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Livro V

sexta-feira 25 de março de 2022

En el quinto y último libro la argumentación es más densa y muchas generaciones posteriores no supieron aprovechar sus frutos aislados. Pero eso no significa que resultase ser menos influyente. Constituye la base de todos los enfoques posteriores del problema de la libertad.

La conclusión del libro anterior nos ha dejado ante una nueva dificultad. Si, como su doctrina de la Providencia indica, Dios ve todas las cosas que son, fueron y serán, uno mentis in ictu, en un solo pensamiento y, por tanto, conoce de antemano mis acciones, ¿cómo puedo ser libre de actuar en forma diferente a como Él las ha previsto? Philosophia no elude la pregunta de Boecio mediante el subterfugio que Milton se ve obligado a utilizar en Paradise Lost (III, 117), según el cual, aunque Dios conoce de antemano, Su conocimiento anticipado no es la causa de mis actos. Pues la pregunta no era en ningún momento la de si la presciencia divina requiere el acto, sino la de si éste había de ser necesario.

¿Puede, entonces, haber conocimiento anticipado de lo indeterminado? En cierto sentido, sí. El carácter del conocimiento no depende de la naturaleza del objeto conocido, sino de la facultad que conoce. Así, en nosotros mismos la sensación, la imaginación y la ratio, cada una a su manera, «conocen» al hombre. La sensación lo conoce como forma corporal; la imaginación, como forma sin materia; la ratio, como un concepto, un género. Ninguna de dichas facultades por sí misma hace la más mínima alusión a la forma de conocimiento que posee la que le es superior. Pero, por encima de la ratio o razón, hay una facultad superior, la intelligentia o entendimiento. (Mucho después, Coleridge dio la vuelta a esto al considerar superior a la razón e inferior al entendimiento. Dejo para una sección posterior el estudio más por extenso de la terminología medieval.) Y la razón no puede concebir que el futuro pueda conocerse excepto como tendría que conocerlo ella, en caso de que alguien pudiera; es decir, como determinado. Pero incluso nosotros podemos simplemente saltar al nivel intelectual y echar un vistazo al conocimiento que no supone determinismo.

La eternidad es algo completamente distinto de la perpetuidad, de la mera continuación inacabable en el tiempo. La perpetuidad es simplemente el alcance de una serie inacabable de momentos, cada uno de los cuales se pierde tan pronto como se lo alcanza. La eternidad es el goce efectivo e intemporal de la vida infinita. El tiempo, incluso el tiempo inaccesible, es sólo una imagen, casi una parodia, de esa plenitud; un intento desesperanzado de compensar la transitoriedad de sus «presentes» mediante su multiplicación infinita. Ésa es la razón por la que la Lucrecia del poema de Shakespeare   lo llama «tú, perenne lacayo de la eternidad» (Rape, 967). Y Dios es eterno, no perpetuo. Hablando estrictamente, nunca prevé, solamente ve. Nuestro «futuro» es sólo una zona, y una zona especial solamente para nosotros, de Su infinito ahora. Ve (no es que recuerde) nuestros actos de ayer porque ayer está todavía «ahí», delante de Él; ve (no es que prevea) nuestros actos de mañana, porque Él ya está en el mañana. Así como un espectador humano, por el hecho de ver mi acto presente, no quebranta en absoluto la libertad de dicho acto, así tampoco dejo de ser libre lo más mínimo para actuar como prefiera en el futuro por el hecho de que Dios me vea actuar en dicho futuro (Su presente).

He condensado tan despiadadamente una argumentación de tan extrema importancia, tanto histórica como intrínseca, que el lector prudente no dejará de acudir al original para consultarla. No puedo por menos de pensar que con ella Boecio expuso una concepción platónica de forma más brillante de lo que lo hizo Platón en ocasión alguna.

La obra acaba con esas palabras de Philosophia; no se vuelve a hablar de Boecio ni de su situación, como tampoco de Christopher Sly al final de La doma de la bravia. Considero que ello constituye un logro estilístico calculado y consumado. Tenemos la sensación de haber visto quemar un montón de materiales tan completamente, que no quedan ni cenizas, ni humo, ni llama siquiera, solamente una vibración de ardor invisible.

Gibbon ha expresado, con la belleza de estilo que le es propia, su desprecio por la impotencia de esa «filosofía» para dominar los sentimientos del corazón humano. Pero nadie ha dicho que iba a dominar los de Gibbon. Parece ser que hizo algo por Boecio. Lo que es históricamente cierto es que durante más de mil años ha alimentado muchas mentes nada despreciables.