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Fenomenologia da Vida

domingo 20 de março de 2022

      

Filosofia Moderna
Michel Henry  : Michel Henry Encarnação - ENCARNAÇÃO

Sólo retendremos aquí algunas notas de la fenomenología de la vida a la que remite la impressão   - fenomenología de la impresión: aquéllas en las que el impressão originária - aparecer   originario de la impresión se revela no siendo otra cosa que el de la vida. Consideremos la impresión más elemental. Considerémosla, no ya al modo de Husserl  , como una entidad que se escurre en el flujo según las modalidades de su ek-stasis   - triple estructuración ek-stática y que se muestra en ésta, sino en sí misma, en su originariedad, de tal modo que se experimente inmediatamente a sí misma antes de toda dehiscencia, antes de que difiera de sí en el deslizamiento fuera de sí del futuro, del pasado, pero también del presente   que la da en una donación intencional de sentido al conferirle ese consciência do agora - sentido de ser presente.

Dado que en la aprehensión ordinaria un dolor es considerado, en primera instancia, como un dolor «físico» asociado al cuerpo, practiquemos sobre él la reducción que no retiene del mismo más que su carácter doloroso, lo «doloroso como tal», el dolor puro sin referencia alguna a otra cosa. Precisamente, el dolor puro no se refiere a ninguna otra cosa que a sí mismo, se confía a sí mismo, inmerso en sí mismo, sumergido por sí mismo, aplastado por su propio peso. El dolor puro es un sufrimiento puro, es la inmanencia en sí de este sufrimiento — un sufrimiento sin horizonte  , sin esperanza, totalmente ocupado de sí porque ocupa todo lugar, de tal modo que para él no existe otro lugar más que el que ocupa —. Resulta para él imposible salir de sí, escapar   de sí mismo. Y de forma previa a él: dirigirse fuera como aquél que siendo objeto de tortura se arroja por la ventana para escapar de sus verdugos — para escapar a su tortura, a su sufrimiento —. Esta imposibilidad no depende de las circunstancias, de la disposición espacial, de los verdugos; depende con carácter de ultimidad de la estructura interna del sufrimiento.

Desde el momento en que el sufrimiento está ahí, está en efecto por entero ahí, como una suerte de absoluto. Para el que sufre, no hay nada que reduzca su sufrimiento. El sufrimiento no tiene ni puertas ni ventanas, espacio alguno fuera de sí o que brinde la fuga de sí. Y ello porque tampoco puede huir en modo alguno tras de sí, reservarse tras de sí una dimensión a modo de recoveco donde le sería posible retirarse, sustraerse a su ser propio y a aquello que tiene de opresivo. No hay escapatoria posible. Para el que sufre, en la medida en que sufre, no existe el tiempo. El sufrimiento jamás puede deslizarse fuera de sí en la separación benéfica que lo descargaría de sí mismo, en una irrealidad noemática que sólo sería la representación o el pensamiento de un sufrimiento.

El sufrimiento está arrinconado contra sí mismo. No está arrinconado contra sí mismo como podemos estarlo contra un muro del que cierto límite, nuestra piel, nos separa todavía mientras la presión del muro sobre ella hace de la misma una pared animada. En una representación tal de las cosas, la afección sufrida por el sufrimiento debe ser denominada, con todo rigor  , una hetero-afección, la afección por alguna cosa que, por próxima que esté, es todavía otra, de modo que subsiste la esperanza de que se distancie y cese la presión dolorosa. El sufrimiento no es afectado por otra cosa que por sí mismo, es una auto-afección en el sentido radical de que es él quien es afectado, pero es a su vez por sí por quien lo está. Es a la vez lo afectante y lo afectado, lo que hace sufrir y lo que sufre indistintamente. Es el sufrimiento el que sufre. No acontece en la superficie de una piel de la que carece. El sufrimiento no siente nada, si sentir consiste en abrirse a una alteridad. El sentir no siente otra cosa que a sí mismo. «Sentir su sufrimiento» es una expresión impropia. Implica una relación con el sufrimiento, una forma de «vivirlo» que podría cumplirse de diferentes modos  : prestándole una atención excesiva y, así, en una especie de hipersensibilización con respecto a él, en eso que Nietzsche   llama los «nervios sensibles», o también con indiferencia, con ese coraje altivo propuesto por el estoicismo   para asombro nuestro. En todos estos casos, como la condición de todas las actitudes hacia el sufrimiento cuyas descripciones abarrotan los tratados de moral, se requiere una exterioridad, aquella que supone el sentir como el médium a través del cual alcanza todo lo que alcanza, siente todo lo que siente. El médium de una exterioridad en la que, al igual que toda impresión, un sufrimiento privado de su sufrir ya no sufre, reducido a un correlato intencional inofensivo, a un objeto-de-pensamiento.