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A REPÚBLICA

Platão - A República - Livro II (367e-372c) — justiça e sociedade

LIVRO II

quinta-feira 9 de dezembro de 2021

  • A) Gênese e desenvolvimento do Estado (II, 369b-374e)
    • A necessidade está na origem do Estado: ninguém se basta a si mesmo; as necessidades fundamentais (nutrição, habitação, vestimenta, etc.)
    • O princípio da divisão natural do trabalho que dela resulta e sua consequências
    • O aumento das necessidades além do necessário e suas consequências: doenças e guerras. Daí, a necessidade de "Guardiões" . Necessidade (segundo o Princípio da Especialização), que os Guardiões têm qualidade próprias que lhes permitem exercer sua tarefa.

Gredos

Yo siempre había admirado las dotes naturales de Glaucón y de Adimanto, pero en esta ocasión, tras escucharlos, me regocijé mucho [368a] y exclamé:

—Oh, hijos de aquel varón, con razón el amante? de Glaucón os ha distinguido a propósito de la batalla de Mégara, cuando dice al comienzo de la elegía que compuso:

hijos de Aristón, linaje divino? de un varón renombrado.

»Y esto, mis amigos?, me parece bien dicho. Sin duda habéis experimentado algo divino, para que no os hayáis persuadido de que la injusticia es mejor que la justicia?, cuando sois capaces de hablar de tal modo? en favor de esa tesis. Y me dais la impresión de que realmente no estáis persuadidos de ella. Pero el juicio me lo formo a partir de vuestro modo bde ser, ya que, si me atuviera a vuestros argumentos, debería desconfiar de vosotros. Ahora bien, cuanto más confío en vosotros, tanto más siento la dificultad respecto? de lo que debo hacer. Pues ya no sé con qué recursos cuento, y me parece una tarea imposible. Señal de eso es, para mí, que cuando creía demostrar, al hablar a Trasímaco, que la justicia es mejor que la injusticia, no os he satisfecho. Pero tampoco puedo dejar de acudir en su defensa, ya que temo que sea sacrílego? estar? presente? ccuando se injuria a la justicia y renunciar a defenderla mientras respire y pueda hacerme oír. Por ello lo más valioso es prestarle ayuda en la medida? que me sea posible.

Entonces Glaucón y los demás me pidieron que apelara a todos mis recursos, y que no abandonara la discusión sin indagar previamente qué es la justicia, qué la injusticia, y qué hay de cierto acerca de las ventajas de cada una de ambas. Yo dije a continuación lo que opinaba:

—La investigación que intentaremos no es sencilla, sino que, según dme parece, requiere una mirada penetrante. Ahora bien, puesto que nosotros, creo, no somos suficientemente hábiles para ello —dije—, dicha investigación debe realizarse de este modo: si se prescribiera leer desde lejos letras pequeñas a quienes no tienen una vista? muy aguda, y alguien se percatara de que las mismas letras se hallan en un tamaño mayor en otro lugar más grande, parecería un regalo del cielo? el reconocer primeramente las letras más grandes, para observar? después si las pequeñas son las mismas que aquéllas.

—Muy bien, Sócrates   —dijo Adimanto—, pero ¿qué hay de similar? eentre eso y la indagación de la justicia?

—Te lo diré —contesté—. Hay una justicia propia del individuo; ¿y no hay también una justicia propia del Estado??

—Claro que sí —respondió.

—¿Y no es el Estado más grande que un individuo?

—Por cierto que más grande.

—Quizás entonces en lo más grande haya más justicia y más fácil [369a] de aprehender. Si queréis, indagaremos primeramente cómo es ella en los Estados; y después, del mismo modo, inspeccionaremos también en cada individuo, prestando atención a la similitud de lo más grande en la figura? de lo más pequeño.

—Me parece que hablas correctamente —expresó Adimanto.

—En tal caso —proseguí—, si contempláramos en teoría un Estado que nace, ¿no veríamos también la justicia y la injusticia que nacen en él?

—Probablemente —respondió.

—Una vez? logrado eso, ¿no podremos esperar ver más fácilmente aquello que indagamos?

b—Ciertamente.

—¿Os parece que es necesario intentar llevar a cabo esta tarea? Creo que no es una tarea pequeña; examinadlo mejor.

—Ya está examinado —repuso Adimanto—. No hagas de otro modo.

—Pues bien —dije—, según estimo, el Estado nace cuando cada uno? de nosotros no se autoabastece, sino que necesita de muchas cosas?. ¿O piensas que es otro el origen? de la fundación del Estado?

—No.

—En tal caso, cuando un hombre? se asocia con otro por una necesidad?, ccon otro por otra necesidad, habiendo necesidad de muchas cosas, llegan a congregarse en una sola morada muchos hombres para asociarse y auxiliarse. ¿No daremos a este alojamiento común el nombre de «Estado»?

—Claro que sí.

—Ahora bien; cuando alguien intercambia algo con otro, ya sea dando o tomando, lo hace pensando que es lo mejor para él mismo.

—Es cierto.

—Vamos, pues —dije—, y forjemos en teoría el Estado desde su comienzo; aunque, según parece, lo forjarán nuestras necesidades.

—Sin duda.

—En tal caso, la primera y más importante de nuestras necesidades des la provisión de alimentos con vista a existir? y a vivir.

—Completamente de acuerdo.

—La segunda de tales necesidades es la de vivienda y la tercera es la de vestimenta? y cosas de esa índole.

—Así es.

—Veamos ahora —continué—: ¿cómo satisfará un Estado la provisión de tales cosas? Para la primera, hará falta? al menos un labrador; para la segunda, un constructor; y para la tercera, un tejedor. ¿No añadiremos también un fabricante de calzado y cualquier otro de los que asisten en lo concerniente al cuerpo??

—Ciertamente.

—Por ende, un Estado que satisfaga las necesidades mínimas constará de cuatro o cinco hombres.

—Es manifiesto.e

—Ahora bien, ¿debe cada uno de ellos contribuir con su propio trabajo? a la comunidad de todos, de modo que, por ejemplo, un solo labrador surta de alimentos a los cuatro y dedique el cuádruple de tiempo y de esfuerzo a proveerlos de granos, asociándose con los demás? ¿O, por el contrario, no se preocupará de ellos y producirá, sólo para sí mismo, la cuarta parte? del grano en la cuarta parte del tiempo, [370a] y pasará las otras tres en proveerse de casa, vestimenta y calzado, sin producir cosas que comparta con los demás sino obrando por sí solo en lo que él necesita?

Y dijo Adimanto:

—Probablemente, Sócrates  , la primera alternativa? sea más fácil que la otra.

—¡Nada? insólito, por Zeus, es lo que dices! —exclamé—. Pues me doy cuenta, ahora que lo dices, de que cada uno no tiene las mismas bdotes naturales que los demás, sino que es diferente en cuanto a su disposición natural?: uno es apto? para realizar una tarea, otro para otra. ¿No te parece?

—A mí sí.

—Entonces, ¿será mejor que uno solo ejercite muchos oficios o que ejercite uno solo?

—Que ejercite uno solo.

—Pero está claro, me parece, que, si se deja pasar el momento? propicio para una tarea, la obra? se estropea.

—Está claro, en efecto.

—Y es, pienso, porque el trabajo no ha de aguardar el tiempo libre cdel trabajador, como si fuera un pasatiempo, sino que es forzoso que el trabajador se consagre a lo que hace.

—Es forzoso.

—Por consiguiente, se producirán más cosas y mejor y más fácilmente si cada uno trabaja en el momento oportuno y acorde? con sus aptitudes naturales, liberado de las demás ocupaciones?.

—Absolutamente cierto.

—En tal caso, Adimanto, se necesitan más de cuatro ciudadanos para procurarse las cosas de que acabamos de hablar. Pues el labrador dno fabricará su arado, al menos si quiere que esté bien hecho, ni su azada ni las demás herramientas que conciernen a la agricultura; tampoco el constructor, a quien también le hacen falta muchas cosas, ni el tejedor ni el fabricante de calzado.

—Es verdad?.

—He aquí, pues, a carpinteros, herreros y muchos artesanos de esa índole que, al convertirse en nuestros asociados en el pequeño Estado, aumentarán su población.

—Con seguridad.

—Mas no sería muy grande incluso si le añadiéramos boyeros, pastores y cuidadores de los diversos tipos? de ganado, para que el labrador etenga bueyes para arar, y también para que los constructores dispongan, junto con los labradores, de yuntas de bueyes para el traslado de materiales, y los tejedores y fabricantes de calzado de cueros y lana.

—Pues no será un Estado pequeño —replicó Adimanto—, si debe contener a toda esa gente.

—Y además —dije—, sería prácticamente imposible fundar el Estado en un lugar de tal índole que no tuviera necesidad de importar nada.

—Imposible.

—En ese caso requerirá también gente que se ocupe de traer de los otros Estados lo que hace falta.

—La requerirá.

—Pero si el servidor encargado de eso va con las manos vacías, sin portar nada de lo que necesitan importar aquellos Estados para satisfacer sus propias necesidades, regresará de ellos también con las manos [371a] vacías. ¿No te parece?

—A mí sí.

—Por consiguiente, se debe producir en el país no sólo los bienes? suficientes para la propia gente, sino también del tipo y cantidad? requeridos por aquellos con los cuales se necesita intercambiar bienes.

—En efecto.

—Entonces tendremos que aumentar el número de labradores y demás artesanos del Estado.

—Aumentémoslo.

—Y también el número de servidores a cargo de la importación y exportación de bienes. ¿Son comerciantes, verdad?

—Sí.

—Por lo tanto, ¿también necesitamos comerciantes?

—Por cierto.

—Y en caso de que este comercio se realice por mar, harán falta muchos otros hombres conocedores de las tareas marítimas.b

—Muchos, sin duda.

—Ahora bien, en el seno del Estado mismo, ¿cómo intercambiarán los ciudadanos aquello que cada uno ha fabricado? Pues con vistas a eso creamos la sociedad? y fundamos un Estado.

—Es obvio que por medio? de la venta y de la compra.

—De ahí, por ende, surgirá un mercado y un signo? monetario con miras al intercambio.

—Claro.

—Y en caso de que el labrador o cualquier otro artesano que lleva al mercado lo que produce? no llegue en el mismo momento que los que cnecesitan intercambiar mercadería con él, ¿no dejará de trabajar en su propio oficio y permanecerá sentado en el mercado?

—De ningún modo —repuso—, porque existen quienes, al ver esta situación, se asignan a sí mismos este servicio. En los Estados correctamente administrados son, en general, los más débiles de cuerpo y menos aptos para ejercitar cualquier otro oficio. Deben permanecer en el dmercado y adquirir, a cambio de plata, lo que unos necesitan vender, y vender, también a cambio de plata, lo que otros necesitan comprar.

—Esta necesidad, pues —dije a mi vez—, da origen en el Estado a los mercaderes. ¿O no llamamos «mercaderes» a los que, instalados en el mercado, se encargan de la compra y venta, y «comerciantes» a los que comercian viajando de un Estado a otro?

—¡Por supuesto!

e—Hay aún otros tipos de servidores, que no son muy valiosos para nuestra sociedad en inteligencia?, pero que poseen la fuerza corporal suficiente para las tareas pesadas. Porque ponen en venta el uso? de su fuerza y denominan «salario» a su precio son llamados «asalariados». ¿No es así?

—Sí.

—Lo que completa el Estado, pues, son, me parece, los asalariados.

—A mí también me parece.

—En tal caso, Adimanto, nuestro Estado ha crecido ya como para ser perfecto.

—Probablemente.

—¿Cómo se hallará en él la justicia y la injusticia? ¿Y con cuál de los hombres que hemos considerado sobrevienen?

—No me doy cuenta, Sócrates   —contestó Adimanto—. A no ser [372a] que sobrevenga en el trato de unos con otros.

—Tal vez sea correcto lo que dices —dije—, y hay que examinarlo sin retroceder. Observemos, en primer lugar, de qué modo viven los que así se han organizado. ¿Producirán otra cosa? que granos, vino, vestimenta y calzado? Una vez construidas sus casas, trabajarán en verano desnudos y descalzos. En invierno en cambio, arropados y calzados bsuficientemente. Se alimentarán con harina de trigo o cebada, tras amasarla y cocerla, servirán ricas tortas y panes sobre juncos o sobre hojas limpias, recostados en lechos formados por hojas desparramadas de nueza y mirto; festejarán ellos y sus hijos bebiendo vino con las cabezas coronadas y cantando himnos a los dioses?. Estarán a gusto cen compañía y no tendrán hijos por encima de sus recursos, para precaverse de la pobreza o de la guerra?.

Chambry

Et moi?, en les écoutant — il est vrai que depuis toujours j’admirais aussi bien le naturel de Glaucon que celui d’Adimante — mais à ce moment-là j’eus un extrême plaisir et je dis:

— Il nétait pas inapproprie, o enfants de cet homme fameux , le début des élégies que composa pour vous l’amant de Glaucon, après votre comportement glorieux à la bataille de Mégare : "

Enfants d’Ariston, race? divine issue d’un homme illustre....

Oui, mes amis, cela me semble approprié, En effet votre inspiration doit être tout à fait divine, pour que vous n’ayez pas été convaincus que l’injustice est chose meilleure que la justice, vous qui êtes capables de parler si bien en faveur de cette thèse mêrne. C’est vrai, vous me semblez bien ne pas avoir été convaincus — b et j’en veux pour preuve l’ensemble de votre attitude, car si je m’en tenais à vos discours? je n’aurais pas confiance en vous, Mais plus j’ai confiance en vous, plus je suis? embarrassé pour savoir? comment en user avec vous. Car je ne sais comment venir au secours de la thèse : j’ai le sentiment d’en être incapable — et le signe pour moi en est que quand j’ai parlé contre Thrasymaque, pensant démontrer que la justice était chose meilleure que l’injustice, vous n’avez pas accept?é ma démonstration. Et je ne sais non plus comment refuser de venir à son secours : j’ai peur? qu’il ne soit pas conforme à la piété, si je suis à côté de la justice c au moment où l’on dit? du mal? d’elle, de renoncer à parler pour lui venir en aide, alors que j’ai encore du souffle et que je suis capable de parler. Le mieux, c’est donc de la secourir comme je le peux. Alors Glaucon aussi bien que les autres? me prièrent de venir au secours de la thèse, de quelque façon que ce fût, et de ne pas abandonner l’argument, mais de poursuivre l’enquête jusqu’au bout pour savoir ce qu’était chacune des deux choses, et ce qu’était la vérité sur l’avantage de chacune. Je donnai alors mon avis, à savoir ceci : — L’objet? de recherche auquel nous nous attaquons n’est pas médiocre ; il demande un homme à la vue perçante, à ce qu’il me paraît. d Donc, dis-je, puisque nous-mêmes n’avons pas ce don, il me semble bon de conduire la recherche sur ce point? comme le feraient des gens qui n’ont pas une vue très perçante, et à qui on ordonnerait de lire de loin de petites lettres ; si alors l’un d’eux s’avisait "qu’il y avait quelque part ailleurs les mêmes lettres, mais plus grandes, et sur un plus grand support?, je crois que cela leur apparaîtrait comme un don d’Hermès’ de lire d’abord les secondes, puis d’examiner les plus petites, pour voir si ce sont bien les mêmes.

— Certainement, dit Adimante. Mais que distingues-tu d’analogue, Socrate  , e dans la recherche qui concerne le juste ?

— Je vais te le dire, répondis-je. La justice, affirmons-nous, est le fait de l’homme individuel, mais elle est aussi, n’est-ce pas, le fait d’une cité tout entière ?

— Oui, certainement, dit-il.

— Or une cité est chose plus grande qu’un homme individuel ?

— Oui, plus grande, dit-il.

— Peut-être alors que la justice, sur un support plus grand, pourrait se trouver plus grande, et plus facile à reconnaître. Donc, si vous le voulez, c’est d’abord dans 369 les cités que nous allons rechercher ce qu’elle est. Ensuite nous mènerons l’examen de la même façon dans l’individu? aussi, en recherchant dans la forme? visible du plus petit la ressemblance avec le plus grand.

— Eh bien, dit-il, à mon avis tu parles comme il faut.

— Alors, dis-je, si nous considérions, en paroles, une cité en train de naître, nous y verrions aussi sa justice en train de naître, et son injustice ?

— Sans doute?, dit-il.

— Donc, une fois cela né, il y aurait espoir de voir de façon plus accessible ce que nous recherchons ?

— Oui, bien plus accessible.

— La décision est-elle donc qu’il faut essayer d’aller jusqu’au bout ? C’est que, je crois, ce n’est pas là un petit ouvrage. Examinez la chose. "- C’est tout examiné, dit Adimante. Non, n’agis pas autrement.

— Eh bien, dis-je, une cité, je crois, vient à être pour autant que chacun de nous se trouve non pas auto-suffisant, mais porteur de beaucoup de besoins. Quelle autre origine crois-tu qu’il y ait à la fondation d’une cité ?

— Aucune autre, dit-il.

— Ainsi donc un homme en prend c un second pour le besoin d’une chose, et un troisième pour le besoin d’une autre chose ; et comme ils ont beaucoup de besoins, ils rassemblent beaucoup d’hommes en un seul lieu? d’habitation?, associés pour les aider ; et c’est à cette cohabitation que nous avons donné le nom de cité. N’est-ce pas !

— Oui, exactement.

— Or dans un échange, qu’on donne à quelqu’un d’autre, quand on le fait, ou qu’on reçoive, c’est parce qu’on croit que ce sera meilleur pour soi-même ?

— Bien sûr.

— Eh bien, dis-je, allons-y, produisons en paroles cette cité à partir de son commencement?. Et ce qui la produira, apparemment, c’est notre besoin.

— Forcément.

— Or le premier?, en tout cas, et le plus important d des besoins, c’est de se procurer de la nourriture en vue d’exister et de vivre.

— Oui, absolument.

— Le deuxième, évidemment, est celui du logement, et le troisième celui de l’habillement et des choses de ce genre.

— C’est cela.

— Et alors, dis-je, comment la cité suffira-t-elle à procurer tant de choses ? Est-ce autrement qu’en faisant de l’un un cultivateur, de l’autre un maçon, et d’un autre un tisserand ? N’y adjoindrons-nous pas aussi un cordonnier, ou quelque autre artisan? chargé des besoins du corps ?

— Si, bien sûr.

— La cité réduite au strict nécessaire, alors, consisterait en quatre ou cinq hommes.

— C’est ce qui apparaît.

— Mais alors ? Faut-il que chacun d’eux destine le produit de son travail à être commun à tous : ainsi faut-il que l’unique cultivateur procure de la nourriture pour quatre, et dépense quatre fois plus de temps et de peine pour procurer de la nourriture et la mettre en commun avec les autres, ou bien qu’il ne se soucie pas de cela et qu’il produise pour lui-même seulement le quart de cette 370 nourriture en un quart de temps, et que les trois autres quarts, il les passe, l’un à se procurer une maison, l’autre un manteau, l’autre des chaussures, et qu’au lieu d’avoir souci? de mettre les choses en commun avec les autres, lui-même se soucie pour lui-même de ses propres affaires ? Alors Adimante dit : — Eh bien, Socrate  , peut-être est-ce plus facile de la première façon que de la seconde.

— Par? Zeus, dis-je, ce ne serait en rien étrange. En effet, moi aussi, maintenant que tu as parlé, je m’avise que chacun de nous est naturellement, au départ, non pas tout à fait b semblable à chacun, mais d’une nature différente, l’un doué pour l’accomplissement d’une fonction?, l’autre pour une autre. N’est-ce pas ton avis ?

— Si, si.

— Mais voyons : est-ce que quelqu’un qui, à lui seul, pratiquerait tous les arts?, réussirait mieux, ou un seul homme qui pratiquerait un seul art ?

— Un seul homme qui pratiquerait un seul art, dit-il.

— Mais, dis-moi, je crois que ceci aussi est évident : que si on laisse passer le bon moment pour un travail, il est manqué.

— Oui, c’est évident.

— C’est que je ne crois pas que la chose à faire? veuille bien attendre la disponibilité de qui la fait ; non, il y a nécessité que celui qui fait se mette à la disposition? c de la "chose à faire, et n’agisse pas comme pour une fonction accessoire.

— Oui, c’est nécessaire,

— La conséquence, c’est que chaque genre de choses est produit en plus grand nombre, en meilleure qualité, et plus facilement, lorsque c’est un seul homme qui fait une seule chose, conformément à sa nature, et au bon moment, en se mettant en congé des autres choses.

— Oui, certainement.

— C’est donc, Adimante, qu’on a besoin de plus que de quatre citoyens pour se procurer ce que nous disions. Car le cultivateur, apparemment, ne fabriquera pas lui-même la charrue pour lui-même, si celle-ci doit être de bonne qualité d , ni la houe, ni tous les autres outils pour cultiver. Ni non plus, de son côté, le maçon. Or lui aussi, il lui en faut beaucoup. Et pareillement le tisserand et le cordonnier. N’est-ce pas ?

— C’est vrai.

— Et donc des menuisiers, des forgerons et beaucoup d’autres artisans du même genre, devenant associés de notre cité miniature, la peuplent.

— Oui, certainement.

— Mais on n’aurait pas encore quelque chose de très grand, si nous leur adjoignions des bouviers, des bergers, et les autres types de pasteurs, e de façon que les cultivateurs aient des bœufs pour le labourage, que les maçons, comme les cultivateurs, utilisent des attelages pour les transports, les tisserands et les cordonniers des peaux et des laines.

— Ce ne serait pas non plus une petite cité, dit-il, qui aurait tout cela.

— Mais, dis-je, installer cette cité-là dans un lieu tel qu’on n’y aura? pas besoin d’importations, c’est presque impossible.

— Oui, impossible.

— On aura donc encore en outre besoin aussi d’autres "hommes, qui à partir d’une autre cité procureront à celle-ci ce dont elle a besoin.

— Oui, on en aura besoin.

— Mais si celui qui en est chargé s’en va les mains vides, n’apportant rien de ce dont manquent ceux chez qui on voudrait se procurer ce dont on a soi-même 371 besoin, il reviendra les mains vides. N’est-ce pas ?

— Oui, il me semble.

— Il faut donc fabriquer des choses, chez soi, non seulement suffisantes pour soi-même, mais aussi en genre et en nombre convenables pour les besoins de ses fournisseurs.

— Oui, il le faut.

— Nous avons donc besoin, pour la cité, de davantage de cultivateurs et d’autres hommes de l’art.

— Oui, davantage.

— Et en particulier d’autres chargés de mission, je crois, qui importeront et exporteront chaque genre de choses. Or ceux-ci sont des marchands. N’est-ce pas ?

— Oui.

— Nous aurons donc besoin aussi de marchands.

— Oui, certainement.

— Et si l’échange marchand se fait sur mer, on aura besoin b en outre aussi d’une foule d’autres hommes qui s’y connaissent en activité maritime.

— Une foule, oui.

— Mais voyons : dans la cité elle-même, comment se feront-ils profiter les uns les autres de ce que chacun produit ? C’était bien pour cela que nous avions fondé une cité, en créant leur association.

— Il est bien évident, dit-il, que c’est en vendant et en achetant.

— Alors il nous naîtra de cela une agora? et une monnaie reconnue, comme symbole? de l’échange.

— Oui, exactement.

— Alors le cultivateur, ou encore l’un des artisans, qui "a apporté c sur la place publique? une partie de ce qu’il produit, s’il n’y vient pas au même moment que ceux qui ont besoin d’échanger contre ce qu’il fournit, restera-t-il assis sur l’agora, laissant en sommeil son activité d’homme au service du public’ ?

— Nullement, dit-il : il y a des hommes qui, voyant cela, se fixent à eux-mêmes cette charge ; dans les cités correctement administrées ce sont en général les hommes aux corps les plus faibles, impropres à toute autre fonction. Car il faut qu’ils restent sur place, autour de l’agora, pour d’une part d échanger contre de l’argent avec ceux qui ont besoin de vendre, d’autre part faire l’échange inverse, à nouveau contre de l’argent, avec tous ceux qui ont besoin d’acheter.

— Voilà donc, dis-je, le besoin qui fait naître des commerçants dans notre cité. N’appelons-nous pas "commerçants" ceux qui, se chargeant de la vente et de l’achat, s’installent sur la place publique, et ceux qui errent de ville en ville des "marchands" ?

— Si, exactement.

— Et il y a aussi, à ce que je crois, encore d’autres hommes pourvus d’une charge : ceux qui, sous le rapport de l’intelligence, e ne seraient pas tout à fait dignes de faire partie de la communauté, mais que leur force physique rend aptes aux efforts -pénibles. Ceux-là, qui vendent l’usage de leur force, comme ils appellent "salaire " le prix qu’ils en reçoivent, sont nommés, à ce que je crois, des "salariés " . N’est-ce pas ?

— Oui, exactement.

— Contribuent donc aussi à rendre la cité complète, selon toute apparence, les salariés.

— Oui, il me semble.

— Alors, Adimante, notre cité s’est-elle désormais accrue au point d’être accomplie ?

— Peut-être.

— Dans ces conditions, où pourrait-on voir en elle à la fois la justice et l’injustice ? et en laquelle des choses que nous avons examinées sont-elles nées ?

— Pour moi, dit-il, 372 je n’en ai pas idée, à moins que ce ne soit dans quelque relation? que ces gens-là ont les uns avec les autres.

— Eh bien, dis-je, peut-être parles-tu comme il faut. Il faut certes l’examiner, et ne pas nous dérober. Examinons donc en premier lieu de quelle façon vivront les hommes qu’on aura ainsi équipés. Est-ce autrement qu’en faisant du pain?, du vin, des manteaux, et des chaussures ? Ils se construiront des maisons, l’été ils travailleront la plupart du temps nus? et sans chaussures, et l’hiver habillés et b chaussés de façon suffisante. Ils se nourriront en préparant de la farine à partir de l’orge, et de la farine fine à partir du blé, cuisant l’une, pétrissant l’autre, disposant de braves galettes et du pain sur du roseau ou sur des feuilles propres ; s’allongeant sur des couches jonchées de smilax et de myrte, ils feront de bons repas, eux-mêmes et leurs enfants, buvant ensuite du vin, la tête couronnée et chantant des hymnes aux dieux ; ils s’uniront agréablement les uns avec les autres, ne faisant pas d’enfants c au-delà de ce que permettent leurs ressources, pour se préserver de la pénurie et de la guerre.

Jowett

I had always admired the genius? of Glaucon and Adeimantus, but on hearing these words? I was quite delighted, and said : Sons of an illustrious father?, that was not a bad? beginning of the elegiac verses which the admirer of Glaucon made in honor of you after you had distinguished yourselves at the battle of Megara :

“Sons of Ariston,” he sang, “divine offspring of an illustrious hero?.”

The epithet is very appropriate, for there is something truly divine in being? able to argue as you have done for the superiority of injustice, and remaining unconvinced by your own arguments. And I do believe that you are not convinced — this I infer from your general character?, for had I judged only from your speeches I should have mistrusted you. But now, the greater my confidence? in you, the greater is my difficulty in knowing? what to say. For I am in a strait between two ; on the one hand I feel that I am unequal to the task ; and my inability is brought home to me by the fact? that you were not satisfied with the answer which I made to Thrasymachus, proving, as I thought?, the superiority which justice has over injustice. And yet I cannot refuse to help, while breath and speech remain to me ; I am afraid that there would be an impiety in being present when justice is evil spoken of and not lifting up a hand in her defence. And therefore I had best give such help as I can.

Glaucon and the rest entreated me by all means not to let the question? drop, but to proceed in the investigation?. They wanted to arrive at the truth, first, about the nature of justice and injustice, and secondly, about their relative advantages. I told them, what I really thought, that the inquiry would be of a serious? nature, and would require very good eyes?. Seeing then, I said, that we are no great wits, I think? that we had better adopt a method? which I may illustrate thus ; suppose that a short-sighted person? had been asked by someone to read small letters from a distance? ; and it occurred to someone else that they might be found in another place which was larger and in which the letters were larger — if they were the same? and he could read the larger letters first, and then proceed to the lesser — this would have been thought a rare piece of good-fortune.

Very true, said Adeimantus ; but how does the illustration apply to our inquiry ?

I will tell you, I replied ; justice, which is the subject? of our inquiry, is, as you know, sometimes spoken of as the virtue of an individual, and sometimes as the virtue of a State.

True, he replied.

And is not a State larger than an individual ?

It is.

Then in the larger the quantity of justice is likely to be larger and more easily discernible. I propose therefore that we inquire into the nature of justice and injustice, first as they appear? in the State, and secondly in the individual, proceeding from the greater to the lesser and comparing them.

That, he said, is an excellent proposal.

And if we imagine the State in process? of creation?, we shall see the justice and injustice of the State in process of creation also.

I dare say.

When the State is completed there may be a hope that the object of our search will be more easily discovered.

Yes, far more easily.

But ought we to attempt to construct one ? I said ; for to do so, as I am inclined to think, will be a very serious task. Reflect therefore.

I have reflected, said Adeimantus, and am anxious that you should proceed.

A State, I said, arises, as I conceive, out of the needs of mankind ; no one is self-sufficing, but all of us have many wants. Can any other origin of a State be imagined ?

There? can be no other.

Then, as we have many wants, and many persons are needed to supply them, one takes a helper for one purpose and another for another ; and when these partners and helpers are gathered together in one habitation the body of inhabitants is termed a State.

True, he said.

And they exchange with one another, and one gives, and another receives, under the idea? that the exchange will be for their good.

Very true.

Then, I said, let us begin and create in idea a State ; and yet the true creator is necessity, who is the mother of our invention.

Of course, he replied.

Now the first and greatest of necessities is food, which is the condition of life and existence.

Certainly.

The second is a dwelling, and the third clothing and the like.

True.

And now let us see how our city will be able to supply this great demand : We may suppose that one man is a husbandman, another a builder, someone else a weaver — shall we add to them a shoemaker, or perhaps some other purveyor to our bodily wants ?

Quite right.

The barest notion of a State must include four or five men.

Clearly.

And how will they proceed ? Will each bring the result of his labors into a common? stock? ? — the individual husbandman, for example?, producing for four, and laboring four times as long and as much as he need in the provision of food with which he supplies others as well as himself ; or will he have nothing to do with others and not be at the trouble of producing for them, but provide for himself alone a fourth of the food in a fourth of the time, and in the remaining three-fourths of his time be employed in making a house or a coat or a pair of shoes, having no partnership with others, but supplying himself all his own wants ?

Adeimantus thought that he should aim at producing food only and not at producing everything?.

Probably, I replied, that would be the better way ; and when I hear you say this, I am myself reminded that we are not all alike ; there are diversities of natures among us which are adapted to different occupations.

Very true.

And will you have a work better done when the workman has many occupations, or when he has only one ?

When he has only one.

Further, there can be no doubt that a work is spoilt when not done at the right time ?

No doubt.

For business is not disposed to wait until the doer of the business is at leisure? ; but the doer must follow up what he is doing, and make the business his first object.

He must.

And if so, we must infer that all things are produced more plentifully and easily and of a better quality? when one man does one thing which is natural to him and does it at the right time, and leaves other things. Undoubtedly.

Then more than four citizens will be required ; for the husbandman will not make his own plough or mattock, or other implements of agriculture, if they are to be good for anything. Neither will the builder make his tools — and he, too, needs many ; and in like manner the weaver and shoemaker.

True.

Then carpenters and smiths and many other artisans will be sharers in our little State, which is already beginning to grow ?

True.

Yet even if we add neatherds, shepherds, and other herdsmen, in order? that our husbandmen may have oxen to plough with, and builders as well as husbandmen may have draught cattle, and curriers and weavers fleeces and hides — still our State will not be very large.

That is true ; yet neither will it be a very small State which contains all these.

Then, again, there is the situation of the city — to find a place where nothing need be imported is well-nigh impossible.

Impossible.

Then there must be another class of citizens who will bring the required supply from another city ?

There must.

But if the trader goes empty?-handed, having nothing which they require who would supply his need, he will come back empty-handed.

That is certain.

And therefore what they produce at home must be not only enough for themselves, but such both in quantity and quality as to accommodate those from whom their wants are supplied.

Very true.

Then more husbandmen and more artisans will be required ?

They will.

Not to mention the importers and exporters, who are called merchants ?

Yes.

Then we shall want merchants ?

We shall.

And if merchandise is to be carried over the sea, skilful sailors will also be needed, and in considerable numbers? ?

Yes, in considerable numbers.

Then, again, within the city, how will they exchange their productions ? To secure such an exchange was, as you will remember?, one of our principal objects when we formed them into a society and constituted a State.

Clearly they will buy and sell.

Then they will need a market-place, and a money-token? for purposes of exchange.

Certainly.

Suppose now that a husbandman or an artisan brings some production to market, and he comes at a time when there is no one to exchange with him — is he to leave his calling and sit idle in the market-place ?

Not at all ; he will find people there who, seeing the want, undertake the office of salesmen. In well-ordered States they are commonly those who are the weakest in bodily strength, and therefore of little use for any other purpose ; their duty is to be in the market, and to give money in exchange for goods to those who desire to sell, and to take money from those who desire to buy.

This want, then, creates a class of retail-traders in our State. Is not “retailer” the term which is applied to those who sit in the market-place engaged in buying and selling, while those who wander from one city to another are called merchants ?

Yes, he said.

And there is another class of servants, who are intellectually hardly on the level of companionship ; still they have plenty of bodily strength for labor, which accordingly they sell, and are called, if I do not mistake, hirelings, “hire” being the name which is given to the price of their labor.

True.

Then hirelings will help to make up our population ?

Yes.

And now, Adeimantus, is our State matured and perfected ?

I think so.

Where, then, is justice, and where is injustice, and in what part of the State did they spring up ?

Probably in the dealings of these citizens with one another. I cannot imagine that they are more likely to be found anywhere else.

I dare say that you are right in your suggestion, I said ; we had better think the matter? out, and not shrink from the inquiry.

Let us then consider, first of all, what will be their way of life, now that we have thus established them. Will they not produce corn and wine and clothes and shoes, and build houses for themselves ? And when they are housed, they will work, in summer, commonly, stripped and barefoot, but in winter substantially clothed and shod. They will feed on barley-meal and flour of wheat, baking and kneading them, making noble cakes and loaves ; these they will serve up on a mat of reeds or on clean? leaves, themselves reclining the while upon beds strewn with yew or myrtle. And they and their children will feast, drinking of the wine which they have made, wearing garlands on their heads, and hymning the praises of the gods, in happy converse with one another. And they will take care that their families do not exceed their means ; having an eye to poverty or war.


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