en la corte del Papa entre el clero romano. Volvió de Roma, y su amigo cristiano le preguntó inquieto la impresión que le había producido. La respuesta, de un fondo profundísimo, fué de lo más inesperado: si la fe cristiana había podido permanecer incólume con todos los escándalos y las abominaciones que había visto en Roma; y si a pesar de todo se había fortalecido, esa debía ser la verdadera fe. El israelita se hizo definitivamente cristiano.

Sea cual fuere la idea   de Boeaeio, este relato nos muestra la única manera de defender el cristianismo. El mayor reproche que se hace al cristianismo se refiere a sus mismos adeptos. Los cristianos son un escándalo a los hombres que quieren volver a la fe cristiana. Se ha abusado sobre todo en nuestra época de ese argumento  . En el curso de los siglos precedentes se juzgaba ante todo la fe cristiana por su verdad eterna, por su doctrina y sus mandamientos. Pero en la actualidad la gran preocupación es por el hombre y por lo humano. En nuestro siglo de poca fe, de incredulidad ampliamente extendida, se juzga al cristianismo por los cristianos. Sus malas acciones, las deformaciones que introducen en su fe, sus excesos, cautivan más que el mismo cristianismo, son más visibles que la gran verdad cristiana. El cristianismo es la religión del amor, pero se le juzga por la animosidad y el odio de los cristianos. El cristianismo es la religión de la libertad, pero se le juzga por las violencias que los cristianos han cometido en la historia. Los cristianos comprometen su fe y son un lazo para los débiles.

Se nos asegura bastante a menudo que los representantes de las otras religiones, los budistas, los mahometanos, los israelitas, son mejoras que los cristianos, cumplen mejor las leyes de su religión. Se nos señala también a no creyentes, ateos y materialistas que parecen ser superiores a ellos, más idealistas en la vida y con más espíritu de sacrificio. Pero toda la indignidad de muchos cristianos está justamente en que no cumplen las leyes de su religión, que ellos transforman y deforman. Por la elevación del cristianismo se juzga de la indignidad de los cristianos, de la incapacidad en que se muestran para elevarse a su altura. Pero, ¿cómo se puede imputar al cristianismo la indignidad de los cristianos si precisamente se les reprocha a éstos que están en desacuerdo con la dignidad de su fe? Estas acusaciones son evidentemente contradictorias. Si los adeptos de las otras religiones son a menudo más fieles a su fe que los cristianos, si ctimplen mejor sus preceptos, es justamente porque éstos están más a su alcance en razón ¡a la elevación excepcional del cristianismo. Es más fácil ser mahometano que ser cristiano. Realizar en la vida la religión del amor es lo más difícil que hay; pero no por eso la religión del amor es menos elevada o menos verdadera. Cristo   no es responsable de que su verdad no se cumpla o no se realice en la vida. Cristo no es responsable de que sus mandamientos sean pisoteados.

Los israelitas creyentes afirman de buena gana que sus leyes tienen el inmenso privilegio de poder ser puestas en práctica, que su religión se adapta más a la naturaleza humana, que corresponde mejor a los fines de la vida terrestre y exige menos renunciación. Ellos consideran el cristianismo como una religión de ensueño, inútil para la vida y por lo mismo, perjudicial. A menudo medimos el valor   moral de los hombres por su fe, por su ideal. Si el materialista, conforme a sus ideas, se muestra bueno, consagrado a su credo, capaz de hacer por él ciertos sacrificios, ya nos maravilla por su grandeza   de alma   y lo ponemos por ejemplo. Pero al cristiano le es infinitamente más difícil estar a la altura de su fe, de su ideal, porque debe amar   a sus enemigos, llevar animosamente su cruz, resistir heroicamente a las tentaciones del mundo, y eso no lo tienen que hacer ni el creyente israelita, ni el mahometano, ni el materialista. La religión cristiana es la más difícil, la más irrealizable, la más opuesta a la naturaleza humana; ella nos dirige en la vía de la mayor resistencia. La vida del cristiano es una crucifixión de sí mismo.