Página inicial > Antiguidade > Platão (V-IV aC) > Platão - A República > Platão - A República - Livro X (595a-608b) – os imitadores

A REPÚBLICA

Platão - A República - Livro X (595a-608b) – os imitadores

LIVRO X

domingo 5 de dezembro de 2021

  • C) A má educação pelas artes de ilusão como causa da injustiça
    • 1 Como a representação, na arte, está ligada à realidade
      • A imitação: os três leitos (o leito pintado, o leito particular, a ideia de leito) e seus três artesãos (o pintor, o marceneiro e o deus). A imitação distanciada da realidade dos três graus.
      • A poesia, notadamente homérica, ignora aquilo de que fala. O poeta, e em particular Homero  , não pode em nenhum caso ser o educador da humanidade
      • Pintura e poesia, artes de ilusão. Elas imitam não a realidade ela mesma mas sua aparência.
    • 2 A poesia dramática: seu mecanismo e seus conflitos
      • Tragédia e comédia fazem apelo às emoções, deformadoras do real, não à razão, objetiva
    • 3 Terceira acusação contra a poesia
      • Efeitos perniciosos da tragédia e da comédia sobre o caráter. É preciso portanto se manter em guarda contra Homero   e os poetas

Gredos

—Y es por muchas otras razones por lo que considero que hemos fundado [595a] el Estado? de un modo? enteramente correcto, y puedo decir que esto ocurre sobre todo con lo discurrido acerca de la poesía.

—¿A qué te refieres?

—Al no aceptar de ningún modo la poesía imitativa; en efecto, según me parece, ahora resulta absolutamente claro que no debe ser admitida, visto? que hemos discernido las partes del alma?. [b]

—¿Qué quieres significar con eso?

—A vosotros os lo puedo decir, pues no iréis a acusarme ante los poetas? trágicos y todos los que hacen imitaciones: da la impresión de que todas las obras? de esa índole son la perdición del espíritu de quienes las escuchan, cuando no poseen, como antídoto, el saber? acerca de cómo son.

—¿Qué tienes en mente? al hablar así?

—Te lo diré, aunque un cierto amor? y respeto que tengo desde niño por Homero   se opone a que hable. Parece, en efecto, que éste se ha convertido en el primer maestro y guía de todos estos nobles poetas trágicos. cPero como no se debe honrar más a un hombre? que a la verdad?, entonces pienso que debo decírtelo.

—De acuerdo.

—Escucha, pues; o, más bien, responde.

—Pregúntame.

—¿Podrías decirme en líneas generales qué es la imitación? Porque yo mismo no comprendo bien a qué apunta esta palabra?.

—¿Y acaso? crees que yo lo comprenderé?

[596a] —No sería insólito, porque muchas veces los que tienen la vista menos clara perciben antes que los de mirada más aguda.

—Así será —replicó Glaucón—; pero, estando tú presente?, no me animo a decir ni siquiera lo que resulta manifiesto; mira entonces tú mismo.

—En ese caso, ¿quieres que comencemos examinando esto por medio? del método acostumbrado? Pues creo que acostumbrábamos a postular una Idea? única para cada multiplicidad? de cosas? a las que damos el mismo nombre. ¿O no me entiendes?

—Sí, te entiendo.

b—Tomemos ahora la multiplicidad que prefieras. Por ejemplo, si te parece bien, hay muchas camas y mesas.

—Claro que sí.

—Pero Ideas de estos muebles hay dos: una de la cama y otra de la mesa.

—Sí.

—¿Y no acostumbramos también a decir que el artesano dirige la mirada hacia la Idea cuando hace las camas o las mesas de las cuales nos servimos, y todas las demás cosas de la misma manera? Pues ningún artesano podría fabricar la Idea en sí. ¿O de qué modo podría?

—De ningún modo podría.

—Mira ahora qué nombre darás a este artesano.

c—¿A qué artesano?

—Al que produce? todas aquellas cosas que hace cada uno? de los trabajadores manuales.

—Hablas de un hombre hábil y sorprendente.

—Espera, y pronto dirás más que eso. Pues este mismo artesano es capaz, no sólo de hacer todos los muebles, sino también de producir todas las plantas?, todos los animales y a él mismo; y además de éstos, fabrica la tierra y el cielo?, los dioses? y cuanto hay en el cielo y en el Hades? bajo tierra.

d—¡Hablas de un maestro maravilloso!

—¿Dudas de lo que digo? Dime: ¿te parece que no existe un artesano de esa índole, o bien que se puede llegar a ser creador? de estas cosas de un cierto modo, y de otro modo no? ¿No te percatas de que tú también eres capaz de hacer todas estas cosas de un cierto modo?

—¿Y cuál es este modo?

—No es difícil, sino que es hecho por artesanos rápidamente y en todas partes; inclusive con el máximo de rapidez, si quieres tomar un espejo y hacerlo girar hacia todos lados: pronto harás el sol? y lo que hay een el cielo, pronto la tierra, pronto a ti mismo y a todos los animales, plantas y artefactos, y todas las cosas de que acabo de hablar.

—Sí, en su apariencia, pero no en lo que son verdaderamente.

—Bien; y vienes en ayuda del argumento? en el momento? requerido. Uno? de estos artesanos es el pintor, creo. ¿O no?

—Claro que sí.

—Pienso que dirás que lo que hace no es real?, aunque de algún modo el pintor hace la cama. ¿No es verdad?

—Sí, pero también esto en apariencia.

—¿Y el fabricante de camas? Pues hace un momento decías que [597a] no hace la Idea, aquello por lo cual decimos que la cama es cama, sino una cama particular?.

—Lo decía, en efecto.

—Por lo tanto, si no fabrica lo que realmente es, no fabrica lo real sino algo que es semejante? a lo real mas no es real. De modo que, si alguien dijera que la obra del fabricante de camas o de cualquier otro trabajador manual? es completamente real, correría el riesgo de no decir la verdad.

—Al menos así les parecería a aquellos que manejan estos argumentos.

—Por consiguiente, no hemos de asombrarnos si tal obra resulta algo oscuro en relación con la verdad.

—No nos asombraremos.b

—¿Quieres ahora que, basándonos en estos ejemplos, investiguemos qué cosa? es la imitación?

—Si te parece.

—¿No son tres las camas que se nos aparecen, de una de las cuales decimos que existe en la naturaleza? y que, según pienso, ha sido fabricada por Dios?? ¿O por quién más podría haberlo sido?

—Por nadie más, creo.

—Otra, la que hace el carpintero.

—Sí.

—Y la tercera, la que hace el pintor. ¿No es así?

—Sea.

—Entonces el pintor, el carpintero, Dios, estos tres presiden tres tipos? de camas.

—Tres, efectivamente.

c—En lo que toca a Dios, ya sea porque no quiso, ya sea porque alguna necesidad? pendió sobre él para que no hiciera más que una única cama en la naturaleza, el caso es que hizo sólo una, la Cama que es en sí misma. Dos o más camas de tal índole, en cambio, no han sido ni serán producidas por Dios.

—¿Y esto cómo?

—Porque si hiciera sólo dos, nuevamente aparecer?ía una, de la cual aquellas dos compartirían la Idea; y ésta sería la Cama que es, no las otras dos.

—Correcto.

d—Pienso que esto era? sabido por Dios, quien, queriendo ser realmente creador de una cama realmente existente y no un fabricante particular de una cama particular, produjo una sola por naturaleza.

—Así parece.

—¿Quieres entonces que demos a éste el nombre de «productor de naturalezas» respecto? de la cama, o algún otro semejante?

—Es justo, ya que ha producido en la naturaleza tanto este objeto? como todos los demás.

—¿Y en cuanto al carpintero? ¿No diremos que es artesano de una cama?

—Sí.

—¿Acaso diremos que también el pintor es artesano y productor de una cama?

—De ninguna manera.

—Pero ¿qué dirás de éste en relación con la cama?

e—A mí me parece que la manera más razonable de designarlo es «imitador» de aquello de lo cual los otros son artesanos.

—Sea; ¿llamas consiguientemente «imitador» al autor del tercer producto contando a partir de la naturaleza?

—De acuerdo.

—Entonces también el poeta trágico, si es imitador, será el tercero contando a partir del rey y de la verdad por naturaleza, y lo mismo con todos los demás imitadores.

—Así parece.

—Estamos de acuerdo en cuanto al imitador. Dime ahora lo siguiente [598a] con respecto al pintor: ¿qué es lo que crees que intentará imitar, lo que en cada caso está en la naturaleza o las obras de los artesanos?

—Las obras de los artesanos.

—¿Tal como son o tal como aparecen? Delimita más aún esto.

—¿Qué quieres decir?

—Esto: si contemplas una cama de costado o de frente o de cualquier otro modo, ¿difiere en algo de sí misma, o no difiere en nada?, aunque parece diversa? Y lo mismo con lo demás.

—Parece diferir, pero no difiere en nada.

—Examina ahora esto: ¿qué es lo que persigue la pintura con respecto ba cada objeto, imitar a lo que es tal como es o a lo que aparece tal como aparece? O sea, ¿es imitación de la realidad? o de la apariencia?

—De la apariencia.

—En tal caso el arte? mimético está sin duda lejos de la verdad, según parece; y por eso produce todas las cosas pero toca apenas un poco de cada una, y este poco es una imagen?. Por ejemplo, el pintor, digamos, retratará a un zapatero, a un carpintero y a todos los demás artesanos, aunque no tenga ninguna experiencia en estas artes. No obstante, csi es buen pintor, al retratar a un carpintero y mostrar su cuadro de lejos, engañar?á a niños y a hombres insensatos, haciéndoles creer que es un carpintero de verdad.

—Sin duda.

—Pienso entonces, amigo? mío, que respecto de todas estas cosas hemos de pensar? lo siguiente: si alguien viene a avisarnos de que ha hallado a un hombre entendido en todos los oficios y en todas aquellas dcosas que cada uno conoce, y que no hay nada en que él no sea entendido con mayor precisión que cualquier otro, es necesario replicar a tal persona? que es muy cándida y que, al parecer, ha dado? con algún hechicero o imitador que lo ha engañado; de modo que, si le ha parecido que era alguien omnisapiente, ha sido por no ser capaz de discernir la ciencia? de la ignorancia? y de la imitación.

—Gran verdad.

—Después de esto debemos examinar la tragedia y a su adalid, Homero  , puesto que hemos oído a algunos decir que éstos conocen etodas las artes, todos los asuntos humanos en relación con la excelencia y el malogro e incluso los asuntos divinos?. Porque dicen que es necesario que un buen poeta, si va a componer debidamente lo que compone, componga con conocimiento?; de otro modo no será capaz de componer. Hay que examinar, pues, si estos comentaristas, al encontrarse con [599a] semejantes imitadores, no han sido engañados, y al ver sus obras no se percatan de que están alejadas en tres veces de lo real, y de que es fácil componer cuando no se conoce la verdad; pues estos poetas componen cosas aparentes e irreales. O bien, si tiene algo de peso? lo que afirman tales comentaristas, los buenos poetas conocen realmente las cosas que a la mayoría le parece que dicen bien.

—En efecto, debe indagarse eso.

—¿Piensas entonces que, si alguien fuera capaz de crear tanto el objeto que es imitado como su imagen, pondría su celo en entregarse ba la artesanía de las imágenes, y que en su vida? antepondría esto a lo demás, como siendo lo mejor?

—No, por cierto.

—Pienso, antes bien, que, si fuera entendido verdaderamente en aquellas cosas que imita, se esforzaría por las cosas efectivas mucho más que por sus imitaciones, e intentaría dejar tras de sí muchas obras bellas como recuerdo suyo y anhelaría más ser celebrado que ser el que celebra a otros.

—Creo que sí, pues serían bien distintos el honor y el provecho.

—De otras cosas no pediremos cuentas a Homero   ni a ningún otro cde los poetas, preguntándoles si alguno de ellos era médico o sólo imitador de los discursos? de los médicos, ni preguntaremos a quiénes se dice que cualquiera de los poetas antiguos o recientes ha sanado, como Asclepio, o qué discípulos en medicina ha dejado tras de sí, como éste dejó a sus descendientes, ni los interrogaremos en lo tocante a las otras artes; dejémoslo pasar. Pero en cuanto a los asuntos más bellos e importantes de los que Homero   se propone hablar, lo relativo? a la guerra? y al oficio del general, al gobierno de los Estados y a la educación del dhombre, tal vez? sea justo preguntarle inquisitivamente: «Querido Homero  , si no es cierto que respecto a la excelencia seas el tercero contando a partir de la verdad, ni que seas un artesano de imágenes como el que hemos definido como imitador, sino que eres segundo y capaz de conocer cuáles ocupaciones? tornan mejores a los hombres y cuáles peores en privado? y en público, dinos: ¿cuál Estado fue mejor gobernado gracias a ti, como Lacedemonia gracias a Licurgo, y, gracias a muchos eotros, numerosos Estados grandes y pequeños? ¿Qué Estado te atribuye ser buen legislador en su beneficio, como lo atribuyen Italia y Sicilia a Carondas y nosotros a Solón? ¿Y a ti cuál Estado? ¿Puedes mencionar uno?».

—No creo —dijo Glaucón—, pues ni siquiera lo mencionan los devotos de Homero  .

—¿Y qué guerra se recuerda del tiempo de Homero   que haya sido [600a] bien conducida bajo su mando o siguiendo su consejo?

—Ninguna.

—¿Pero se cuentan de él obras propias de un sabio, tales como invenciones ingeniosas múltiples para las artes o para algún otro tipo de actividad?, del mismo modo que se cuentan respecto de Tales de Mileto   y Anacarsis el escita?

—Nada de esa índole.

—Pero si no se puede decir nada de él en lo público, ¿sí en lo privado? ¿Se cuenta que Homero   mismo, mientras vivía, ha dirigido la educación de algunos que lo han amado por su trato y que han legado? a sus sucesores alguna vía homérica de vida, tal como Pitágoras   fue bamado excepcionalmente por esto, al punto? que sus sucesores aún hoy denominan «pitagórico» un modo de vida por el cual resultan distintos de los demás hombres?

—No, nada de eso se cuenta. Pues en cuanto a Creófilo, el discípulo de Homero  , Sócrates  , tal vez parezca más ridículo por su educación que por su nombre, si es cierto lo que se cuenta acerca de Homero  ; pues se cuenta que éste padeció en vida un gran descuido por parte? de caquél.

—En efecto, se cuenta eso. Pero ¿piensas, Glaucón, que, si Homero   hubiese sido realmente capaz de educar? a los hombres y hacerlos mejorar, no habría hecho numerosos discípulos que lo honraran y amaran? Sin embargo, el caso es que Protágoras   de Abdera, Pródico de Ceos y muchos otros, en sus lecciones privadas, podían inculcar en sus contemporáneos la idea de que no serían capaces de administrar dni su casa ni su Estado si ellos no supervisaban su educación, y por esta sabiduría eran amados hasta tal punto que por poco sus discípulos no los paseaban sobre sus hombros; los contemporáneos de Homero  , por el contrario, si éste hubiera podido ayudar a los hombres respecto a la excelencia, ¿le habrían permitido a éste y a Hesíodo   ir recitando sus poemas de un lado a otro? Más bien, ¿no se habrían aferrado a ellos emás que al oro y los habrían obligado a vivir consigo en sus casas y, en caso de no persuadirlos, no los habrían seguido por cualquier lado por donde fueran, hasta sacar suficiente partido de su enseñanza?

—Creo, Sócrates  , que dices absolutamente la verdad.

—Dejamos establecido, por lo tanto, que todos los poetas, comenzando por Homero  , son imitadores de imágenes de la excelencia y de las otras cosas que crean, sin tener nunca acceso a la verdad; antes [601a] bien, como acabamos de decir, el pintor, al no estar? versado en el arte de la zapatería, hará lo que parezca un zapatero a los profanos en dicho arte, que juzgan sólo basándose en colores y figuras.

—De acuerdo.

—Así también, se me ocurre, podemos decir que el poeta colorea cada una de las artes con palabras y frases, aunque él mismo sólo está versado en el imitar, de modo que a los que juzgan sólo basándose en palabras les parezca que se expresa muy bien, cuando, con el debido metro, ritmo? y armonía, habla acerca del arte de la zapatería o acerca bdel arte del militar o respecto de cualquier otro; tan poderoso es el hechizo que producen estas cosas. Porque si se desnudan las obras de los poetas del colorido musical y se las reduce a lo que dicen en sí mismas, creo que sabes el papel que hacen, pues ya lo habrás observado?.

—Sí, por cierto.

—Se parecen a esos rostros que son jóvenes pero no bellos, tal como se los ve cuando han dejado atrás la flor de la juventud.

—Absolutamente de acuerdo.

—Ven ahora y observa esto. Decimos que el creador de imágenes, cel imitador, no está versado para nada en lo que es sino en lo que parece. ¿No es así?

—Sí.

—Pero no dejemos a medias lo dicho, sino mirémoslo debidamente.

—Habla.

—El pintor, decimos, pinta las riendas y el freno.

—Sí.

—Pero son el talabartero y el herrero quienes las hacen.

—De acuerdo.

—Ahora bien, ¿es el pintor quien sabe cómo deben ser las riendas y el freno? ¿O no es tampoco el que las hace, el herrero y el talabartero, sino que quien sabe es sólo aquel que sabe servirse de tales cosas, el jinete?

—Muy cierto.

—¿Y no diremos que eso es así acerca de todas las cosas?

—¿De qué modo?

—Con respecto a cada cosa hay tres artes: el del que la usa, el del dque la hace y el del que la imita.

—Sí.

—Y la excelencia, belleza? y rectitud de cada instrumento?, ser viviente o acción, ¿están referidas a otra cosa que al uso? que les corresponde por naturaleza o que fue tenido en cuenta al fabricarlas?

—A ninguna otra cosa.

—Es de toda necesidad, por consiguiente, que el que usa una cosa sea el más experimentado en ella, y que pueda informar al fabricante de los efectos buenos o malos que se producen en su uso. Por ejemplo, el flautista informa al fabricante de flautas sobre las flautas que sirven para etocar, le ordenará cómo debe hacerlas, y aquél cumplirá sus órdenes.

—Claro que sí.

—De este modo, el entendido informa sobre cuáles son las flautas buenas y malas, y el otro, confiando en él, las fabrica.

—Sí.

—Respecto del mismo instrumento, por consiguiente, el fabricante poseerá una recta opinión en lo tocante a su bondad? y maldad, debido a su relación con el entendido, y al verse obligado a atender al entendido, [602a] en tanto que éste, que es quien usa el objeto, es el que posee el conocimiento.

—De acuerdo.

—En cuanto al imitador, ¿a partir del uso será que posee conocimiento acerca de si lo que pinta es bello y recto o no? ¿O acaso tendrá una opinión correcta debido a la relación forzosa con el entendido y por haber sido instruido por él sobre cómo pintar?

—Ni una cosa ni la otra.

—El imitador, por ende, no tendrá conocimiento ni opinión recta de las cosas que imita, en cuanto a su bondad o maldad.

—Parece que no.

—¡Pues encantador es el imitador poético en cuanto a sabiduría de las cosas que hace!

—No precisamente encantador.

—No obstante, aunque no sepa si cada cosa es buena o mala, imitará bde todos modos; sólo que, a lo que parece, ha de imitar lo que pasa por bello para la multitud ignorante.

—No podría ser de otro modo.

—Entonces parece que estamos razonablemente de acuerdo en que el imitador no conoce nada digno de mención en lo tocante a aquello que imita, sino que la imitación es como un juego? que no debe ser tomado en serio; y los que se abocan a la poesía trágica, sea en yambos o en metro épico, son todos imitadores como los que más.

—Muy de acuerdo.

c—¡Por Zeus! ¿No es esta imitación algo situado en el tercer lugar a partir de la verdad?

—Sí.

—¿Y respecto de qué parte del hombre posee el poder? que posee?

—¿A cuál parte te refieres?

—A ésta: una misma magnitud, según la veamos de cerca o de lejos, no nos parece igual.

—No, en efecto.

—Y las mismas cosas parecen curvas o rectas según se las contemple dentro? del agua o fuera de ésta, o cóncavas y convexas por el error dde la vista en lo relativo a los colores, y es patente que se produce todo este tipo de perturbación en nuestra alma. Y es a esta dolencia de la naturaleza que se dirige la pintura sombreada, a la que no le falta? nada para el embrujamiento, la prestidigitación y todos los demás artificios de esa índole.

—Es cierto.

—Y el medir, el contar? y el pesar se han acreditado como los más agraciados auxiliares para evitar esto, de modo que no impere en nosotros lo que parece mayor y menor, más numeroso o más pesado, sino lo que calcula, mide y pesa.

—Claro.

e—Pero ¿no es esto función del alma razonada?

—De ésta, en efecto.

—Y a ésta, tras haber medido y declarado que ciertas cosas son mayores o menores que otras o iguales a éstas, con frecuencia las mismas cosas aparecen como contrarias al mismo tiempo.

—Sí.

—Pero ¿no hemos dicho que es imposible para la misma parte del alma emitir a la vez opiniones? contrarias sobre lo mismo?

—Sí, y lo dijimos correctamente.

[603a] —Por consiguiente, la parte que opina al margen de la medición no puede ser la misma que la que opina según la medición.

—No, en efecto.

—Ahora bien, la parte que confía en la medición y en el cálculo ha de ser la mejor del alma.

—Sin duda.

—Por lo tanto, lo que se le opone es algo correspondiente a nuestras partes inferiores?.

—Necesariamente.

—Pues fue queriendo llegar a un acuerdo sobre esto que dije que la pintura y en general todo arte mimético realiza su obra lejos de la verdad, y que se asocia con aquella parte de nosotros que está lejos de la sabiduría y que es su querida y amiga sin apuntar a nada sano ni bverdadero.

—Absolutamente de acuerdo.

—Por consiguiente, el arte mimético es algo inferior que, conviviendo con algo inferior, engendra algo inferior.

—Así parece.

—¿Y esto lo decimos sólo de la imitación que concierne a la vista, o también de la que concierne al oído, a la que llamamos «poesía»?

—Probablemente también de ésta.

—Pero no nos confiemos tan sólo en la analogía con la pintura, sino marchemos hasta la parte del espíritu con la que trata la poesía imitativa y veamos si es inferior o valiosa.c

—Hay que hacerlo.

—Propongamos la cuestión así: la poesía imitativa imita, digamos, a hombres que llevan a cabo acciones? voluntarias o forzadas, y que, a consecuencia de este actuar, se creen felices o desdichados; y que en todos estos casos se lamentan o se regocijan. ¿Queda? algo aparte de esto?

—No, nada.

—Pues bien, en todas estas situaciones, ¿se mantiene el hombre de acuerdo consigo mismo? ¿O bien, como sucedía con la vista, entra en ddiscordia interior y sostiene opiniones contrarias al mismo tiempo respecto de los mismos objetos y se halla así, también en sus actos, en disensión y en lucha contra sí mismo? Pero recuerdo algo que hace que no sea necesario que convengamos en este punto; pues en nuestra argumentación precedente hemos estado? suficientemente de acuerdo en que nuestra alma está colmada de miles de contradicciones de esta índole, que se suscitan al mismo tiempo.

—Y hemos estado de acuerdo correctamente.

—Correctamente, en efecto; pero entonces pasamos por alto algo que ahora me parece indispensable exponer.e

—¿Qué cosa?

—Decíamos entonces que un hombre razonable que sufra una desgracia tal como la pérdida de un hijo o de cualquier otra cosa que estime en mucho la sobrellevará con mayor facilidad que los demás.

—De acuerdo.

—Examinemos ahora si no siente ningún agobio, o bien, si, siendo esto imposible, de algún modo modera su dolor.

—Más bien es esto lo cierto.

[604a] —Dime todavía esto: ¿cuándo piensas que combatirá más el sufrimiento y lo resistirá, cuando es visto por sus semejantes o cuando se queda en la soledad solo consigo mismo?

—Cuando es visto por otros; y la diferencia es grande.

—Al estar solo, en cambio, creo que se atreverá a proferir muchos gritos que le daría vergüenza que alguien los escuchara, y hará muchas cosas que no consentiría que alguien le viera hacerlas.

—Así es.

b—¿Y no es la razón y la ley las que lo inducen a resistir, mientras que es su afección la que lo arrastra hacia el sufrimiento?

—Es verdad.

—Pero cuando se suscitan en el hombre al mismo tiempo dos movimientos opuestos respecto de lo mismo, decimos que necesariamente hay en él dos partes.

—Sin duda.

—Y que una de ellas está dispuesta a obedecer la ley en lo que ésta le dicta.

—¿Cómo?

—De algún modo la ley dice que lo más positivo? es guardar? al máximo la calma? en los infortunios y no irritarse, dado que no está claro qué hay de bueno y de malo en tales sucesos, que no se adelanta cnada en afrontarlos coléricamente y que además ninguno de los asuntos humanos es digno de gran inquietud; y que la aflicción se torna un obstáculo para lo que debería sobrevenir rápidamente en nuestra ayuda en tales casos.

—¿A qué te refieres?

—A la reflexión sobre lo que ha acontecido. Como cuando se echan los dados, frente a la suerte echada hay que disponer los propios asuntos del modo que la razón escoja como el mejor; y no hacer como niños, que, tras haberse golpeado, se agarran la parte afectada y pasan el tiempo dando gritos, sino acostumbrar al alma a darse a la curación drápidamente y a levantar la parte caída y lastimada, suprimiendo la lamentación con el remedio.

—Sin duda es éste el modo más correcto de comportarse ante los infortunios.

—Por lo tanto, decimos que la mejor parte de nosotros es la que está dispuesta a obedecer este razonamiento?.

—Es evidente.

—En cambio, la parte que conduce al recuerdo de lo acontecido y a las quejas, siendo inconsolable, ¿no diremos que es la parte irracional, perezosa y amiga de la cobardía?

—Lo diremos, por cierto.

—Y es la parte irritable la que cuenta con imitaciones abundantes ey variadas, en tanto que el carácter sabio y calmo, siempre semejante a sí mismo, no es fácil de imitar, ni de aprehender cuando es imitado, sobre todo por los hombres de toda índole congregados en el teatro? para un festival; porque la imitación estaría presentando un carácter que les es ajeno.

—Absolutamente de acuerdo.[605a]

—Por lo demás, es patente que el poeta imitativo no está relacionado por naturaleza con la mejor parte del alma, ni su habilidad está inclinada a agradarla, si quiere ser popular entre el gentío, sino que por naturaleza se relaciona con el carácter irritable y variado, debido a que éste es fácil de imitar.

—Es evidente.

—Por lo tanto, es justo que lo ataquemos y que lo pongamos como correlato? del pintor; pues se le asemeja en que produce cosas inferiores en relación con la verdad, y también se le parece en cuanto trata con bla parte inferior del alma y no con la mejor. Y así también es en justicia? que no lo admitiremos en un Estado que vaya a ser bien legislado, porque despierta a dicha parte del alma, la alimenta y fortalece, mientras echa a perder a la parte racional, tal como el que hace prevalecer políticamente a los malvados y les entrega el Estado, haciendo sucumbir a los más distinguidos. Del mismo modo diremos que el poeta imitativo implanta en el alma particular de cada uno un mal? gobierno, congraciándose con la parte insensata de ella, que no diferencia lo mayor cde lo menor y que considera a las mismas cosas tanto grandes como pequeñas, que fabrica imágenes y se mantiene a gran distancia de la verdad.

—De acuerdo.

—Pero aún no hemos formulado la mayor acusación contra la poesía; pues lo más terrible es su capacidad de dañar incluso a los hombres de bien, con excepción de unos pocos.

—¿Cómo no va a ser lo más terrible, si hace eso?

—Escucha y examina. Cuando los mejores de nosotros oímos a Homero   do a alguno de los poetas trágicos que imitan a algún héroe en medio de una aflicción, extendiéndose durante largas frases en lamentos, cantando y golpeándose el pecho, bien sabes que nos regocijamos y, abandonándonos nosotros mismos, los seguimos con simpatía y elogiamos como buen poeta al que hasta tal punto nos pone en esa disposición.

—¡Claro que lo sé bien!

—Pero cuando se suscita un pesar en nosotros mismos, date cuenta ede que nos enorgullecemos de lo contrario, a saber, de poder guardar calma y aguantarnos, en el pensamiento? de que esto es lo que corresponde a un varón, y que lo que antes alabábamos corresponde a una mujer?.

—Me doy cuenta.

—¿Pero es correcto este elogio?, cuando al ver un hombre de tal índole que nosotros mismos no aceptaríamos ser, sino que nos avergonzaríamos, no sentimos abominación sino que nos regocijamos y lo alabamos?

—No, por Zeus, eso no parece razonable.

[606a] —Claro está, al menos si lo examinas de este modo.

—¿De qué modo?

—Ten en cuenta que la parte del alma que entonces reprimíamos por la fuerza en las desgracias personales, la que estaba hambrienta de lágrimas y de quejidos y buscaba satisfacerse adecuadamente, pues está en su naturaleza el desear tales cosas, ésa es la parte a la que los poetas satisfacen y deleitan; en tanto que lo que es por naturaleza lo mejor de nosotros, dado que no ha sido suficientemente educado ni bpor la razón ni por la costumbre, afloja la vigilancia de la parte quejumbrosa, en cuanto que lo que contempla son aflicciones ajenas, y no ve nada vergonzoso en elogiar y compadecer a otro que, diciéndose hombre de bien, se lamenta de modo inoportuno, sino que estima que extrae de allí un beneficio, el placer, y no aceptaría verse privado de él por haber desdeñado el poema en su conjunto. Pienso, en efecto, que pocos pueden compartir la reflexión de que lo que experimentamos de las aflicciones ajenas revierte sobre nosotros mismos, pues después de haber nutrido y fortalecido la conmiseración respecto de otros, no es fácil reprimirla en nuestros propios padecimientos.

c—Es muy cierto.

—¿Y no rige el mismo argumento respecto de lo ridículo? Porque cuando escuchas en la comedia o en la conversación privada payasadas que a ti mismo te avergonzaría decir, y lo gozas intensamente en lugar de detestarlo como perversidad, ¿no haces lo mismo que en el caso de lo patético? En efecto, esta disposición a hacer reír que reprimías, en ti mismo, por medio de la razón, por temor a la reputación de payaso, ahora la liberas; y tras haber fortalecido este impulso? juvenil, con frecuencia te dejas arrastrar inadvertidamente hasta el punto de convertirte en un comediante en la charla habitual.

—Por cierto que sí.

—Y en cuanto a las pasiones sexuales y a la cólera y a cuantos apetitos dhay en el alma, dolorosos o agradables, de los cuales podemos decir que acompañan a todas nuestras acciones, ¿no produce la imitación poética los mismos efectos? Pues alimenta y riega estas cosas, cuando deberían secarse, y las instituye en gobernantes de nosotros, cuando deberían obedecer para que nos volvamos mejores y más dichosos en lugar de peores y más desdichados.

—No puedo decir que sea de otro modo.

—Por lo tanto, Glaucón, cuando encuentres a quienes alaban a eHomero diciendo que este poeta ha educado a la Hélade, y que con respecto a la administración y educación de los asuntos humanos es digno de que se le tome para estudiar, y que hay que disponer toda nuestra vida de acuerdo con lo que prescribe dicho poeta, debemos amarlos y saludarlos como a las mejores personas que sea posible encontrar, [607a] y convenir con ellos en que Homero   es el más grande poeta y el primero de los trágicos, pero hay que saber también que, en cuanto a poesía, sólo deben admitirse en nuestro Estado los himnos a los dioses y las alabanzas a los hombres buenos. Si en cambio recibes a la Musa? dulzona, sea en versos líricos o épicos, el placer y el dolor reinarán en tu Estado en lugar de la ley y de la razón que la comunidad juzgue siempre la mejor.

—Es una gran verdad.

—Esto es lo que quería decir como disculpa, al retornar? a la poesía, bpor haberla desterrado del Estado, por ser ella de la índole que es: la razón nos lo ha exigido. Y digámosle, además, para que no nos acuse de duros y torpes, que la desavenencia entre la filosofía y la poesía viene de antiguo. Leemos, por ejemplo, «la perra gruñona que ladra a su amo», «importante en la charla vacía de los tontos», «la multitud cde las cabezas excesivamente sabias», «los pensadores sutiles porque son pobres», y mil otras señales de este antagonismo. No obstante, quede dicho que, si la poesía imitativa y dirigida al placer puede alegar alguna razón por la que es necesario que exista en un Estado bien gobernado, la admitiremos complacidos, conscientes como estamos de ser hechizados por ella. Pero sería sacrílego? renunciar a lo que creemos dverdadero. Dime, amigo mío, ¿no te dejas embrujar tú también por la poesía, sobre todo cuando la contemplas a través de Homero  ?

—Sí, mucho.

—¿Será justo, entonces, permitirle regresar a nuestro Estado, una vez hecha su defensa en verso lírico o en cualquier otro tipo de metro?

—De acuerdo.

—Concederemos también a sus protectores, aquellos que no son poetas sino amantes de la poesía, que, en prosa?, aleguen a su favor que no sólo es agradable sino también beneficiosa tanto respecto de la organización política como de la vida humana, y los escucharemos gustosamente; epues seguramente ganaríamos si se revela ser no sólo agradable sino también beneficiosa.

—¿Y cómo no hemos de ganar?

—Pero si no pueden alegar nada, mi querido amigo, haremos como los que han estado enamorados y luego consideran que ese amor no es provechoso y, aunque les duela, lo dejan; así también nosotros, llevados por el amor que hacia esta poesía ha engendrado la educación [608a] de nuestras bellas instituciones políticas, estaremos complacidos en que se acredite con el máximo de bondad y verdad; pero, hasta tanto no sea capaz de defenderse, la oiremos repitiéndonos el mismo argumento que hemos enunciado?, como un encantamiento?, para precavernos de volver a caer en el amor infantil, que es el de la multitud; la oiremos, por consiguiente, con el pensamiento de que no cabe tomar en serio a la poesía de tal índole, como si fuera seria y adherida a la verdad, by de que el oyente debe estar en guardia contra ella, temiendo por su gobierno interior, y de que ha de creer lo que hemos dicho sobre la poesía.

—Convengo por completo contigo.

—Grande, en efecto, es la contienda, mi querido Glaucón, mucho más grande de lo que parece, entre llegar a ser bueno o malo; de modo que ni atraídos por el honor o por las riquezas o por ningún cargo, ni siquiera por la poesía, vale la pena? descuidar la justicia o el resto de la excelencia.

—Convengo contigo en vista de lo expuesto, y pienso que cualquiera también convendrá.

Chambry

595 — Eh bien, dis-je, j’ai sans doute? nombre de raisons, quand je pense à la cité, de considérer que nous l’avons fondée le plus correctement du monde?, mais j’en ai surtout quand j’envisage la question? de la création poé- tique.

— Sur quel point en particulier ! dit?-il.

— Notre refus de tout ce qui en elle est poésie mimé- tique. Car la nécessité de la refuser avec toute l’énergie du monde apparaît, me semble-t-il, b avec encore plus de clarté, à présent qu’ont été distinguées et sépar?ées chacune des espèces de l’âme.

— En quoi ?

— Pour ne le dire qu’à vous — car vous ne me dénoncerez pas auprès des créateurs de tragédies, et de tous les autres? spécialistes de l’imitation? — toutes les imitations de ce genre sont apparemment une cause? de destruction pour l’esprit de leurs auditeurs, je veux dire de tous ceux qui n’ont pas le contrepoison consistant à les connaître telles qu’elles se trouvent être en réalité.

— Quelle est la conception, dit-il, qui te fait parler ainsi ?

— Il faut que je le dise, repris-je. Cependant une certaine affection?, et un certain respect, que depuis "mon enfance j’ai pour Homère, m’empêchent de parler. Car c’est bien lui, c semble-t-il, qui a été le premier? maître, et le conducteur, de tous ces beaux poètes tragiques?. Eh bien non, il ne faut pas faire? passer le respect pour un homme avant celui qui est dû à la vérité. Allons, comme je viens de le dire, il faut parler.

— Oui, certainement, dit-il.

— Alors écoute, ou plutôt réponds à mes questions.

— Pose-les.

— Pourrais-tu me dire ce qu’est en général l’imitation ? Car moi?-même je ne comprends pas tout à fait ce qu’elle cherche à être.

— Alors certes, dit-il, c’est moi qui le comprendrai !

— Il n’y aurait rien là d’étrange, dis-je, puisque dans beaucoup de cas ceux dont la vue est émoussée voient les choses 596 avant ceux dont la vue est perçante.

— Oui, c’est un fait, dit-il. Mais devant toi je ne serais même pas capable de parler, au cas où quelque chose m’apparaîtrait. Allons, vois toi-même.

— Veux-tu alors que nous commencions à examiner les choses selon notre méthode habituelle ? Nous avons en effet l’habitude? de poser une forme? unique, à chaque fois, pour chaque ensemble de choses multiples auxquelles nous attribuons le même nom. Ne comprends-tu pas ?

— Si, je comprends.

— Considérons alors, dans le cas présent aussi, l’ensemble de choses multiples que tu veux. Par exemple?, si tu veux, il existe, n’est-ce pas, nombre de lits, et de b tables.

— Oui, forcément.

— Mais de formes, n’est-ce pas, pour ces meubles, il n’y en a que deux : une pour le lit, une pour la table.

— Oui.

— Or nous avons aussi l’habitude de dire que l’artisan? de l’un et de l’autre objet, c’est en portant ses regards sur la forme, qu’il fabrique, pour l’un les lits, pour l’autre les "tables dont nous, nous faisons usage, et de la même façon les autres objets ? Car, n’est-ce pas, la forme elle-même, aucun des artisans ne la fabrique avec son art ? c Comment le pourrait-il ?

— D’aucune façon. Mais vois encore de quel nom tu nommes l’artisan que voici.

— Lequel ?

— Celui qui fait exister? toutes les choses qu’avec leurs mains les ouvriers fabriquent, chacun de son côté.

— Tu parles là d’un homme habile et admirable !

— Ne dis encore rien, bientôt tu affirmeras qu’il est encore plus que cela. Car ce même ouvrier est capable non seulement de faire exister toutes les sortes d’objets, mais il fait aussi toutes les plantes qui sortent de la terre?, et il fabrique tous les êtres vivants, les autres aussi bien que lui-même ; et en plus de cela il fabrique terre et ciel, et dieux, et tout ce qui est dans le ciel, et chez Hadès sous la terre.

— Tu parles là, d dit-il, d’un sophiste tout à fait merveilleux.

— Tu refuses de me croire ? répondis-je. Alors dis-moi : est-ce qu’il te semble totalement exclu qu’un tel artisan existe ? Ou bien te semble-t-il que d’une certaine façon pourrait exister quelqu’un capable de faire tout cela, mais d’une autre façon non ? Ne t’aperçois-tu pas que même toi tu serais capable de faire tout cela, du moins d’une certaine façon ?

— Mais quelle est cette façon-là ! dit-il.

— Elle n’est pas compliquée, dis-je ; c’est un artisanat qu’on exerce en tout lieu?, et rapidement ; très rapidement même, à condition que tu veuilles bien prendre un miroir, et le faire tourner autour de toi ; aussitôt tu créeras e le "soleil et ce qui se trouve dans le ciel, aussitôt la terre, et aussitôt toi-même autant que les autres êtres vivants, les objets, les plantes, et tout ce dont on parlait à l’instant.

— Oui, dit-il, des choses qui paraissent, mais pas des choses qui véritablement soient réelles, n’est-ce pas ?

— Tu dis bien, répondis-je ; et par ton argument, tu en viens là où il faut en venir. Parmi de tels artisans, en effet, je crois qu’il y a aussi le peintre. N’est-ce pas ?

— Oui, forcément.

— Mais tu affirmeras, je crois, que quand il crée, il ne crée pas des choses véritables. Et cependant, en tout cas d’une certaine façon, le peintre lui aussi crée un lit. N’est-ce pas ?

— Oui, dit-il, lui aussi fait ce qui en tout cas paraît un lit.

— Mais que dire du fabricant de lits ? Ne disais-tu pas 597 à l’instant qu’il crée non pas la forme, qui, affirmons-nous, est ce qui est réellement un lit, mais qu’il crée un certain lit parmi d’autres ?

— Si, c’est ce que je disais.

— Par conséquent, si ce n’est pas ce qui est réellement qu’il fabrique, il ne saurait créer le réel, mais quelque chose qui est tel que ce qui est réel, sans être réel. Et si quelqu’un affirmait que l’ouvrage du fabricant de lits ou de quelque autre fabricant artisanal est parfaitement réel, il risquerait bien de ne pas dire vrai ?

— Non, il ne dirait pas vrai, reprit-il, en tout cas selon l’opinion de ceux qui s’occupent de ce genre d’arguments.

— Alors ne nous étonnons pas si cet objet lui aussi’ se trouve être quelque chose de peu net, en regard de la vérité. b Non, en effet.

— Veux-tu alors, dis-je, que sur ces mêmes bases nous recherchions, à propos de cet imitateur, ce qu’il peut bien être ? "

— Si tu le veux, dit-il.

— Eh bien ces lits sont de trois genres. Le premier est celui qui est dans la nature, celui dont nous pourrions affirmer, je crois, que c’est un dieu qui l’a fabriqué. Qui d’autre ?

— Personne?, je crois.

— Un autre est celui qu’a fabriqué le menuisier.

— Oui, dit-il.

— Et un enfin celui qu’a fabriqué le peintre. N’est-ce pas ?

— Admettons.

— Donc peintre, fabricant de lits, dieu, ces trois-là président à trois espèces de lits.

— Oui, ces trois-là.

— Le dieu, lui, soit c qu’il ne l’ait pas voulu, soit que quelque nécessité se soit imposée à lui de ne pas fabriquer plus d’un lit dans la nature, le dieu ainsi n’a fait que ce seul lit qui soit réellement lit, Mais le dieu n’a pas donné naissance à deux lits de cet ordre?, ou à plus, et il est impossible qu’ils viennent à naître.

— Comment cela ? dit-il.

— C’est que, dis-je, s’il en créait ne fût-ce que deux, en apparaîtrait à nouveau un unique dont ces deux-là, à leur tour, auraient la forme, et ce serait celui-1h qui serait ce qui est réellement un lit, et non pas les deux autres.

— C’est exact, dit-il.

— Sachant donc cela, je crois, le dieu, qui voulait d être réellement le créateur d’un lit qui fût réellement, et non pas d’un lit parmi d’autres ni un créateur de lit parmi d’autres, a fait naître celui-là, qui est unique par nature.

— Oui, c’est sans doute cela.

— Eh bien veux-tu que nous lui donnions le nom d’auteur naturel de cet objet, ou quelque autre nom de ce genre ? "

— Oui, ce serait juste, dit-il, puisque c’est bien par nature qu’il l’a créé, aussi bien que toutes les autres choses.

— Et quel nom donner au menuisier ? N’est-ce pas celui d’artisan du lit ?

— Si.

— Et le peintre, sera-t-il lui aussi l’artisan, et le créateur d’un tel objet ?

— Non, d’aucune façon.

— Que déclareras-tu alors qu’il est, par rapport au lit ?

— Voici, dit-il, à mon avis le nom le plus approprié dont on pourrait le nommer : imitateur de ce dont eux sont les artisans.

— Soit, dis-je. Donc tu nommes imitateur l’homme du troisième degré d’engendrement à partir de la nature ?

— Oui, exactement, dit-il.

— C’est donc aussi ce que sera le faiseur de tragédies, si l’on admet que c’est un imitateur : par sa naissance il sera en quelque sorte? au troisième rang à partir du roi et de la vérité ; et de même pour tous les autres imitateurs.

— Oui, c’est bien probable.

— Nous voilà donc tombés d’accord sur l’imitateur. Mais dis-moi, 598 à propos du peintre : te semble-t-il entreprendre d’imiter, pour chaque chose, cela même qu’elle est par nature, ou bien les ouvrages des artisans ?

— Les ouvrages des artisans, dit-il.

— Tels qu’ils sont, ou tels qu’ils apparaissent ? Tu dois en effet faire encore cette distinction.

— En quel sens? l’entends-tu ? dit-il.

— En ce sens-ci : un lit, que tu le regardes de côté, de face, ou sous n’importe quel angle, diffère-t-il de lui-même en quoi que ce soit, ou bien n’en diffère-t-il en rien, mais apparaît-il seulement différent ? Et de même pour les autres objets ?

— C’est la seconde réponse, dit-il : il apparaît différent, mais ne diffère en rien. "

— Alors b examine ce point précisément : dans quel but a été crdé l’art de peindre, pour chaque chose : en vue d’imiter ce qui est, tel qu’il est, ou bien ce qui apparaît, tel qu’il apparaît ? est-il une imitation de la semblance, ou de la vérité ?

— De la semblance, dit-il.

— Par conséquent l’art de l’imitation est assurément loin du vrai et, apparemment, s’il s’exerce sur toutes choses, c’est parce qu’il ne touche? qu’à une petite partie de chacune, et qui n’est qu’un fantôme. Ainsi le peintre, affirmons-nous, nous peindra un cordonnier, un menuisier, les autres artisans, alors qu’il c ne connaît rien à leurs arts. Cependant, pour peu qu’il soit bon peintre, s’il peignait un menuisier et le leur montrait de loin, il pourrait tromper au moins les enfants et les fous, en leur faisant croire que c’est véritablement un menuisier.

— Oui, forcément.

— Eh bien, mon ami, voici, je crois, ce qu’il faut penser de toutes les choses de ce genre. Lorsque quelqu’un nous annonce, en parlant d’un certain homme, avoir rencontré en lui un homme qui connaît tous les arts et tous les autres savoirs que tel ou tel possède, chacun pour sa part, un homme d dont il n’est rien qu’il ne connaisse plus exactement que quiconque, il faut lui répliquer qu’il est un naïf, et qu’il a apparemment rencontré un sorcier, un imitateur, et s’est si bien laissé tromper par lui, que ce dernier lui a semblé être un expert universel, parce que lui-même n’est pas capable de distinguer le savoir du manque de savoir et de l’imitation.

— C’est tout à fait vrai, dit-il.

— Eh bien, dis-je, ce qu’il faut examiner après cela, c’est la tragédie ainsi que son chef de file, Homère, puisque nous entendons dire par certains que ce sont eux, les tragiques, qui connaissent tous e les arts, toutes les choses humaines en rapport avec l’excellence et le vice, et bien sûr toutes les choses divines. En effet, disent-ils, le "bon poète doit nécessairement, s’il veut faire une belle création poétique dans les sujets qu’il traite, créer en connaissance de cause, ou alors il ne sera pas capable de créer. Il faut donc examiner si ces gens-là, quand ils ont rencontré ces imitateurs, ne se sont pas laissé tromper, et si, quand ils regardent 599 leurs ouvrages, ils n’oublient pas de s’apercevoir que ces derniers sont éloignés de trois niveaux de ce qui est réellement, et qu’il est facile de les fabriquer sans connaître la vérité — car ce sont des semblances qu’ils créent, et pas des choses qui existent réellement — ou alors s’ils disent quelque chose de valable, et si réellement les bons poètes connaissent ce dont, de l’avis de la plupart des gens, ils parlent bien.

— Oui, tout à fait, dit-il, il faut procéder à cet examen.

— Crois-tu alors que si quelqu’un était capable de créer l’un et l’autre, à la fois ce qui sera imité, et son fantôme, il se laisserait aller à travailler? sérieusement dans la fabrication des fantômes, et mettrait cela au premier plan de sa propre vie, comme b ce qu’il a de meilleur ?

— Non, moi je ne le crois pas.

— Mais ce que je crois, moi, c’est que s’il était vraiment savant dans les choses qu’il imite, il exercerait son sérieux bien plutôt dans le domaine des faits que dans celui des imitations, il tenterait de laisser nombre d’actes mémorables en souvenir? de lui-mêrne, et aurait à cœur d’être plutôt celui dont on fait l’éloge que celui qui fait l’éloge.

— Oui, je le crois, dit-il. Car l’honneur et le profit ne sont pas à égalité dans les deux cas.

— Par conséquent, de façon générale, ne demandons pas de comptes à Homère ni à aucun autre des poètes, c en cherchant à savoir si tel d’entre eux était spécialiste en médecine, et pas seulement imitateur des discours médicaux, ou bien, à propos d’un poète parmi les plus anciens "ou parmi les plus récents, à quels malades on dit qu’il a rendu la santé, comme l’a fait Asclépios, ou quels élèves dans l’art médical il a laissés, comme Asclépios a laissé ses successeurs ; et ne leur posons pas non plus de questions quant aux autres arts, laissons-les tranquilles là-dessus. En revanche, sur les sujets les plus importants et les plus beaux qu’Homère entreprend de traiter, à savoir les guerres et les campagnes militaires, l’administration des cités, et d l’éducation de l’homme, il est juste, n’est-ce pas, de le questionner? en ces termes : " Cher Homère, si vraiment tu n’es pas éloigné de trois degrés de la vérité en ce qui concerne l’excellence, comme un fabricant de fantômes (c’est ainsi que nous avons défini l’imitateur), mais de deux degrés, et si tu es capable de distinguer les occupations qui rendent les hommes meilleurs ou pires, dans la vie privée et dans la vie publique, dis-nous laquelle des cités a été mieux gouvernée grâce à toi, comme Lacédémone le fut grâce à Lycurgue , et nombre de cités, grandes ou petites, grâce à e nombre d’autres ? En ce qui te concerne, quelle cité te reconnaît comme ayant été un bon législateur, qui a rendu service à ses habitants P Pour Charondas, c’est l’Italie et la Sicile ; nous, nous reconnaissons Solon . Mais toi, lanquelle est-ce? " Pourra-t-il en citer une ?

— Je ne crois pas, dit Glaucon. En tout cas les Homé- rides eux-emes n’en disent rien.

— Mais quelle guerre mentionne-t-on qui, du temps "d’Homère, 600 et sous sa direction ou avec la contribution de ses conseils, aurait été bien menée ’?

— Aucune.

— Mais pour ce qui est des œuvres de l’habileté humaine, y a-t-il des idées nombreuses et inventives dans les arts, ou dans certaines autres pratiques, qui lui soient attribuées, comme il y en a qui sont attribuées à Thalès de Milet ou au Scythe Anacharsis ?

— Absolument rien de tel. Mais alors si ce n’est pas dans l’espace public, dit-on que dans sa vie privée Homère en personne, de son vivant, ait pris la direction de l’éducation de certains hommes qui l’aimaient pour la relation? qu’ils avaient avec lui, et qui auraient transmis à ceux qui les suivirent b une certaine voie "homérique " de vie, comme le fit Pythagore  , qui lui-même fut aimé exceptionnellement pour cela, et dont les successeurs aujourd’hui encore, qui nomment "pythagoricien " leur mode de vie, semblent avoir quelque trait qui les distingue parmi les autres hommes ?

— Non, dit-il, là non plus on ne dit rien de tel. En effet, Socrate  , peut-être Créophyle , le compagnon d’Homère, paraîtrait-il encore plus ridicule pour son éducation que pour son nom, si ce qu’on rapporte d’Homère était vrai. On rapporte en effet que Créophyle lui-même, c tant qu’Homère vécut , le négligea complètement.

"

— Oui, c’est ce qu’on rapporte, dis-je. Eh bien crois-tu, Glaucon, que si Homère avait été réellement à même d’éduquer les hommes et de les rendre meilleurs, parce qu’il aurait été capable sur ces sujets non pas d’imiter, mais de connaître, il ne se serait pas fait de nombreux compagnons, qui l’auraient tenu en estime et en affection ? Protagoras? d’Abdère, tu le sais, Prodicos de Céos , et un très grand nombre d’autres, sont capables d’imposer à leurs contemporains, d en s’entretenant en privé avec eux, l’idée qu’ils ne seront à même de gouverner ni leur maison? ni leur cité si eux-mêmes ne sont pas chargés de superviser leur éducation, et ils se font tellement aimer pour ce savoir-là que c’est tout juste si leurs compagnons ne les portent? pas en procession sur leurs épaules. Tandis qu’Homère, lui, en admettant qu’il ait été vraiment à même d’aider les hommes à aller vers la vertu, ses contemporains l’auraient laissé, ou Hésiode aussi bien, réciter ses rhapsodies en parcourant la terre ? Ils ne se seraient pas attachés à ces poètes plus qu’à l’or, et ne les auraient pas contraints à rester sur place, chez eux ? e ou bien, s’ils n’étaient pas parvenus à les en persuader, ils ne se seraient pas faits eux-mêmes leurs pédagogues pour les accompagner partout où ils seraient allés, jusqu’à avoir reçu une part suffisante d’éducation ?

— Si, Socrate  , dit-il, à mon avis tu dis là tout à fait vrai. "

— Devons-nous poser par conséquent que tous les spécialistes de poésie, à commencer? par Homère, sont des créateurs de fantômes de l’excellence, comme de fantômes des autres thèmes de leurs compositions, mais qu’ils ne touchent pas à la vérité : comme nous le disions à l’instant, le peintre fera ce qui donne l’impression? d’être 601 un cordonnier, alors que lui-même ne s’y entend pas en cordonnerie, et qu’il fait cela pour des gens qui ne s’y entendent pas, mais qui regardent les choses en se fondant sur les couleurs et sur les attitudes ?

— Oui, certainement.

— De même, je crois, nous affirmerons que le spécialiste de poésie lui aussi applique certaines couleurs, correspondant à chacun des artisanats, en se servant des mots et des phrases, alors que lui-même ne s’entend qu’à imiter, si bien qu’il semble aux autres, ceux qui regardent les choses en se fondant sur les paroles, parler tout à fait bien, qu’il parle de cordonnerie, pourvu que ce soit en mesure? et en rythme, et harmonieusement, ou b de stratégie, ou de n’importe quoi d’autre. Tant ces choses en elles-xnêmes possèdent par nature un grand charme. Car quand les expressions des poètes sont dépouillées des colorations de la musique?, et qu’elles sont énoncées en elles-mêmes, pour elles-mêmes, tu sais, je crois, quelle apparence elles ont. Car tu l’as constaté, n’est-ce pas ?

— Oui, dit-il.

— Eh bien, dis-je, elles ressemblent aux visages de ceux qui ont l’éclat de la jeunesse, mais qui sont sans beauté, tels qu’on finit par les voir lorsque leur fleur les a quittés ?

— Oui, exactement, dit-il.

— Eh bien va, considère ceci : le créateur du fantôme, l’imitateur, affirmons-nous, ne s’entend en rien à ce qui est réellement, mais à ce qui paraît. c N’est-ce pas ? "

— Oui.

— Alors ne laissons pas cela dit à moitié, mais examinons la chose à fond.

— Parle, dit-il.

— Le peintre, affirmons-nous, peindra des rênes, ou un mors ?

— Oui.

— Mais ceux qui les fabriquent sont le cordonnier et le forgeron ?

— Oui, certainement.

— Eh bien, celui qui s’entend à dire comment doivent être les rênes et le mors, est-ce le peintre ? N’est-ce pas plutôt, non pas même celui qui les a fabriqués, à savoir le forgeron, ou le sellier, mais celui-là seul qui sait en faire usage, à savoir le spécialiste du cheval ?

— Si, c’est tout à fait vrai.

— Eh bien ne devons-nous pas affirmer qu’il en va de même pour toutes choses ?

— Comment cela ? d — En disant que pour chaque chose il y a trois arts : celui qui saura en faire usage, celui qui saura la fabriquer, celui qui saura l’imiter ?

— Oui.

— Or l’excellence, la beauté, et la rectitude de chaque objet, de chaque être vivant, de chaque action, à quoi se rapportent-elles, sinon à l’usage pour lequel chacun est fabriqué, ou est né naturellement ?

— En effet.

— Il y a donc toute nécessité que pour chaque chose, celui qui en fait usage soit le plus expérimenté, et qu’il devienne le messager, capable d’expliquer? à qui le fabrique ce qu’il fait de bon ou de mauvais?, du point de vue de l’usage qu’en fait l’usager. Par exemple, le joueur de flûte est en quelque sorte le messager qui vient parler au fabricant de flûtes des flûtes qui lui serviront e dans le jeu de la flûte, et il lui prescrira comment il doit les fabriquer, tandis que l’autre se mettra à son service. "

— Oui, forcément.

— Par conséquent, c’est celui qui sait qui sert de messager pour parler des flûtes de bonne et de mauvaise qualité, et l’autre les fabriquera, en suivant les conseils du premier ?

— Oui.

— Dès lors, à propos du même objet, celui qui le fabrique aura? une croyance? correcte sur sa beauté ou sa médiocrité, pour autant qu’il sera en rapport avec celui qui sait, et qu’il sera contraint d’écouter 602 celui qui sait ; tandis que c’est celui qui en fait usage qui aura le savoir.

— Oui, exactement.

— Mais l’imitateur ? aura-t-il, sur la base? de l’usage, un savoir sur les choses au sujet? desquelles il écrit ou peint, l’informant si elles sont belles et correctes ou non, ou bien une opinion correcte née d’une relation nécessaire avec celui qui sait, qui lui prescrirait lesquelles décrire ou dépeindre ?

— Ni l’un ni l’autre.

— Par conséquent, l’imitateur n’aura ni savoir ni opinion correcte sur les choses qu’il imite, concernant leur beauté ou leur mauvaise qualité.

— Apparemment pas.

— Plaisant personnage que le spécialiste de l’imitation en poésie, pour ce qui est de se connaître aux choses qu’il traite !

— Non, pas précisément.

— Et pourtant, b sans aucun doute, il pratiquera l’imitation, alors qu’il ne sait pas, à propos de chaque chose, à quoi elle doit sa mauvaise ou sa bonne qualité. Mais, selon toute apparence, c’est ce qui paraît être beau à la masse de ceux qui ne connaissent rien qu’il imitera.

— Oui, car que pourrait-il imiter d’autre ?

— Eh bien, dès lors, à ce qui apparaît, nous voilà parvenus à un accord convenable sur ce point : à savoir que le spécialiste de l’imitation ne connaît rien qui vaille "aux choses qu’il imite, mais que l’imitation est un jeu puéril, pas une chose sérieuse ; à savoir aussi que ceux qui s’attachent à la poésie tragique, en iambes et en vers épiques, sont tous des spécialistes de l’imitation autant qu’on peut l’être.

— Oui, exactement.

c — Au nom de Zeus, dis-je, cette activité d’imiter-là a bien à voir avec ce qui est éloigné de la vérité au troisième degré ? N’est-ce pas ?

— Oui.

— Eh bien, sur laquelle des choses qui composent l’homme se trouve-t-elle avoir la puissance qu’elle a ?

— De quoi veux-tu parler ?

— À peu près de ceci : la même grandeur?, selon qu’elle est vue de près, ou de loin, ne paraît pas égale, n’est-ce pas ?

— Non, en effet.

— Et les mêmes choses, quand on les regarde dans l’eau?, ou à l’extérieur de l’eau, paraissent courbées, ou droites, et aussi creuses, ou bombées, à cause cette fois de l’illusion? d’optique li?ée aux couleurs, et il est bien visible d que tout trouble de ce genre se situe à l’intérieur de l’âme. Or, c’est en exploitant cette sensibilité de notre nature que la peinture en trompe l’œil ne laisse rien à envier à la sorcellerie, comme le font aussi la démonstration de marionnettes et tous les autres procédés de ce genre.

— Oui, c’est vrai.

— Or, la mesure, le comptage, la pesée, ne sont-ils pas apparus comme les secours les plus bienfaisants contre ce risque, pour faire que ce qui dirige en nous soit, non pas l’apparence de grandeur, ou de petitesse, ou de nombre, ou de poids, mais l’clément qui se fonde sur le calcul? et la mesure, ou bien encore sur la pesée ?

— Si, bien sûr. e — Mais cela, n’est-ce pas, c’est la fonction? de l’élément qui, dans l’âme, est apte au calcul. "

— Oui, c’est la sienne, en effet.

— Et pourtant il arrive souvent, quand il a mesuré et fait savoir que telles choses sont plus grandes ou plus petites que d’autres, ou égales à elles, que le contraire lui apparaisse en même temps, concernant les mêmes choses.

— Oui.

— Or, nous avons affirmé qu’il était impossible, au même élément, d’opiner en sens opposés sur les mêmes choses ?

— Et nous avons eu raison? de l’affirmer, 603 — Par conséquent, l’élément de l’âme qui opine contrairement à l’opération de mesure ne saurait être le même que celui qui le fait en accord avec la mesure.

— Non, en effet.

— Mais, sans doute, celui qui fait confiance à la mesure et au raisonnement serait ce qu’il y a de meilleur dans l’âme.

— Oui, bien sûr.

— Par conséquent, celui qui s’oppose à ce dernier doit faire partie de ce qui, en nous, est de mauvaise qualité.

— Oui, nécessairement.

— Eh bien, c’est parce que je voulais nous faire tomber d’accord sur ce dernier point, que j’ai dit que l’art de peindre et en général l’art de l’imitation effectuait son ouvrage à distance? de la vérité, et qu’au contraire c’est avec ce qui, b en nous, est à distance de la réflexion qu’il était en relation, car il n’est le compagnon ni l’ami de rien de sain ni de vrai.

— Oui, c’est tout à fait cela, dit-il.

— Etant de mauvaise qualité, s’unissant à ce qui est de mauvaise qualité, ce sont des choses de mauvaise qualité qu’engendre l’art d’imiter.

— Apparemment.

— Est-ce le cas, dis-je, seulement de l’art d’imiter lié à la vue, ou aussi de celui qui est lié à l’ouïe, que nous nommons poésie ? "

— Il est vraisemblable, dit-il, que c’est aussi le cas de cette dernière.

— Pourtant, dis-je, ne nous fions pas seulement à ce qui paraît vraisemblable en nous fondant sur le cas de la peinture, mais allons aussi jusqu’à cette partie c de la pensée avec laquelle est en relation l’art d’imiter en poésie, et voyons si cet art est chose médiocre, ou chose sérieuse.

— Eh bien oui, c’est ce qu’il faut faire.

— Alors posons les choses de la façon suivante : l’art d’imiter, affirmons-nous, imite des hommes qui accomplissent des actions violentes ou volontaires, qui croient avoir réussi ou échoué dans leurs actions, et qui, dans tout cela, éprouvent du chagrin, ou de la joie?. Peut-on y trouver autre chose que cela ?

— Non, rien.

— Eh bien, dans tous ces cas, l’homme a-t-il une disposition? d’esprit accordée avec elle-même ? d Ou bien, de la même façon qu’il y avait dissension interne dans sa vision, et qu’il avait en lui-même en même temps des opinions opposées sur les mêmes choses, de même, dans les actions aussi, est-il en dissension interne, et se combat-il lui-même ? Mais je me remémore qu’au moins sur ce point nous n’avons nul besoin de nous mettre d’accord à pré- sent; en effet, plus tôt dans le dialogue?, nous nous sommes suffisamment mis d’accord sur tout cela, en reconnaissant que notre âme déborde de dix mille oppositions de ce genre qui surgissent en même temps.

— Et nous avons eu raison, dit-il.

— Nous avons eu raison, en effet, dis-je. Mais ce que nous avons laissé de côté à ce moment-là, e il me semble nécessaire de l’exposer à présent.

— De quoi s’agit-il ? demanda-t-il.

— Un homme digne de ce nom, dis-je, à qui échoit un malheur, comme de perdre un fils ou quelque autre des êtres à qui il tient le plus, nous avons dit à ce moment-là, "n’est-ce pas, qu’il le supporterait plus facilement que les autres hommes.

— Oui, certainement.

— Mais à présent examinons ce qui suit : s’il n’éprouvera aucune souffrance, ou bien, cela étant impossible, s’il imposera seulement quelque mesure à son chagrin.

— C’est plutôt cette dernière hypothèse qui est la vraie, dit-il. 604 — À présent dis-moi ceci à son sujet : crois-tu qu’il luttera et se tendra plus contre son chagrin quand il sera sous le regard de ses semblables, ou lorsqu’il se trouvera seul avec lui-même dans un lieu désert ?

— Il le surmontera sans doute bien plus quand il sera regardé, dit-il.

— Tandis que quand il sera isolé, il osera prononcer beaucoup de paroles qu’il aurait honte de prononcer si quelqu’un pouvait l’entendre, et fera beaucoup de choses qu’il ne supporterait pas qu’on le voie faire.

— Oui, c’est cela, dit-il.

— Or, ce qui lui enjoint de tendre ses forces pour résister, c’est la raison et la loi?, tandis que ce qui l’entraîne b vers le chagrin, c’est la souffrance elle-même ?

— C’est vrai.

— Mais lorsqu’une pulsion contradictoire s’exerce dans l’homme en même temps autour de la même chose, nous affirmons qu’il y a nécessairement là deux éléments.

— Oui, forcément.

— Or l’un d’eux est prêt à obéir à la loi, où que la loi le conduise ?

— En quel sens dis-tu cela ?

— La loi dit, n’est-ce pas, que ce qu’il y a de plus beau, c’est de rester calme au milieu des malheurs, et de ne pas s’irriter, dans l’idée que ce qu’il y a de bien ou de mal, dans de pareilles épreuves, on ne le perçoit pas du premier coup d’œil ; et que celui qui les supporte mal n’en est pas plus avancé ; que rien, dans les affaires humaines, " c ne mérite? d’être pris avec grand sérieux ; et que ce qui, en l’occurrence, devrait venir le plus vite possible nous assister, le chagrin l’entrave.

— De quoi veux-tu parler ? dit-il.

— De la réflexion sur ce qui est advenu, dis-je ; elle consiste, comme lorsque les dés sont tombés, à situer les affaires que l’on a en fonction de ce qui est échu, de la façon que la raison choisit comme devant être la meilleure. Au lieu, comme des enfants qui se sont heurtés à quelque chose, de se tenir la partie qui a été frappée et de passer son temps à crier, habituer toujours son âme à s’apprêter le plus vite d possible à guérir et à redresser ce qui est tombé, et qui est malade, en ayant recours à l’art de guérir et en éliminant les chants de plainte.

— Oui, ce serait sans doute la façon la plus correcte de se comporter face aux coups du sort, dit-il.

— Or, affirmons-nous, c’est l’élément le meilleur qui consent à suivre ce raisonnement. Oui, évidemment.

— Mais ce qui nous conduit aux ressassements de la souffrance et aux plaintes, sans jamais s’en rassasier, ne déclarerons-nous pas que c’est l’élément étranger à la raison, paresseux, et qui se complaît dans la lâcheté ?

— Si, c’est ce que nous déclarerons.

— Donc, la première disposition se prête à une imitation multiple e et diversifiée, c’est la disposition encline à l’irritation ; tandis que le caractère réfléchi et paisible, étant constamment à peu près égal à lui-même, n’est ni facile à imiter, ni aisé à reconnaître quand on l’imite, surtout pour une assemblée de fête et pour des hommes de toute sorte rassemblés dans des théâtres. Car cette imitation vise un état d’esprit qui n’est guère le leur, 605 — Oui, exactement.

— Le poète apte à l’imitation, lui, ce n’est visiblement pas vers un tel état de l’âme que sa nature s’oriente?, et ce n’est pas à cet état d’esprit que son savoir-faire vise à "plaire, s’il veut gagner une bonne réputauon auprès de la masse; mais c’est au caractère enclin à l’irritation et contrasté, qui se prête bien à l’imitation.

— Oui, visiblement.

— Il serait par conséquent juste que maintenant nous nous intéressions à lui, et que nous le placions symétriquement par rapport au peintre, comme son antistrophe . En effet il lui ressemble en ce qu’il fabrique des choses médiocres, sous le rapport de la vérité ; et il se rapproche de lui également par les relations qu’il entretient avec cet autre élément de b l’âme qui est du même ordre que lui, au lieu d’en entretenir avec le meilleur. Et ainsi désormais c’est en toute justice que nous pourrions refuser de l’accueillir? dans une cité qui doit être gouvernée par de bonnes lois, puisqu’il éveille cet élément de l’âme, le nourrit et, le rendant robuste, détruit l’élément consacré à la raison ; comme lorsque dans une cité, en donnant du pouvoir aux méchants, on leur livre? la cité, et qu’on mène à leur perte? les hommes plus appréciables. Nous affirmerons de la même façon que le poète spécialiste de l’imitation fait entrer lui aussi un mauvais régime politique dans l’âme individuelle de chacun : il est complaisant avec ce qu’il y a de déraisonnable en elle, qui ne reconnaît c ni ce qui est plus grand ni ce qui est plus petit, mais pense les mêmes choses tantôt comme grandes, tantôt comme petites ; et il fabrique fantomatiquement des fantômes, qui sont tout à fait éloignés de ce qui est vrai.

— Oui, exactement.

— Cependant nous n’avons pas encore porté contre la poésie la plus grave? des accusations. En effet, son aptitude à corrompre même les hommes dignes de ce nom, en dehors d’un très petit nombre d’entre eux, cela est à coup sûr tout à fait effrayant. "Ce l’est certainement, si elle est vraiment capable d’avoir cet effet.

— Ecoute-moi, et réfIéchis. Les meilleurs d’entre nous, n’est-ce pas, quand nous entendons Homère, ou un quelconque des fabricants de tragédies , d imiter un des héros, qui est plongé dans la souffrance et qui, au milieu de ses gémissements, développe une longue tirade, ou encore qu’on voit ces héros chanter tout en se frappant la poitrine, tu sais que nous y prenons du plaisir, que nous les suivons en nous abandonnant, en souffrant avec eux, et qu’avec le plus grand sérieux nous louons comme bon poète celui qui sait nous mettre le plus possible dans un tel état.

— Oui, je le sais ; comment pourrais-je l’ignorer ?

— Mais quand à l’un d’entre nous survient un chagrin qui lui est personnel, tu penses bien qu’au contraire nous cherchons à faire belle figure par l’attitude opposée, consistant à être capable d’endurer calmement, e dans l’idée que c’est là le propre d’un homme, tandis que l’autre attitude, celle que nous louions alors, est celle d’une femme.

— Oui, je le pense bien, dit-il.

— Alors, dis-je, cet éloge est-il admissible, qui consiste, quand on voit un homme tel qu’on ne daignerait pas être soi-même — on en aurait honte -, à y prendre du plaisir, au lieu d’en être dégoûté, et à en faire l’éloge ?

— Non, par Zeus, dit-il, cela ne semble guère raisonnable. 606 — En effet, dis-je, en tout cas si tu examines la chose de la façon suivante.

— Laquelle ?

— Si tu réfléchis que l’élément que nous cherchons à contenir par la force, à ce moment-là, dans nos malheurs "personnels, l’élément qui aspire à pleurer et à se lamenter tout son content, et à s’en rassasier, étant par nature apte à désirer ces satisfactions-là, c’est l’élément qui est assouvi et satisfait par les poètes ; tandis que la part de nous-mêmes qui est par nature la meilleure, n’ayant pas été suffisamment éduquée par la raison ni par l’habitude, relâche sa garde sur cet élément plaintif, du fait que les souffrances b qu’il contemple seraient celles d’autrui, et que ce n’est en rien déshonorant pour soi-même, quand on voit un autre homme, qui affirme être un homme de bien, souffrir hors de propos, que de le louer et de le plaindre ; il pense qu’il en tire ce profit qu’est le plaisir, et il refuserait de s’en priver en condamnant le poème tout entier. Car je crois qu’il n’est donné en partage qu’à peu de gens d’aboutir à la conclusion? que la jouissance passe nécessairement de ce qui concerne autrui à ce qui vous concerne vous-même : quand on a renforcé en soi l’élé- ment qui s’apitoie, en le nourrissant de ces souffrances-là, il n’est pas facile de le contenir lors de ses propres souffrances à soi.

— C’est tout à fait vrai, c dit-il.

— Or le même argument ne vaut-il pas aussi pour ce qui porte? à rire ? Ainsi, quand il y a des choses que toi-même tu aurais honte de dire pour faire rire, mais qui, quand tu les entends lors d’une imitation comique, ou encore en privé, te réjouissent fort, et que tu ne les détestes pas en les jugeant odieuses, ne fais-tu pas alors la même chose que pour ce qui provoque la pitié ? Cette part en toi qui voulait faire rire, et que dans le premier cas tu contenais par la raison, craignant d’être pris pour un bouffon, voilà qu’inversement tu la laisses faire, et lui ayant donné là-bas une vigueur juvénile, souvent tu ne t’aperçois pas que tu t’es emporté parmi tes proches jusqu’à devenir un fabricant de comédies.

— Exactement, dit-il. d — Et à l’égard des plaisirs d’Aphrodite?, de l’esprit "combatif, et de toutes les choses dans l’âme qui touchent au désir, au chagrin, et au plaisir, choses dont nous affirmons qu’elles sont pour nous liées à chacune de nos actions, n’est-ce pas le même argument qui vaut, à savoir que l’imitation poétique a sur nous le même genre d’effets ? Elle nourrit ces affections en les irriguant, quand il faudrait les assécher, et en fait nos dirigeants, alors qu’il faudrait que ce soit elles qui soient dirigées, pour que nous devenions meilleurs et plus heureux, au lieu de devenir pires et plus malheureux.

— Je ne saurais dire les choses autrement, dit-il.

— Par conséquent, Glaucon, dis-je, lorsque e tu rencontreras des gens qui font l’éloge d’Homère, qui disent que ce grand poète a éduqué la Grèce, et que, s’agissant de l’administration et de l’éducation des affaires humaines, il mérite qu’on le choisisse, pour l’étudier, et pour vivre en conformant toute sa vie à l’enseignement de ce poète, 607 il faudra certes les embrasser affectueusement comme des hommes qui sont les meilleurs qu’ils peuvent être, et leur accorder qu’Homère est le plus poétique et le premier des fabricants de tragédies, mais il faudra savoir qu’en fait de poésie ce sont seulement des hymnes aux dieux et des éloges des hommes de bien qu’il faut accepter dans la cité. Si par contre tu accueilles la Muse vouée au plaisir, en vers lyriques ou épiques, sache que c’est le plaisir et le chagrin que tu feras régner dans la cité, au lieu de la loi, et de l’argument cansidéré collectivement comme le meilleur dans chaque occasion.

— C’est tout à fait vrai, dit-il.

b — Eh bien, dis-je, que cela soit notre justification, puisque nous sommes revenus sur le sujet de la poésie, du bien-fondé du geste par lequel nous l’avons alors expulsée de la cité, étant donné ce qu’elle était, C’est l’argument, en effet, qui l’exigeait de nous. Et disons encore à la poésie, afin qu’elle n’aille pas condamner en nous une certaine raideur et une certaine grossièreté, qu’il est "ancien, le différend entre la philosophie? et la création poétique. En effet, "la chienne aboyant contre son maître " , "glapissante " , et "l’homme qui n’est grand que dans les paroles vaines des insensés " , et "la foule des puissants c trop malins " , et ceux qui "élucubrent subtilement " parce qu’en fait "ils sont dans le besoin " , et des milliers d’autres expressions sont les signes de l’opposition ancienne qui existe entre elles. Proclamons cependant que de notre côté en tout cas, si l’art de la poésie orientée vers le plaisir, si l’imitation, avait quelque argument à avancer, pour prouver qu’il faut qu’elle existe dans une cité dirigée par de bonnes lois, nous aurions plaisir à l’accueillir, car nous sommes conscients d’être nous-mêmes sous son charme. Cependant, ce qui vous semble vrai, il est impie de le trahir. Et toi, mon ami, n’es-tu pas toi aussi sous son charme, et surtout d quand tu l’envisages à travers Homère ?

— Si, tout à fait.

— Il est donc juste qu’elle revienne de cette façon, une fois qu’elle aura présenté sa justification, que ce soit en vers lyriques ou dans d’autres vers ?

— Oui, certainement.

— Et nous accorderions sans doute aussi à ceux parmi ses protecteurs qui ne sont pas spécialistes de poésie, mais qui ont le goût de la poésie, le droit de parler pour elle, en prose, pour prouver qu’elle est non seulement agréable, mais aussi avantageuse aux régimes politiques et à la vie humaine. Et c’est avec bienveillance que nous les écouterons. Car nous y gagnerons, n’est-ce pas, s’il apparaît qu’elle est non seulement e agréable, mais aussi avantageuse. "

— Comment n’y gagnerions-nous pas ? dit-il.

— Et sinon, mon cher camarade, nous ferons comme ceux qui, ayant jadis éprouvé de l’amour, lorsqu’ils en sont venus à penser que leur amour n’est pas à leur avantage, se font sans doute violence à eux-mêmes, mais ne manquent cependant pas de s’en écarter ; nous aussi, pareillement, à cause de l’amour d’une telle poésie, amour venu en nous de la façon dont nous avons été élevés dans les beaux régimes politiques, 608 nous serons sans doute bien contents qu’elle apparaisse comme très bonne et très vraie ; mais tant qu’elle ne sera pas capable de présenter sa justification, nous l’écouterons sans cesser de nous chanter cet argument que nous disons, cette incantation, et en prenant garde de ne pas retomber dans notre amour d’enfance qui est aussi celui de la plupart des gens. Nous chanterons qu’il ne faut pas traiter avec sérieux une telle création poétique, comme si elle touchait à la vérité et était sérieuse, mais que celui qui l’écoute doit être sur ses gardes, s’il craint b pour le régime politique qui est en lui, et qu’il doit avoir pour loi ce que nous avons dit au sujet de la poésie.

— Je suis? tout à fait de cet avis, dit-il.

— C’est que la compétition est importante, dis-je, mon ami Glaucon, elle est importante, plus qu’il ne le semble, cette compétition dont l’enjeu est de savoir si l’on va devenir honnête, ou mauvais. Si bien que ni les honneurs, ni l’argent, ni aucune fonction de direction, ni non plus certainement l’art de la poésie, ne méritent qu’on se laisse emporter par eux pour négliger la justice et le reste de l’excellence.

— Je suis du même avis que toi, dit-il, sur la base de ce "que nous avons exposé. Et je crois que n’importe qui d’autre le serait.

Jowett

Of the many excellences which I perceive in the order of our State, there is none which upon reflection pleases me better than the rule about poetry.

To what do you refer ?

To the rejection of imitative poetry, which certainly ought not to be received ; as I see far more clearly now that the parts of the soul have been distinguished.

What do you mean ?

Speaking in confidence?, for I should not like to have my words repeated to the tragedians and the rest of the imitative tribe — but I do not mind saying to you, that all poetical imitations are ruinous to the understanding? of the hearers, and that the knowledge of their true nature is the only antidote to them.

Explain the purport of your remark.

Well, I will tell you, although I have always from my earliest youth had an awe and love of Homer, which even now makes the words falter on my lips, for he is the great captain and teacher of the whole of that charming tragic company ; but a man is not to be reverenced more than the truth, and therefore I will speak out.

Very good, he said.

Listen to me, then, or, rather, answer me.

Put your question.

Can you tell me what imitation is ? for I really do not know.

A likely thing, then, that I should know.

Why not ? for the duller eye? may often see a thing sooner than the keener.

Very true, he said ; but in your presence, even if I had any faint notion, I could not muster courage? to utter it. Will you inquire yourself ? Well, then, shall we begin the inquiry in our usual manner : Whenever a number of individuals have a common? name, we assume them to have also a corresponding idea or form ; do you understand me ?

I do.

Let us take any common instance ; there are beds and tables in the world — plenty of them, are there not ?

Yes.

But there are only two ideas or forms of them — one the idea of a bed, the other of a table.

True.

And the maker of either of them makes a bed or he makes a table for our use, in accordance with the idea — that is our way of speaking in this and similar instances — but no artificer makes the ideas themselves : how could he ?

Impossible.

And there is another artist — I should like to know? what you would say of him.

Who is he ?

One who is the maker of all the works of all other workmen.

What an extraordinary man !

Wait a little, and there will be more reason for your saying so. For this is he who is able to make not only vessels of every kind, but plants and animals, himself and all other things — the earth and heaven, and the things which are in heaven or under the earth ; he makes the gods also.

He must be a wizard and no mistake.

Oh ! you are incredulous, are you ? Do you mean that there is no such maker or creator, or that in one sense there might be a maker of all these things, but in another not ? Do you see that there is a way in which you could make them all yourself ?

What way ?

An easy way enough ; or rather, there are many ways in which the feat might be quickly and easily accomplished, none quicker than that of turning a mirror round and round — you would soon enough make the sun and the heavens, and the earth and yourself, and other animals and plants, and all the other things of which we were just now speaking, in the mirror.

Yes, he said ; but they would be appearances only.

Very good, I said, you are coming to the point now. And the painter, too, is, as I conceive, just such another — a creator of appearances, is he not ?

Of course.

But then I suppose you will say that what he creates is untrue. And yet there is a sense in which the painter also creates a bed ?

Yes, he said, but not a real bed.

And what of the maker of the bed ? were you not saying that he too makes, not the idea which, according to our view, is the essence? of the bed, but only a particular bed ?

Yes, I did.

Then if he does not make that which exists he cannot make true existence, but only some semblance of existence ; and if anyone were to say that the work of the maker of the bed, or of any other workman, has real existence, he could hardly be supposed to be speaking the truth.

At any rate, he replied, philosophers would say that he was not speaking the truth.

No wonder, then, that his work, too, is an indistinct expression of truth.

No wonder.

Suppose now that by the light? of the examples just offered we inquire who this imitator is ?

If you please. Well, then, here are three beds : one existing in nature, which is made by God, as I think that we may say — for no one else can be the maker ?

No.

There? is another which is the work of the carpenter ?

Yes.

And the work of the painter is a third ?

Yes.

Beds, then, are of three kinds, and there are three artists who superintend them : God, the maker of the bed, and the painter ?

Yes, there are three of them.

God, whether from choice? or from necessity, made one bed in nature and one only ; two or more such ideal? beds neither ever have been nor ever will be made by God.

Why is that ?

Because even if He had made but two, a third would still appear behind them which both of them would have for their idea, and that would be the ideal bed and not the two others.

Very true, he said.

God knew this, and he desired to be the real maker of a real bed, not a particular maker of a particular bed, and therefore he created a bed which is essentially and by nature one only.

So we believe.

Shall we, then, speak of him as the natural author or maker of the bed ?

Yes, he replied ; inasmuch as by the natural process? of creation he is the author of this and of all other things.

And what shall we say of the carpenter — is not he also the maker of the bed ?

Yes.

But would you call the painter a creator and maker ?

Certainly not.

Yet if he is not the maker, what is he in relation to the bed ?

I think, he said, that we may fairly designate him as the imitator of that which the others make.

Good, I said ; then you call him who is third in the descent from nature an imitator ?

Certainly, he said.

And the tragic poet is an imitator, and, therefore, like all other imitators, he is thrice removed from the king and from the truth ?

That appears to be so.

Then about the imitator we are agreed. And what about the painter ? I would like to know whether he may be thought to imitate that which originally exists in nature, or only the creations of artists ?

The latter.

As they are or as they appear ? you have still to determine this.

What do you mean ?

I mean, that you may look at a bed from different points of view, obliquely or directly or from any other point of view, and the bed will appear different, but there is no difference in reality. And the same? of all things.

Yes, he said, the difference is only apparent.

Now let me ask you another question : Which is the art of painting designed to be — an imitation of things as they are, or as they appear — of appearance or of reality ?

Of appearance.

Then the imitator, I said, is a long way off the truth, and can do all things because he lightly touches on a small part of them, and that part an image. For example : A painter will paint a cobbler, carpenter, or any other artist, though he knows nothing of their arts ; and, if he is a good artist, he may deceive children or simple? persons, when he shows them his picture of a carpenter from a distance, and they will fancy that they are looking at a real carpenter.

Certainly.

And whenever anyone informs us that he has found a man who knows all the arts, and all things else that anybody knows, and every single thing with a higher degree of accuracy than any other man — whoever tells us this, I think that we can only imagine him to be a simple creature who is likely to have been deceived by some wizard or actor whom he met, and whom he thought all-knowing, because he himself was unable to analyze the nature of knowledge and ignorance and imitation.

Most true.

And so, when we hear persons saying that the tragedians, and Homer, who is at their head, know all the arts and all things human, virtue as well as vice, and divine things too, for that the good? poet cannot compose well unless he knows his subject, and that he who has not this knowledge can never be a poet, we ought to consider whether here also there may not be a similar illusion. Perhaps they may have come across imitators and been deceived by them ; they may not have remembered when they saw their works that these were but imitations thrice removed from the truth, and could easily be made without any knowledge of the truth, because they are appearances only and not realities ? Or, after all, they may be in the right, and poets do really know the things about which they seem to the many to speak so well ?

The question, he said, should by all means be considered.

Now do you suppose that if a person were able to make the original as well as the image, he would seriously devote himself to the image-making branch ? Would he allow imitation to be the ruling principle? of his life, as if he had nothing higher in him ?

I should say not.

The real artist, who knew what he was imitating, would be interested in realities and not in imitations ; and would desire to leave as memorials of himself works many and fair ; and, instead of being? the author of encomiums, he would prefer to be the theme? of them.

Yes, he said, that would be to him a source of much greater honor and profit.

Then, I said, we must put a question to Homer ; not about medicine, or any of the arts to which his poems only incidentally refer : we are not going to ask him, or any other poet, whether he has cured patients like Asclepius, or left behind him a school of medicine such as the Asclepiads were, or whether he only talks about medicine and other arts at second-hand ; but we have a right to know respecting military tactics, politics, education, which are the chiefest and noblest subjects of his poems, and we may fairly ask him about them. “Friend Homer,” then we say to him, “if you are only in the second remove from truth in what you say of virtue, and not in the third — not an image maker or imitator — and if you are able to discern what pursuits make men better or worse in private or public life, tell us what State was ever better governed by your help ? The good order of Lacedaemon is due to Lycurgus, and many other cities?, great and small, have been similarly benefited by others ; but who says that you have been a good legislator to them and have done them any good ? Italy and Sicily boast of Charondas, and there is Solon who is renowned among us ; but what city has anything to say about you ?” Is there any city which he might name ?

I think not, said Glaucon ; not even the Homerids themselves pretend that he was a legislator.

Well, but is there any war on record which was carried on successfully by him, or aided by his counsels, when he was alive ?

There is not.

Or is there any invention of his, applicable to the arts or to human life, such as Thales the Milesian or Anacharsis the Scythian, and other ingenious men have conceived, which is attributed to him ?

There is absolutely nothing of the kind.

But, if Homer never did any public service, was he privately a guide or teacher of any ? Had he in his lifetime? friends who loved to associate with him, and who handed down to posterity a Homeric way of life, such as was established by Pythagoras  , who was so greatly beloved for his wisdom, and whose followers are to this day quite celebrated for the order which was named after him ?

Nothing of the kind is recorded of him. For, surely, Socrates  , Creophylus, the companion of Homer, that child of flesh, whose name always makes us laugh, might be more justly ridiculed for his stupidity, if, as is said, Homer was greatly neglected by him and others in his own day when he was alive ?

Yes, I replied, that is the tradition?. But can you imagine, Glaucon, that if Homer had really been able to educate and improve mankind — if he had possessed knowledge, and not been a mere imitator — can you imagine, I say, that he would not have had many followers, and been honored and loved by them ? Protagoras? of Abdera and Prodicus of Ceos and a host of others have only to whisper to their contemporaries : “You will never be able to manage either your own house or your own State until you appoint us to be your ministers of education” — and this ingenious device of theirs has such an effect in making men love them that their companions all but carry them about on their shoulders. And is it conceivable that the contemporaries of Homer, or again of Hesiod, would have allowed either of them to go about as rhapsodists, if they had really been able to make mankind virtuous ? Would they not have been as unwilling? to part with them as with gold, and have compelled them to stay at home with them ? Or, if the master would not stay, then the disciples would have followed him about everywhere?, until they had got education enough ?

Yes, Socrates  , that, I think, is quite true.

Then must we not infer that all these poetical individuals, beginning with Homer, are only imitators ; they copy images of virtue and the like, but the truth they never reach ? The poet is like a painter who, as we have already observed, will make a likeness of a cobbler though he understands nothing of cobbling ; and his picture is good enough for those who know no more than he does, and judge? only by colors and figures.

Quite so.

In like manner the poet with his words and phrases may be said to lay on the colors of the several arts, himself understanding their nature only enough to imitate them ; and other people, who are as ignorant as he is, and judge only from his words, imagine that if he speaks of cobbling, or of military tactics, or of anything else, in metre and harmony? and rhythm, he speaks very well — such is the sweet influence? which melody and rhythm by nature have. And I think that you must have observed again and again what a poor appearance the tales of poets make when stripped of the colors which music puts upon them, and recited in simple prose.

Yes, he said.

They are like faces which were never really beautiful, but only blooming ; and now the bloom of youth has passed away from them ?

Exactly.

Here is another point : The imitator or maker of the image knows nothing of true existence ; he knows appearances only. Am I not right ?

Yes.

Then let us have a clear understanding, and not be satisfied with half an explanation.

Proceed.

Of the painter we say that he will paint reins, and he will paint a bit ?

Yes.

And the worker in leather and brass will make them ?

Certainly.

But does the painter know the right form of the bit and reins ? Nay, hardly even the workers in brass and leather who make them ; only the horseman who knows how to use them — he knows their right form.

Most true.

And may we not say the same of all things ?

What ?

That there are three arts which are concerned with all things : one which uses, another which makes, a third which imitates them ?

Yes.

And the excellence or beauty or truth of every structure?, animate or inanimate, and of every action of man, is relative to the use for which nature or the artist has intended them.

True.

Then the user of them must have the greatest experience of them, and he must indicate to the maker the good or bad qualities? which develop? themselves in use ; for example, the fluteplayer will tell the flute-maker which of his flutes is satisfactory to the performer ; he will tell him how he ought to make them, and the other will attend to his instructions ?

Of course.

The one knows and therefore speaks with authority about the goodness and badness of flutes, while the other, confiding in him, will do what he is told by him ?

True.

The instrument is the same, but about the excellence or badness of it the maker will only attain to a correct belief ; and this he will gain from him who knows, by talking to him and being compelled to hear what he has to say, whereas the user will have knowledge ?

True.

But will the imitator have either ? Will he know from use whether or no his drawing is correct or beautiful ? or will he have right opinion from being compelled to associate with another who knows and gives him instructions about what he should draw ?

Neither.

Then he will no more have true opinion than he will have knowledge about the goodness or badness of his imitations ?

I suppose not.

The imitative artist will be in a brilliant state of intelligence? about his own creations ?

Nay, very much the reverse.

And still he will go on imitating without knowing what makes a thing good or bad, and may be expected therefore to imitate only that which appears to be good to the ignorant multitude ?

Just so.

Thus far, then, we are pretty well agreed that the imitator has no knowledge worth mentioning of what he imitates. Imitation is only a kind of play or sport, and the tragic poets, whether they write in iambic or in heroic verse, are imitators in the highest degree ?

Very true.

And now tell me, I conjure you, has not imitation been shown by us to be concerned with that which is thrice removed from the truth ?

Certainly.

And what is the faculty? in man to which imitation is addressed ?

What do you mean ?

I will explain : The body? which is large when seen near, appears small when seen at a distance ?

True.

And the same objects appear straight when looked at out of the water, and crooked when in the water ; and the concave becomes convex, owing to the illusion about colors to which the sight is liable. Thus every sort of confusion is revealed within us ; and this is that weakness of the human mind on which the art of conjuring and of deceiving by light and shadow? and other ingenious devices imposes, having an effect upon us like magic?.

True.

And the arts of measuring and numbering and weighing come to the rescue of the human understanding — there is the beauty of them — and the apparent greater or less, or more or heavier, no longer have the mastery over us, but give way before calculation and measure and weight ?

Most true.

And this, surely, must be the work of the calculating and rational principle in the soul ?

To be sure.

And when this principle measures and certifies that some things are equal, or that some are greater or less than others, there occurs an apparent contradiction ?

True.

But were we not saying that such a contradiction is impossible — the same faculty cannot have contrary opinions at the same time about the same thing ?

Very true.

Then that part of the soul which has an opinion contrary to measure is not the same with that which has an opinion in accordance with measure ?

True.

And the better part of the soul is likely to be that which trusts to measure and calculation ?

Certainly.

And that which is opposed to them is one of the inferior principles of the soul ?

No doubt.

This was the conclusion at which I was seeking to arrive when I said that painting or drawing, and imitation in general, when doing their own proper work, are far removed from truth, and the companions and friends and associates of a principle within us which is equally removed from reason, and that they have no true or healthy aim.

Exactly.

The imitative art is an inferior who marries an inferior, and has inferior offspring.

Very true.

And is this confined to the sight only, or does it extend to the hearing also, relating in fact? to what we term poetry ?

Probably the same would be true of poetry.

Do not rely, I said, on a probability derived from the analogy? of painting ; but let us examine further and see whether the faculty with which poetical imitation is concerned is good or bad.

By all means.

We may state the question thus : Imitation imitates the actions of men, whether voluntary or involuntary, on which, as they imagine, a good or bad result has ensued, and they rejoice or sorrow? accordingly. Is there anything more ?

No, there is nothing else.

But in all this variety of circumstances is the man at unity with himself — or, rather, as in the instance of sight there were confusion and opposition in his opinions about the same things, so here also are there not strife and inconsistency in his life ? though I need hardly raise the question again, for I remember that all this has been already admitted ; and the soul has been acknowledged by us to be full of these and ten thousand similar oppositions occurring at the same moment ?

And we were right, he said.

Yes, I said, thus far we were right ; but there was an omission which must now be supplied.

What was the omission ?

Were we not saying that a good man, who has the misfortune to lose his son or anything else which is most dear to him, will bear the loss with more equanimity than another ?

Yes.

But will he have no sorrow, or shall we say that although he cannot help sorrowing, he will moderate his sorrow ?

The latter, he said, is the truer statement.

Tell me : will he be more likely to struggle and hold out against his sorrow when he is seen by his equals, or when he is alone ?

It will make a great difference whether he is seen or not.

When he is by himself he will not mind saying or doing many things which he would be ashamed of anyone hearing or seeing him do ?

True.

There is a principle of law and reason in him which bids him resist, as well as a feeling? of his misfortune which is forcing him to indulge his sorrow ?

True.

But when a man is drawn in two opposite directions, to and from the same object, this, as we affirm, necessarily implies two distinct principles in him ?

Certainly.

One of them is ready to follow the guidance of the law ?

How do you mean ?

The law would say that to be patient under suffering is best, and that we should not give way to impatience, as there is no knowing whether such things are good or evil ; and nothing is gained by impatience ; also, because no human thing is of serious? importance, and grief stands in the way? of that which at the moment is most required.

What is most required ? he asked.

That we should take counsel about what has happened, and when the dice have been thrown order our affairs in the way which reason deems best ; not, like children who have had a fall, keeping hold of the part struck and wasting time in setting up a howl, but always accustoming the soul forthwith to apply a remedy, raising up that which is sickly and fallen, banishing the cry of sorrow by the healing art.

Yes, he said, that is the true way of meeting the attacks of fortune.

Yes, I said ; and the higher principle is ready to follow this suggestion of reason ?

Clearly.

And the other principle, which inclines us to recollection of our troubles and to lamentation, and can never have enough of them, we may call irrational, useless, and cowardly ?

Indeed, we may.

And does not the latter — I mean the rebellious principle — furnish a great variety of materials? for imitation ? Whereas the wise and calm temperament, being always nearly equable, is not easy to imitate or to appreciate when imitated, especially at a public festival when a promiscuous crowd is assembled in a theatre. For the feeling represented is one to which they are strangers.

Certainly.

Then the imitative poet who aims at being popular is not by nature made, nor is his art intended, to please or to affect? the rational principle in the soul ; but he will prefer the passionate and fitful temper, which is easily imitated ?

Clearly.

And now we may fairly take him and place him by the side of the painter, for he is like him in two ways : first, inasmuch as his creations have an inferior degree of truth — in this, I say, he is like him ; and he is also like him in being concerned with an inferior part of the soul ; and therefore we shall be right in refusing to admit him into a well-ordered State, because he awakens and nourishes and strengthens the feelings and impairs the reason. As in a city when the evil are permitted to have authority and the good are put out of the way, so in the soul of man, as we maintain, the imitative poet implants an evil constitution, for he indulges the irrational nature which has no discernment of greater and less, but thinks the same thing at one time great and at another small — he is a manufacturer of images and is very far removed from the truth.

Exactly.

But we have not yet brought forward the heaviest count in our accusation : the power which poetry has of harming even the good (and there are very few who are not harmed), is surely an awful thing ?

Yes, certainly, if the effect is what you say.

Hear and judge : The best of us, as I conceive, when we listen to a passage of Homer or one of the tragedians, in which he represents some pitiful hero? who is drawling out his sorrows in a long oration?, or weeping, and smiting his breast — the best of us, you know, delight in giving way to sympathy, and are in raptures at the excellence of the poet who stirs our feelings most.

Yes, of course, I know.

But when any sorrow of our own happens to us, then you may observe that we pride ourselves on the opposite quality — we would fain be quiet and patient ; this is the manly part, and the other which delighted us in the recitation is now deemed to be the part of a woman.

Very true, he said.

Now can we be right in praising and admiring another who is doing that which any one of us would abominate and be ashamed of in his own person ?

No, he said, that is certainly not reasonable.

Nay, I said, quite reasonable from one point of view.

What point of view ?

If you consider, I said, that when in misfortune we feel a natural hunger and desire to relieve our sorrow by weeping and lamentation, and that this feeling which is kept under control in our own calamities is satisfied and delighted by the poets ; the better nature in each of us, not having been sufficiently trained by reason or habit, allows the sympathetic element to break loose because the sorrow is another’s ; and the spectator fancies that there can be no disgrace to himself in praising and pitying anyone who comes telling him what a good man he is, and making a fuss about his troubles ; he thinks that the pleasure is a gain, and why should he be supercilious and lose this and the poem too ? Few persons ever reflect, as I should imagine, that from the evil of other men something of evil is communicated to themselves. And so the feeling of sorrow which has gathered strength at the sight of the misfortunes of others is with difficulty repressed in our own.

How very true !

And does not the same hold also of the ridiculous ? There are jests which you would be ashamed to make yourself, and yet on the comic stage, or indeed in private, when you hear them, you are greatly amused by them, and are not at all disgusted at their unseemliness ; the case of pity is repeated ; there is a principle in human nature which is disposed to raise a laugh, and this which you once restrained by reason, because you were afraid of being thought a buffoon, is now let out again ; and having stimulated the risible faculty at the theatre, you are betrayed unconsciously to yourself into playing the comic poet at home.

Quite true, he said.

And the same may be said of lust and anger and all the other affections, of desire, and pain, and pleasure, which are held to be inseparable from every action — in all of them poetry feeds and waters the passions? instead of drying them up ; she lets them rule, although they ought to be controlled, if mankind are ever to increase in happiness and virtue.

I cannot deny it.

Therefore, Glaucon, I said, whenever you meet with any of the eulogists of Homer declaring that he has been the educator of Hellas, and that he is profitable for education and for the ordering of human things, and that you should take him up again and again and get to know him and regulate your whole life according to him, we may love and honor those who say these things — they are excellent people, as far as their lights extend ; and we are ready to acknowledge that Homer is the greatest of poets and first of tragedy writers ; but we must remain firm in our conviction that hymns to the gods and praises of famous men are the only poetry which ought to be admitted into our State. For if you go beyond this and allow the honeyed muse to enter, either in epic or lyric verse, not law and the reason of mankind, which by common consent have ever been deemed best, but pleasure and pain will be the rulers in our State.

That is most true, he said.

And now since we have reverted to the subject of poetry, let this our defence serve to show the reasonableness of our former judgment in sending away out of our State an art having the tendencies which we have described ; for reason constrained us. But that she may not impute to us any harshness or want of politeness, let us tell her that there is an ancient quarrel between philosophy and poetry ; of which there are many proofs, such as the saying of “the yelping hound howling at her lord,” or of one “mighty in the vain talk of fools,” and “the mob of sages circumventing Zeus,” and the “subtle thinkers who are beggars after all” ; and there are innumerable other signs of ancient enmity between them. Notwithstanding this, let us assure our sweet friend and the sister art of imitation, that if she will only prove her title to exist in a well-ordered State we shall be delighted to receive her — we are very conscious? of her charms ; but we may not on that account betray the truth. I dare say, Glaucon, that you are as much charmed by her as I am, especially when she appears in Homer ?

Yes, indeed, I am greatly charmed.

Shall I propose, then, that she be allowed to return from exile?, but upon this condition only — that she make a defence of herself in lyrical or some other metre ?

Certainly.

And we may further grant to those of her defenders who are lovers   of poetry and yet not poets the permission to speak in prose on her behalf : let them show not only that she is pleasant, but also useful to States and to human life, and we will listen in a kindly spirit ; for if this can be proved we shall surely be the gainers — I mean, if there is a use in poetry as well as a delight ?

Certainly, he said, we shall be the gainers.

If her defence fails, then, my dear friend, like other persons who are enamoured of something, but put a restraint upon themselves when they think their desires are opposed to their interests?, so, too, must we after the manner of lovers   give her up, though not without a struggle. We, too, are inspired by that love of poetry which the education of noble States has implanted in us, and therefore we would have her appear at her best and truest ; but so long as she is unable to make good her defence, this argument of ours shall be a charm to us, which we will repeat to ourselves while we listen to her strains ; that we may not fall away into the childish love of her which captivates the many. At all events we are well aware that poetry being such as we have described is not to be regarded seriously as attaining to the truth ; and he who listens to her, fearing for the safety of the city which is within him, should be on his guard against her seductions and make our words his law.

Yes, he said, I quite agree with you.

Yes, I said, my dear Glaucon, for great is the issue at stake, greater than appears, whether a man is to be good or bad. And what will anyone be profited if under the influence of honor or money or power, aye, or under the excitement of poetry, he neglect justice and virtue ?

Yes, he said ; I have been convinced by the argument, as I believe that anyone else would have been.


Ver online : A REPÚBLICA (Gredos)

2 visiteurs en ce moment