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Abdil

segunda-feira 28 de março de 2022

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De modo pues, querido nieto, que esta última conversación con aquel amigo terrestre le produjo una impresión tan fuerte que en los días que siguieron no pudo dejar de pensar   y pensar en lo que yo le había dicho.

En resumidas cuentas, el resultado final de aquello fue que este sacerdote llamado Abdil comenzó finalmente a conocer y percibir el verdadero significado de la costumbre de ofrendar sacrificios a los dioses.

Varios días después de nuestra conversación, se celebró una de las dos grandes festividades religiosas de todo el país de Tikliamish, llamada «Zadik». Pero en el templo   en que mi amigo Abdil oficiaba como sacerdote principal, en lugar de decir el sermón habitual después de la ceremonia del templo, comenzó a hablar inesperadamente acerca de los sacrificios.

Yo acerté a hallarme presente por casualidad en aquel gran templo y pude así escuchar las palabras que les dirigió a los fieles.

Aunque el tema de su disertación era insólito en semejante ocasión y en semejante lugar, no le sorprendió a nadie debido a lo bien que habló y a la vehemencia y hermosura sin precedente de sus palabras.

Habló tan bien y tan sinceramente en verdad, y tantos fueron los ejemplos ilustrativos y convincentes contenidos en su magnífica alocución, que gran parte de la concurrencia no tardó en comenzar a llorar amargamente.

Tan fuerte fue la impresión que sus palabras produjeron en el auditorio, que pese a que la disertación se prolongó hasta el día siguiente en lugar de la media hora habitual, cuando hubo terminado, todos permanecieron largo tiempo como fascinados, negándose a marcharse.

A partir de ese momento comenzaron a divulgarse entre los que no habían asistido personalmente ciertos fragmentos de lo que él había predicado.

Es interesante notar que era costumbre por entonces que los sacerdotes   vivieran nada más que de las ofrendas que buenamente querían concederles sus feligreses; y también nuestro sacerdote Abdil había practicado este hábito   de recibir de sus feligreses toda clase de alimentos para su sustento ordinario.

Entre los presentes que los feligreses solían llevarle había cadáveres asados y hervidos de entes de las más diversas formas exteriores tales como «pollos», «corderos», «gansos», etc. Pero después de esta famosa disertación nadie le volvió a llevar ninguno de estos presentes, sino tan sólo frutas, flores, trabajos manuales, etc.

Al día siguiente de su discurso, mi amigo ente terrestre se convirtió inmediatamente, para todos los ciudadanos de Koorkalai, en lo que se llama un «sacerdote de moda», y no sólo se hallaba el templo en que realizaba sus oficios atestado de gente, sino que pronto se le pidió que hablara en otros templos.

Habló así en una gran cantidad de oportunidades acerca de los sacrificios realizados en honor de los dioses y antes de que pasara mucho tiempo el número   de sus admiradores había crecido considerablemente, de modo que pronto fue popular, no sólo entre los entes de la ciudad de Koorkalai, sino en todo el territorio de Tikliamish.

No sé qué hubiera pasado si todo el clero, esto es, todos los demás hombres pertenecientes a la misma profesión que mi amigo, no se hubiera alarmado a causa de su popularidad y no hubiera levantado una enconada resistencia hacia lo que él predicaba.

Claro está que lo que sus colegas temían era que si desaparecía la costumbre de ofrendar sacrificios a los dioses, también desaparecerían sus excelentes ingresos, con lo cual habría de reducirse considerablemente su autoridad, hasta desvanecerse por completo.

Día a día aumentó el número de enemigos del sacerdote Abdil, difundiéndose por todas partes viles calumnias acerca del mismo, tendentes a destruir su popularidad y su afianzamiento entre la población.

Los demás sacerdotes comenzaron por dirigir sermones a los fieles congregados en sus templos, tratando de demostrar exactamente lo contrario de lo que predicaba Abdil. Finalmente, el clero llegó al punto de sobornar a diversos entes dotados de propiedades de «Hasnamuss» para que planeasen y cometiesen toda clase de atentados contra el pobre   Abdil y, en realidad, fueron varias las ocasiones en que estas nulidades terrestres dotadas de las mencionadas propiedades trataron de destruir su existencia echándole veneno a las diversas ofrendas comestibles que sus feligreses le llevaban.

Pese a todo ello, el número de admiradores sinceros del valeroso sacerdote aumentaba diariamente.

Por fin, la corporación entera de sacerdotes no pudo soportarlo más.

Y en un triste día para mi amigo, se llevó a cabo un juicio general ecuménico que duró cuatro días.

La sentencia de este Concilio Ecuménico General no sólo expulsó definitivamente a Abdil del sacerdocio, sino que dejó las puertas abiertas para la organización de una verdadera persecución contra el sacerdote en desgracia.