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Eagleton Barthes

terça-feira 22 de março de 2022

      

Terry Eagleton - Introdução à teoria   literária
Excerto   sobre Roland Barthes  
Para ver los límites del humanismo liberal de Iser, podríamos compararlo brevemente con otro teórico de la recepción, el crítico francés Roland Barthes. El enfoque del libro de Barthes El placer del texto (1973) es totalmente diferente del que adopta Iser, equivaldría, hablando estereotípicamente, a la diferencia que existe entre un hedonista francés y un racionalista alemán. Mientras que Iser se fija principalmente en la obra realista, Barthes presenta un cuadro muy contrastado de la lectura, y para ello toma un texto modernista, uno que esfume todo significado claro y lo lleve a un juego libre de palabras, el cual busca deshacer los sistemas de pensamiento represivos mediante un incesante deslizamiento del lenguaje. Un texto así exige no tanto “hermenéutica” como “erótica”. Como no existe manera de fijarlo en un sentido determinado, el lector se entrega al placer encerrado en el tentador y desesperante deslizarse de los signos, en las provocadoras miradas y significados que afloran a la superficie pero inmediatamente vuelven a sumergirse. Atrapado en esta danza exuberante del lenguaje, encantado con la textura de las palabras, el lector se ocupa menos de los placeres funcionales que representa la construcción de un sistema coherente, en el cual se entrelazan magistralmente los elementos   textuales que apuntalan un yo unitario, que en las emociones masoquistas que proporciona el yo hecho añicos y disperso en la enredada urdimbre de la obra. El leer es menos laboratorio que boudoir. Lejos de devolver al lector a sí mismo, en una recuperación definitiva de la propia identidad que el acto de leer ha puesto en tela de juicio, el texto modernista hace estallar la tranquila identidad cultural del lector, en una jouissance que para Barthes es a la vez felicidad   perfecta del lector y orgasmo sexual.

Como puede suponer el lector, la teoría de Barthes no está libre de problemas. Hay algo ligeramente molesto en ese egoísmo intemperante, en ese hedonismo vanguardista en un mundo donde otros carecen no sólo de libros sino también de comida. Si por una parte nos ofrece un despiadado modelo "normativo" que sofrena el potencial ilimitado del lenguaje, Barthes nos presenta una experiencia privada, asocial, esencialmente anárquica que quizá no sea sino la otra cara de la misma moneda. Ambos críticos revelan un liberal desagrado por el pensamiento sistemático. Ambos, cada quien a su manera, hacen caso omiso de la posición del lector en el marco histórico. Los lectores, por supuesto, no leen en el vacío todos ocupan una posición social e histórica, y la forma en que interpretan las obras literarias depende en gran parte de este hecho. Iser se da cuenta de la dimensión social de la lectura, pero por lo general prefiere concentrar la atención en su aspecto "estético".