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REP I 347a-348b: A atitude dos melhores homens diante do exercício do poder

sexta-feira 25 de março de 2022

  •  ¿Cómo se entiende, oh, Sócrates? -dijo Glaucón-. Reconozco lo de las dos recompensas, pero lo de ese castigo de que hablas y del que has hecho también mención como un modo de recompensa no lo comprendo.

    ¿No lo das cuenta acaso -dije- del premio propio de los mejores, por el que gobiernan los hombres de provecho cuando se prestan a gobernar? ¿O ignoras que la ambición y la codicia son tenidas por vergonzosas y lo son en realidad?

    Lo sé -dijo.

    Por esto -repuse yo- los buenos no quieren gobernar ni por dinero ni por honores; ni, granjeando abiertamente una recompensa por causa de su cargo, quieren tener nombre de asalariados, ni el de ladrones tomándosela ellos subrepticiamente del gobierno mismo. Los honores no los mueven tampoco, porque no son ambiciosos. Precisan, pues, de necesidad y castigo si han de prestarse a gobernar, y ésta es tal vez la razón de ser tenido como indecoroso el procurarse gobierno sin ser forzado a ello. El castigo mayor es ser gobernado por otro más perverso cuando no quiera él gobernar: y es por temor a este castigo por lo que se me figura a mí que gobiernan, cuando gobiernan, los hombres de bien; y aun entonces van al gobierno no como quien va a algo ventajoso, ni pensando que lo van a pasar bien en él, sino como el que va a cosa necesaria y en la convicción de que no tienen otros hombres mejores ni iguales a ellos a quienes confiarlo. Porque si hubiera una ciudad formada toda ella por hombres de bien [1], habría probablemente lucha por no gobernar, como ahora la hay por gobernar [2], y entonces se haría claro que el verdadero gobernante no está en realidad para atender a su propio bien, sino al del gobernado; de modo que todo hombre inteligente elegiría antes recibir favor de otro que darse quehacer por hacerlo él a los demás. Yo de ningún modo concedo a Trasímaco eso de que lo justo es lo conveniente para el más fuerte. Pero este asunto lo volveremos a examinar en otra ocasión [3], pues me parece de mucho más bulto eso otro que dice ahora Trasímaco al afirmar que la vida del injusto es preferible a la del justo. Tú, pues, Glaucón -dije-, ¿por cuál de las dos cosas lo decides? ¿Cuál de los dos asertos lo parece más verdadero?

    Es más provechosa, creo yo, la vida del justo.

    ¿Oíste -pregunté yo- todos los bienes que Trasímaco relataba hace un momento del injusto?

    Los oí -contestó-, pero no he quedado persuadido.

    ¿Quieres, pues, que, si hallamos modo de hacerlo, le convenzamos de que no dice verdad?

    ¿Cómo no he de querer? -replicó.

    Bien está -dije yo-, pero si ahora, esforzándonos en refutarle, pusiéramos razón contra razón, enumerando las ventajas de ser justo, y él nos replicara en la misma forma y nosotros a él [4], habría necesidad de contar y medir los bienes que cada uno fuéramos predicando en cada parte y precisaríamos de unos jueces que decidieran el asunto; mas, si hacemos el examen, como hasta aquí, por medio de mutuas confesiones, seremos todos nosotros a un mismo tiempo jueces y oradores.

    Bien de cierto -dijo.

    ¿Cuál, pues, de los dos procedimientos lo agrada? -dije yo.

    El segundo -contestó.


  • [1Con esta frase se sugiere la representación del estado ideal, objeto principal del diálogo.

    [2Recuérdese aquella norma tradicionalmente aplicada a los gobiernos eclesiásticos: nolentibus datur.

    [3No parece que haya aquí ninguna especial referencia a un pasaje concreto de este tratado o de otros posteriores de Platón; se trata simplemente de dar de lado a una cuestión secundaria para volver a la principal.

    [4El procedimiento de oponer los pros y los contras de cada término fue favorito de los griegos y tuvo larga descendencia literaria. En realidad viene a aplicarse también aquí, en 358d y sigs.