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Ortodoxia Contemplação

segunda-feira 28 de março de 2022

    

Excertos de «INTRODUCCIÓN A LA ESPIRITUALIDAD ORTODOXA. Editorial Lumen, Buenos Aires, 1989.»

Oración — Contemplación

La oración es un instrumento necesario para la salvación. Casiano, que se hizo eco de los Philokalia  -Deserto   - Padres del Desierto, distingue tres grados ascendentes en la oración cristiana súplica (por sí mismos), intercesión (por los otros), acción de gracias o alabanza. Estos tres grados de la oración reproducen un itinerario completo de la vida espiritual. Poco importa si la oración es vocal o mental  ; lo esencial es que sea amorosa.

Por el contrario, la contemplación no es necesaria para la salvación, pero, en general, la oración asidua y fervorosa llega a ser contemplativa. La contemplación no es sinónimo de especulaciones intelectuales muy elevadas, ni de una interiorización extraordinaria que no pertenece sino aciertas almas excepcionales y elegidas. Siguiendo a los clásicos de la vida espiritual, la contemplación comienza por la oración de simplicidad u oración de simple mirada. La oración de simplicidad consiste en ponerse en presencia de Dios y permanecer un momento ante Él, guardando un silencio interior tan perfecto como sea posible, concentrándose sobre el objeto divino. Es un esfuerzo para unificar la multiplicidad de pensamientos y de sentimientos, de estar en calma   sin palabras ni discursos interiores. La oración de simplicidad está en la frontera de la contemplación y es su grado elemental; no es difícil. El que tenga, aunque sea un poco, el hábito   de orar, está seguro de haber hecho la experiencia de esta forma de contemplación que sólo será por unos instantes. Ella es portadora de frutos maravillosos, como el rocío en el jardín del alma  , y refuerza nuestros intentos de orden moral para evitar el pecado   y cumplir la voluntad de Dios.

Los actos contemplativos son buenos, pero mejor todavía es vivir en estado   de contemplación. Sin embargo, no nos imaginemos que vida contemplativa quiere decir vivir sin hacer otra cosa que contemplar. Si así fuera, esta vida no sería posible sino en el desierto o en el claustro, pero ella está abierta a todos. La vida contemplativa es, simplemente, una vida orientada hacia la contemplación. Una vida ordenada alrededor de actos frecuentes de contemplación que son como su apoyo. Si cada día concedéis a la oración de simplicidad unos minutos, si aprendéis a hacer abstracción de las personas y de las cosas de modo que no os dejéis atrapar por ellas, si en vuestros pensamientos y en vuestras lecturas guardáis siempre el recuerdo de Dios, la atención a su presencia, estáis seguros en el camino de la vida contemplativa, aun si estáis todavía en el mundo.

La contemplación es adquirida, si los actos de contemplación son el resultado de un esfuerzo personal; y es infusa si estos actos son producidos por la gracia divina sin esfuerzo humano o casi sin él. La contemplación adquirida proviene de la vida ascética, y la contemplación infusa, de la vida mística. Ésta es el punto culminante de la vida contemplativa.

Hay una correspondencia entre la clasificación de la contemplación en grados en Occidente y su clasificación en Oriente. Santa Teresa de Ávila   ha establecido la clasificación de la primera y distingue cuatro aspectos:

1. la oración de concentración, en calma y en silencio, del alma en Dios, que no excluye alguna distracción;

2. la unión total en la que ya no hay distracciones. Está acompañada de un sentimiento de ligazón de las potencias del alma;

3. la unión extática en la que el alma sale de sí misma;

4. la unión transformante o matrimonio espiritual.

En los Padres griegos encontramos, si no una clasificación tan precisa, al menos ciertas distinciones análogas.

La oración de la simple mirada, la oración de quietud y la unión total, son grados de la hesychia misma que, bajo una u otra forma, son la introducción a la contemplación oriental. Más allá de la hesychia, viene la unión extática en la que se encuentran los ejemplos del Nuevo Testamento y que está muy bien descrita por los Philokalia-Deserto - Padres del Desierto y el Pseudo-Dionisio (en su teoría del éxtasis y del movimiento circular que conduce el alma a Dios). La unión transformante o matrimonio espiritual, está descrita por los que conciben la vida espiritual como una deificación y también por los que insisten sobre la relación nupcial entre el alma y su Señor. Una imperceptible transición, un encadenamiento de matices enlaza estos estados unos con otros. Por eso, para los ortodoxos, el Nombre de Jesús no sólo es el punto de partida sino el apoyo y el fin de los estados místicos que van de la hesychia al éxtasis.

Lo que se ha dicho de la vida mística, puede decirse también de la vida contemplativa, que no es un privilegio reservado solamente a algunas almas excepcionales. Aunque es cieno que el monaquismo ofrece condiciones especialmente favorables para su ejercicio, la contemplación está hecha para todos. El matrimonio, la vida familiar y profesional no excluye, de ninguna manera, ni la oración ni las gracias místicas. Al contrario, el contemplativo   o el místico  , resultan una verdadera bendición para los que los rodean aunque a veces los hagan sufrir. Dejando de lado los estados místicos más elevados, como el éxtasis o el matrimonio espiritual, recordemos que los estados hesicastas iniciales (la oración de simplicidad y los grados místicos que la siguen, principalmente la oración de quietud y la oración de unión no extática) constituyen el fin normal de toda vida, aunque el alma haya   sido poco cuidadosa en su oración y desatenta para guardar y respetar los preceptos del Señor. A menudo, la contemplación resulta la mejor manera de serle fiel, pues ella hará crecer nuestro amor, y es el amor el que nos ayudará a observar   los mandamientos, y no lo contrario.

Debemos insistir en el hecho de que ni la contemplación ni el misticismo deben identificarse con la perfección. La perfección es caridad, es amor. Una vida contemplativa que lleva el ejercicio de la caridad al grado supremo, culmen caritatis, será igualmente el supremo grado de perfección, culmen perfectionis. Será un fin en sí misma y merecerá la ofrenda de toda una vida.