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A REPÚBLICA

Platão - A República - Livro II (372c-376d) — Guardiões do Estado

LIVRO II

quinta-feira 9 de dezembro de 2021, por Cardoso de Castro

      
    • O aumento das necessidades além do necessário e suas consequências: doenças e guerras. Daí, a necessidade   de "Guardiões" . Necessidade (segundo o Princípio da Especialização), que os Guardiões têm qualidade   próprias que lhes permitem exercer sua tarefa.
  • B) Condições requeridas para ser guardião   do Estado   (II, 374e-III, 412c)
    • 1. Qualidades naturais dos Guardiões: Aliança de duas qualidades opostas: a ferocidade (para com o inimigo  ) e a doçura (para com o amigo)
      

Gredos

Entonces Glaucón tomó la palabra y dijo:

—Parece que les das festines con pan   seco.

—Es verdad —respondí—; me olvidaba que también tendrán condimentos. Pero es obvio que cocinarán con sal, oliva y queso, y hervirán con cebolla y legumbres como las que se hierven en el campo  . Y a manera de postre les serviremos higos, garbanzos y habas, así como bayas de mirto y bellotas que tostarán al fuego, bebiendo moderadamente. dDe este modo, pasarán la vida en paz   y con salud, y será natural que lleguen a la vejez y transmitan a su descendencia una manera de vivir semejante.

Y él replicó:

—Si organizaras un Estado   de cerdos, Sócrates  , ¿les darías de comer otras cosas que ésas?

—Pero entonces, ¿qué es necesario hacer, Glaucón? —inquirí.

—Lo que se acostumbra —respondió—: que la gente se recueste en camas, pienso, para no sufrir molestias, y coman sobre mesas manjares ey postres como los que se dispone actualmente.

—Ah, ya comprendo —dije—. No se trata meramente de examinar cómo nace un Estado, sino también cómo nace un Estado lujoso. Tal vez no esté mal lo que sugieres; pues al estudiar un Estado de esa índole probablemente percibamos cómo echan raíces en los Estados la justicia y la injusticia. A mí me parece que el verdadero Estado, el Estado sano, por así decirlo, es el que hemos descrito; pero si vosotros queréis, estudiaremos también el Estado afiebrado; nada lo impide. En efecto, para algunos no bastarán las cosas mencionadas, según parece, [373a] ni aquel régimen de vida, sino que querrán añadir camas, mesas y todos los demás muebles, y también manjares, perfumes, incienso, cortesanas y golosinas, con todas las variedades de cada una de estas cosas. Y no se considerarán ya como necesidades sólo las que mencionamos primeramente, o sea, la vivienda, el vestido y el calzado, sino que habrá de ponerse en juego la pintura y el bordado, y habrá que adquirir oro, marfil y todo lo demás. ¿No es verdad?

—Sí —contestó.b

—Entonces, ¿no será necesario agrandar el Estado? Porque aquel Estado sano no es ya suficiente, sino que debe aumentarse su tamaño y llenarlo con una multitud de gente que no tiene ya en vista las necesidades en el Estado. Por ejemplo, toda clase de cazadores y de imitadores, tanto los que se ocupan de figuras y colores cuanto los ocupados en la música  ; los poetas y sus auxiliares, tales como los rapsodas, los actores, los bailarines, los empresarios; y los artesanos fabricantes de toda variedad de artículos, entre otros también de los que conciernen al cadorno femenino. Pero necesitaremos también más servidores. ¿O no te parece que harán falta pedagogos, nodrizas, institutrices, modistas, peluqueros, y a su vez confiteros y cocineros? Y aún necesitaremos porquerizos. Esto no existía en el Estado anterior  , pues allí no hacía falta nada de eso, pero en éste será necesario. Y deberá haber otros tipos de ganado en gran cantidad para cubrir la necesidad de comer carne  . ¿Estás de acuerdo?

—¿Cómo no habría de estarlo?

d—Y si llevamos ese régimen de vida habrá mayor necesidad de médicos que antes, ¿verdad?

—Verdad.

—Y el territorio que era anteriormente suficiente para alimentar a la gente no será ya suficiente, sino pequeño. ¿No es así?

—Sí, así.

—En tal caso deberemos amputar el territorio vecino, si queremos contar con tierra suficiente para pastorear y cultivar; así como nuestros vecinos deberán hacerlo con la nuestra, en cuanto se abandonen a eun afán ilimitado de posesión de riquezas, sobrepasando el límite de sus necesidades.

—Parece forzoso, Sócrates —respondió Glaucón.

—Después de esto, Glaucón, ¿haremos la guerra  ? ¿O puede ser de otro modo?

—No, así.

—Por ahora no diremos —añadí— si la guerra produce perjuicios o beneficios, sino sólo que hemos descubierto el origen   de la guerra: es aquello a partir de lo cual, cuando surge, se producen las mayores calamidades, tanto privadas como públicas.

—Muy de acuerdo.

—Entonces el Estado debe ser aún más grande, pero no añadiéndole [374a] algo pequeño, sino todo un ejército que pueda marchar en defensa de toda la riqueza   propia, combatiendo a los invasores, y de aquellos que acabamos de enumerar.

—¿Por qué? —preguntó Glaucón—. ¿No se bastarán ellos mismos?

—No —respondí—, al menos si tú y todos nosotros hemos convenido correctamente cuando modelamos el Estado. Porque has de recordar que nos pusimos de acuerdo en que es imposible que una sola persona ejercite bien muchas artes.

—Es cierto lo que dices —contestó.

b—Pues bien, ¿no crees que la lucha bélica se hace con reglas propias de un arte?

—Claro que sí.

—¿Y acaso hemos de prestar mayor atención al arte de fabricar calzado que al de la guerra?

—De ningún modo.

—Pero el caso es que al fabricante de calzado le hemos prohibido que intentara al mismo tiempo ser labrador o tejedor o constructor, sino sólo fabricante de calzado, a fin de que la tarea de fabricar calzado fuera bien hecha; y del mismo modo hemos asignado a cada uno   de los demás una tarea única, respecto de la cual cada uno estaba dotado naturalmente, y en la cual debía trabajar a lo largo de su vida, liberado de clas demás tareas, sin dejar pasar los momentos propicios para realizarla bien. Y en el caso de lo concerniente a la guerra ¿no será de la mayor importancia el que sea bien efectuada? ¿O acaso el arte de la guerra es tan fácil que cualquier labrador puede ser a la vez guerrero, y también el fabricante de calzado y todo aquel que se ejercite en cualquiera de las otras artes, mientras que, para ser un diestro jugador de fichas o dados, se requiere practicar desde niño, aun cuando sea tenido por algo incidental? ¿O será suficiente haber tomado un escudo u otra cualquiera dde las armas y herramientas de combate para convertirse, el mismo día, en un combatiente de infantería pesada o en cualquier otro cuerpo de combate? Porque en lo que concierne a las demás herramientas, ninguna de ellas convertirá en atleta o en artesano a quien la tome, ni será de utilidad a quien no haya adquirido los conocimientos propios de cada arte ni se haya ejercitado adecuadamente en su manejo.

—De otro modo —dijo Glaucón—, se daría a las herramientas un valor   excesivo.

—Por consiguiente —continué—, cuanto más importante sea la función de los guardianes, tanta más liberación de las otras tareas ha ede requerir, así como mayor arte y aplicación.

—Así me parece —contestó.

—¿Y no se necesita también una naturaleza adecuada a la actividad misma?

—Por supuesto.

—Nuestra tarea sería entonces, según parece, si es que somos capaces de ello, decidir qué naturalezas y de qué índole son las apropiadas para ser guardián del Estado.

—Sin duda.

—¡Por Zeus  ! —exclamé—. Nada insignificante es el asunto del que nos hacemos cargo. No obstante, no debemos titubear, al menos en cuanto nuestras fuerzas lo permitan.

—No, no titubearemos.

[375a] —Ahora bien, ¿piensas que, en cuanto al ser guardián, difieren la naturaleza de un cachorro bien alimentado y la de un joven de noble cuna?

—¿Qué es lo que quieres decir?

—Que ambos, por ejemplo, deben poseer agudeza en la percepción, rapidez en la persecución de lo percibido, y también fuerza, si tiene que luchar con la presa.

—En efecto, deben poseer todas esas cosas.

—Además de valentía, si queremos que combatan bien.

—Por cierto.

—Pero ¿llegará a ser valiente un caballo o un perro o cualquier otro banimal que no sea fogoso? ¿O no te has percatado de cuán irresistible e invencible es la fogosidad, merced a cuya presencia ningún alma   es temerosa o conquistable?

—Sí, me he percatado.

—Entonces está a la vista cómo deben ser las cualidades corporales que debe poseer el guardián.

—Sí.

—Y en cuanto a las del alma, es obvio que el guardián debe ser fogoso.

—Eso también.

—Pero si tal ha de ser su naturaleza, Glaucón —pregunté—, ¿no se comportarán como salvajes entre sí y frente a los demás ciudadanos?

—¡Por Zeus! —exclamó Glaucón—. Difícilmente no lo sean.

c—Sin embargo, es necesario que sean mansos con sus compatriotas y feroces frente a sus enemigos. De otro modo, no aguardarán a que otros los destruyan, sino que ellos mismos serán los primeros en actuar.

—Es verdad —contestó.

—En ese caso —dije—, ¿qué haremos? ¿Dónde encontraremos un carácter que sea a la vez manso y de gran fogosidad? Porque sin duda una naturaleza fogosa es opuesta a otra mansa.

—Eso parece.

—Pero si está privado de alguna de esas dos cualidades nunca llegará da ser un buen guardián. Y parece imposible que estén ambas, por lo cual el resultado es que es imposible que haya un buen guardián.

—Me temo que sí.

Me quedé un momento dudando, y, tras revisar en silencio lo dicho anteriormente, dije:

—Con razón, amigo, estábamos envueltos en dudas; pues hemos dejado de lado la comparación que habíamos propuesto.

—¿A qué te refieres?

—No nos hemos dado cuenta de que, de hecho, existen naturalezas tales como las que no podíamos concebir, que poseen aquellas cualidades opuestas.

—¿Dónde?

—Se las ve también en otros animales, pero ante todo en el que nosotros hemos parangonado con el guardián. Seguramente has advertido el carácter que por naturaleza tienen los perros de raza: éstos eson mansísimos con los que conocen y a los que están habituados, pero todo lo contrario frente a los desconocidos.

—Ahora lo veo.

—Se trata, pues, de algo posible —declaré—, y nuestra búsqueda de un guardián de esa índole no va contra la naturaleza.

—No parece ir contra la naturaleza.

—Ahora bien, ¿no te parece que, para llegar a ser un verdadero guardián, se requiere aún algo más que lo dicho: a la fogosidad, añadir el ser filósofo por naturaleza?

—¿Cómo? —inquirió Glaucón—. No me doy cuenta.[376a]

—También esto lo percibirás en los perros: algo digno de admiración en un animal  .

—¿Qué cosa?

—Que, al ver un desconocido, aun cuando no haya sufrido antes nada malo de parte de éste, se enfurece con él; en cambio, al ver a un conocido, aunque éste jamás le haya hecho bien alguno, lo recibe con alegría. ¿No te has maravillado nunca de eso?

—Hasta ahora no había prestado mucha atención a eso —respondió Glaucón—, pero es patente que obra de esa manera.

—Bien, ése es un rasgo exquisito de la naturaleza del perro, el de ser verdaderamente amante del conocimiento, o sea, filósofo.b

—¿De qué modo?

—De este modo: no distingue un aspecto amigo de un enemigo por ningún otro medio que por haber conocido el primero y desconocido el segundo. Y bien, ¿cómo no habría de ser amante de aprender   quien delimita mediante el conocimiento y el desconocimiento lo propio de lo ajeno?

—No puede ser de ninguna otra manera.

—¿Y acaso no es lo mismo —proseguí— el ser amante de aprender y el ser filósofo?

—Es lo mismo, en efecto.

c—¿Admitiremos confiadamente, entonces, que, también en el caso del hombre, si queremos que alguien sea manso frente a los familiares y conocidos debe ser por naturaleza filósofo y amante de aprender?

—Admitámoslo —respondió.

—Filósofo, fogoso, rápido y fuerte, por consiguiente, ha de ser, por naturaleza, el que pueda llegar a ser el guardián señorial de nuestro Estado.

—Absolutamente en todo de acuerdo.

—Así ha de ser por naturaleza. Ahora bien, ¿de qué modo debemos criarlos y educarlos? Y ¿no nos será útil   ese examen para divisar daquello en vista de lo cual examinamos todo: cómo nacen en el Estado la justicia y la injusticia? Lo digo para no omitir un concepto importante ni extendernos más de la cuenta.

Chambry

Alors Glaucon se saisissant de la parole :

— C’est apparemment sans aucun plat cuisiné, dit-il, que tu fais festoyer ces hommes.

— Tu dis vrai, répondis-je. J’avais oublié qu’ils auraient aussi des plats cuisinés ; il est évident qu’ils auront du sel, des olives et du fromage, et qu’ils se feront cuire des oignons et des verdures, le genre de potées qu’on fait à la campagne. Nous trouverons même le moyen de leur servir des friandises faites avec des figues, des pois chiches et des fèves, et ils se feront griller au feu d des fruits du myrte et du chêne tout en buvant modéré- "ment. Passant ainsi leur vie en paix et en bonne santé, et décédant sans doute à un grand âge, ils transmettront à leurs descendants une vie semblable à la leur. Et lui : — O Socrate, si c’était une cité de porcs que tu constituais, dit-il, les engraisserais-tu d’autre chose ?

— Mais comment faut-il faire, Glaucon ? dis-je.

— Il faut précisément faire ce qui est admis, dit-il. Je crois que des hommes qu’on ne veut pas mettre dans la misère s’assoient sur des lits, dînent e à des tables, et ont exactement les mêmes plats cuisinés et friandises qu’ont les hommes d’aujourd’hui.

— Bien, dis-je. Je comprends. Ce n’est pas seulement une cité, apparemment, que nous examinons, pour voir comment elle naît, mais encore une cité dans le luxe. Eh bien, peut-être cela n’est-il pas mauvais : car en examinant une telle cité nous pourrons peut-être distinguer, en ce qui concerne tant la justice que l’injustice, d’où elles naissent un jour dans les cités. Certes, la cité véritable me semble être celle que nous avons décrite, en tant qu’elle est une cité en bonne santé ; mais si vous le voulez, nous considérerons aussi une cité atteinte de fièvre. Rien ne l’empêche. Car bien sûr à certains, à ce qu’il semble, 373 cela ne suffira pas, ni ne suffira non plus ce régime, mais ils auront en plus des lits, des tables, et les autres meubles, et des plats cuisinés, c’est sûr, des baumes, des parfums à brûler, des hétaïres et des gâteaux, et chacune de ces choses sous toutes sortes de formes. Et en particulier il ne faudra plus déterminer le nécessaire pour ce dont nous parlions en premier lieu, les maisons, les manteaux, et les chaussures, mais il faudra mobiliser la peinture et la broderie, et il faudra acquérir or, ivoire, et toutes les mati  ères semblables. N’est-ce pas ?

— Oui, dit-il.

— C’est donc qu’il faut agrandir encore la cité. Car celle de tout à l’heure, la cité saine, n’est plus suffisante. Désormais il faut la remplir d’une multitude, du nombre "de ces êtres qui ne sont plus dans les cités pour pourvoir au nécessaire : ainsi tous les chasseurs, les imitateurs, tous ceux d’entre eux qui s’occupent de figures et de couleurs, et la masse de ceux qui s’occupent de musique, des poètes et leurs serviteurs, rhapsodes, acteurs, chouettes, entrepreneurs de travaux, artisans qui fabriquent toutes sortes d’objets, particulièrement c ceux qui touchent à la cosmé- tique des femmes. En particulier nous aurons besoin d’un plus grand nombre de gens pourvus d’une charge : ne semble-t-il pas qu’on aura besoin de pédagogues, de nourrices, de bonnes d’enfants, d’esthéticiennes, de coiffeurs, et encore de fournisseurs de plats cuisinés et de bouchers ? Et nous aurons aussi besoin, en plus, de porchers. Tout cela nous ne l’avions pas dans la cité pré- cédente — car il n’en était nul besoin — mais dans celle-ci on aura besoin de cela en plus. Et on aura aussi besoin de toutes sortes d’autres bestiaux, pour ceux qui en mangent. N’est-ce pas ?

— Oui, bien sûr.

— Donc nous aurons aussi beaucoup plus besion de médecins, en suivant ce régime, qu’avec le régime précédent ?

— Oui, beaucoup plus.

— Et le pays, lui, qui suffisait alors à nourrir les hommes d’alors, sera sans doute trop petit, au lieu d’être suffisant. N’est-ce pas ce que nous dirons ?

— Si, c’est cela, dit-il.

— Il nous faudra donc nous tailler une part du pays des voisins, si nous voulons avoir un territoire suffisant pour y faire paître et pour le labourer ; et eux, il leur faudra à leur tour tailler dans le nôtre, si eux aussi se laissent aller à une acquisition illimitée de richesses, en transgressant la borne e de ce qui est nécessaire ? "- Tout à fait nécessairernent, Socrate.

— Nous ferons la guerre alors, c’est ce qui en découle, Glaucon ? ou bien en sera-t-il autrement ?

— Il en sera bien ainsi, dit-il.

— Ne disons encore rien, repris-je, de la question de savoir si c’est du mal ou du bien que cause la guerre, mais seulement ceci : nous avons découvert l’origine de la guerre dans ce qui, lorsqu’il y naît, est la source principale des maux des cités , maux privés aussi bien que publics.

— Oui, certainement.

— Alors il faut encore, mon ami, que la cité s’agrandisse, et non pas d’une petite quantité, mais d’une armée entière 374 qui, partant en campagne pour la défense de l’ensemble de l’héritage et de ce dont nous parlions à l’instant, se batte contre les agresseurs.

— Mais quoi ? dit-il. Eux-mêmes n’y suffisent-ils pas ?

— Non, dis-je, si toutefois toi et nous avons tous eu raison de tomber d’accord lorsque nous avons façonné la cité ; or nous étions tombés d’accord, si tu t’en souviens, qu’il était impossible qu’un seul homme travaille comme il faut dans plusieurs arts.

— Tu dis vrai, répondit-il.

— Eh bien voyons, dis-je. La lutte pour gagner b à la guerre ne te semble pas dépendre d’un art ?

— Si, étroitement, dit-il.

— Faudrait-il alors en quelque sorte se soucier plus de l’art du cordonnier que de celui du guerrier ?

— Non, nullement.

— Mais, dis-moi, le cordonnier, lui, nous l’avions empêché d’entreprendre d’être en même temps cultivateur, ou tisserand, ou maçon ; nous avons voulu qu’il soit cordonnier, pour que la fonction de l’art du cordonnier "soit remplie comme il fallait dans notre cité ; et à chacun des autres, de la même façon, nous avons attribué une seule fonction, celle pour laquelle chacun était naturellement disposé : il devait, en donnant congé aux autres tâches, c et en travaillant à celle-ci tout au long de sa vie sans laisser passer les moments propices, l’accomplir comme il fallait. Or ce qui touche à la guerre, n’est-il pas de la plus haute importance que cela soit bien exécuté ? Ou bien est-ce là tâche si aisée, qu’un cultivateur, ou un cordonnier, et quiconque travaille dans n’importe quel autre art, puisse être en même temps homme de guerre, alors que personne ne peut devenir joueur de jetons, ou joueur de dés, de façon satisfaisante, s’il ne s’y applique exactement dès l’enfance, au lieu de le pratiquer comme une fonction accessoire ? Est-ce parce qu’on aura pris un bouclier d’hoplite, d ou une arme ou un outil guerrier quelconque, qu’on sera le jour même suffisamment capable de mener le combat des hoplites ou un autre des combats guerriers, alors qu’aucun autre outil ne fera de qui l’aura pris en main un artisan ou un athlète, et qu’il sera même inutile à qui n’aura pas reçu la connaissance de chaque art et n’y aura pas consacré les soins suffisants ?

— Non, dit-il, car sinon les outils auraient une bien grande valeur.

— Donc, dis-je, plus la fonction des gardiens est importante, plus elle aurait besoin d’être dégagée le plus possible du souci des autres fonctions, et plus elle aurait besoin aussi qu’on y applique un art et un soin extrêmes.

— Oui, je le crois pour ma part, dit-il.

— N’aurait-elle pas besoin aussi d’un naturel adapté à cette fonction ?

— Si, bien sûr.

— Alors notre fonction à nous consisterait, apparemment, si toutefois nous en sommes capables, à choisir quels naturels, et de quel genre, sont adaptés à la garde de la cité. "- Oui, c’est notre fonction.

— Par Zeus, dis-je, ce n’est certes pas d’une mince affaire que nous nous sommes chargés. Cependant il ne faut pas abandonner lâchement, dans la mesure du moins où nous en avons la force. 375 — Non, il ne le faut pas, dit-il.

— Eh bien crois-tu, dis-je, que la nature d’un jeune chien né pour la garde diffère en rien de celle d’un jeune homme bien né ?

— Que veux-tu dire ?

— Que par exemple chacun d’eux doit avoir les sens aiguisés pour apercevoir sa proie, et être assez rapide pour la rattraper à la course quand il l’a aperçue, et vigoureux aussi, s’il lui faut vaincre sa proie quand il l’a attrapée.

— Oui, dit-il, il faut tout cela.

— Et à coup sûr qu’il soit "viril" , s’il doit bien combattre.

— Oui, bien sûr.

— Mais s’agissant d’être "viril" , est-ce que s’il n’est pas plein de cœur, un cheval, un chien ou quelque autre animal sera disposé à l’être ? b Ne t’es-tu pas rendu compte à quel point le cœur est chose impossible à combattre et à vaincre, et que quand il l’assiste l’âme est, en son entier, face à toutes choses, dépourvue de peur et indomptable ? Si, je m’en suis rendu compte.

— Donc, du côté du corps, on voit comment doit être le gardien,

— Oui.

— Et pour ce qui touche à l’âme aussi, n’est-ce pas, à savoir qu’il doit être plein de cœur.

— Oui, on le voit aussi.

— Alors, dis-je, Glaucon, de quelle façon éviter que les gardiens se comportent avec sauvagerie les uns envers les autres et envers le reste des citoyens, si teilles sont leurs natures ?

— Par Zeus, dit-il, ce n’est pas facile.

— Et cependant il faut bien qu’envers ceux c de chez eux ils soient doux, et durs envers les ennemis. Sinon, ils n’attendront pas que d’autres les détruisent, mais ils prendront les devants pour le faire eux-mêmes.

— C’est vrai, dit-il.

— Que ferons-nous alors ? dis-je. Où trouverons-nous une façon d’être à la fois douce, et pleine de cœur ? Car une nature douce est en quelque sorte le contraire d’une nature pleine de cœur.

— C’est ce qui apparaît.

— Et cependant, si quelqu’un est privé de l’une de ces deux natures, il n’y a aucune chance qu’il devienne un bon gardien. Or ceci ressemble à une situation impossible, et s’il en est ainsi d il en découle donc qu’il est impossible que se forme un bon gardien.

— C’est bien probable, dit-il. Me sentant dans l’impasse moi aussi, et examinant ce qui avait été dit avant :

— C’est justice, mon ami, dis-je, que nous soyons dans l’impasse : car nous avons dérivé loin de l’image que nous avions posée d’abord.

— Que veux-tu dire ?

— Nous ne nous sommes pas aperçus qu’existent en fait des natures telles que celles que nous avons crues impossibles, possédant ces aptitudes contraires.

— Où donc ?

— On pourrait certes les voir chez d’autres animaux aussi, mais surtout chez celui que nous comparions au gardien ; e tu sais bien que les chiens de bonne race, c’est là leur façon d’être naturelle : envers ceux qui vivent avec "eux et leur sont connus, ils sont les plus doux possible, et envers ceux qu’ils ne connaissent pas, le contraire.

— Je le sais bien.

— Cela est donc possible, dis-je, et il n’est pas contre nature que nous cherchions un gardien qui soit tel.

— Apparemment pas.

— Ton avis est-il alors que celui qui va être voué à la garde doit avoir aussi, en plus du cœur, une nature philosophe ?

— Comment donc ? dit-il. Je ne conçois pas 376 cela.

— Cela aussi, dis-je, tu l’observeras chez les chiens, et cela mérite qu’on s’en étonne chez un animal.

— De quoi s’agit-il ?

— Du fait qu’à tout inconnu qu’il voit, il gronde, sans avoir reçu auparavant de lui aucun mal ; mais que devant tout homme connu, il se fait affectueux, même s’il n’en a encore jamais reçu aucun bien. Ne t’en es-tu encore jamais étonné ?

— Non, dit-il, jusqu’à présentje n’y avais pas vraiment prêté attention. Mais on voit bien que c’est ce qu’il fait.

— Eh bien la sensibilité de sa nature paraît bien délicate, b et philosophique au vrai sens du mot.

— En quel sens ?

— En ce que, dis-je, il ne distingue un visage ami d’un ennemi par rien d’autre que par ceci : l’un il le connaît, l’autre il l’ignore. Certes, comment ne serait-il pas ami de la connaissance, l’être qui par la connaissance et par l’ignorance délimite ce qui est de chez lui et ce qui lui est étranger ?

— Impossible, dit-il, qu’il ne le soit pas.

— Mais, dis-je, ce qui est ami de la connaissance et ce qui est ami de la sagesse, philosophe, c’est la même chose ?

— Oui, la même chose, dit-il.

— Poserons-nous donc sans hésiter que dans le cas de l’homme aussi, si l’on veut qu’il soit doux envers ceux de chez lui c et ceux qu’il connaît, il faut qu’il soit par nature philosophe et ami de la connaissance ? "- Oui, nous le poserons, dit-il.

— Donc, philosophe, plein de cœur, rapide, et vigoureux, tel sera par sa nature celui qui doit être un honnête’ gardien de notre cité.

— Oui, certainement, dit-il.

— Voilà donc comment serait disposé cet homme. Mais ces hommes-là, de quelle façon les élèverons et les éduquerons-nous ? Et examiner cela, est-ce pour nous une sorte de préalable d nécessaire pour mettre au clair ce que nous visons dans toute notre recherche, à savoir de quelle façon justice et injustice naissent dans une cité ? Car nous ne voulons pas laisser passer un argument pertinent, ni nous perdre dans une foule de détails.

Jowett

But, said Glaucon, interposing, you have not given them a relish to their meal.

True, I replied, I had forgotten ; of course they must have a relish — salt and olives and cheese — and they will boil roots and herbs such as country people prepare ; for a dessert we shall give them figs and peas and beans ; and they will roast myrtle-berries and acorns at the fire, drinking in moderation. And with such a diet they may be expected to live in peace and health to a good old age, and bequeath a similar life to their children after them.

Yes, Socrates, he said, and if you were providing for a city of pigs, how else would you feed the beasts ?

But what would you have, Glaucon ? I replied.

Why, he said, you should give them the ordinary conveniences of life. People who are to be comfortable are accustomed to lie on sofas, and dine off tables, and they should have sauces and sweets in the modern style.

Yes, I said, now I understand : the question which you would have me consider is, not only how a State, but how a luxurious State is created ; and possibly there is no harm in this, for in such a State we shall be more likely to see how justice and injustice originate. In my opinion the true and healthy constitution of the State is the one which I have described. But if you wish also to see a State at fever-heat, I have no objection. For I suspect that many will not be satisfied with the simpler way of life. They will be for adding sofas and tables and other furniture ; also dainties and perfumes and incense and courtesans and cakes, all these not of one sort only, but in every variety. We must go beyond the necessaries of which I was at first speaking, such as houses and clothes and shoes ; the arts of the painter and the embroiderer will have to be set in motion, and gold and ivory and all sorts of materials must be procured.

True, he said.

Then we must enlarge our borders ; for the original healthy State is no longer sufficient. Now will the city have to fill and swell with a multitude of callings which are not required by any natural want ; such as the whole tribe of hunters and actors, of whom one large class have to do with forms and colors ; another will be the votaries of music — poets and their attendant train of rhapsodists, players, dancers, contractors ; also makers of divers kinds of articles, including women’s dresses. And we shall want more servants. Will not tutors be also in request, and nurses wet and dry, tirewomen and barbers, as well   as confectioners and cooks ; and swineherds, too, who were not needed and therefore had no place in the former edition of our State, but are needed now ? They must not be forgotten : and there will be animals of many other kinds, if people eat them.

Certainly.

And living in this way we shall have much greater need of physicians than before ?

Much greater.

And the country which was enough to support the original inhabitants will be too small now, and not enough ?

Quite true.

Then a slice of our neighbors’ land will be wanted by us for pasture and tillage, and they will want a slice of ours, if, like ourselves, they exceed the limit of necessity, and give themselves up to the unlimited accumulation of wealth ?

That, Socrates, will be inevitable.

And so we shall go to war, Glaucon. Shall we not ?

Most certainly, he replied. Then, without determining as yet whether war does good or harm, thus much we may affirm, that now we have discovered war to be derived from causes which are also the causes of almost all the evils in States, private as well as public.

Undoubtedly.

And our State must once more enlarge ; and this time the enlargement will be nothing short of a whole army, which will have to go out and fight with the invaders for all that we have, as well as for the things and persons whom we were describing above.

Why ? he said ; are they not capable of defending themselves ?

No, I said ; not if we were right in the principle which was acknowledged by all of us when we were framing the State. The principle, as you will remember, was that one man cannot practise many arts with success.

Very true, he said.

But is not war an art ?

Certainly.

And an art requiring as much attention as shoemaking ?

Quite true.

And the shoemaker was not allowed by us to be a husbandman, or a weaver, or a builder — in order that we might have our shoes well made ; but to him and to every other worker was assigned one work for which he was by nature fitted, and at that he was to continue working all his life long and at no other ; he was not to let opportunities slip, and then he would become a good workman. Now nothing can be more important than that the work of a soldier should be well done. But is war an art so easily acquired that a man may be a warrior who is also a husbandman, or shoemaker, or other artisan ; although no one in the world would be a good dice or draught player who merely took up the game as a recreation, and had not from his earliest years devoted himself to this and nothing else ?

No tools will make a man a skilled workman or master of defence, nor be of any use to him who has not learned how to handle them, and has never bestowed any attention upon them. How, then, will he who takes up a shield or other implement of war become a good fighter all in a day, whether with heavyarmed or any other kind of troops ?

Yes, he said, the tools which would teach men their own use would be beyond price.

And the higher the duties of the guardian, I said, the more time and skill and art and application will be needed by him ?

No doubt, he replied.

Will he not also require natural aptitude for his calling ?

Certainly.

Then it will be our duty to select, if we can, natures which are fitted for the task of guarding the city ?

It will.

And the selection will be no easy matter, I said ; but we must be brave and do our best.

We must.

Is not the noble youth very like a well-bred dog in respect of guarding and watching ?

What do you mean ?

I mean that both of them ought to be quick to see, and swift to overtake the enemy when they see him ; and strong too if, when they have caught him, they have to fight with him.

All these qualities, he replied, will certainly be required by them.

Well, and your guardian must be brave if he is to fight well ?

Certainly.

And is he likely to be brave who has no spirit  , whether horse or dog or any other animal ? Have you never observed how invincible and unconquerable is spirit and how the presence of it makes the soul of any creature to be absolutely fearless and indomitable ?

I have.

Then now we have a clear notion of the bodily qualities which are required in the guardian.

True.

And also of the mental   ones ; his soul is to be full of spirit ?

Yes.

But are not these spirited natures apt to be savage with one another, and with everybody else ?

A difficulty by no means easy to overcome, he replied.

Whereas, I said, they ought to be dangerous to their enemies, and gentle to their friends ; if not, they will destroy themselves without waiting for their enemies to destroy them.

True, he said.

What is to be done, then ? I said ; how shall we find a gentle nature which has also a great spirit, for the one is the contradiction of the other ?

True.

He will not be a good guardian who is wanting in either of these two qualities ; and yet the combination of them appears to be impossible ; and hence we must infer that to be a good guardian is impossible.

I am afraid that what you say is true, he replied.

Here feeling perplexed I began to think over what had preceded. My friend, I said, no wonder that we are in a perplexity ; for we have lost sight of the image which we had before us.

What do you mean ? he said.

I mean to say that there do exist natures gifted with those opposite qualities.

And where do you find them ?

Many animals, I replied, furnish examples of them ; our friend the dog is a very good one : you know that well-bred dogs are perfectly gentle to their familiars and acquaintances, and the reverse to strangers.

Yes, I know.

Then there is nothing impossible or out of the order of nature in our finding a guardian who has a similar combination of qualities ?

Certainly not.

Would not he who is fitted to be a guardian, besides the spirited nature, need to have the qualities of a philosopher ?

I do not apprehend your meaning.

The trait of which I am speaking, I replied, may be also seen in the dog, and is remarkable in the animal.

What trait ?

Why, a dog, whenever he sees a stranger, is angry ; when an acquaintance, he welcomes him, although the one has never done him any harm, nor the other any good. Did this never strike you as curious ?

The matter never struck me before ; but I quite recognize the truth   of your remark.

And surely this instinct of the dog is very charming ; your dog is a true philosopher.

Why ?

Why, because he distinguishes the face of a friend and of an enemy only by the criterion of knowing and not knowing. And must not an animal be a lover of learning who determines what he likes and dislikes by the test of knowledge and ignorance ?

Most assuredly.

And is not the love of learning the love of wisdom, which is philosophy ?

They are the same, he replied.

And may we not say confidently of man also, that he who is likely to be gentle to his friends and acquaintances, must by nature be a lover of wisdom and knowledge ?

That we may safely affirm.

Then he who is to be a really good and noble guardian of the State will require to unite in himself philosophy and spirit and swiftness and strength ?

Undoubtedly.

Then we have found the desired natures ; and now that we have found them, how are they to be reared and educated ? Is not this an inquiry which may be expected to throw light on the greater inquiry which is our final end — How do justice and injustice grow up in States ? for we do not want either to omit what is to the point or to draw out the argument to an inconvenient length.


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