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A Alegria sem Objeto

Jean Klein (JSO:9) – conhecer o ser é conhecer-se como ser

IX Connaître le Soi est se connaître comme Soi

terça-feira 29 de março de 2022, por Cardoso de Castro

    

Não podemos falar de objeto sem sujeito  , nem de sujeito sem objeto. No momento de uma percepção, nenhum eu está presente  ; só então dizemos: «Eu vi, eu ouvi». Um sujeito e um objeto são duas noções separadas; só podemos ter um de cada vez, incluindo ação corporal e percepção sensorial.

    

tradutor (?)

El conocimiento verdadero es ser conocimiento, él solo es digno de tal denominación; no se sitúa en el proceso habitual del pensamiento que se desenvuelve en una relación sujeto-objeto  . No podemos pensar   lo desconocido ya que es impensable; como se lo he repetido tan a menudo, debe estar totalmente convencido de que utilizando lo conocido sólo podemos dar vueltas. Nunca se lo repetiré bastante.

Esta actitud, pues, no podría revelar lo desconocido que es nuestra naturaleza axial. Deje que esto se vuelva verdadero en usted, instantáneamente se producirá un silencio en el cual estará usted abierto a la verdad última.

Más adelante aparecerán los recuerdos y dirigirán sus pensamientos hacia ese «vivenciado una vez» que perderá sus límites, su substancia, y morirá en su fuente.

Cuando un objeto se conoce, su objetividad se funde en la posibilidad-universal  , paz  , lucidez; la luz está presente   antes de que se vea. El último conocimiento es el conocedor del conocimiento fraccionado, relativo. La aparición de las cosas se hace de un modo discontinuo, pero la conciencia es inmutable; déjese solicitar, el objeto se apagará en la pura conciencia en la cual usted se establecerá por fin.

¿Cómo puede liberarme de los artificios del pensamiento, de la repetición? En otros términos, ¿cómo puedo vivir creativamente?

La mente   no se puede cambiar a sí misma, el yo volitivo no es más que uno de sus aspectos, no podrá producir una mutación por una actitud de apreciación, de excusa, de explicación, de crítica, de conclusión. La mayoría de las veces la acción no es más que agitación motivada por el miedo, la angustia, el deseo.

Son aspectos de una mente calidoscópica apoyada en lo conocido, la memoria. Cuando conseguimos una visión total, cualquier proceso intencional, volitivo, nos abandona y deja sólo conciencia-silencio, toda-presencia silenciosa que nos libera de la estructuración fabricada por un yo. Es una vivencia que abre un mundo de energías en nosotros. Un mundo nuevo.

Medimos el tiempo por períodos fijos que consideramos como pasado, presente, futuro; pero el presente ya es pasado cuando pensamos en él, la felicidad   última es lo único que es realmente presente; el tiempo se puede concebir únicamente dentro de una sucesión de pensamientos. La conciencia-silencio siempre está ahí, haya   o no pensamiento, de no ser así, ¿cómo podríamos hablar de una ausencia de pensamiento?

La realidad se vuelve una vivencia cuando, enfrente de la lucidez sin elección, el error se revela como tal y se desvanece en lo verdadero; es instantáneo.

En esta lucidez sin dinamismo, sin orientación, lo falso aparece con su verdadero aspecto, la intuición de lo verdadero lo desenmascara y no queda ningún residuo. Entrevisto de repente, lo real se vuelve una certeza   clara, luminosa. La verdad es, y no necesita prueba, brilla con todo su esplendor y su presentimiento elimina lo que es erróneo.

Dos entidades no pueden existir en el mismo momento, simultáneamente. La causa   y el efecto no son más que un modo de pensar en la vida corriente. Cuando reflexionamos sobre una causa, el efecto no está; cuando vemos el efecto, la causa deja de existir; sin el efecto, ¿dónde está la causa? Del mismo modo que la distinción sujeto-objeto, la comparación simpatía/antipatía se apoya en la memoria y no es más que memoria. Esta memoria es un pensamiento en medio de muchos otros, no tiene substancia propiamente dicha. La idea   de un pasado o de un tiempo futuro siempre existe ahora. Conocemos el tiempo por una sucesión de conceptos basados en la memoria. Cuando vemos claramente lo que es la memoria, el tiempo nos abandona.

No se puede hablar de objeto sin sujeto, ni de sujeto sin objeto. En el momento de una percepción, ningún yo está presente; después es cuando decimos: he visto, he oído. Un sujeto y un objeto son dos nociones separadas; sólo podemos tener una al mismo tiempo, incluso la acción corporal y la percepción sensorial. Un objeto sin sujeto ya no es verdaderamente un objeto, lo mismo ocurre con la causa y el efecto. El pensamiento, la memoria, el tiempo, aparecen en la conciencia-silencio, no son más que una expresión de la eternidad presente. Cada percepción es un universo   nuevo del cual nuestro cuerpo, nuestro psiquismo, forman parte y lo creamos pensándolo.

A menudo se habla de sujetar, de calmar la mente con ayuda de la concentración, pero un poco de reflexión nos enseña que la distracción y lo que la domina son parte íntegra de la mente y es imposible oponerla a sí misma. Lo único que se consigue así es una mente bloqueada, encerrada en una contracción como un canario en su jaula. La vigilancia silenciosa domina lo uno y lo otro y, vistas así, la mente y sus agitaciones se mueren, se evaporan, no siendo más que funciones. Lo que queda es el silencio vivenciado.

Obtener el silencio domando la mente, a fin de cuentas, nos deja también en un conflicto. La calma   conseguida por este medio no es más que la percepción de un vacío, de una quietud momentánea que pudiera dar la ilusión de haber alcanzado lo último. Situarse en una imagen es el único obstáculo  . La enseñanza por la palabra y sobre todo por la presencia nos guía apuntando hacia la perspectiva no objetiva; ya no se recalca en el objeto, la percepción se desplaza y se disuelve en el último sujeto, una vivencia fuera de cualquier relación entre el observador y la cosa observada.

Nuestro yo es el que crea problemas ya que él es el nudo. El instructor nos lo hace comprender y creador y creación se desvanecen. El creador es sólo el producto de nuestra imaginación y lo único que queda es nuestra verdadera naturaleza, no ha cambiado nunca, por lo tanto no hay que construirla, tampoco hay que alcanzarla.

Los problemas del mundo, claro está, sólo son los nuestros; aparecen ola tras ola, creados por el «ego». La élite seleccionada para resolverlos se ocupa de cosas múltiples, busca arreglos. Ignora al creador del problema. En un acercamiento justo, cuando el problema se ha detectado, nos colocamos dentro de un punto de vista impersonal, la conciencia, más allá del yo. Desde este último puesto de observación, el ego se disuelve, lo mismo que su dilema, en la pura conciencia: presencia vigilante. El problema ya no existe y ya no existirá. De esta conciencia es de donde fluyen la acción justa, el discernimiento.

Someterse a los movimientos de su cuerpo, de su psiquismo, no significa identificarse con ellos, lo que provoca esclavitud y desgracia. Es un «dejar-hacer» en el cual usted está totalmente lúcido y presente; el yo se atenúa cada vez más hasta disolverse en la pura conciencia. El distanciarse es un primer paso hacia la libertad, la no-espera es lo que permite alcanzarla; la anticipación es una violación en un proceso que debe realizarse por sí mismo  . Lo que aparece en un relámpago de lucidez silenciosa no se puede instalar en un terreno todavía por limpiar.

El encuentro con la persona que le transmite la enseñanza exige un contacto distinto al que se tiene a menudo en la vida corriente, hecho de agresiones y de defensas, en búsqueda de algo. En este encuentro debe tener otra actitud, someterse totalmente a sí mismo, aceptarse perfectamente, de este modo sólo tendrá la libertad necesaria para liberarse de su yo; se encontrará apto   para recibir. Entonces nace un escuchar en profundidad, libre, al cual el que enseña le devuelve constantemente por su presencia, por sus palabras. Así es como se produce la apertura a la gracia y como usted se encuentra a sí mismo.

Original

La connaissance véritable est être connaissance, elle seule est digne de cette appellation ; elle n’a pas de place dans le processus   ordinaire de la pensée qui se déroule dans une relation sujet-objet. Nous ne pouvons penser l’inconnu puisqu’il ne se pense pas ; comme je vous l’ai si souvent répété, vous devez être bien convaincu qu’en se servant du connu, on ne peut que tourner en rond. Je ne vous le redirai jamais assez.

Cette attitude ne pourrait donc dévoiler l’inconnu qui est notre nature axiale. Laissez cela devenir vrai en vous, il en résultera instantanément un silence où vous êtes ouvert à l’ultime vérité.

Les rappels se feront par la suite et dirigeront votre pensée vers cet « une fois vécu » qui perdra ses limites, sa substance, et mourra dans sa source.

Quand un objet est connu, son objectivité se fond dans la toute-possibilité, paix, lucidité ; la lumière   est présente avant qu’il ne se voie. L’ultime connaissance est le connaisseur de celle qui est fractionnelle, relative. L’apparition des choses se produit d’une manière discontinue, mais la conscience est immuable ; laissez-vous solliciter, l’objet s’éteindra dans la pure conscience où vous vous établirez enfin.

Comment pourrais-je me libérer des artifices de ma pensée, de la répétition? En d’autres termes, comment pourrais-je vivre créativement ?

Le mental ne peut se changer lui-même, le moi volitif n’est qu’un de ses aspects, il ne pourra pas produire une mutation par une attitude d’appréciation, d’excuse, d’explication, de critique, de conclusion. L’action n’est le plus souvent qu’agitation motivée par la peur, l’anxiété, le désir.

Ce sont des aspects d’un mental kaléidoscopique étayé sur le connu, la mémoire. Par une vision totale, toute démarche intentionnelle, volitive, nous abandonne et ne laisse que conscience-silence, toute-présence silencieuse qui nous libère de la structuration fabriquée par un moi. C’est un vécu qui ouvre un monde d’énergies en nous, un monde nouveau.

Nous mesurons le temps par des périodes fixes que nous considérons comme passé, présent, futur ; mais le présent est déjà passé quand nous y pensons, l’ultime félicité seule est réellement présente ; le temps n’est concevable que dans une succession de pensées. La conscience-silence est toujours là, qu’il y ait pensée ou non, autrement, comment pourrions-nous parler d’une absence de pensée ?

La réalité devient un vécu lorsque, en face de la lucidité sans choix, l’erreur se révèle comme telle et s’évanouit dans le vrai, c’est instantané.

Dans cette lucidité dépourvue de dynamisme, d’orientation, le faux apparaît sous son véritable jour, c’est l’intuition   du vrai qui le démasque et cela ne laisse pas de résidu. Entrevu soudainement, le réel devient une certitude claire, lumineuse. La vérité est, et n’a pas besoin de preuve, elle brille de toute sa splendeur et son pressentiment élimine ce qui est erroné.

Deux entités ne peuvent exister au même moment, simultanément. La cause et l’effet ne sont qu’une manière de penser dans la vie courante. Quand nous réfléchissons à une cause, l’effet n’est pas, quand nous voyons l’effet, la cause cesse d’exister ; sans l’effet, où est la cause ? De même, comme la distinction sujet-objet, la comparaison sympathie/antipathie repose sur la mémoire et n’est que mémoire. Celle-ci est une pensée parmi d’autres, elle n’a pas de substance proprement dite. L’idée d’un passé ou d’un temps futur est toujours maintenant. Le temps nous est connu par une succession de concepts basés sur la mémoire. Lorsque celle-ci est nettement vue pour ce qu’elle est, le temps nous quitte.

On ne peut parler d’objet sans sujet, ni de sujet sans objet. Au moment d’une perception, aucun moi n’est présent ; c’est seulement par la suite que nous disons : « J’ai vu, j’ai entendu. » Un sujet et un objet sont deux notions séparées ; nous ne pouvons en avoir qu’une à la fois, y compris l’action corporelle et la perception sensorielle. Un objet sans sujet n’est plus à proprement parler un objet, de même pour la cause et l’effet. La pensée, la mémoire, le temps apparaissent dans la conscience-silence, ils ne sont qu’une expression de la présente éternité. Chaque perception est un univers nouveau dont font partie notre corps, notre psychisme et nous le créons en le pensant.

Il est souvent question de juguler, de calmer le mental à l’aide de la concentration, mais un peu de réflexion nous apprend que la distraction et ce qui la maîtrise font intégralement partie du mental et il est impossible de l’opposer à lui-même. Tout ce qu’on réalise ainsi est un mental bloqué, enfermé dans une contraction comme un serin dans une cage. La vigilance silencieuse coiffe l’un et l’autre et, vus de cette façon, le mental et ses agitations se meurent, s’évaporent, n’étant que des fonctions. Ce qui reste est silence vécu.

Obtenir le silence en domptant le mental nous laisse en fin de compte encore dans un conflit. L’apaisement acquis par ce biais n’est que la perception d’un vide, d’une quiétude momentanée qui pourrait donner l’illusion d’avoir atteint l’ultime. Se situer dans une image est l’unique obstacle. L’enseignement par le verbe et surtout par la présence nous guide en pointant vers la perspective non objective ; l’accent n’étant plus mis sur l’objet, la perception se déplace et se résorbe dans l’ultime sujet, un vécu en dehors de toute relation entre l’observateur et la chose observée.

C’est notre moi qui crée des problèmes puisque c’est lui-même qui en est le nœud. L’instructeur nous le fait comprendre, et créateur et création s’évanouissent. Le créateur n’étant que le produit de notre imagination, seule notre vraie nature reste, n’ayant jamais changé, elle n’est ni à construire, ni à atteindre.

Les problèmes du monde, bien sûr, ne sont que les nôtres ; ils apparaissent vague par vague, créés par l’ego. L’élite sélectionnée pour les résoudre se penche sur de multiples cas, cherche des ajustements. Elle ignore le créateur du problème. Dans une approche juste, lorsqu’il est détecté, nous nous plaçons à un point de vue impersonnel, la conscience, au-delà du moi. De cet ultime poste d’observation, l’ego se résorbe, de même que son dilemme, dans la pure conscience : vigilante présence. Le problème n’est plus et ne sera plus. C’est de cette conscience que l’action juste, le discernement, découlent.

Se soumettre aux mouvements de son corps, de son psychisme ne veut pas dire s’identifier avec eux, d’où résultent servitude et misère. C’est un « laisser se faire » dans lequel vous êtes pleinement lucide et présent ; le moi s’atténue de plus en plus jusqu’à sa dissolution dans la pure conscience. La distanciation est un premier pas vers la liberté, la non-attente permettant d’y parvenir ; l’anticipation est une violation dans une démarche qui doit s’accomplir d’elle-même. Ce qui apparaît dans un éclair de lucidité silencieuse ne peut s’installer dans un terrain encombré.

La rencontre de la personne qui vous transmet l’enseignement demande un abord différent de celui que vous avez souvent dans la vie courante, fait d’agressions et de défenses, à la poursuite de quelque chose. Dans cette rencontre, vous devez avoir une autre attitude, être totalement soumis à vous-même, vous acceptant parfaitement ; de cette façon seulement vous aurez la liberté nécessaire pour vous dégager de votre moi, vous serez apte à recevoir. Naît alors une écoute en profondeur, libre, où l’enseignant vous renvoie constamment par sa présence, ses paroles. C’est ainsi que se fait l’ouverture à la grâce et que vous vous trouvez vous-même.


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