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El movimiento de la existencia humana

Patocka (MEH:CI.1) – a metafísica mecanicista

EL MUNDO NATURAL Y LA FENOMENOLOGÍA

segunda-feira 8 de novembro de 2021

El problema? del «mundo? natural?» ha surgido de manera explícita en el ambiente? filosófico positivista?, esto es, en un ambiente que tanto dentro? de la ciencia? como fuera de ella se orientaba contra la metafísica tradicional?. Surgió donde se sacaron consecuencias de la crítica empirista a los conceptos de sustancia y causalidad?, y donde las nociones positivistas de un conocimiento? fenoménico y relativo? (que no va más allá del dominio de los datos? sensibles) y del ser como lo que está dado simplemente y sin necesidad? de más, encontraron un terreno fértil en la crisis de la concepción mecanicista de la ciencia moderna?; una crisis que, pese a todos los éxitos de la ciencia moderna, se abría paso hacia el final del siglo XIX.

El mecanicismo? moderno no puede considerarse, naturalmente, una pura teoría científica, marcado como lo estaba por rasgos metafísicos. Con todo, el surgimiento de esta metafísica se encuentra estrechamente relacionado con el método de la ciencia matemática de la naturaleza tal como, tras la primera campaña victoriosa de la ciencia natural, la del heliocentrismo de Copérnico a Kepler, fue elaborado en la siguiente oleada de teóricos de la mecánica de Galileo a Newton. El proceso de surgimiento de esta metafísica, que durante largo tiempo pasó por ser lisa y llanamente la «imagen? científica del mundo», no se ha investigado hasta hoy por completo ni se ha clarificado desde una perspectiva? filosófica. Es seguro que con este proceso no sólo guarda? relación el surgimiento de la ciencia moderna, sino también los destinos de eso que llamamos psicología y de las investigaciones sociológicas y de ciencias humanas que se basan en ella. No menos seguro es que el proceso mecanicista ha promovido, como una contestación a la audacia y sutileza? de su construcción metafísica, el surgimiento de las modernas tendencias escépticas del empirismo?, así como los intentos de respuesta desde el criticismo? y las filosofías idealistas de la época poskantiana.

Todos los críticos de la metafísica mecanicista señalan su carácter artificioso. Lo que existe en rigor no es para ella algo que simplemente esté dado, en lo que vivamos de manera natural y en cuyo ámbito nos movamos gracias a los automatismos instintivos que hemos recibido de la naturaleza, sino que lo que existe en rigor es algo construido por el pensamiento?. El instrumento? intelectual? para pensar? lo que existe en rigor es la matemática, o sea, esa disciplina? de las entidades que nuestro espíritu puede «abrir» con su sola y propia espontaneidad. La matemática nos enseña a formular? las verdaderas conexiones objetivas, las leyes? estructurales de la naturaleza; entre éstas se cuentan también las leyes que nos permitirán un día expresar la regularidad que rige los fenómenos subjetivos, los sucesos que nos vienen dados instintivamente. La propia subjetividad se volverá así un anexo, una expresión de la objetividad.

La condición artificiosa de la metafísica mecanicista se observa en un rasgo adicional. Pues el método matemático-causal determina que, al seguirlo, nos traslademos de golpe a un mundo de cosas? en sí respecto? del cual nuestro mundo inmediato se comporta como un mero «reflejo» subjetivo?. De este modo?, por una parte?, nos abrimos paso con seguridad hacia las «cosas en sí», mientras que, por otra, estas cosas son algo de lo que por principio no cabe tener experiencia. Estamos en dos mundos: en uno? por nuestro pensamiento, en otro por nuestra vida?. Y esta escisión es definitiva, no hay puente que pueda mediarla.

Lo más importante en términos subjetivos de semejante? artificiosidad estriba en que esta concepción no sólo excluye toda participación directa del sujeto a la hora de comprender el mundo, sino también toda participación del sujeto en la acción en el mundo. Pues quien toma parte en esta acción no es el sujeto viviente y vivido?, sino su sustrato material?, del que no se tiene vivencia.

Pero conviene reparar en que el tránsito al mundo fisicalista de las «cosas en sí» tiene lugar a partir de lo inmediatamente dado, y lo inmediatamente dado es lo subjetivo, garantizado por la autocerteza? de la conciencia? que Descartes   descubrió. La solidez de esta transición depende de la confianza que tengamos en nuestros conceptos y métodos objetivo?-racionales —sobre todo, en los matemáticos y los metafísicos (sustancia, causalidad)—. Pero contra estos tres frentes se alza el escepticismo del empirismo moderno. Con ello pone en cuestión, problematiza, el tránsito a las «cosas en sí», y a primera vista? atenúa la dicotomía del mundo. También las construcciones fisicalistas se reducen a estructuras de la experiencia subjetiva y son en el fondo subjetivas y empíricas. Por tanto, nosotros vivimos en un único mundo y no vamos más allá de él siquiera cuando pensamos. «Ese otro mundo» y toda la ciencia matemática de la naturaleza es, en cambio, lo que ahora se vuelve problemático.

El positivismo representa entonces un intento de vincular este mundo unitario, pero también subjetivo y relativo (referido al sujeto) en que vivimos, y los métodos de la ciencia matemática de la naturaleza. El vínculo se ha de alcanzar abandonando los conceptos «metafísicos» de sustancia y causalidad, que deben ser sustituidos por los más productivos de relación y función. Y el empleo de métodos matemáticos se interpreta de manera distinta a como se hace en la visión mecanicista del mundo. Ya no se trata de que nos franqueen el acceso a un mundo distinto, sino de que constituyen un discurso? acerca del mundo vivido que es distinto del lenguaje? de uso? corriente: el suyo es el lenguaje de la predicción exacta. El mundo de la ciencia de la naturaleza y el mundo científico se depuran así de todo lo no relativo o no práctico que los trascienda. Se llega con ello a una «depuración de la experiencia» y, en notable medida?, también a un retorno? a la «visión natural del mundo».[2]

Así es como ha surgido el problema de la visión «natural» del mundo, y correlativamente el problema del mundo «natural». En problema se convierte por el hecho de que ni el diagnóstico de la enfermedad ni la terapia propuesta resultan convincentes para todos los que se ocupan de la imagen científica del mundo. Permítasenos, en prueba de ello, alegar una serie de voces que han tratado de avanzar un diagnóstico más profundo?.

La metafísica del mecanicismo puede caracterizarse de distintas maneras, y así lo han hecho filósofos significados. Whitehead   habla de una «dicotomía» entre naturaleza y «visión del mundo» que en el fondo se retrotrae a las teorías atomistas? griegas. Burtt habla de una transformación paralela en las concepciones? de la realidad?, la causalidad y el pensamiento del hombre?: la realidad no se comprende ya como un mundo de cosas cualitativas, tal como la intuición nos la presenta, sino como un mundo cuya esencia? está hecha de entidades y relaciones? matemáticas; las causas finales quedan excluidas de la realidad y la causalidad se restringe a la eficiente; todas las cualidades excepto las geometrizables se relegan a la subjetividad, y el pensamiento del hombre se reduce a un reflejo de funciones cerebrales. Husserl   pone el acento? principal en el proceso por el que las idealizaciones matemáticas se independizan y pasan a operar como el único mundo supuestamente verdadero, el único objetivo. Koyré   muestra, por su parte, qué papel? correspondió al platonismo? en el surgimiento de esta concepción, ya desde la primera generación mecanicista de Copérnico a Kepler, subrayando también el platonismo del propio Galileo. Heidegger   y sus discípulos caracterizan justo esta época, desde el punto? de vista de la metafísica y en un esfuerzo por penetrar sus fundamentos ontológicos últimos, de la forma? más amplia pensable?, aunque también de la más vaga. Heidegger   considera toda la ciencia moderna no ya como ligada a una metafísica, sino como el punto extremo? al que tiende todo el desarrollo de la metafísica. La metafísica es una comprensión invertida del ser, en que la esencial no-objetividad de este protofundamento se transforma en un mero objeto?, una mera cosa?. También la metafísica del mecanicismo es, por tanto, expresión de la metafísica que encama una «comprensión» encubridora del ser, comprensión que no comprende, pero que es puesta en práctica en la técnica moderna. La expresión filosófica central de esta metafísica llevada a la práctica es el principio de razón: el principiurn rationis, tal como Leibniz   lo formuló en el siglo XVII, tras una incubación de dos milenios, en el sentido? del principio de razón suficiente de todo lo que existe. Heidegger   lo interpreta como el principio de calculabilidad y predictibilidad universal?. Nada? hay, nada existe sino en la medida de su corresponder a este principio, es decir, en la medida en que se ajusta y somete a la pretensión de un aseguramiento universal de todo por medio? del cálculo. El principio de razón se identifica, pues, con una objetivación estricta y exacta del ente. Y tal objetivación transforma el universo?, el todo? del ser, en un objeto que está puesto ante el sujeto; el sujeto, que se quiere seguro en el mundo, pone ante sí el objeto en orden? a poder dominarlo. El mundo se vuelve en este sentido re-presentación, y en este sentido toda la época moderna debe considerarse la era? de la «imagen del mundo», si entendemos «imagen» en el sentido de «objetivación», de «representación del sujeto», de lo que «se opone explícitamente a las actividades de fundamentación y cálculo del sujeto»: de «constructo?-imagen del producir que re-presenta».[3]

Los autores anglosajones ofrecen un diagnóstico que añade un único punto contra el positivismo. Pues se dan cuenta de que toda concepción que sustituya al mecanicismo representar?á de nuevo una concepción totalizante del mundo, y en este sentido será de nuevo metafísica. El positivismo rechaza esta crítica, y cree poder escapar? al peligro gracias a su relativismo?, gracias a la concepción práctica de la verdad? como verificación empírica. (Desatiende así que este concepto de verdad no puede hacerse valer? a propósito de la propia concepción positivista, que sí tiene la pretensión de captar el estado? de las cosas tal como es y no solamente tal como se verifica).

Husserl   y Heidegger   son quienes proporcionan las perspectivas más profundas para una crítica de la concepción positivista del retroceso al mundo natural. Pero en orden a valorar esta crítica debemos retornar una vez? más al análisis de la concepción positivista.

El positivismo aspira a suprimir la dicotomía que divide el mundo en una causa fisicalista y un efecto subjetivo (que es imagen-reflejo de la verdadera realidad fisicalista).[4] A tal fin reduce la realidad física y la realidad psíquica a lo que en Mach, Avenarius, Russell  , etc., recibe el nombre de plano? de «los datos neutrales». Este plano es el material a partir del cual se forman, en virtud de distintas relaciones recíprocas, de una parte, las objetividades de la física y, de otra parte, las objetividades psicofisiológicas. Las conexiones fisicalistas son conexiones de datos neutrales en la medida en que su aparición se produce? sólo por dependencia de unos datos respecto de otros. Bajo conexiones psico-fisiológicas hay que entender, en cambio, aquellas que dependen de un determinado «sistema? C», que, aun siendo también una reunión de datos neutrales, regula además una especial aparición colectiva de datos neutrales que podríamos llamar «perspectiva global sobre el Universo como un todo», o sea, sobre la totalidad de todos los datos, incluido el propio «sistema C».

Esta imagen («natural») del mundo descansa en dos presupuestos esenciales que no se reconocen:

El «plano neutral» no es en verdad neutral sino subjetivo. Pues si no fuera subjetivo, si no fuera un plano de vivencias, no tendría sentido postular una donación directa del objeto en dependencia del sistema C. El plano neutral oculta en realidad el plano descubierto por Descartes  , la certeza? de la conciencia para sí, en la forma en que el empirismo inglés lo recibió.

En relación con el plano neutral comparecen dos tipos? fundamentales de momentos entitativos: se trata, por un lado, de los elementos? o datos y, por otro, de las conexiones funcionales de su aparición, o sea, en el fondo de leyes matemáticas.

En no menor medida que en el mecanicismo, el papel protagonista y, por tanto, el rango de realidad verdadera recae aquí sobre las leyes matemáticas. Ellas son las que regulan la aparición de los elementos, así como su carácter propio. Pues si los elementos han de estar? en correspondencia con la legalidad general de la naturaleza, ellos tienen que entrar como argumentos de las dependencias funcionales que las leyes establecen; lo que significa que ha de ser posible la coordinación entre los elementos. Los elementos neutrales no son datos de la experiencia, responden más bien a la exigencia de ser matemáticamente construibles. Representan, en el centro de esta visión «natural» del mundo, un vestigio de mecanicismo. Y dado que «el sistema C» ha resultado ser en sí mismo una totalidad de elementos, la dependencia del vivir subjetivo respecto del objeto tampoco ha disminuido en absoluto?. El proceso en que los elementos hacen aparición en el contexto de una perspectiva privada? permanece igualmente dependiente del proceso impersonal de su aparición en el sistema puramente objetivo C. Resulta así un doble concepto de sujeto: el primero es omniabarcante y coextensivo con el «plano neutral» en que se «constituyen» tanto las conexiones de la física como las conexiones privadas-en perspectiva; el otro es un concepto particular?, el de la perspectiva privada que depende del sistema objetivo C.

En suma?, el positivismo asumió de manera totalmente acrítica varias de las premisas fundamentales del mecanicismo. La primera, la de que las relaciones matemáticas representan la verdadera realidad, sin necesidad de investigar? en que consisten estas relaciones, cómo vienen a ser, cómo se originan en la experiencia. Con ello la actitud «natural» hacia el mundo se alienaba aún más de su sentido originario, por cuanto una estructura objetivamente matemática se introducía no sólo como causa de la vivencia, sino también en la propia vivencia. De este modo, el positivismo representa un intento de cerciorarse de que la concepción no natural del mundo era sólo el epifenómeno de una interpretación tradicionalista, retrógrada: con sólo sustituir coherentemente la metafísica por la lógica y la matemática, todo volvía a estar en orden.

Por otra parte, el positivismo recogió del mecanicismo la premisa de que todo lo que es debe en último término acreditar su ser sobre un plano de certezas que es el plano de los datos; y el plano de las certezas es al mismo tiempo el plano del sujeto.

Ambas premisas fueron sometidas a crítica por los fenomenólogos? Husserl   y Heidegger  , bien que cada uno a su manera. En el intento por hallar una salida a las tinieblas de la crisis del pensamiento objetivista moderno, los dos filósofos rehabilitaron el «mundo natural» de una forma mucho más radical que los positivistas.


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