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Puech Gnostico

terça-feira 29 de março de 2022

      

Excertos do Prefácio de seu livro "Em Demanda da Gnose"

La imagen global y total que de esa manera le (el gnóstico) es posible llegar a hacerse de su destino acaba siendo para él de las más instructivas. No se trata sólo de que el período de desgracia y abatimiento por el que atraviesa deja de ser, intercalado entre otros dos, otra cosa que un simple paréntesis, sino de que se siente tan irresponsable de la caída que le ha producido como de las desgracias e impurezas que trae consigo: se estima   «inocente»; se engríe de una «inocencia» a la vez nativa y radical que tiende a asimilar con frecuencia a la del niño o a la de Adán   antes de la Caída y que aspira a volver a encontrar en su pureza   integral. Este es el origen   de la concepción que el gnóstico tiene de la «regeneración», como retorno al lugar y al estado   paradisíacos en que, libre y despojado de su «túnica de piel» y de la obsesión del pecado  , y dueño de sí mismo en la desnudez de su ser original, se hallaba antes de su nacimiento y de su generación carnal. De aquí procede también su ideal de perfección fundado sobre la apathesia, entendida a la vez como «impasibilidad» y como «impecabilidad». Por otro lado, al mismo tiempo que la gnosis   le certifica que se halla destinado a regresar al punto de donde procede, al lugar donde subsisten la «raíz» y la parte esencial de su verdadero ser, le proporciona también los medios para el regreso, para volver a ser lo que era, o sea, él mismo; en una palabra: para salvarse. Al confirmarle que «no es de aquí», que ha venido de otra parte distinta de «este mundo», la gnosis no hace sino incitarle ante todo a liberarse de él, sino reforzar y justificar su anhelo de liberación, impulsándole a «apresurarse» a su abandono, a dejarlo atrás para ir más allá: le rebela que, puesto que por naturaleza, en virtud de la «nobleza» y de la eugeneia de su origen, es extraño y superior al mundo y a su devenir, posee la capacidad, el poder de alcanzar por sí mismo su destino. Gracias a ella descubre la «salida» por donde escapar   de la prisión que le retiene cautivo, así como las contraseñas que habrán de permitirle, una vez liberado de su cuerpo, abrirse paso a través de los «Arconte  s» que son sus guardianes. «Salvarse», es, en efecto, ante todo huir, fugarse, evadirse, «salir del mundo» o, si se utiliza una expresión igualmente técnica, «renunciar a él», emprender una travesía, efectuar un «éxodo» que conducirá fuera de él. Pero, mientras tanto, el gnóstico habrá de concentrar en sí mismo todas sus fuerzas, tendrá que «reunir  » sus «miembros», todas las «parcelas» de su alma   disipadas, ahogadas en la masa confusa del cuerpo que le oprime, tendrá que desembarazarlas del estado de dispersión, de torpor, de olvido, de inconsciencia, en que se hallaban sumidas, a fin de devolverles su vigor y conducirlas a la unidad de una conciencia plenamente lúcida y afirmada en sí misma: «recolección» (sillexis), que quiere decir convergencia de sí sobre sí, restablecimiento de conciencia de sí, concentración que equivale a «rearticulación» (sinarthrosis) del organismo espiritual. Una vez despertado de esta forma a sí mismo, el gnóstico no se vuelve simplemente «vigilante» y capaz de advertir con toda claridad el camino que ha de llevarle a la salvación. El «Conocimiento» — que es, en primer lugar, conocimiento de sí — no se limita a ilustrarle sobre la ruta que seguir, a guiarle en su empresa, a persuadirle de que puede salvarse: junto con él mismo le otorga la salvación; le salva por sí mismo, por el mismo hecho de manifestársele y de que el gnóstico lo posee. Al hacer que éste se descubra a sí mismo tal como es y ser percibido en su totalidad a través y por encima de las fases sucesivas de su destino aparente, el Conocimiento le revela una situación intemporal en la que aquél se encuentra, por así decir, ya y para siempre salvado; en la que, incluso, han dejado de ser problema la «caída» y la «redención», la «generación» y la «degeneración». Lo que el Conocimiento realiza ante todo es instalarse en esa situación y fijarle en ella cada vez más. Conocerse equivale, en efecto, a volverse a encontrar en la entera verdad de su ser personal, a poseerse ante todo como un objeto distinto y distante de sí, a identificarse inmediatamente en él y con él: hay un «encuentro», y luego una unión de sí consigo. Adquirir conciencia y conocimiento de sí es de este modo, tanto reconocerse como volver a adquirir posesión de sí, como ser devuelto a sí mismo: la «metamorfosis» que la gnosis efectúa, del yo aparente y contingente en el yo real y permanente, del «hombre exterior» en el «hombre interior», quiere decir «conversión» (epistrophé, metánoia), retorno de sí sobre sí y a sí. La obtención de la salvación se reduce por ello a una operación puramente interior, pero de alcance ontológico, y «salvarse» consiste ya no tan sólo en sustraerse al mundo, sino en «regresar a sí», en volver a ser sí mismo, en «realizarse» en sí mismo; dicho con más precisión, en encontarse «realizado», bajo forma «cumplida», en la integridad del propio y plenário ser. «Cumplimiento», «acabamiento» (teleiosis  ) aguardado, en una perspectiva temporal, como consecuencia y conclusión de una progresión, de un «progreso», pero que aquí se produce, llevado a cabo del todo, en la actualidad: el gnóstico se sabe por sí mismo, por naturaleza o esencia, «perfecto» (teleios). Es comparable, con todo derecho, a una masa de oro o a una perla   cuya pureza no pueden manchar y cuya sustancia no son capaces de alterar   el lodo o el estiércol en que se los ha arrojado. La «renovación» (ananeosis), la «restauración», el «restablecimiento» (apokatastasis  ), se refieren siempre a algo que permanece. Al mismo tiempo, la «resurrección» (anastasis), la anapausis, la «Paz  », la «Quietud» escatológica, son considerados, de hecho, como habiendo acontecido ya desde ahora: resucitado espiritualmente por el hecho mismo de haber despertado a sí mismo, habiendo pasado del estado de «muerto» al de «viviente», el gnóstico «reposa» en sí mismo, en su propia «plenitud», en la de su propio pleroma  . Habiendo recobrado su autonomía, está en situación de disponer libremente de sí mismo y de obrar   a su guisa. Amoralismo de principio, por lo demás, ya que entre los gnósticos, y a veces incluso en el seno de una misma escuela, puede encontrarse ascetas y «libertinos», los unos que señalan su desprecio y, tal vez, su temor con respecto a las «cosas del mundo» mediante su abstención, y los otros que usan y abusan de ellas en nombre de su absoluta libertad, del «poder» (exousia  ) ilimitado que les confiere su «soberanía» nativa. En definitiva, «salvarse» equivale a encontrarse ya en la condición de un ser salvado desde toda la eternidad. Planteado en el plano del devenir, el problema soteriológico se disuelve al resolverse en función de una ontologia.

Si la «gnosis» resulta ser así por sí misma y ella sola instrumento de salvación, si es capaz de salvar por el hecho mismo de su presencia y de su ejercicio, no deja de revelar por ello otro medio de salvarse. Por ejemplo, prácticas concretas, ritos, especies de «sacramentos». Pero ritos como éstos, aparte de verse rechazados en bloque por algunos gnósticos, más radicales y en apariencia más lógicos que los otros, debido a que hacen intervenir en los actos que comportan y en los elementos   que emplean intermediarios que provienen del mundo sensible  , no juegan, cuando se los utiliza, más que un papel de auxiliares o de complementos: en concreto, al juntarse con la iniciación, no sirven más que para acompañar y confirmar la recepción de la «gnosis», de los dones y de los poderes del Espíritu, significada, en primer lugar, por una iluminación interior. Bien es verdad que aquí o allí se manifiesta, y más tardíamente según parece, una tendencia a atribuir al ritual y a los «sacramentos» una eficacia y un puesto más considerables, y que junto a una «Gnosis especulativa» coexiste una Gnosis más decididamente «teúrgica». En principio, sin embargo, lo esencial sigue siendo la obtención del Conocimiento recibido a resultas de una revelación personal o por mediación de un Maestro, por lo que la salvación ha de aguardarse de la acción que el Conocimiento ejerce, de las transformaciones que opera en cada uno de los iniciados; la «redención», la apolitrosis, es, ante todo, asunto individual, gracia absolutamente interior, realidad exclusivamente espiritual: no necesita en modo alguno de la intervención de un rito, del recurso a prácticas exteriores, aunque se trate de las «obras», de las «buenas obras», del ayuno, la penitencia e incluso la plegaria.

Por tanto, no se trata en todo esto de una búsqueda desinteresada y serena del Conocimiento, dirigido a la Ciencia o a la Verdad por su propio valor. La cuestión que el gnóstico se plantea desde el principio: «¿Quién soy?» «¿Qué somos?», es pragmática y, para él, vital. Al mismo tiempo que traiciona un cierto desarraigo, provocado por el malestar que experimenta frente a sí mismo y frente al «mundo» por el mismo hecho de su existencia, la pregunta está ya orientada hacia una finalidad: ¿cuál es la razón de la existencia  , de mi propia existencia? El gnóstico no aspira a situarse objetivamente en el seno del mundo y con relación a él, sino en oposición y, en definitiva, fuera de él. El conocimiento que se ha propuesto alcanzar de sí mismo encierra en sentido contrario al que le atribuyen por lo común los antiguos intérpretes de la máxima délfica: tiene por fin y por resultado, no determinar y discernir exactamente el puesto que ocupa en este mundo, reconocer sus propios límites, subordinar su suerte y sus deberes a un orden universal  , sino, a la inversa, conducirle al descubrimiento y a la afirmación de sí como extraño y superior al mundo, hacer que se niegue a comprometerse en él y con él, impulsarle a superarlo, a sobrepasarlo, a fin de que establezca por encima y más allá de él su soberana independencia. No se preocupa del sentido de su existencia actual sino para tratar de liberarse de ella o transformarla.

A vueltas con las dificultades de una situación juzgada como insoportable, lo que le importa al gnóstico es desprenderse de ella, «salir de ella», «zafarse». De ahí, impuesta por una necesidad, nacida de una reivindicación que combina dentro de sí inquietud, temor, anhelo, decepción o irritación, impaciencia, resentimiento, negación, odio o rebeldía, la exigencia, apasionada a su vez, de una solución, de una resolución que traerá consigo, al mismo tiempo que la clave del problema, la liberación; la exigencia de una «salvación» comprendida desde este punto de vista como un salvamento. La deriva del gnóstico reviste así un aspecto patético: la búsqueda emprendida es una «aventura», asimilada aquí o allí a una «navegación» más o menos sacudida o amenazada por el oleaje; a quien se embarca en ella se le representa «penando» en la persecución de su empresa, «trastornado», «espantado» o «confundido» antes de alcanzar su término; la imagen que se forma de su existencia temporal, de su propia «historia  », así como del desenvolvimiento de ese Devenir universal y total en cuyo seno la sitúa para explicarse a sí mismo, adquiere un carácter dramático.

Tanto da advertir que el gnóstico tiende a ponerlo todo en relación consigo mismo y su salvación personal, como calificar su actitud de «egoísta», si así se prefiere, o de «egocéntrica»: en cualquier caso, de «individualista». Individualismo que no se manifiesta sólo en la afirmación decidida, a rajatabla, de un «yo» soberano y autónomo en la que desemboca, sino, igualmente, en la multiplicación, en la profusión cuasi anárquica de sistemas y de escuelas de los que esa afirmación ha sido el principio. Habiendo llegado a ser, o habiendo vuelto a llegar a ser él mismo, habiéndose «concentrado», «recogido», recobrado en sí, cada gnóstico se ha hallado a sí mismo y se posee en la unidad y la plenitud de su ser singular y distinto: es y se proclama «perfecto», o, si prefiere servirse del término equivalente que utiliza el Evangelho de Tomé - Evangelio según Tomás, se tiene y se presenta como un monachos  , como un individuo no sólo exento de las servidumbres «mundanas», sociales o carnales, «solo», «aislado», «solitario», sino, más aún, «unificado» interiormente, reducido a sí y a la unidad, de alguna manera «único». Por otra parte, y si se echa mano de la expresión de los adversarios que ven en la «variación» la regla que preside la pululación de sectas y doctrinas, la prueba de su inconsistencia, y en lo arbitrario de un pensamiento o de una imaginación entregada a sí misma el principio mismo de la «herejía», habrá que repetir aquello de, «tantos gnósticos, otras tantas opiniones». Lo que es una exageración, sin duda alguna. Sin embargo, es un hecho que cada uno de los iniciados — o, cuando menos, de los «Grandes Iniciados» — se ve impulsado a elaborar por su cuenta su propio sistema de gnosis, o, en el interior de una misma «Escuela», a interpretar a su manera, a modificar y a reformular de forma diferente la doctrina inicial. No existe la «ortodoxia», como no existe una «Iglesia» gnóstica. Agrupados, Maestro y discípulos, «Perfectos» y «Fieles», forman conventículos, «comunidades carismáticas» sin estructura ni otros lazos que los espirituales, disperasas por un lado y por otro y susceptibles de disolución al capricho de las inspiraciones. Sólo el maniqueísmo, y precisamente porque, por voluntad de su fundador, se había constituido como Iglesia (en el sentido riguroso y verdadero del término), y se hallaba dotado de un cuadro y de instituciones eclesiásticas, dio a la «gnosis» que constituye el fondo de su mensaje y de sus prácticas el carácter de un dogma   canónicamente establecido, intangible, inalterable y autoritario.

Como individualista, la actitud gnóstica resulta ser también, o por ello precisamente, aristocrática. El «Perfecto» es, por ello mismo, un «noble», un «hijo   de Rey», un «Escogido» que forma parte de una «élite» como resultado de una «elección», de una «selección» llevada a cabo por el Espíritu. Poseedor del «Conocimiento», vuelto a ser, en principio, puro noús, pura «inteligencia», pertenece a esa clase distinta de hombres que constituyen los «Pneumáticos», los «Espirituales», se siente y se sabe incomparable y superior a los que integran las otras dos: los «Psíquicos», que poseen un alma, una psique, pero que se hallan desprovistos del «espíritu», del pneuma  , y, con mucha mayor razón, los «Hylicos», los «Khoikes», los «Carnales», que no son sino materia, cuerpo, cieno. Sus revelaciones no pueden, en consecuencia, divulgarse a la «masa», a la «multitud», ni ser comprendidas de todos, por lo que el beneficio de su enseñanza queda reservado al «pequeño número  », a una élite de oyentes o de lectores: es, de por sí, «esotérico». Actitud, en fin, «revolucionaria», y ello en varios sentidos. Por más que se despliegue sobre un fondo de aspiraciones y de teorías comunes al final de la Antigüedad y marcadas por el papel preponderante que en ellas representaban ciertas preocupaciones subjetivas, la búsqueda de su «yo» y de su salvación sostenida por el gnóstico le aisla dentro de sí por su carácter exclusivo y radical. Más aún, es una búsqueda que acaba por transformar por completo o por arruinar la visión del mundo entonces admitida unánimemente, que subvierte sus perspectivas, que invierte el sentido de las relaciones establecidas por ésta entre el hombre y el universo  . El gnóstico la emprende, y en definitiva se opone, al cosmos tal como le conciben la física y la metafísica helénicas; precisamente es su orden, son sus leyes y su constitución regular y jerárquica, tenidos por otros tantos constreñimientos y obstáculos, lo que él niega, discute o escarnece a fin de superarlos y dejarlos atrás. El mundo sensible, terrestre o celeste, queda así «degradado», condenado, relegado al rango de las cosas malas, mediocres o despreciables y su envilecimiento arrastra consigo el de cuanto tiene relación con él: los cuerpos, los astros, el tiempo, los Arcontes planetarios, o incluso — lo que es más grave — el mismo Demiurgo  , el Dios responsable de su formación o de su creación así como de su gobierno. Más que de una crítica o de una discusión, se trata aquí indudablemente de una rebeldía, y de una rebeldía obstinada, violenta, de vasto alcance y de graves consecuencias: contra la condición humana, la existencia, el mundo y Dios mismo. Puede conducir perfectamente, como se constata en una y otra ocasión, lo mismo a la imaginación de un acontecimiento   final que habrá de ser eversio, revolutio, vuelta y subversión de la situación actual, sustitución recíproca de la izquierda y la derecha, de lo exterior y lo interior, de lo inferior   y lo superior; que a un nihilismo: al nihilismo de los «gnósticos libertinos» que, exentos de toda ley natural   o mortal  , usan y abusan de sus cuerpos y del mundo para profanarlos, «agotarlos», negarlos y aniquilarlos; al nihilismo de un Basilides para quien todo ser, toda cosa, el universo entendido en la totalidad de su devenir, se hallan destinados a encontrar en la noche   de la «Gran Ignorancia», en la quietud del «no ser», su cumplimiento definitivo.