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Antonio Orbe (ASI:39-40) – homem, centro da criação

sexta-feira 25 de março de 2022

      

La idea  , "el hombre — centro   de la creación", sensible   en la Escritura y aun en la filosofía pagana, sobre todo estoica, se generalizó entre los eclesiásticos.

San Justino, y singularmente Teófilo Antioqueno [1], la destacaron, haciendo del hombre terreno el motivo central de la creación sensible. No entraba en su pensamiento el mundo ideal (o kosmos noetos  ) ni el hombre intelectivo. La misma espontaneidad con que ideaban un Logos   dios, anterior   a la creación sensible con formas propias, llevóles a concebir siempre un anthropos   material, vinculado al mundo sensible. Para ellos, tanto vale situar al hombre por fin y corona de la creación como definirle en su naturaleza corpórea por centro único de la universal   creación.

Ireneo discurre igual. Sus fórmulas se repiten con relativa frecuencia:

El mismo Dios que despliega el cielo   como un libro y renueva la faz de la tierra hizo las cosas temporales a causa   del hombre a fin de que madurando entre ellas fructifique la inmortalidad  . Todas las tales cosas (¿temporales?) fueron hechas en favor del hombre destinado a la Salud: para madurar en orden a la inmortalidad lo que está dotado de propio arbitrio y potestad y disponerlo para Dios (haciéndole) más ajustado a la eterna sujeción. Y por eso la creación está consagrada al hombre, pues no se hizo el hombre por ella, sino la creación por el hombre.

A pesar de su mayor perfección natural   — superior a la humana (’sine carne   enim angeli sunt’) — y de su primigenia madurez, pues aparecieron adultos, los propios ángeles eran siervos de Adán  . Dios le constituyó al hombre dueño de la tierra y aun de los ángeles, sus servidores.

Aquí se descubre el excepcional puesto asignado por Dios a la imperfecta natura humana, centro de la creación sensible, dueño de la tierra y aun de los propios ángeles no terrenos: por su destino a la maturación en carne ‘ad immortalitatem’, o simplemente por la Salud.

Y tornamos a las preguntas de arriba. ¿Dónde está el privilegio del cuerpo humano, para que mientras lo demás, aun los ángeles, ha sido hecho mediante el imperio de la voz divina, sólo el humano plasma venga ‘mediante las manos de Dios’?

El misterio no está en el poder divino. Igual es la omnipotencia creadora para llamar al ser lo terreno que lo celeste. La índole terrena del hombre, en peores condiciones que la celeste del ángel, habría de situarle físicamente en un plano inferior  , entre los ángeles y los animales.

Apurando conceptos, la demiurgía y la plasis   se confunden y son comúnmente aplicables a la tierra y a los elementos   materiales en ella contenidos. Nada escapó en rigor   a las manos sabias y omnipotentes de Dios.

El privilegio del hombre descansa en la índole singularísima de la plasmación a que fue sometido su cuerpo. Ni por plasis, ni por configurada ‘per manus Dei  ’, tendría la creación de Adán el privilegio que le atribuye Ireneo.

Todo el misterio está en que sólo el hombre fue plasmado a imagen de Dios. El Creador ‘dibujó sobre la carne modelada su propia forma..., porque el hombre creado fue puesto sobre la tierra como imagen de Dios” (Epid. 11).

Los ángeles, mucho más nobles en esencia que el barro de Adán, no fueron así configurados. El Creador se complace en imprimir su propia imagen exclusivamente en la carne humana, dándole desde su primer origen   una prenda excepcional de la Salud a que la destina. Mientras a las demás creaturas, espirituales o materiales, las mantiene en su nivel físico, sin destinarlas a superarse.

Dos consecuencias fluyen, de suma importancia en los días de Ireneo, en torno a la formación del hombre:

a) El cuerpo de Adán no pudo ser configurado por los ángeles o arcángeles, o por creaturas algunas.

b) Hubo de serlo únicamente mediante el Verbo y el Espíritu Santo.


Ver online : Antonio Orbe


[1Ad Autol. I 6; II 10: «Nada fue coetáneo con Dios. Antes, siendo El mismo su propio lugar y no teniendo necesidad ninguna y existiendo ante todas cosas, quiso hacer al hombre, de quien fuera conocido. Para éste, pues, dispuso de antemano el mundo. El hecho (= la creatura) es también necesitado; mientras el increado de nada necesita». Otros lugares, en Spanneut, o.c., 382.