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Física y filosofía

Heisenberg (FF) – extensão mundial dos conceitos da ciência ocidental

XI. EL PAPEL DE LA FÍSICA MODERNA EN EL ACTUAL DESARROLLO DEL PENSAMIENTO HUMANO

sábado 6 de novembro de 2021, por Cardoso de Castro

HEISENBERG  , Werner. Física y filosofía (ebook)

Volviendo ahora a las contribuciones de la física moderna, puede decirse que el cambio más importante producido por sus resultados consiste en la disolución de este rígido sistema de conceptos del siglo diecinueve. Muchas tentativas se hicieron antes, naturalmente, a fin de salir de este marco rígido que parecía evidentemente demasiado estrecho para una comprensión de las partes fundamentales de la realidad. Pero no se veía qué habría de erróneo en conceptos tales como materia, espacio, tiempo y causalidad, que tan grandes éxitos obtuvieron en la historia de la ciencia. Sólo la investigación experimental misma, llevada a cabo con todo el refinado equipo que la ciencia técnica pudo ofrecer, y su interpretación matemática, proporcionaron las bases para un análisis crítico —o, podría decirse, obligaron al análisis crítico— de estos conceptos, y terminaron finalmente con la disolución del sistema rígido.

La disolución se llevó a cabo en dos etapas distintas. La primera fue el descubrimiento, mediante la teoría de la relatividad, de que hasta los conceptos fundamentales tales como los de espacio y tiempo podían ser cambiados, y que de hecho debían ser cambiados, de acuerdo con la nueva experiencia. Este cambio no concernía a los conceptos más bien vagos de espacio y tiempo del lenguaje ordinario, pero sí a su precisa formulación en el lenguaje científico de la mecánica de Newton, que fue equivocadamente aceptada como definitiva. La segunda etapa fue el análisis del concepto de la materia impuesto por los resultados experimentales concernientes a la estructura atómica. Es probable que la idea de la realidad de la materia haya sido la parte más firme de ese rígido marco de conceptos del siglo diecinueve, y esta idea tenía por lo menos que ser modificada en relación con la nueva experiencia. Una vez más los conceptos, en tanto pertenecían al lenguaje ordinario, permanecían intactos. No hubo dificultad para hablar de la materia, o de los hechos, o de la realidad, cuando había que describir los experimentos atómicos y sus resultados. Pero la extrapolación científica de estos conceptos dentro de las partes más pequeñas de la materia no podía hacerse de la sencilla manera sugerida por la física clásica, aun cuando había determinado equivocadamente la perspectiva general sobre el problema de la materia.

Estos nuevos resultados tuvieron que ser considerados, antes que nada, como una seria advertencia contra la aplicación en cierto modo forzada de los conceptos científicos en dominios a los cuales no pertenecían. La aplicación de los conceptos de la física clásica, por ejemplo en la química, había sido una equivocación. Ahora, por consiguiente, debemos estar menos inclinados a aceptar que los conceptos de la física, aun los de la teoría cuántica, puedan aplicarse por doquiera en la biología o en las otras ciencias. Tendremos, por el contrario, que mantener las puertas abiertas para la entrada de los nuevos conceptos aun en aquellas partes de la ciencia donde los conceptos antiguos han sido muy útiles para la comprensión de los fenómenos. Trataremos, sobre todo, de evitar cualquier conclusión temeraria, principalmente en aquellos puntos en los que la aplicación de los antiguos conceptos parece un tanto forzada o no completamente adecuada al problema.

Además, uno de los aspectos más importantes del desarrollo y el análisis de la física moderna es la experiencia de que los conceptos del lenguaje ordinario, vagamente definidos como están, parezcan ser más estables en la expansión del conocimiento que los términos precisos del lenguaje científico, derivado como una idealización de grupos solamente limitados de fenómenos. Esto no es, en realidad, sorprendente puesto que los conceptos del lenguaje ordinario están formados por la relación inmediata con la realidad; representan la realidad. Es verdad que no están muy bien definidos y que, por consiguiente, pueden sufrir cambios en el curso de los siglos, tanto como los sufrió la realidad misma, pero nunca pierden su relación inmediata con la realidad. Por otra parte, los conceptos científicos son idealizaciones; se derivan de la experiencia obtenida mediante delicados instrumentos experimentales, y están precisamente definidos mediante axiomas y definiciones. Sólo mediante estas definiciones precisas es posible relacionar los conceptos con un esquema matemático y deducir matemáticamente la infinita variedad de fenómenos posibles en este campo. Pero con este proceso de idealización y con la definición precisa se pierde la relación inmediata con la realidad. Los conceptos todavía corresponden muy aproximadamente a la realidad en aquella parte de la naturaleza que ha sido el objeto de la investigación. Pero la correspondencia puede perderse en otras partes que contienen otros grupos de fenómenos.

Teniendo presente la estabilidad intrínseca de los conceptos del lenguaje ordinario en el proceso del desarrollo científico se ve que —después de la experiencia de la física moderna— nuestra actitud hacia conceptos tales como los de inteligencia, alma humana, o vida, o Dios serán diferentes de los del siglo diecinueve, porque estos conceptos pertenecen al lenguaje ordinario y, por consiguiente, tienen una relación inmediata con la realidad. Verdad es que también comprobamos que estos conceptos no están bien definidos en el sentido científico y que su aplicación puede conducir a muchas contradicciones; mientras tanto, tenemos que tomar los conceptos como están, sin analizar; pero sabemos, sin embargo, que tienen contacto con la realidad. A este respecto puede ser útil recordar que hasta en las partes más exactas de la ciencia, en las matemáticas, no podemos evitar el empleo de conceptos que involucran contradicciones. Es bien sabido, por ejemplo, que el concepto de infinitud lleva a contradicciones que han sido analizadas, pero sería prácticamente imposible construir las partes principales de la matemática sin este concepto.

La orientación general del pensamiento humano, durante el siglo diecinueve, se inclinó hacia una creciente confianza en el método científico y los términos racionales precisos, y condujo a un escepticismo general con respecto a aquellos conceptos del lenguaje ordinario que no se ajustan al cerrado marco del pensamiento científico, por ejemplo, los de la religión. En muchos aspectos, la física moderna ha intensificado este escepticismo; pero, al mismo tiempo, lo ha dirigido contra una estimación exagerada de los conceptos científicos precisos, contra una concepción demasiado optimista del progreso en general y, finalmente, contra el mismo escepticismo. El escepticismo respecto de los conceptos científicos precisos no significa que deba existir una limitación definida para la aplicación del pensamiento racional. Por el contrario, puede decirse que la capacidad humana para comprender puede ser en cierto sentido ilimitada. Pero los conceptos científicos existentes siempre abarcan sólo una parte limitada de la realidad, y la otra parte que aún no ha sido comprendida es infinita. Siempre que vamos de lo conocido a lo desconocido podemos alentar la esperanza de comprender, pero al mismo tiempo tenemos que aprender un nuevo significado de la palabra “comprensión”. Sabemos que cualquier comprensión tiene que basarse, en último término, en el lenguaje ordinario porque sólo allí es donde podemos estar seguros de tomar contacto con la realidad, y, por consiguiente, debemos ser escépticos con respecto a todo escepticismo que se refiera a este lenguaje ordinario y sus conceptos fundamentales. Debemos, en consecuencia, emplear estos conceptos tal como han sido empleados en todos los tiempos. Quizá de esta manera la física moderna haya abierto la puerta a una perspectiva más amplia de las relaciones entre la inteligencia humana y la realidad.

En nuestros días esta ciencia moderna penetra, pues, en otras partes del mundo donde la tradición cultural ha sido completamente distinta de la civilización europea. El impacto de esta nueva actividad de la ciencia natural y la ciencia técnica debe hacerse sentir allí más fuertemente que en Europa puesto que los cambios de las condiciones de vida que en Europa se han producido en dos o tres siglos tendrán allí lugar dentro de unas pocas décadas. Podría suponerse que en muchos lugares esta nueva actividad pudiera aparecer como una declinación de la cultura más antigua, como una actitud bárbara y despiadada que altera la sensible balanza sobre la cual descansa toda humana felicidad. Tales consecuencias son inevitables y deben aceptarse como una de las características de nuestro tiempo. Pero aun allí la franqueza de la física moderna puede contribuir en cierta medida a reconciliar las tradiciones más antiguas con las nuevas orientaciones del pensamiento. Por ejemplo, la gran contribución científica a la física teorética que llega del Japón desde la última guerra puede ser la señal de una cierta relación entre las ideas filosóficas tradicionales del Lejano Oriente y la sustancia filosófica de la teoría cuántica. Tal vez sea más fácil adaptarse al concepto teorético cuántico de la realidad cuando no se ha tenido que transitar por la ingenua ruta del pensamiento materialista que aún prevalecía en Europa en las primeras décadas de este siglo.

Naturalmente, estas observaciones no deben ser erróneamente interpretadas como una subestimación de las viejas tradiciones culturales que han sufrido el impacto del progreso técnico. Pero puesto que todo el progreso ha excedido desde hace mucho tiempo todo dominio de las fuerzas humanas, tenemos que aceptar esto como una de las concepciones fundamentales de nuestro tiempo y tratar de relacionarlo, en cuanto sea posible, con los valores humanos que han constituido la finalidad de las antiguas tradiciones culturales y religiosas. Aquí puede permitírsenos recordar una anécdota de la religión hasídica: Había un anciano rabí, sacerdote famoso por su sabiduría a quien todo el mundo iba a pedir consejo. Un día recibió la visita de un hombre desesperado por todos los cambios que se producían a su alrededor y que se quejaba de todo el mal producido por el llamado progreso. “Si se consideran los auténticos valores de la vida —exclamó—, ¿no resulta completamente inútil toda esta preocupación por la técnica?”. “Tal vez sea así —replicó el rabí—, pero si uno es como debe ser se puede aprender de todo”. “No —contestó el visitante—, de tonterías tales como el ferrocarril, el teléfono o el telégrafo, no es posible aprender nada”. Pero el rabí insistió: “Se equivoca. El ferrocarril puede enseñarle que por llegar un minuto tarde puede perderlo todo. El telégrafo puede enseñarle que todas las palabras tienen valor. Y el teléfono puede enseñarle que lo que decimos aquí puede ser oído más allá”. El visitante comprendió lo que el rabí quería decirle y se fue.


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