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El crimen de Galileo

Santillana (CG:Prefacio) – equívocos sobre o caso Galileu

Historia del proceso inquisitorial al genio

segunda-feira 8 de novembro de 2021, por Cardoso de Castro

      

SANTILLANA  , Giorgio de. El crimen de Galileo. Historia   del proceso inquisitorial al genio. Tr. Juan Rodríguez Chicano. Buenos Aires: editorial Claridad, 1960, p.

      

Esta obra no es consecuencia de un plan preconcebido  . Al tratar de esclarecer el fondo, asombrosamente complejo, del Diálogo   robre los Grandes Sistemas del Mundo, de Galileo[1], sentíme atraído hacia el drama   que representó una parte decisiva de aquel memorable acontecimiento de la historia   moderna que es la secularización del pensamiento. Me parecía extraño que, luego de tanta investigación y tanta controversia, el relato de los acontecimientos, tal como los vi, tuviera tan paco sentido. Al avanzar en la tarea se hizo claro que una parte apreciable del rompecabezas babia quedado de manera singular sin componer hasta el presente  , por lo que tiene toda la apariencia de un convenio tácito e inexplicable entre los bandos en pugna.

Galileo no salió malparado como el científico que se halla frente a un credo religioso. Estaba lejos de representar el papel de técnico de la ciencia; de hacerlo, habría escapado a toda suerte de dificultades. Todos sabemos que sus descubrimientos no tropezaron con oposición. En igual caso se hallan los de Descartes  , así como este mismo. Pero, por lo demás, según aquél reconoció, prosiguió “bajo una máscara”, en tanto Galileo es el hombre sin máscara. Tanto sus amigos como sus adversarios vieron en él un tipo único de personalidad creadora, cuyas principales realizaciones podían ser muy bien concebidas para sostenerse o caer con él era el tipo clásico del humanista, esforzado en aportar su cultura a la percepción de las nuevas ideas científicas, y entre las fuerzas que halló alineadas contra él no fue en modo alguno la más poderosa el fundamentalismo religioso.

Es difícil ver la verdadera forma del conflicto en tanto permanezcamos bajo la influencia de un malentendido tácitamente aceptado por ambas partes; ¡la idea   del científico como atrevido “librepensador” y “progresista” enfrentando la resistencia estática del conservadorismo! Este bien puede ser el aspecto sobre él nivel de las personalidades, pues es por to común el científico quien muestra la mente   más libre y más especulativa, en contraste con sus oponentes provistos de más prejuicios. Pero el fondo del asunto es diferente; los científicos aparecen en él con gran frecuencia como conservadores empujados por fuerzas sociales que se mueven aprisa. Por to general tienen de su parte a la ley y a los profetas.

Esto debe comprenderse en el acto con claridad si pensamos en los acontecimientos contemporáneos. La tragedia de los genéticos en Rusia, con sus lamentables disculpas y retractaciones, representa un fiel ensayo de la historia de Galileo; empero, no podríamos acusar al gobierno soviético de aferrarse a viejas supersticiones, o subestimar la necesidad apremiante de ciencia y de tecnología. Y si dejamos de esforzarnos en ver la paja en el ojo ajeno, nos percataremos de que el caso Oppenheimer tiene un parecido tan asombroso que no resulta en verdad consolador. En climas de tan vasta desigualdad de tiempo y de pensamiento, doquiera se suscita un conflicto hallamos una similitud de síntomas y de procederes que nos señala una relación fundamental

Cierto que el caso Galileo es muy diferente del de Oppenheimer en cuanto a contenido. En nuestro tiempo existe la tendencia no a suprimir la física sino a explotarla; una tendencia a actuar, no sobre las profundas diferencias filosóficas sino sobre simples problemas de conveniencia. Empero, mientras la historia va desarrollándose ante el público, la exacta analogía en su estructura, en los síntomas y en los procederes, nos demuestra que estamos tratando la misma enfermedad. A través de lo poco que se nos permite conocer, estamos en condiciones de discernir la mente   científica, tal como siempre ha existido, con su curiosidad andariega, sus intereses nada convencionales, su despego, su antiguo y en cierto modo esotérico juego de valores, (recordemos que es al científico a quien se le reprocha el haber traído el concepto del “pecado  ” a los modernos contenidos), sorprendida por decisiones de política dictadas por “razones de estado  ” o lo que se considera como tales.

Podría ser un simple juego de tarja, pero resulta tentador establecer una relación de uno   a uno entre los actores de ambos dramas, a tres siglos de distancia, y seguirlos a lo largo de circunvoluciones paralelas, Podría expresar, por ejemplo: COMITE AEC en lugar de Santo Oficio, Crouch en vez de Caccini, Borden por Lorini, SAC (Comando Aéreo Estratégico) en reemplazo de S. J. (Societas Jesu), Informe de la mayoría Gray-Morgan en sustitución de Informe de la Comisión Preliminar; Teller como Grienberger, cierto doctor Malraux en vez de ciertos matemáticos germanos, y así sucesivamente. En cuanto a la figura encapuchada de Miguel Angel Segizi de Lauda, artífice de la iniquidad, el número   de personajes que actúan en la vida pública y en el Imperio de las Comunicaciones baria odiosa la selección.

Las dos principales figuras con poder son a su vez notablemente similares en lo que atañe a sus complejos motivos. Pero el Presidente de la Comisión para la Energía Atómica redactó su propio resumen del caso, que vino a ser al mismo tiempo la resolución, en tanto aparecerá demostrado de modo bastante razonable en esta obra que la resolución del papa Urbano VIII se basó en un resumen deliberadamente redactado y sometido a su persona con el fin de inducirlo a error.

No hay duda de que las figuras eclesiásticas del siglo XVII exceden en mucho a sus modernas contrapartes. Al fin y al cabo, el problema debatíase en aquella época alrededor de cuestiones cosmológicas y metafísicas de tal importancia, que incluso los más graves errores morales cometidos en defensa del punto de vista tradicional pueden aparecer   en la actualidad como interés en la salvación definitiva de la humanidad. Las conclusiones de nuestras autoridades contemporáneas, en su distracción, resultan mucho más cercanas a las conclusiones del fiscal contra Lavoisier: La République   n’a pas besoin de savants. Y, como entonces, la ciencia tuvo que guardar silencio.

Mas los paralelos son, en el mejor de los casos, una invitación a pensar, y éste no debe llevarse demasiado adelante. Lo que creo que puede exponerse en estos casos —al menos cuando la cuestión alcanza los peldaños más elevados— es que no sé trata tanto de un asunto de “ciencia” contra “prejuicio” como del resurgimiento de la clásica pregunta: “¿Qué es el científico?” Por lo común es éste quien se ve sorprendido por la redefinición de sus actividades, proveniente de afuera. Y el resultado es siempre una vuelta más de la vieja tuerca. Al sujetar al científico, como ser culto, a la sospecha administrativa que por lo general va unida a los dudosos aventureros en los movimientos internacionales, no hemos hecho otra cosa que dar un paso adelante en el proceso de la secularización del pensamiento.

Tan cierto es ello que en el episodio del siglo XVII aparece con todo su vigor la aparente paradoja: dentro del marco específico de la cristiandad occidental, el verdadero conflicto revela a Galileo, como a todos los hombres libres, en busca de apoyo en las costumbres establecidas, el crédito y la tradición  , en tanto Urbano VIII, como todo organizador del poder, se convierte en instrumento involuntario de lo nuevo y de lo eficiente.

Reconozco prestamente que esto no puede conformarse con la perspectiva establecida por la historiografía corriente, formada como está en gran parte, vista desde atrás. Pero es así cómo fue experimentada por los actores del drama, de manera más o menos consciente, lo cual no debe constituir un aspecto despreciable del todo de la realidad histórica.

Debe disculparse a Galileo por preguntarse cómo sus descubrimientos fueron tildados de “novedades” alarmantes, dado que se suponía que la ciencia no descubría sino cosas que eternamente debían haber sido así. Lo que le pareció “novedad” mucho mayor fue la manera como las autoridades se dieron a dictar resoluciones administrativas en un campo   en el que se las consideraba desprovistas de competencia. Constituyó para él una asombrosa interpretación de lo que pudiera calificarse de “Enmienda Tridentina” de las constituciones inmemoriales de la cristiandad.


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