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O BANQUETE

Platão (Banquete:174a-178a) — Prólogo

Introdução

sexta-feira 17 de dezembro de 2021, por Cardoso de Castro

      

Martínez

APOL. —Pues bien, fueron más o menos los siguientes… Pero, mejor, intentaré contároslos desde el principio, como Aristodemo los [174a] contó.

»Me dijo, en efecto, Aristodemo que se había tropezado con Sócrates  , lavado y con las sandalias puestas, lo cual éste hacía pocas veces, y que al preguntarle adónde iba tan elegante le respondió:

—A la comida en casa   de Agatón. Pues ayer logré esquivarlo en la celebración de su victoria, horrorizado por la aglomeración. Pero convine en que hoy haría acto de presencia y ésa es la razón por la que me he arreglado así, para ir elegante junto a un hombre elegante. Pero btú, dijo, ¿querrías ir al banquete   sin ser invitado?

»Y yo, dijo Aristodemo, le contesté:

—Como tú ordenes.

—Entonces sígueme —dijo Sócrates—, para aniquilar el proverbio cambiándolo en el sentido de que, después de todo, también «los buenos van espontáneamente a las comidas de los buenos».[8] Homero  , ciertamente, parece no sólo haber aniquilado este proverbio, sino también haberse burlado de él, ya que al hacer a Agamenón un hombre extraordinariamente valiente en los asuntos de la guerra   y a Menelao cun «blando guerrero»,[9] cuando Agamenón estaba celebrando un sacrificio y ofreciendo un banquete, hizo venir a Menelao al festín sin ser invitado, él que era peor, al banquete del mejor.

»Al oír esto, me dijo Aristodemo que respondió:

—Pues tal vez yo, que soy un mediocre, correré el riesgo también, no como tú dices, Sócrates, sino como dice Homero, de ir sin ser invitado a la comida de un hombre sabio. Mira, pues, si me llevas, qué vas a decir en tu defensa, puesto que yo, ten por cierto, no voy a reconocer dhaber ido sin invitación, sino invitado por ti.

—«Juntos los dos —dijo— marchando por el camino»[10] deliberaremos lo que vamos a decir. Vayamos, pues.

»Tal fue, más o menos —contó Aristodemo—, el diálogo   que sostuvieron cuando se pusieron en marcha. Entonces Sócrates, concentrando de alguna manera el pensamiento en sí mismo,[11] se quedó rezagado durante el camino y como aquél le esperara, le mandó seguir adelante. Cuando estuvo en la casa de Agatón, se encontró la puerta abierta y dijo que allí le sucedió algo gracioso  .[12] Del interior   de la casa salió a su eencuentro de inmediato uno   de los esclavos que lo llevó a donde estaban reclinados los demás, sorprendiéndoles cuando estaban ya a punto de comer. Y apenas lo vio Agatón, le dijo:

—Aristodemo, llegas a tiempo para comer con nosotros. Pero si has venido por alguna otra razón, déjalo para otro momento, pues también ayer te anduve buscando para invitarte y no me fue posible verte. Pero ¿cómo no nos traes a Sócrates?

»Y yo —dijo Aristodemo— me vuelvo y veo que Sócrates no me sigue por ninguna parte. Entonces le dije que yo realmente había venido con Sócrates, invitado por él a comer allí.

—Pues haces bien, dijo Agatón. Pero ¿dónde está Sócrates?

—Hasta hace un momento venía detrás de mí y también yo me pregunto dónde puede estar. [175a]

—Esclavo —ordenó Agatón— busca y trae aquí a Sócrates. Y tú, Aristodemo —dijo— reclínate junto a Erixímaco.[13]

»Y cuando el esclavo le estaba lavando —continuó Aristodemo— para que se acomodara, llegó otro esclavo anunciando:

—El Sócrates que decís se ha alejado y se ha quedado plantado en el portal de los vecinos. Aunque le estoy llamando, no quiere entrar.

—Es un poco extraño lo que dices —dijo Agatón—. Llámalo y no lo dejes escapar  .

»Entonces intervino Aristodemo —según contó—, diciendo:b

—De ninguna manera. Dejadle quieto, pues ésta es una de sus costumbres. A veces se aparta y se queda plantado dondequiera que se encuentre. Vendrá en seguida, supongo. No le molestéis y dejadle tranquilo.

—Pues así debe hacerse, si te parece —me dijo Aristodemo que respondió Agatón—. Pero a nosotros, a los demás, servidnos la comida, esclavos. Poned libremente sobre la mesa lo que queráis, puesto que nadie os estará vigilando, lo cual jamás hasta hoy he hecho. Así, pues, imaginad ahora que yo y los demás, aquí presentes, hemos sido invitados a comer por vosotros y tratadnos con cuidado   a fin de que cpodamos elogiaros.[14]

»Después de esto —dijo Aristodemo—, se pusieron a comer, pero Sócrates no entraba. Agatón ordenó en repetidas ocasiones ir a buscarlo, pero Aristodemo no lo consentía. Finalmente, llegó Sócrates sin que, en contra de su costumbre, hubiera transcurrido mucho tiempo, sino, más o menos, cuando estaban en mitad de la comida. Entonces Agatón, que estaba reclinado solo en el último extremo, según me contó Aristodemo, dijo:

—Aquí, Sócrates, échate junto a mí, para que también yo en contacto dcontigo goce de esa sabia idea   que se te presentó en el portal. Pues es evidente   que la encontraste y la tienes, ya que, de otro modo, no te hubieras retirado antes.

»Sócrates se sentó y dijo:

—Estaría bien, Agatón, que la sabiduría fuera una cosa de tal naturaleza que, al ponernos en contacto unos con otros, fluyera de lo más lleno a lo más vacío de nosotros, como fluye el agua en las copas, a través de un hilo de lana, de la más llena a la más vacía.[15] Pues si la sabiduría se comporta también así, valoro muy alto el estar reclinado junto a ti, porque pienso que me llenaría de tu mucha y hermosa sabiduría. La mía, seguramente, es mediocre, o incluso ilusoria como eun sueño, mientras que la tuya es brillante y capaz de mucho crecimiento, dado que desde tu juventud ha resplandecido con tanto fulgor y se ha puesto de manifiesto anteayer en presencia de más de treinta mil griegos como testigos.[16]

—Eres un exagerado, Sócrates, contestó Agatón. Mas este litigio sobre la sabiduría lo resolveremos tú y yo un poco más tarde, y Dioniso  [17] será nuestro juez. Ahora, en cambio, presta atención primero a la comida.

»A continuación —siguió contándome Aristodemo—, después [176a] que Sócrates se hubo reclinado y comieron él y los demás, hicieron libaciones y, tras haber cantado a la divinidad y haber hecho las otras cosas de costumbre, se dedicaron a la bebida.[18] Entonces, Pausanias —dijo Aristodemo— empezó a hablar en los siguientes términos:

—Bien, señores, ¿de qué manera beberemos con mayor comodidad?[19] En lo que a mí se refiere, os puedo decir que me encuentro francamente muy mal por la bebida de ayer y necesito un respiro. Y pienso que del mismo modo la mayoría de vosotros, ya que ayer estuvisteis también presentes. Mirad, pues, de qué manera podríamos beber lo más cómodo posible.

—Ésa es —dijo entonces Aristófanes— una buena idea, Pausanias, bla de asegurarnos por todos los medios un cierto placer para nuestra bebida, ya que también yo soy de los que ayer estuvieron hecho una sopa.

»Al oírles —me dijo Aristodemo—, Erixímaco, el hijo   de Acúmeno, intervino diciendo:

—En verdad, decís bien, pero todavía necesito oír de uno de vosotros en qué grado de fortaleza se encuentra Agatón para beber.

—En ninguno —respondió éste—; tampoco yo me siento fuerte.

—Sería un regalo de Hermes  ,[20] según parece, para nosotros —continuó cErixímaco—, no sólo para mí y para Aristodemo, sino también para Fedro   y para éstos, el que vosotros, los más fuertes en beber, renunciéis ahora, pues, en verdad, nosotros siempre somos flojos. Hago, en cambio, una excepción de Sócrates, ya que es capaz de ambas cosas,[21] de modo que le dará lo mismo cualquiera de las dos que hagamos. En consecuencia, dado que me parece que ninguno de los presentes está resuelto a beber mucho vino, tal vez yo resultara menos desagradable si os dijera la verdad sobre qué cosa es el embriagarse. dEn mi opinión, creo, en efecto, que está perfectamente comprobado por la medicina   que la embriaguez es una cosa nociva para los hombres. Así que, ni yo mismo quisiera de buen grado beber demasiado, ni se lo aconsejaría a otro, sobre todo cuando uno tiene todavía resaca del día anterior  .

—En realidad —me contó Aristodemo que dijo interrumpiéndole Fedro, natural de Mirrinunte—, yo, por mi parte, te suelo obedecer, especialmente en las cosas que dices sobre medicina; pero ahora, si deliberan bien, te obedecerán también los demás.

e»Al oír esto, todos estuvieron de acuerdo en celebrar la reunión presente  , no para embriagarse, sino simplemente bebiendo al gusto de cada uno.

—Pues bien —dijo Erixímaco—, ya que se ha decidido beber la cantidad que cada uno quiera y que nada sea forzoso, la siguiente cosa que propongo es dejar marchar a la flautista[22] que acaba de entrar, que toque la flauta para sí misma o, si quiere, para las mujeres de ahí dentro, y que nosotros pasemos el tiempo de hoy en mutuos discursos. Y con qué clase de discursos, es lo que deseo exponeros, si queréis.

»Todos afirmaron que querían y le exhortaron a que hiciera su [177a] propuesta. Entonces Erixímaco dijo:

—El principio de mi discurso es como la Melanipa de Eurípides, pues «no es mío el relato»[23] que voy a decir, sino de Fedro, aquí presente. Fedro, efectivamente, me está diciendo una y otra vez con indignación: «¿No es extraño, Erixímaco, que, mientras algunos otros dioses tienen himnos y peanes compuestos por los poetas, a Eros  , en cambio, que es un dios tan antiguo y tan importante, ni siquiera uno solo de tantos poetas que han existido le haya compuesto jamás encomio balguno?[24] Y si quieres, por otro lado, reparar en los buenos sofistas, escriben en prosa elogios de Heracles y de otros, como hace el magnífico Pródico.[25] Pero esto, en realidad, no es tan sorprendente, pues yo mismo me he encontrado ya con cierto libro de un sabio en el que aparecía la sal con un admirable elogio por su utilidad.[26] Y otras cosas parecidas las puedes ver elogiadas en abundancia. ¡Que se haya puesto tanto afán cen semejantes cosas y que ningún hombre se haya atrevido hasta el día de hoy a celebrar dignamente a Eros! ¡Tan descuidado ha estado   tan importante dios!». En esto me parece que Fedro tiene realmente razón. En consecuencia, deseo, por un lado, ofrecerle mi contribución y hacerle un favor, y, por otro, creo que es oportuno en esta ocasión que nosotros, los presentes, honremos a este dios. Así, pues, si os parece bien también a vosotros, tendríamos en los discursos suficiente materia de docupación. Pienso, por tanto, que cada uno de nosotros debe decir un discurso, de izquierda a derecha, lo más hermoso que pueda como elogio de Eros y que empiece primero Fedro, ya que también está situado el primero y es, a la vez, el padre de la idea.[27]

—Nadie, Erixímaco —dijo Sócrates— te votará lo contrario. Pues ni yo, que afirmo no saber ninguna otra cosa que los asuntos del amor, sabría negarme, ni tampoco Agatón, ni Pausanias, ni, por supuesto, Aristófanes, cuya entera ocupación gira en torno a Dioniso y Afrodita,[28] eni ningún otro de los que veo aquí presentes. Sin embargo, ello no resulta en igualdad de condiciones para nosotros, que estamos situados los últimos. De todas maneras, si los anteriores hablan lo suficiente y bien, nos daremos por satisfechos. Comience, pues, Fedro con buena fortuna y haga su encomio de Eros.

»En esto estuvieron de acuerdo también todos los demás y pedían lo [178a] mismo que Sócrates. A decir verdad, de todo lo que cada uno dijo, ni Aristodemo se acordaba muy bien, ni, por mi parte, tampoco yo recuerdo todo lo que éste me refirió. No obstante, os diré las cosas más importantes y el discurso de cada uno de aquellos que me pareció digno de mención.

Cousin

APOLLODORE.

Les voici à peu près. Ou plutôt il vaut mieux vous raconter la chose [174a] dès le commencement, comme Aristodème me l’a racontée.

Il me dit donc qu’il avait rencontré Socrate qui sortait du bain, et qui avait mis des sandales, ce qui ne lui était pas ordinaire ; et qu’il lui avait demandé où il allait si beau. Je vais souper chez Agathon  , me répondit-il. J’ai refusé hier d’assister à la fête qu’il donnait pour célébrer sa victoire, parce que je craignais la foule ; mais je lui ai promis que je serais du lendemain, qui est aujourd’hui. Voilà pourquoi tu me vois si paré. Je me suis fait beau pour aller chez un beau garçon. Mais toi, Aristodème, serais-tu d’humeur [174b] à venir aussi, quoique tu ne sois point prié ? — Comme tu voudras, lui dis-je. — Viens donc, dit-il ; changeons le proverbe, et montrons qu’un honnête homme peut aussi aller souper chez un honnête homme sans en être prié. J’accuserais volontiers Homère de n’avoir pas seulement changé ce proverbe, mais de s’en être moqué, lorsqu’après nous avoir représenté Agamemnon comme un grand guerrier, et Ménélas comme un assez faible combattant, il fait venir Ménélas[8] au festin d’Agamemnon sans être invité, c’est-à-dire un inférieur chez un homme [174c] qui vaut mieux que lui. — J’ai bien peur, dis-je à Socrate, de n’être pas l’homme que tu voudrais, mais plutôt le Ménélas d’Homère. Au reste, c’est toi qui me conduis, c’est à toi à te défendre : car pour moi, je n’avouerai pas que je viens sans invitation ; je dirai que c’est toi qui m’as prié. — Nous sommes deux[9], répondit Socrate, et nous trouverons l’un ou l’autre ce qu’il faudra dire. Allons seulement.

Nous allâmes vers le logis d’Agathon, en nous entretenant de la sorte. Mais au milieu du chemin Socrate devint tout pensif, et demeura en arrière. Je m’arrêtai pour l’attendre, mais il me dit d’aller toujours devant. Arrivé à la maison [174e] d’Agathon, je trouvai la porte ouverte, et il m’arriva même une assez plaisante aventure. Un esclave d’Agathon me mena sur-le-champ dans la salle où était la compagnie, qui était déjà à table, et qui attendait que l’on servît. Agathon aussitôt qu’il me vit : Ô Aristodème, s’écria-t-il, sois le bienvenu si tu viens pour souper ! si c’est pour autre chose, je te prie, remettons-le à un autre jour. Je te cherchai hier pour te prier d’être des nôtres sans pouvoir te trouver. Mais comment ne nous amènes-tu pas Socrate ? — Là-dessus je me retourne, et je ne vois pas de Socrate. Je suis venu avec lui, leur dis-je, c’est lui-même qui m’a invité. — Tu as bien fait, reprit Agathon ; mais lui, où est-il ? [175a] — Il marchait sur mes pas, et j’admire ce qu’il peut être devenu. — Enfant, dit Agathon, n’iras-tu pas voir où est Socrate, et ne l’amèneras-tu pas ? Et toi, Aristodème, mets-toi à côté d’Éryximaque.

Qu’on lui lave les pieds pour qu’il prenne place. Cependant un autre esclave vint annoncer qu’il avait trouvé Socrate sur la porte de la maison voisine, mais qu’il n’avait point voulu venir, quelque chose qu’on lui eût pu dire.

Voilà une chose étrange ! dit Agathon. Retourne, et ne le quitte point qu’il ne soit entré [175b]. — Non, non, dis-je alors, laissez-le ; il lui arrive assez souvent de s’arrêter ainsi, en quelque endroit qu’il se trouve. Vous le verrez bientôt, si je ne me trompe : ne le troublez pas, et ne vous occupez pas de lui. — Si c’est là ton avis, dit Agathon, je m’y rends. Et vous, enfants, servez-nous ; apportez-nous ce que vous voudrez, comme si personne ici ne vous donnait des ordres ; c’est un soin que je n’ai jamais pris : regardez-moi ainsi que mes amis comme des hôtes que vous auriez vous-mêmes invités. [175c] Enfin faites tout de votre mieux, et tirez-vous-en à votre honneur.

Nous commençâmes donc à souper, et Socrate ne venait point. Agathon perdait patience, et voulait à tout moment qu’on l’appelât ; mais j’empêchais toujours qu’on ne le fît. Enfin Socrate entra, après nous avoir fait attendre quelque temps, selon sa coutume, et comme on avait à moitié soupé. Agathon, qui était seul sur un lit au bout de la table, le pria de se mettre auprès de lui. Viens, dit-il, Socrate, que je m’approche de toi le plus que je pourrai, pour tâcher d’avoir ma part [175d] des sages pensées que tu viens de trouver ici près ; car je m’assure que tu as trouvé ce que tu cherchais, autrement tu y serais encore. Quand Socrate eut pris place : Plût à Dieu  , dit-il, que la sagesse, Agathon, fût quelque chose qui pût passer d’un esprit   dans un autre, quand on s’approche, comme l’eau   qui coule à travers un morceau de laine d’une coupe pleine dans une coupe vide ! S’il en était ainsi, [175e] ce serait à moi de m’estimer heureux d’être auprès de toi, dans l’espérance de me remplir de l’excellente sagesse que tu possèdes ; car pour la mienne, c’est quelque chose de bien médiocre et de fort équivoque : ce n’est qu’un songe ; la tienne, au contraire, est une sagesse magnifique, et qui donne les plus belles espérances, ayant déjà jeté à ton âge le plus vif éclat, témoin avant-hier les applaudissemens de plus de trente mille Grecs. Tu te moques, Socrate, reprit Agathon ; mais nous examinerons tantôt quelle est la meilleure de ta sagesse ou de la mienne ; et Bacchus sera notre juge : présentement ne songe qu’à souper.

Socrate s’assit, et quand lui et les autres convives eurent achevé de souper, on fit les libations, on chanta un hymne en l’honneur du dieu ; et, après toutes les cérémonies ordinaires, on parla de boire. Pausanias[10] prit alors la parole :

Eh bien, voyons, dit-il, comment boire sans nous incommoder. Pour moi je déclare que je suis encore fatigué de la débauche d’hier, et j’ai besoin de respirer un peu, ainsi que la plupart de vous, ce me semble ; car hier vous étiez des nôtres. [176b] Avisons donc à boire sans inconvénient. — Tu me fais grand plaisir, dit Aristophane[11], de vouloir qu’on se ménage ; car je suis un de ceux qui se sont le moins épargnés la nuit passée. — Que je vous aime de cette humeur, dit Éryximaque, fils d’Acumènos[12]. Il ne reste plus qu’à savoir où en est Agathon. — Où vous en êtes, dit-il, pas très-fort. [176c] — Tant mieux pour moi, reprit Éryximaque, si vous autres braves vous êtes rendus ; tant mieux pour Aristodème, pour Phèdre et pour les autres, qui sommes de petits buveurs. Je ne parle pas de Socrate, il boit comme il veut ; il lui sera donc indifférent quel parti on prendra. Ainsi, puisque vous êtes d’avis de nous ménager, j’en serai moins importun, si je vous remontre le danger qu’il y a de s’enivrer. [176d] Mon expérience de médecin m’a parfaitement prouvé que rien n’est plus pernicieux à l’homme que l’excès du vin : je l’éviterai toujours tant que je pourrai, et jamais je ne le conseillerai aux autres, surtout quand ils se sentiront encore la tête pesante de la veille. Tu sais, lui dit Phèdre de Myrrhinos[13] en l’interrompant, que je suis volontiers de ton avis, surtout quand tu parles médecine ; mais tu vois que tout le monde est raisonnable aujourd’hui.

[176e] Il n’y eut personne qui ne fût de ce sentiment. On résolut de ne point faire de débauche, et de ne boire que pour son plaisir. Puisque, ainsi est, dit Éryximaque, qu’on ne forcera personne, et que nous boirons comme il plaira à chacun, je suis d’avis, premièrement, que l’on renvoie cette joueuse de flûte qui vient d’entrer ; qu’elle aille jouer pour elle, ou, si elle l’aime mieux, pour les femmes dans l’intérieur. Quant à nous, si vous m’en croyez, nous lierons ensemble quelque conversation. Je vous en proposerai même la matière, si vous le voulez. [177a] Tout le monde ayant témoigné qu’il ferait plaisir à la compagnie, Éryximaque reprit ainsi : Je commencerai par ce vers de la Mélanippe d’Euripide[14] : Ce discours n’est pas de moi, mais de Phèdre. Car Phèdre me dit chaque jour avec une espèce d’indignation : Ô Éryximaque, n’est-ce pas une chose étrange que de tant de poètes qui ont fait des hymnes et des cantiques en l’honneur de la plupart des dieux, aucun n’ait fait l’éloge de l’Amour, [177b] qui est pourtant un si grand dieu ? Regardez un peu les sophistes   habiles ; ils composent tous les jours de grands discours en prose à la louange d’Hercule et des autres demi-dieux, témoin le fameux Prodicus[15]. Passe pour cela. J’ai même vu un livre qui portait pour titre : L’Éloge du sel, où le savant auteur développait les merveilleuses qualités du sel, [177c] et les grands services qu’il rend à l’homme. En un mot, tu verras qu’il n’y a presque rien au monde qui n’ait eu son panégyrique. Comment se peut-il donc faire que, parmi cette profusion d’éloges, on ait oublié l’Amour, et que personne n’ait entrepris de louer un dieu qui mérite tant d’être loué ? Pour moi, continua Éryximaque, j’approuve l’indignation de Phèdre. Je veux donc lui payer mon tribut, et lui faire ma cour ; et en même temps il me semble qu’il siérait très bien à une compagnie telle que la nôtre d’honorer l’Amour. [177d] Si cela vous plaît, il ne faut point chercher d’autre sujet de conversation. Chacun prononcera de son mieux un discours à la louange de l’Amour. On fera le tour, à commencer par la droite. Ainsi Phèdre parlera le premier, puisque c’est son rang, et puisque aussi bien il est le père de l’idée que je vous propose. — Je ne doute pas, Éryximaque, dit alors Socrate, que ton avis ne passe ici tout d’une voix. Je sais bien au moins que je ne m’y opposerai pas, moi qui fais profession de ne savoir que l’amour. Je m’assure qu’Agathon ne s’y opposera pas non plus, [177e] ni Pausanias, ni encore moins Aristophane, lui qui est tout dévoué à Bacchus et à Vénus. Je puis également répondre du reste de la compagnie, quoique, à dire vrai, la partie ne soit pas égale pour nous autres, qui sommes assis les derniers. En tout cas, si ceux qui nous précèdent font bien leur devoir et épuisent la matière, nous en serons quittes pour leur donner notre approbation. Que Phèdre commence donc, à la bonne heure, et qu’il loue l’Amour.

Le sentiment de Socrate fut [178a] unanimement adopté. De rendre ici mot pour mot tous les discours que l’on prononça, c’est ce qu’on ne doit pas attendre de moi, Aristodème, de qui je les tiens, n’ayant pu me les rapporter si parfaitement, et moi-même ayant laissé échapper quelque chose du récit qu’il m’en a fait ; mais je vous redirai l’essentiel.

Nehamas & Woodruff

APOLLODORUS: All right … Well  , the speeches went something like this—but I’d better tell you the whole story from the very beginning, as Aristodemus [174] told it to me.

He said, then, that one day he ran into Socrates, who had just bathed and put on his fancy sandals—both very unusual events. So he asked him where he was going, and why he was looking so good.

Socrates replied, “I’m going to Agathon’s for dinner. I managed to avoid yesterday’s victory party—I really don’t like crowds—but I promised to be there today. So, naturally, I took great pains with my appearance: I’m going to the house of a good-looking man; I had to look my best. But let me ask you this,” he added, “I know you haven  ’t been invited to the dinner; how would you like to come anyway?” [b]

And Aristodemus answered, “I’ll do whatever you say.”

“Come with me, then,” Socrates said, “and we shall prove the proverb wrong; the truth   is, ‘Good men go uninvited to Goodman’s feast.’1 Even Homer himself, when you think about it, did not much like this proverb; [c] he not only disregarded it, he violated it. Agamemnon, of course, is one of his great warriors, while he describes Menelaus as a ‘limp spearman.’ And yet, when Agamemnon offers a sacrifice and gives a feast, Homer has the weak Menelaus arrive uninvited at his superior’s table.”2

Aristodemus replied to this, “Socrates, I am afraid Homer’s description is bound to fit me better than yours. Mine is a case of an obvious inferior   arriving uninvited at the table of a man of letters. I think you’d better figure out a good excuse for bringing me along, because, you know, I [d] won’t admit I’ve come without an invitation. I’ll say I’m your guest.”

“Let’s go,” he said. “We’ll think about what to say ‘as we proceed the two of us along the way.’ ”3

With these words, they set out. But as they were walking, Socrates began to think about something, lost himself in thought, and kept lagging behind. Whenever Aristodemus stopped to wait for him, Socrates would urge him [e] to go on ahead. When he arrived at Agathon’s he found the gate wide open, and that, Aristodemus said, caused him to find himself in a very embarrassing situation: a household slave saw him the moment he arrived and took him immediately to the dining room, where the guests were already lying down on their couches, and dinner was about to be served.

As soon as Agathon saw him, he called:

“Welcome, Aristodemus! What perfect timing! You’re just in time for dinner! I hope you’re not here for any other reason—if you are, forget it. I looked all over for you yesterday, so I could invite you, but I couldn’t find you anywhere. But where is Socrates? How come you didn’t bring him along?”

So I turned around (Aristodemus said), and Socrates was nowhere to be seen. And I said that it was actually Socrates who had brought me along as his guest.

[175] “I’m delighted he did,” Agathon replied. “But where is he?”

“He was directly behind me, but I have no idea where he is now.”

“Go look for Socrates,” Agathon ordered a slave, “and bring him in. Aristodemus,” he added, “you can share Eryximachus’ couch.”

A slave brought water, and Aristodemus washed himself before he lay down. Then another slave entered and said: “Socrates is here, but he’s gone off to the neighbor’s porch. He’s standing there and won’t come in even though I called him several times.”

“How strange,” Agathon replied. “Go back and bring him in. Don’t leave him there.”

But Aristodemus stopped him. “No, no,” he said. “Leave him alone. It’s [b] one of his habits: every now and then he just goes   off like that and stands motionless, wherever he happens to be. I’m sure he’ll come in very soon, so don’t disturb him; let him be.”

“Well, all right, if you really think so,” Agathon said, and turned to the slaves: “Go ahead and serve the rest of us. What you serve is completely up to you; pretend nobody’s supervising you—as if I ever did! Imagine that we are all your own guests, myself included. Give us good reason to [c] praise your service.”

So they went ahead and started eating, but there was still no sign of Socrates. Agathon wanted to send for him many times, but Aristodemus wouldn’t let him. And, in fact, Socrates came in shortly afterward, as he always did—they were hardly halfway through their meal. Agathon, who, as it happened, was all alone on the farthest couch, immediately called: “Socrates, come lie down next to me. Who knows, if I touch you, I may [d] catch a bit of the wisdom that came to you under my neighbor’s porch. It’s clear you’ve seen the light. If you hadn’t, you’d still be standing there.”

Socrates sat down next to him and said, “How wonderful it would be, dear Agathon, if the foolish were filled with wisdom simply by touching the wise. If only wisdom were like water, which always flows from a full cup into an empty one when we connect them with a piece of yarn—well, [e] then I would consider it the greatest prize to have the chance to lie down next to you. I would soon be overflowing with your wonderful wisdom. My own wisdom is of no account—a shadow in a dream—while yours is bright and radiant and has a splendid future. Why, young as you are, you’re so brilliant I could call more than thirty thousand Greeks as witnesses.”

“Now you’ve gone too far, Socrates,” Agathon replied. “Well, eat your dinner. Dionysus will soon enough be the judge of our claims to wisdom!”4 [176]

Socrates took his seat after that and had his meal, according to Aristodemus. When dinner was over, they poured a libation to the god, sang a hymn, and—in short—followed the whole ritual. Then they turned their attention to drinking. At that point Pausanias addressed the group:

“Well, gentlemen, how can we arrange to drink less tonight? To be honest, I still have a terrible hangover from yesterday, and I could really use a break. I daresay most of you could, too, since you were also part of the celebration. So let’s try not to overdo it.” [b]

Aristophanes replied: “Good idea, Pausanias. We’ve got to make a plan for going easy on the drink tonight. I was over my head last night myself, like the others.”

After that, up spoke Eryximachus, son of Acumenus: “Well said, both of you. But I still have one question: How do you feel, Agathon? Are you strong enough for serious drinking?”

“Absolutely not,” replied Agathon. “I’ve no strength left for anything.”

[c] “What a lucky stroke for us,” Eryximachus said, “for me, for Aristodemus, for Phaedrus, and the rest—that you large-capacity drinkers are already exhausted. Imagine how weak drinkers like ourselves feel after last night! Of course I don’t include Socrates in my claims: he can drink or not, and will be satisfied whatever we do. But since none of us seems particularly eager to overindulge, perhaps it would not be amiss for me [d] to provide you with some accurate information as to the nature of intoxication. If I have learned anything from medicine, it is the following point: inebriation is harmful to everyone. Personally, therefore, I always refrain from heavy drinking; and I advise others against it—especially people who are suffering the effects of a previous night’s excesses.”

“Well,” Phaedrus interrupted him, “I always follow your advice, especially when you speak as a doctor. In this case, if the others know what’s good for them, they too will do just as you say.”

[e] At that point they all agreed not to get drunk that evening; they decided to drink only as much as pleased them.

“It’s settled, then,” said Eryximachus. “We are resolved to force no one to drink more than he wants. I would like now to make a further motion: let us dispense with the flute-girl who just made her entrance; let her play for herself or, if she prefers, for the women in the house. Let us instead spend our evening in conversation. If you are so minded, I would like to [177] propose a subject.”

They all said they were quite willing, and urged him to make his proposal. So Eryximachus said:

“Let me begin by citing Euripides’ Melanippe: ‘Not mine the tale.’ What I am about to tell belongs to Phaedrus here, who is deeply indignant on this issue, and often complains to me about it:

“‘Eryximachus,’ he says, ‘isn’t it an awful thing! Our poets have composed hymns in honor of just about any god you can think of; but has a [b] single one of them given one moment’s thought to the god of love, ancient and powerful as he is? As for our fancy intellectuals, they have written volumes praising Heracles and other heroes (as did the distinguished Prodicus). Well, perhaps that’s not surprising, but I’ve actually read a book [c] by an accomplished author who saw fit to extol the usefulness of salt! How could people pay attention to such trifles and never, not even once, write a proper hymn to Love? How could anyone ignore so great a god?’

“Now, Phaedrus, in my judgment, is quite right. I would like, therefore, to take up a contribution, as it were, on his behalf, and gratify his wish. [d] Besides, I think this a splendid time for all of us here to honor the god. If you agree, we can spend the whole evening in discussion, because I propose that each of us give as good a speech in praise of Love as he is capable of giving, in proper order from left to right. And let us begin with Phaedrus, who is at the head of the table and is, in addition, the father of our subject.”

“No one will vote against that, Eryximachus,” said Socrates. “How could [e] I vote ‘No,’ when the only thing I say I understand is the art of love? Could Agathon and Pausanias? Could Aristophanes, who thinks of nothing but Dionysus and Aphrodite  ? No one I can see here now could vote against your proposal.

“And though it’s not quite fair to those of us who have to speak last, if the first speeches turn out to be good enough and to exhaust our subject, I promise we won’t complain. So let Phaedrus begin, with the blessing of Fortune; let’s hear his praise of Love.”

They all agreed with Socrates, and pressed Phaedrus to start. Of course, [178] Aristodemus couldn’t remember exactly what everyone said, and I myself don’t remember everything he told me. But I’ll tell you what he remembered best, and what I consider the most important points.


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