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A REPÚBLICA

Platão - A República - Livro I (336b-347e) — Concepção de justiça

LIVRO I

sexta-feira 17 de setembro de 2021, por Cardoso de Castro

      

Eggers Lan

Entonces Trasímaco —quien, mientras dialogábamos, había intentado bvarias veces adueñarse de la conversación, pero había sido impedido en ello por quienes estaban sentados a su lado y querían escucharla íntegramente—, en cuanto hicimos una pausa tras decir yo aquello, no se contuvo más, y, agazapándose como una fiera, se abalanzó sobre nosotros como si fuera a despedazarnos. Tanto Polemarco como yo nos estremecimos de pánico, pero Trasímaco profirió gritos en medio de todos, clamando:

—¿Qué clase de idiotez hace presa de vosotros desde hace rato, Sócrates  ? c¿Y qué juego de tontos hacéis uno   con otro con eso de devolveros cumplidos entre vosotros mismos? Si realmente quieres saber lo que es justo, no preguntes solamente ni te envanezcas refutando cuando se te responde, sabedor de que es más fácil preguntar que responder, sino responde tú mismo y di qué es para ti lo justo. Pero no me vayas a ddecir que lo justo es lo necesario, lo provechoso, lo útil, lo ventajoso y lo conveniente; sino dime con claridad y exactitud qué es lo que significa, pues yo no he de tolerar que divagues de semejante modo.

Al oírlo quedé azorado y lo contemplé con pavura; y creo que si no hubiese sido que yo lo miré a él antes que él a mí, habría perdido el habla. Pero en el momento en que comenzó a exasperarse por la conversación, eyo había sido el primero que lo contempló, de modo que luego me fue posible responderle, y le dije, no sin un ligero temblor:

—No seas duro   con nosotros, Trasímaco, pues tanto Polemarco como yo, si erramos en el examen de estas cuestiones, has de saber que erramos sin quererlo. Pues si estuviéramos buscando oro, no creas que querríamos hacernos cumplidos el uno   al otro en la búsqueda, echando a perder su hallazgo; menos aún, buscando la justicia, cosa de mucho mayor valor   que el oro, nos haríamos concesiones uno al otro, insensatamente, sin esforzarnos al máximo en hacerla aparecer  . Créeme, amigo. Lo que sucede es que no somos capaces de hacerla aparecer. Así es mucho más 337aprobable que seamos compadecidos por vosotros, los hábiles, en lugar   de ser maltratados.

Tras escucharme, Trasímaco se echó a reír con grandes muecas,[11] y dijo:

—¡Por Hércules  ! Ésta no es sino la habitual ironía de Sócrates, y yo ya predije a los presentes que no estarías dispuesto a responder, y que, si alguien te preguntaba algo, harías como que no sabes, o cualquier otra cosa, antes que responder.

—Eres sabio, Trasímaco —respondí—. Bien sabías que, si preguntabas a alguien cuánto es doce, y al preguntarle le previnieras: «No me bvayas a decir, amigo, que doce es dos veces seis ni tres veces cuatro ni seis veces dos ni cuatro veces tres, porque no he de tolerar que me digas tales idioteces», sería claro para ti, creo, que nadie respondería al que inquiriera de tal modo. Pero si te preguntara: «¿A qué apuntas, Trasímaco? ¿A que no responda ninguna de las cosas sobre las que me has prevenido, ni siquiera si alguna de ellas fuera la correcta, hombre asombroso, sino que debo decir alguna distinta de la correcta? ¿O a qué otra ccosa te refieres?». ¿Qué contestarías a esto?

—¡Está bueno! —exclamó—. ¡Como si este caso fuera semejante a aquél!

—No veo por qué no —respondí—. Pero, aun cuando no fuera semejante, si al interrogado le parece que es semejante, ¿piensas que dejará de responder lo que le parece a él, prohibámoselo nosotros o no?

—¿Y así has de obrar   también tú? ¿Responderás alguna de las cosas que te he prohibido?

—No me asombraría si, después de examinarlo, opinara que es así.

—¿Y si yo te mostrara otra respuesta, además de todas ésas, acerca dde la justicia, mejor que ellas? ¿Qué pena   merecerías?

—¿Qué otra pena que la que conviene a alguien que no sabe? Y sin duda lo que conviene al que no sabe es aprender   del que sabe. Yo también merecería esa pena.

—Eres gracioso  ; pero además de aprender, pagarás también dinero.

—En cuanto lo tenga, ciertamente.

—Lo tienes —dijo Glaucón—. Si es por el dinero, Trasímaco, habla. Todos nosotros aportaremos por Sócrates.

—Veo claro todo —protestó Trasímaco—. Lo hacen para que Sócrates econsiga lo habitual: que él no responda, sino que, al responder otro, tome la palabra y lo refute.

—¿Y cómo podría alguien responder, mi excelente amigo —señalé—, cuando, en primer lugar  , uno no sabe, y después, si piensa algo, un hombre nada insignificante le prohíbe que hable de las cosas que está considerando? Más natural es que hables tú; ya que dices saber y tener 338aalgo que decir. No te niegues, pues, sino hazme el placer de contestar y no rehúses enseñar a Glaucón, que está aquí dispuesto, y a los demás.

Una vez que dije esto, tanto Glaucón como los demás le pidieron que no se negase. Y era evidente que Trasímaco estaba deseoso de hablar para ganar en prestigio, porque creía contar con una respuesta excelente; hacía como si quisiera lograr que yo fuera el que respondiese, pero terminó por acceder, y en seguida dijo:

—Ésta es la sabiduría de Sócrates: no estar dispuesto a enseñar, bsino a aprender de los demás yendo de un lado a otro, sin siquiera darles las gracias.

—En lo de que aprendo de los demás dices verdad, Trasímaco —contesté—. Pero en cuanto a lo que dices que no lo agradezco, estás equivocado, pues retribuyo en la forma que puedo; y sólo puedo hacerlo en elogios, porque dinero no tengo. Y con cuánto celo cumplo con ello cuando me parece que alguien habla bien, has de saberlo inmediatamente, después de que respondas. Creo, en efecto, que hablarás cbien.

—Escucha, pues —dijo Trasímaco—. Afirmo que lo justo no es otra cosa que lo que conviene al más fuerte. Y ahora ¿por qué no me elogias? Pero no, no estás dispuesto a ello.

—Primeramente debo comprender qué quieres decir, pues aún no lo sé. Afirmas que justo es lo que conviene al más fuerte. Y esto, Trasímaco, ¿qué significa? Porque sin duda lo que afirmas no es, por ejemplo, que si Polidamante, el pancraciasta, es más fuerte que nosotros, y le conviene, en lo concerniente al cuerpo, la carne   de buey, este alimento   des también conveniente y justo para nosotros, que somos más débiles que él.

—Me repugnas, Sócrates: interpretas la definición del modo que más puedas distorsionarla.

—Pero, mi excelente amigo, de ningún modo: expresa más claramente lo que quieres decir.

—¿Acaso no sabes que en algunos Estados el gobierno es tiránico, en otros democrático y en otros aristocrático?

—¿Cómo no he de saberlo?

—¿Y no es el gobierno el que tiene la fuerza en cada Estado  ?

—Sin duda.

—Bien. De este modo, pues, cada gobierno implanta las leyes en evista de lo que es conveniente para él: la democracia, leyes democráticas; la tiranía, leyes tiránicas, y así las demás. Una vez implantadas, manifiestan que lo que conviene a los gobernantes es justo para los gobernados, y al que se aparta de esto lo castigan por infringir las leyes 339ay obrar injustamente. Esto, mi buen amigo, es lo que quiero decir; que en todos los Estados es justo lo mismo: lo que conviene al gobierno establecido, que es sin duda el que tiene la fuerza, de modo tal que, para quien razone correctamente, es justo lo mismo en todos lados, lo que conviene al más fuerte.

—Ahora he comprendido lo que querías decir; si es verdad o no, trataré de comprenderlo. Entonces, Trasímaco, también tú has respondido que «justo» es lo conveniente, aunque a mí me habías prohibido que contestara eso; si bien a lo dicho en ese momento añades bahora que lo es para el más fuerte.

—Un añadido probablemente insignificante —dijo burlonamente Trasímaco.

—Todavía no está claro si es importante. Pero lo que está claro es que hay que examinar si lo que dices es cierto. Porque estoy de acuerdo en que lo justo es algo conveniente, pero tú has añadido a esto la afirmación de que es conveniente para el más fuerte. Y esto lo ignoro, y debo examinarlo.

—Examínalo —respondió.

—Eso haré. Dime ahora: ¿no afirmas también que es justo obedecer a los gobernantes?

—Ciertamente que lo afirmo.

—Veamos, pues: ¿son infalibles los que gobiernan en cada Estado, co pueden equivocarse?

—No cabe duda de que pueden equivocarse.

—Por ende, cuando se abocan a implantar leyes, unas las implantan correctamente, otras incorrectamente.

—Eso creo yo.

—Ahora bien, implantarlas correctamente significa implantar las que les convienen a ellos mismos, e incorrectamente las que no les convienen. ¿Así lo entiendes?

—Así lo entiendo.

—Pero una vez implantadas, los gobernados deben acatarlas, y eso es lo justo.

—¡Claro que sí!

—En tal caso, es justo no sólo hacer lo que conviene al más fuerte, dde acuerdo con tu argumento  , sino también es justo lo contrario, hacer lo que no le conviene.

—¿Qué dices? —exclamó Trasímaco.

—Lo mismo que tú, me parece. Pero examinémoslo mejor. Por un lado hemos acordado que, cuando los gobernantes ordenan a los gobernados que hagan ciertas cosas, a veces se equivocan respecto de lo que es mejor para sí mismos; por otro lado, hemos concordado en que es justo que los gobernados hagan lo que les ordenan los gobernantes. ¿No hemos convenido ambas cosas?

—Pienso que sí.

—Piensa también que has estado de acuerdo en que es justo hacer lo eque no conviene a los gobernantes, que son a la vez los más fuertes, cuando los gobernantes, sin querer, ordenan algo malo para sí mismos; y dices que para los gobernados es justo hacer lo que los gobernantes han ordenado. Entonces, sapientísimo Trasímaco, ¿no resulta así forzosamente que es justo hacer lo contrario de lo que tú dices? En efecto, de lo que afirmas resulta, sin duda, que se ordena a los más débiles que hagan lo que no conviene al más fuerte.

—Sí, por Zeus  , Sócrates —exclamó Polemarco—; es clarísimo.340a

—Clarísimo, si tú lo atestiguas —dijo Clitofonte, tomando a su vez la palabra.

—¿Y para qué hace falta un testigo? Si el mismo Trasímaco está de acuerdo en que los gobernantes a veces ordenan algo malo para sí mismos, y que para los gobernados es justo hacer eso que les ordenan.

—Lo que Trasímaco consideró justo, Polemarco, fue lo que los gobernantes mandan hacer.

—Sí, pero también consideró justo, Clitofonte, lo que conviene al bmás fuerte. Y además de considerar ambas cosas, estuvo de acuerdo en que a veces los más fuertes ordenan que lo que no les conviene a ellos mismos sea hecho por los gobernados, que son los más débiles. Y una vez acordadas tales cosas, en nada sería más justo lo que conviene al más fuerte que lo que no le conviene.

—Pero lo que conviene al más fuerte —replicó Clitofonte— significaba para Trasímaco lo que el más fuerte entendiera que le conviene: esto debe ser hecho por el más débil, y esto es lo que consideró como lo justo.

—Sin embargo, no fue eso lo que dijo —protestó Polemarco.

c—No importa, Polemarco —dije entonces yo—; si ahora Trasímaco afirma esto, se lo admitiremos. Dime, pues, Trasímaco: ¿era esto lo que querías decir al hablar de lo justo, a saber, aquello que al más fuerte le parezca que es lo que más le conviene a él, sea que le convenga realmente o no? ¿Esto es lo que quieres decir?

—En absoluto   diría eso: ¿crees que llamaría más fuerte al que se equivoca, cuando se equivoca?

—Ciertamente, yo pensé que querías decir eso cuando estuviste de dacuerdo en que los gobernantes no eran infalibles, sino que también se equivocaban.

—Eres un tramposo en tus argumentos, Sócrates —contestó—. Veamos, por ejemplo, ¿llamas médico al que se equivoca respecto de los enfermos, en cuanto se equivoca en eso? ¿O calculador al que se equivoca en el cálculo, en el momento en que se equivoca, en cuanto a esa equivocación? Claro que usamos la expresión «el médico se equivocó» o «el calculador o el gramático se equivocan». Pero cada uno de éstos, en realidad, en la medida que es aquello por lo cual lo denominamos easí, entiendo que jamás se equivoca. De este modo, en sentido estricto, ya que quieres que hablemos estrictamente, ningún artesano se equivoca, puesto que el que se equivoca al carecer del conocimiento respectivo se equivoca en algo en que no es artesano. Y así como el artesano o el experto  , ningún gobernante se equivoca cuando es gobernante, aunque todos digan que se equivocó el médico o se equivocó el gobernante. Interpreta, pues, de esa forma ahora lo que respondí entonces. Para decirlo en el sentido más estricto de los términos, el gobernante, 341aen tanto es gobernante, no se equivoca, y al no equivocarse establece lo mejor para sí mismo, y esto es lo que debe hacer el gobernado. De modo tal que, como afirmé desde un principio, declaro que es justo hacer lo que conviene al más fuerte.

—Bueno, Trasímaco —dije—. ¿Sigo pareciéndote un tramposo?

—Sin la menor duda —respondió.

—¿Crees, pues, que al preguntarte como te pregunté lo hacía con la mala intención de desprestigiarte en tus argumentos?

—Lo sé muy bien. Pero no ganarás nada, ya que quedará al descubierto que quieres desprestigiarme, y, una vez puesto al descubierto, bno podrás ejercer violencia en el argumento.

—Ni lo intentaría, bendito   amigo. Pero para que no nos suceda otra vez lo mismo, determina de cuál de estas dos maneras te refieres al que gobierna y que es más fuerte: si en la forma común de hablar o si en el sentido estricto de los términos, según el cual acabas de enunciarlo, a saber, aquel a quien, por ser el más fuerte, será justo que el más débil haga lo que conviene.

—Me refiero al que gobierna, en el sentido más estricto de los términos. Urde nuevas tretas y aprovecha lo dicho para desprestigiarme, si puedes; yo no te lo he de impedir, pero no serás capaz.c

—¿Acaso crees que he enloquecido al punto de intentar tonsurar un león y urdir tretas contra Trasímaco?

—Lo acabas de intentar, sin poder   esto tampoco.

—Suficiente, dejemos eso. Dime ahora: el médico, en el sentido estricto del término, como acabas de decir, ¿es un mercader o el que cura   a los enfermos? Habla del verdadero médico.

—Es el que cura a los enfermos.

—¿Y el piloto? El verdadero piloto, ¿es un marinero o es el que manda a los marineros?

—El que manda a los marineros.d

—En su caso, pues, no es el hecho de que navega en una nave lo que se toma en cuenta, y no por eso debe ser llamado marinero, dado que no se lo llama piloto por navegar sino por el arte de gobernar a los marineros.

—Es verdad.

—Y a cada uno de estos tipos que he mencionado hay algo que le conviene.

—Por supuesto.

—¿Y no es acaso el arte apto   para buscar   y proveer lo que conviene a cada uno?

—Apto para eso, efectivamente.

—¿Y a cada una de las artes conviene otra cosa que el ser lo más completas posible?

—¿Qué quieres decir con eso?e

—Lo siguiente: si me preguntaras si al cuerpo le basta ser como es o si tiene necesidad de algo, y yo te respondiera: «Sin duda, está necesitado; precisamente por eso se ha inventado ahora el arte de la medicina: porque el cuerpo es deficiente y no le basta ser como es, ha sido organizado este arte, de modo que pueda procurarle las cosas que le convienen», ¿no te parece que al hablar así hablaría correctamente?

342a—Correctamente —convino Trasímaco.

—Veamos ahora, ¿es el arte de la medicina deficiente? ¿Hay algún arte que tiene necesidad de perfección, así como los ojos tienen necesidad de la vista y las orejas del oído, para lo cual se debe contar con algún arte que examine lo que es conveniente para ver y para oír y se lo procure? ¿Acaso en el arte mismo hay una cierta deficiencia, y cada arte necesita de otro arte que examine lo que es conveniente para aquél, y otro, a su vez, para que atienda a éste, y así hasta el infinito  ? b¿O aquél examinará qué es lo que le conviene a sí mismo? ¿No será que no tiene necesidad ni de sí mismo ni de ningún otro arte para examinar lo que conviene a su deficiencia, ya que en ningún arte existe deficiencia o necesidad alguna, y que a un arte no corresponde buscar otra cosa que lo que conviene a aquello de lo cual es arte, dado que el arte mismo es realmente incólume e incontaminado, y, mientras es arte, en sentido estricto, es íntegramente lo que es? Examinémoslo en sentido estricto: ¿es así o no?

—Es así.

c—En tal caso, la medicina no examina lo que conviene a la medicina, sino al cuerpo.

—Sí, efectivamente.

—Ni el arte de la equitación examina lo que conviene a ese arte sino lo que conviene a los caballos, y ninguna otra arte examina lo conveniente a sí misma, ya que no está necesitada de nada, sino sólo examina lo que conviene a aquello de lo cual es arte.

—Así parece.

—Ahora bien, Trasímaco, las artes gobiernan y prevalecen sobre aquellas cosas de las cuales son artes.

En esto también nos pusimos de acuerdo, bien que con bastante fastidio por parte de Trasímaco.

—Ningún conocimiento artesanal examina ni dispone lo que conviene dal más fuerte sino lo que conviene al más débil, al gobernado por aquél.

Trasímaco también terminó por reconocer esto, no sin antes intentar disputar la cuestión. Y cuando lo reconoció, dije:

—¿Acaso algún médico, en la medida en que es médico, examina y dispone lo que conviene al médico, no al enfermo? Hemos quedado de acuerdo, en efecto, en que el médico, en sentido estricto, es un gobernante de cuerpos y no un mercader. ¿No lo hemos acordado?

Trasímaco asintió.

—Y el piloto, en sentido estricto, es gobernante de marineros, y no un marinero.e

También aquí estuvo de acuerdo.

—Pero tal piloto-gobernante atenderá y dispondrá lo que conviene no al piloto, sino al marinero-gobernado. Lo admitió a duras penas.

—Entonces, Trasímaco, en ningún tipo de gobierno aquel que gobierna, en tanto gobernante, examina y dispone lo que le conviene, sino lo que conviene al gobernado y a aquel para el que emplea su arte, y, con la vista en éste y en lo que a éste conviene y se adecua, dice todo lo que dice y hace todo lo que hace.

Cuando estábamos en un punto de la discusión en que era manifiesto 343apara todos que lo que Trasímaco había dicho acerca de lo justo se había convertido en lo contrario, éste, en lugar de responder, exclamó:

—Dime, Sócrates: ¿tienes una nodriza?

—¿Y eso por qué lo dices? ¿No sería mejor contestarme que preguntar esas cosas?

—Porque se nota que te deja con las narices moqueando cuando necesitas que te las haga sonar; y si tuvieras nodriza, ella te habría enseñado a reconocer ovejas y pastor.

—¿Cómo es eso?

—Porque crees que los pastores y los boyeros atienden al bien de las bovejas y las vacas, y las engordan y cuidan mirando a otra cosa que al bien de los amos y al de ellos mismos; así como también estimas que los gobernantes de los Estados, los que gobiernan verdaderamente, piensan acerca de los gobernados de otro modo que lo que se ha establecido respecto de las ovejas, y que los atienden día y noche de otra manera que de aquella que les aprovechará a ellos mismos. Y has ido tan lejos en lo concerniente a lo justo y a la justicia, a lo injusto y a la injusticia, que cdesconoces que la justicia y lo justo es un bien en realidad ajeno al que lo practica, ya que es lo conveniente para el más fuerte que gobierna, pero un perjuicio propio del que obedece y sirve; y que la injusticia es lo contrario y gobierna a los verdaderamente ingenuos y justos, y que los gobernados hacen lo que conviene a aquel que es más fuerte, y al servirle hacen feliz a éste, mas de ningún modo a sí mismos. Es necesario observar  , dmi muy cándido amigo Sócrates, que en todo sentido el hombre justo tiene menos que el injusto. En primer lugar, en los contratos entre unos y otros, allí donde éste se asocia con aquél, al disolverse la asociación nunca hallarás que el justo tenga más que el injusto, sino menos. Después, en los asuntos concernientes al Estado, cuando se establecen impuestos, aunque sus bienes sean iguales, el justo paga más, el injusto emenos. Pero cuando se trata de cobranzas, aquél no recibe nada, éste cobra mucho. Y cuando cada uno de ellos ocupa un cargo, al justo le toca, a falta de otro perjuicio, vivir miserablemente por descuidar sus asuntos particulares, sin obtener provecho alguno de los asuntos públicos, en razón de ser justo; y además de eso, es aborrecido por sus parientes y conocidos, por no estar dispuesto a hacerles un servicio al margen de la justicia. Al injusto le sucede todo lo contrario. Hablo de aquel al que hace un momento me refería, que es capaz de alcanzar los más 344agrandes privilegios. A éste debes observar  , si es que quieres discernir cuánto más le conviene personalmente ser injusto que justo. Pues bien, lo aprenderás del modo más fácil si llegas a la injusticia más completa, la cual hace feliz al máximo al que obra injustamente y más desdichados a los que padecen injusticia y no están dispuestos a ser injustos. Esto es la tiranía, que se apodera de lo ajeno, no poco a poco, sino de un solo golpe, tanto con engaño como con violencia, trátese de lo sagrado   o de blo piadoso, de lo privado o de lo público: cuando alguien es descubierto, tras obrar injustamente en uno solo de esos casos, es castigado y vituperado, pues los que cometen tales delitos parciales son llamados sacrílegos, secuestradores, asaltantes, estafadores o ladrones. Cuando alguien, en cambio, además de secuestrar las fortunas de los ciudadanos, secuestra también a éstos, esclavizándolos, en lugar de aquellos denigrantes calificativos es llamado «feliz» y «bienaventurado» no sólo cpor los ciudadanos, sino por todos aquellos que se han enterado de toda la injusticia que ha cometido. En efecto, los que censuran la injusticia la censuran no por temor a cometer obras injustas, sino por miedo a padecerlas. De este modo, Sócrates, la injusticia, cuando llega a serlo suficientemente, es más fuerte, más libre y de mayor autoridad que la justicia; y tal como dije desde un comienzo, lo justo es lo que conviene al más fuerte, y lo injusto lo que aprovecha y conviene a sí mismo.

dUna vez dichas estas cosas, Trasímaco pensaba marcharse, como si fuera un bañero que nos hubiera volcado sobre nuestros oídos un cántaro repleto de sus argumentos. Pero los que estaban presentes no se lo permitieron, sino que lo obligaron a permanecer y a rendir cuentas de lo dicho. Yo mismo le pedí con insistencia:

—Divino Trasímaco, ¿vas a marcharte tras arrojarnos un discurso, antes de enseñarlo adecuadamente o de que aprendamos si es así o de otro modo? ¿Crees que es un asunto insignificante el de intentar edeterminar el modo de vida que cada uno de nosotros podría llevar para vivir una vida más provechosa?

—¿Y yo acaso pienso en otra cosa que ésa? —bramó Trasímaco.

—Parecía que sí, o al menos que nada te importaba de nosotros, ni que te preocupaba que fuéramos a vivir peor o mejor, desconociendo lo que dices saber. Pero anímate, mi buen amigo, a instruirnos; no será para ti una mala inversión lo que hagas en nuestro beneficio, siendo 345atantos como somos. En lo que a mí toca, te diré que no estoy convencido, y que no creo que la injusticia sea más provechosa que la justicia, ni aunque aquélla sea permitida y no se le impida hacer lo que quiera. Admitamos, mi amigo, que existe el hombre injusto y que puede obrar injustamente, sea en forma oculta o combatiendo a cara descubierta. Pero aun así no me persuado de que es más provechosa que la justicia. Y esto, seguramente, también le ha sucedido a algún otro de nosotros, bno sólo a mí. Persuádenos adecuadamente, mi bienaventurado amigo, de que no argumentamos correctamente cuando estimamos más a la justicia que a la injusticia.

—¿Y cómo he de persuadirte? Si con las cosas que he dicho no te has persuadido, ¿qué puedo hacer contigo aún? ¿Acaso llevaré mi argumento hasta tu alma   haciéndotelo tragar?[12]

—No, ¡por Zeus!, ¡eso no! Más bien, en primer lugar, has de mantener aquellas cosas que digas, y si las cambias en algo, cámbialas abiertamente y no nos engañes. Ahora, Trasímaco, consideremos nuevamente clo dicho antes, puedes ver que, tras haber definido al verdadero médico, no has pensado que era necesario después vigilar con precisión lo que concierne al verdadero pastor, sino que crees que éste apacienta a las ovejas, en tanto pastor, sin mirar a lo que es mejor para las ovejas: como un invitado a un banquete   que está dispuesto para el festín, o como un mercader, para venderlas; pero no como pastor. Pues el arte ddel pastor no cuida sin duda de ninguna otra cosa que de aquella con respecto a la cual está organizada, a fin de procurarle lo mejor, ya que, en cuanto a sí misma, el arte del pastor ya está suficientemente provista mientras nada le falte para ser arte del pastor. Del mismo modo estoy convencido de que es forzoso estar de acuerdo en que todo gobierno, en tanto gobierno, no atiende a ninguna otra cosa que al sumo bien de eaquel que es su gobernado y está a su cuidado  , trátese del gobierno del Estado o de ámbitos particulares. Pero ¿tú crees acaso que los que gobiernan los Estados lo hacen voluntariamente?

—No es algo que meramente creo, ¡por Zeus!, sino que bien lo sé.

—Pero Trasímaco —proseguí—, ¿no te percatas de que, en cuanto a los otros tipos de gobierno, nadie está dispuesto voluntariamente a gobernar, sino que demanda un salario, por pensar   que del gobernar no obtendrá beneficio para sí mismo sino para los gobernados? En 346aefecto, dime esto: ¿no es cada una de las artes distinta de las otras por tener un poder distinto? Respóndeme, bienaventurado amigo, no en contra de lo que piensas, para poder proseguir.

—¡Claro que cada una es distinta por eso! —repuso Trasímaco.

—¿Y no nos aporta cada arte un beneficio particular, no común a todas las artes, tal como la medicina aporta la salud, el pilotaje la seguridad al navegar, y así las demás?

—De acuerdo.

—Y en cuanto al arte del mercenario, aporta un salario, ya que tal bes su peculiaridad. Ahora ¿llamas a una misma arte medicina y pilotaje? O bien, si es que quieres delimitar   con precisión los términos, como propusiste, en caso de que, al comandar una nave, un piloto se sane, porque le hace bien navegar en el mar, ¿llamarás al pilotaje «medicina»?

—De ningún modo.

—Ni tampoco al arte del mercenario, creo, lo llamarás «medicina» porque alguien sane mientras gana su salario.

—Por cierto que no.

—Ni a la medicina la llamarás «arte del mercenario» porque el médico gane un salario cuando cura a otro.

c—Tampoco.

—¿Y acaso no hemos concordado en que cada arte tiene un beneficio particular?

—Sea.

—En tal caso, cualquiera que sea el beneficio que aprovecha a todos los artesanos en común, es patente que lo obtienen de algo que en común adicionan al ejercicio de cada arte.

—Así parece.

—Ahora bien, diremos que, al ganar un salario, los artesanos se benefician con el ejercicio del arte del mercenario que adicionan al de cada arte.

No sin disgusto lo admitió.

—Pues entonces, no es de su arte particular que cada uno obtiene ese beneficio que es la recepción del salario, sino que, si consideramos dlas cosas con el rigor que corresponde, la medicina produce la salud, el arte del mercenario produce un salario, el de la arquitectura una casa  ; y el del mercenario que se añade a cada una, un salario; y así en todas las demás artes, cada una realiza su función y beneficia a aquello con respecto a lo cual está organizada. Y si no se le añade salario, ¿se beneficiará el artesano con su arte?

—Parece que no.

—¿No produce beneficios, entonces, cuando cumple su función egratuitamente?

—Creo que sí.

—Pues bien, Trasímaco, ahora es evidente que ningún arte ni gobierno organiza lo que le beneficia a sí mismo, sino que, como decíamos antes, organiza y dispone lo que beneficia al gobernado: atiende a lo que conviene a aquel que es el más débil, no al que es el más fuerte. Por eso mismo, querido Trasímaco, decía hace un momento que nadie está dispuesto voluntariamente a gobernar y tomar en sus manos y corregir las deficiencias ajenas, sino que para ello reclama un salario; porque aquel que va a ejercer adecuadamente su arte jamás hace o 347adispone, si dispone de acuerdo con su arte, lo mejor para sí mismo sino para el gobernado; y para eso es necesario, según parece, asignar una remuneración a los que estén prestos a gobernar, sea plata u honores, o un castigo, si no estuviera dispuesto a gobernar.

—¿Qué quieres decir con eso, Sócrates? —preguntó Glaucón—. En cuanto a los dos tipos de remuneración, lo percibo, pero de qué castigo hablas y cómo lo incluyes en las clases de remuneraciones, no lo comprendo.

—Porque no comprendes la remuneración de los mejores —respondí—, por la cual gobiernan los más aptos, cuando están dispuestos ba gobernar. ¿Acaso no sabes que el amor a los honores o a la plata es considerado reprobable, y que lo es realmente?

—Eso sí lo sé.

—Por tales motivos, pues, los hombres de bien no están dispuestos a gobernar con miras a las riquezas ni a los honores. No quieren, en efecto, ser llamados mercenarios por exigir abiertamente un salario para gobernar, ni ser llamados ladrones por apoderarse de riquezas ocultamente, por sí mismos, desde el gobierno. Y tampoco por causa   de los chonores, pues no aman los honores. Por eso es necesario que se les imponga compulsión y castigo para que se presten a gobernar; de allí es probable que sea considerado vergonzoso el avance voluntario hacia el gobierno, sin aguardar una compulsión. Ahora bien, el mayor de los castigos es ser gobernado por alguien peor, cuando uno no se presta a gobernar. Y a mí me parece que es por temor a tal castigo que los más capaces gobiernan, cuando gobiernan. Y entonces acuden al gobierno no con la idea   de que van a lograr algún beneficio para ellos ni con la de que lo pasarán bien allí, sino compulsivamente, por pensar que, de otro dmodo, no cuentan con sustitutos mejores o similares a ellos para cumplir la función. En efecto, si llegara a haber un Estado de hombres de bien, probablemente se desatar  ía una lucha por no gobernar, tal como la hay ahora por gobernar, y allí se tornaría evidente que el verdadero gobernante, por su propia naturaleza, no atiende realmente a lo que le conviene a él, sino al gobernado; de manera que todo hombre inteligente preferiría ser beneficiado por otro antes que ocuparse de beneficiar a eotro. Por todo esto, de ningún modo estoy de acuerdo con Trasímaco en que lo justo es lo que conviene al más fuerte. Pero esto lo examinaremos en otra oportunidad.

Chambry

(336b) Or, Thrasymaque, à plusieurs reprises, pendant que nous parlions, avait tenté de prendre part à l’entretien, mais il en avait été empêch  é par ses voisins qui voulaient nous entendre jusqu’au bout. A la pause que nous fîmes, comme je venais de prononcer ces paroles, il ne se contint plus; s’étant ramassé sur lui-même, tel une bête fauve, il s’élança (19) vers nous comme pour nous déchirer.

(336 c) Polémarque et moi fûmes saisis de frayeur; mais lui, élevant la voix au milieu de l’auditoire : Quel est, dit-il, ce bavardage, Socrate, et pourquoi faites-vous les sots, vous inclinant tour à tour l’un devant l’autre? Si véritablement tu veux savoir ce qu’est le juste, ne te contente point d’interroger, et ne mets pas ton honneur à réfuter celui qui répond, mais, ayant reconnu qu’il est plus facile d’interroger que de répondre, réponds toi-même et dis comment tu définis la justice. (336d) Et garde-toi de prétendre que c’est ce que l’on doit faire, l’utile, le profitable, le lucratif ou l’avantageux; exprime-toi avec clarté et précision, car je n’admettrai pas de telles balivernes.

L’écoutant, je fus frappé de stupeur, et, jetant les yeux sur lui, je me sentis gagné par la crainte ; je crois même que si je ne l’avais regardé avant qu’il ne me regardât, je fusse devenu muet (20). Mais lorsque la discussion commença à l’irriter je le regardai le premier, (336e) de sorte que je fus capable de répondre et lui dis en tremblant un peu : Thrasymaque, ne te fâche pas contre nous ; car si nous avons commis une erreur dans notre examen, moi et ce jeune homme-ci, tu sais bien que nous l’avons commise involontairement. En effet, si nous cherchions de l’or, nous ne serions point disposés à nous incliner l’un devant l’autre, et à gâter nos chances de découverte ; n’imagine donc pas que, cherchant la justice, chose plus précieuse que de grandes quantités d’or, nous nous fassions sottement des concessions mutuelles, au lieu de nous appliquer de notre mieux, à la découvrir. N’imagine point cela, mon ami. Mais la tâche, je crois, est au dessus de nos forces. Nous prendre en pitié est donc bien plus naturel pour vous, les habiles, que de nous témoigner de l’irritation. (337)A ces mots il éclata d’un rire sardonique : O Héraclès ! s’écria-t-il, la voilà bien l’ironie habituelle de Socrate ! Je le savais et je l’avais prédit à ces jeunes gens que tu ne voudrais pas répondre, que tu simulerais l’ignorance, que tu ferais tout plutôt que de répondre aux questions que l’on te poserait !

Tu es un homme subtil, Thrasymaque, répondis-je ; tu savais donc bien que si tu demandais à quelqu’un quels sont les facteurs de douze et que tu le prévinsses : (337b) « Garde-toi, ami, de me dire que douze vaut deux fois six, ou trois fois quatre, ou six fois deux, ou quatre fois trois, parce que je n’admettrai pas un tel bavardage », tu savais bien, dis-je, que personne ne répondrait à une question ainsi posée. Mais s’il te disait : « Thrasymaque, comment l’entends-tu ? que je ne réponde rien de ce que tu as énoncé d’avance ? Est-ce que, homme étonnant, si la vraie réponse est une de celles-là je ne dois   pas la faire, mais dire autre chose que la vérité   ? (337c) Ou bien comment l’entends-tu ? », que répondrais-tu à cela ?

Bon ! dit-il ; comme ceci est semblable à cela !

Rien ne l’empêche, repris-je; et même si ce n’était point semblable, mais que cela parût tel à la personne interrogée, penses-tu qu’elle répondrait moins ce qui lui paraît vrai, que nous le lui défendions ou non ?

Est-ce donc, demanda-t-il, que tu agiras de la sorte, toi aussi ? Feras-tu quelqu’une des réponses que j’ai interdites ?

Je ne serais pas étonné, répondis-je, si, après examen, je prenais ce parti, (337d)

Mais quoi ! dit-il, si je montre qu’il y a, sur la justice, une réponse différente de toutes celles-là et meilleure qu’elles, à quoi te condamnes-tu ?

A quoi d’autre, repris-je, que ce qui convient à l’ignorant ? Or, il lui convient d’être instruit par celui qui sait ; je me condamne donc à cela.

Tu es charmant en effet, dit-il ; mais outre la peine d’apprendre, tu verseras (21) aussi de l’argent.

Certainement, quand j’en aurai, répondis-je.

Mais nous en avons, dit Glaucon. S’il ne tient qu’à l’argent, Thasymaque, parle : nous paierons tous pour Socrate.

(337e) Je vois parfaitement, reprit-il ; pour que Socrate se livre à son occupation habituelle, ne réponde pas lui-même, et, après qu’un autre a répondu, s’empare de l’argument et le réfute !

Comment, dis-je, homme excellent, répondrait-on, d’abord quand on ne sait pas et avoue ne pas savoir, quand ensuite, si l’on a une opinion sur le sujet, on se voit interdit de dire ce qu’on pense par un personnage dont l’autorité n’est point médiocre? (338) C’est plutôt à toi de parler puisque tu prétends savoir et avoir quelque chose à dire. N’agis donc pas autrement : fais-moi le plaisir de répondre, et ne mets pas de parcimonie à instruire Glaucon et les autres.

Quand j’eus dit ces mots, Glaucon et les autres le prièrent de ne point agir autrement. Thrasymaque, on le voyait bien, avait envie de parler pour se distinguer, pensant avoir une très belle réponse à faire ; mais il se donnait l’air d’insister pour que je fusse le répondant.

A la fin il céda ; puis : Voilà, s’écria-t-il, la sagesse de (338b) Socrate : se refuser à enseigner, aller s’instruire auprès des autres, et de cela ne leur savoir gré !

Tu dis avec raison, repris-je, que je m’instruis auprès des autres, mais tu prétends à tort que je ne les paie pas de retour. Je paie, en effet, dans la mesure où je le peux. Or je ne peux que louer, car je n’ai point de richesses. Mais de quel coeur je le fais, quand on me semble bien dire, tu l’apprendras aussitôt que tu m’auras répondu ; car je pense que tu parleras bien. (338c)

Ecoute donc, dit-il. J’affirme que le juste n’est autre chose que l’avantageux au plus fort. Eh bien ! qu’attends-tu pour me louer ? Tu t’y refuseras ! Permets que je comprenne d’abord ce que tu dis ; car, pour le moment, je ne saisis pas encore. Tu prétends que l’avantageux au plus fort est le juste. Mais cela, Thrasymaque, comment l’entends-tu ? Tu ne l’entends pas, en effet, de la façon suivante : Si Polydamas (22), le lutteur au pancrace, est plus fort que nous, et que la viande de boeuf soit avantageuse à l’entretien de ses forces, tu ne dis pas que, pour nous aussi, plus faibles que lui, cette nourriture soit avantageuse et, ensemble, (338d) juste ?

Tu es un impudent, Socrate, répondit-il ; tu prends mes propos par où tu peux leur faire le plus de mal !

Nullement, homme excellent, repris-je ; mais exprime-toi plus clairement.

Eh bien ! ne sais-tu pas que, parmi les cités, les unes sont tyranniques, les autres démocratiques, les autres aristocratiques ?

Comment ne le saurais-je pas?

Or l’élément le plus fort, dans chaque cité, est le gouvernement ?

Sans doute.

Et chaque gouvernement établit les lois pour son propre avantage : la démocratie des lois démocratiques, la tyrannie des lois tyranniques et les autres de même ; ces lois établies, ils déclarent juste, pour les gouvernés, leur propre avantage, et punissent celui qui le transgresse comme violateur de la loi et coupable d’injustice. Voici donc, homme excellent, ce que j’affirme : dans toutes (339) les cités le juste est une même chose : l’avantageux au gouvernement constitué; or celui-ci est le plus fort, d’où il suit, pour tout homme qui raisonne bien, que partout le juste est une même chose : l’avantageux au plus fort.

Maintenant, repris-je, j’ai compris ce que tu dis; est-ce vrai ou non ? je tâcherai de l’étudier. Donc toi aussi, Thrasymaque, tu as répondu que l’avantageux était le juste - après m’avoir défendu de faire cette réponse (339b) ajoutant pourtant : l’avantageux « au plus fort ».

Petite addition, peut-être? dit-il.

Il n’est pas encore évident qu’elle soit grande ; mais il est évident qu’il faut examiner si tu dis vrai. Je reconnais avec toi que le juste est quelque chose d’avantageux ; mais tu ajoutes à la définition, et tu affirmes que c’est l’avantageux au plus fort ; pour moi, je l’ignore : il faut l’examiner.

Examine, dit-il.

Je le ferai, poursuivis-je. Et dis-moi : ne prétends-tu pas qu’il est juste d’obéir aux gouvernants ?

Je le prétends. (339c)

Mais les gouvernants sont-ils infaillibles, dans chaque cité, ou susceptibles de se tromper ?

Certainement, répondit-il, ils sont susceptibles de se tromper.

Donc, quand ils entreprennent d’établir des lois, ils en font de bonnes et de mauvaises?

Je le pense.

Est-ce que les bonnes sont celles qui instituent ce qui leur est avantageux, et les mauvaises ce qui leur est désavantageux ? Ou bien comment dis-tu ?

Ainsi.

Mais ce qu’ils ont institué doit être fait par les gouvernés, et en cela consiste la justice?

Certes.

Donc, non seulement il est juste, selon toi de faire (339d) ce qui est à l’avantage du plus fort, mais encore le contraire, ce qui est à son désavantage.

Que dis-tu là ? s’écria-t-il.

Ce que tu dis toi-même, il me semble ; mais examinons-le mieux. N’avons-nous pas reconnu que, parfois, les gouvernants se trompaient sur leur plus grand bien, en prescrivant certaines choses aux gouvernés? et que, d’autre part, il était juste que les gouvernés fissent ce que leur prescrivaient les gouvernants ? Ne l’avons-nous pas reconnu ?

Je le crois, avoua-t-il.

Crois donc aussi, repris-je, que tu as reconnu juste (339e) de faire ce qui est désavantageux aux gouvernants et aux plus forts, lorsque les gouvernants donnent involontairement des ordres qui leur sont préjudiciables ; car tu prétends qu’il est juste que les gouvernés fassent te qu’ordonnent les gouvernants. Alors, très sage Thrasymaque, ne s’ensuit-il pas nécessairement qu’il est juste de faire le contraire de ce que tu dis ? On ordonne, en effet, au plus faible de faire ce qui est désavantageux au plus fort.

Oui, par Zeus, Socrate, c’est très clair, dit Polémarque. (340)

Si du moins tu témoignes pour lui, intervint Clitophon.

Et qu’a-t-on besoin de témoin ? reprit-il. Thrasymaque, en effet, reconnaît lui-même que parfois les gouvernants donnent des ordres qui leur sont préjudiciables, et qu’il est juste que les gouvernés les exécutent.

En fait, Polémarque, exécuter les ordres donnés par les gouvernants est ce que Thrasymaque a posé comme juste.

En fait, Clitophon, il a posé comme juste l’avantageux au plus fort. Ayant posé ces deux principes, il a, d’autre (340b) part, reconnu que parfois les plus forts donnaient aux plus faibles et aux gouvernés des ordres qui leur étaient préjudiciables à eux-mêmes. De ces aveux il résulte que le juste n’est pas plus l’avantage du plus fort que son désavantage.

Mais, reprit Clitophon, il a défini avantageux au plus fort ce que le plus fort croit être à son avantage ; cela il faut que le plus faible le fasse, et c’est cela que Thrasymaque a posé comme juste.

Il ne s’est pas, s’écria Polémarque, exprimé de la sorte !(340c)

Il n’importe, Polémarque, dis-je ; mais si maintenant Thrasymaque s’exprime ainsi, admettons que c’est ainsi qu’il l’entend. Et dis-moi, Thrasymaque : entendais-tu par juste ce qui semble avantageux au plus fort, que cela lui donne avantage ou non ? Dirons-nous que tu t’ex­primes ainsi ?

Point du tout, répondit-il ; penses-tu que j’appelle celui qui se trompe le plus fort, au moment où il se trompe ?

Je le pensais, dis-je, quand tu reconnaissais que les (340d) gouvernants ne sont pas infaillibles, mais qu’ils peuvent se tromper.

Tu es un sycophante, Socrate, dans la discussion, reprit-il ; appelles-tu médecin celui qui se trompe à l’égard des malades, au moment même et en tant qu’il se trompe ? ou calculateur celui qui commet une erreur dans un calcul, au moment même où il commet cette erreur ? Non ; c’est par façon de parler, je pense, que nous disons : le médecin s’est trompé, le calculateur, le scribe se sont trompés. Mais je crois qu’aucun d’eux, dans la mesure où il est ce que nous l’appelons, ne se trompe jamais ; de sorte que, pour parler avec précision, puisque tu veux être précis, nul artisan ne se trompe. Celui qui se (340e) trompe, le fait quand sa science l’abandonne, dans le moment où il n’est plus artisan ; ainsi, artisan, sage ou gouvernant, personne ne se trompe dans l’exercice même de ces fonctions, quoique tout le monde dise que le médecin s’est trompé, que le gouvernant s’est trompé. Admets donc que je t’aie répondu tout à l’heure en ce sens ; mais, à le dire de la façon la plus précise, le gouvernant, en tant que gouvernant, (341) ne se trompe pas, ne commet pas d’erreur en érigeant en loi son plus grand bien, qui doit être réalisé par le gouverné. Ainsi donc, comme au début, j’affirme que la justice consiste à faire ce qui est à l’avantage du plus fort.

Soit, dis-je, Thrasymaque ; te semblé-je un sycophante?

Parfaitement, répondit-il.

Penses-tu que, de dessein prémédité, pour te nuire dans la discussion, je t’aie interrogé comme je l’ai fait ?

J’en suis sûr, dit-il. Mais tu n’y gagneras rien, car tu ne pourras te cacher pour me nuire, ni, ouvertement, m’avoir (341b) par la violence dans la dispute.

Je n’essaierai pas non plus, repris-je, homme bien-heureux ! Mais afin que rien de tel ne se reproduise, marque nettement si tu entends au sens vulgaire ou au sens précis, dont tu viens de parler, les mots de gouvernant, de plus fort, pour l’avantage de qui il sera juste que le plus faible agisse.

J’entends le gouvernant au sens précis du mot, répondit-il. Pour cela, essaie de me nuire ou de me calomnier, si tu peux - je ne demande pas de quartier. Mais tu n’en es pas capable ! (341c)

Imagines-tu que je sois fou au point d’essayer de tondre un lion ou de calomnier Thrasymaque ?

Tu viens pourtant de le tenter, bien que nul en cela aussi !

Assez de tels propos ! m’écriai-je. Mais dis-moi : le médecin au sens précis du terme, dont tu parlais tout à l’heure, a-t-il pour objet de gagner de l’argent ou de soigner les malades? Et parle-moi du vrai médecin.

Il a pour objet, répondit-il, de soigner les malades.

Et le pilote ? le vrai pilote, est-il chef des matelots ou matelot ?

Chef des matelots. (341d)

Je ne pense pas qu’on doive tenir compte du fait qu’il navigue sur une nef pour l’appeler matelot ; car ce n’est point parce qu’il navigue qu’on l’appelle pilote, mais à cause de son art et du commandement qu’il exerce sur les matelots.

C’est vrai, avoua-t-il.

Donc, pour le malade et le matelot il existe quelque chose d’avantageux ?

Sans doute.

Et l’art, poursuivis-je, n’a-t-il pas pour but de chercher et de procurer à chacun ce qui lui est avantageux ?

C’est cela, dit-il.

Mais pour chaque art est-il un autre avantage que d’être aussi parfait que possible (23).?

(341e) Quel est le sens de ta question ?

Celui-ci dis-je. Si tu me demandais s’il suffit au corps d’être corps, ou s’il a besoin d’autre chose, je te répondrais : « Certainement il a besoin d’autre chose. C’est pourquoi l’art médical a été inventé parce que le corps est défectueux et qu’il ne lui suffit pas d’être ce qu’il est. Aussi, pour lui procurer l’avantageux, l’art s’est organisé. » Te semblé-je, dis-je, en ces paroles, avoir raison ou non ? (342)

Tu as raison, répondit-il.

Mais quoi , la médecine même est-elle défectueuse ? en général un art réclame-t-il une certaine vertu - comme les yeux la vue, ou les oreilles l’ouïe, à cause de quoi ces organes ont besoin d’un art qui examine et leur procure l’avantageux pour voir et pour entendre? Et dans cet art même y a-t-il quelque défaut ? Chaque art réclame-t-il un autre art qui examine ce qui lui est avantageux, celui-ci à son tour un autre semblable, et ainsi à l’infini ? Ou bien examine-t-il lui-même ce (342b) qui lui est avantageux ? Ou bien n’a-t-il besoin ni de lui-même ni d’un autre pour remédier à son imperfection (24) ? Car aucun art n’a trace de défaut ni d’imperfecfection, et ne doit chercher d’autre avantage que celui du sujet auquel il s’applique lui-même, lorsque véritable, étant exempt de mal et pur, aussi longtemps qu’il reste rigoureusement et entièrement conforme à sa nature. Examine en prenant les mots dans ce sens précis dont tu parlais. Est-ce ainsi ou autrement ?

Ce me semble ainsi, dit-il.

(342c) Donc, repris-je, la médecine n’a pas en vue son propre avantage, mais celui du corps.

Oui, reconnut-il.

Ni l’art hippique son propre avantage, mais celui des chevaux ; ni, en général, tout art son propre avantage - car il n’a besoin de rien - mais celui du sujet auquel il s’applique.

Ce me semble ainsi, dit-il.

Mais, Thrasymaque, les arts gouvernent et dominent le sujet sur lequel ils s’exercent.

Il eut bien de la peine à m’accorder ce point.

Donc, aucune science n’a en vue ni ne prescrit l’avantage du plus fort, mais celui du plus faible, du sujet (342d) gouverné par elle.

Il m’accorda aussi ce point à la fin, mais après avoir tenté de le contester ; quand il eut cédé : Ainsi, dis-je, le médecin, dans la mesure où il est médecin, n’a en vue ni n’ordonne son propre avantage, mais celui du malade ? Nous avons en effet reconnu que le médecin, au sens précis du mot, gouverne les corps et n’est point homme d’affaires (25). Ne l’avons-nous pas reconnu ?

Il en convint.

Et le pilote, au sens précis, gouverne les matelots, mais n’est pas matelot ? (342e) Nous l’avons reconnu.

Par conséquent, un tel pilote, un tel chef, n’aura point en vue et ne prescrira point son propre avantage, mais celui du matelot, du sujet qu’il gouverne.

Il en convint avec peine.

Ainsi donc, Thrasymaque, poursuivis-je, aucun chef, quelle que soit la nature de son autorité, dans la mesure où il est chef, ne se propose et n’ordonne son propre avantage, mais celui du sujet qu’il gouverne et pour qui il exerce son art; c’est en vue de ce qui est avantageux et convenable à ce sujet qu’il dit tout ce qu’il dit et fait tout ce qu’il fait.

Nous en étions à ce point de la discussion, et il était 343 clair pour tous que la définition de la justice avait été retournée, lorsque Thrasymaque, au lieu de répondre :

Dis-moi, Socrate, s’écria-t-il, as-tu une nourrice ?

Quoi? répliquai-je, ne vaudrait-il pas mieux répondre que de poser de telles questions ?

C’est que, reprit-il, elle te néglige et ne te mouche pas quand tu en as besoin, puisque tu n’as pas appris d’elle à distinguer moutons et berger.

Pourquoi dis-tu cela? demandai-je.

(343b) Parce que tu t’imagines que les bergers et les bouviers se proposent le bien de leurs moutons et de leurs boeufs, et les engraissent et les soignent en vue d’autre chose que le bien de leurs maîtres et le leur propre. Et, de même, tu crois que les chefs des cités, ceux qui sont vraiment chefs, regardent leurs sujets autrement qu’on regarde ses moutons, et qu’ils se proposent un autre but, jour et nuit, que de tirer d’eux un profit personnel. Tu es allé (343c) si loin dans la connaissance du juste et de la justice, de l’injuste et de l’injustice, que tu ignores que le juste, en réalité, est un bien étranger (26), l’avantage du plus fort et de celui qui gouverne, et le préjudice propre de celui qui obéit et qui sert ; que l’injustice est le contraire et qu’elle commande aux simples d’esprit   et aux justes ; que les sujets travaillent à l’avantage du plus fort et (343d) font son bonheur en le servant, mais le leur de nulle manière. Voici, ô très simple Socrate, comment il faut l’envisager : l’homme juste est partout inférieur à l’injuste. D’abord dans le commerce, quand ils s’associent l’un à l’autre, tu ne trouveras jamais, à la dissolution de la société, que le juste ait gagné, mais qu’il a perdu ; ensuite, dans les affaires publiques, quand il faut payer des contributions, le juste verse plus que ses égaux, l’injuste moins; quand, au contraire, il s’agit de recevoir, l’un ne (343e) touche rien, l’autre beaucoup. Et lorsque l’un et l’autre occupent quelque charge, il advient au juste, si même il n’a pas d’autre dommage, de laisser par négligence péricliter ses affaires domestiques, et de ne tirer de la chose publique aucun profit, à cause de sa justice. En outre, il encourt la haine de ses parents et de ses connaissances, en refusant de les servir au détriment de la justice; pour l’injuste, c’est tout le contraire. Car j’entends par (344) là celui dont je parlais tout à l’heure, celui qui est capable de l’emporter hautement sur les autres; examine-le donc si tu veux discerner combien, dans le particulier, l’injustice est plus avantageuse que la justice. Mais tu le comprendras de la manière la plus facile si tu vas jusqu’à la plus parfaite injustice, celle qui porte au comble du bonheur l’homme qui la commet, et ceux qui la subissent et ne veulent point la commettre, au comble du malheur. Cette injustice est la tyrannie qui, par fraude   et par violence, s’empare du bien d’autrui : sacré, profane, particulier, public, et non pas en détail, mais tout d’une fois. Pour chacun de ces délits, l’homme qui se laisse (344b) prendre est puni et couvert des pires flétrissures - on traite, en effet, ces gens qui opèrent en détail, de sacrilèges, trafiquants d’esclaves, perceurs de murailles, spoliateurs, voleurs, suivant l’injustice commise. Mais lorsqu’un homme, en plus de la fortune des citoyens, s’empare de leur personne et les asservit, au lieu de recevoir ces noms honteux il est appelé heureux et fortuné, non seulement par les citoyens, mais encore par tous ceux (344c) qui apprennent qu’il a commis l’injustice dans toute son étendue ; car ils ne craignent pas de commettre l’injustice ceux qui la blâment : ils craignent de la souffrir. Ainsi, Socrate, l’injustice poussée à un degré suffisant est plus forte, plus libre, plus digne d’un maître que la justice, et, comme je le disais au début, le juste consiste dans l’avantage du plus fort, et l’injuste est à soi-même avantage et profit (27).

Ayant ainsi parlé, Thrasymaque pensait à s’en aller, d après avoir, comme un baigneur, inondé nos oreilles de son impétueux et abondant discours. Mais les assistants ne lui le permirent pas et le forcèrent de rester pour rendre compte de ses paroles. Moi-même l’en priai avec instance et lui dis : O divin Thrasymaque, après nous avoir lancé un pareil discours tu songes à t’en aller, avant d’avoir montré suffisamment ou appris si la chose est telle ou différente? Penses-tu que ce soit une petite entreprise de définir la règle de vie que chacun de nous (344e) doit suivre pour vivre de la façon la plus profitable ?

Pensé-je, dit Thrasymaque, qu’il en soit autrement ?

Tu en as l’air, repris-je - ou bien tu ne te soucies point de nous et tu n’as cure que nous menions une vie pire ou meilleure, dans l’ignorance de ce-que tu prétends savoir. Mais, mon bon, prends la peine de nous instruire (345) aussi : tu ne feras pas un mauvais placement en nous obligeant, nombreux comme nous sommes. Car, pour te dire ma pensée, je ne suis pas convaincu, et je ne crois pas que l’injustice soit plus profitable que la justice, même si l’on a liberté de la commettre et si l’on n’est pas empêché de faire ce que l’on veut. Qu’un homme, mon bon, soit injuste et qu’il ait pouvoir de pratiquer l’injustice par fraude ou à force ouverte : je ne suis point pour cela persuadé qu’il en tire plus de profit que de la justice. (345b) Peut-être est-ce aussi le sentiment de quelque autre d’entre nous, et non pas seulement le mien ; persuade-nous donc, homme divin, de manière satisfaisante, que nous avons tort de préférer la justice à l’injustice.

Et comment te persuaderai-je si je ne l’ai fait par ce que je viens de dire ? Que ferai-je encore ? Faut-il que je prenne mes arguments et te les enfonce dans la tête ?

Par Zeus ! m’écriai-je, halte-là ! Mais d’abord, tiens-toi dans les positions prises, ou, si tu en changes, fais-le clairement et ne nous trompe pas. Maintenant, tu vois, (345c) Thrasymaque - pour revenir à ce que nous avons dit - qu’après avoir donné la définition du vrai médecin tu n’as pas cru devoir garder rigoureusement celle du vrai berger. Tu penses qu’en tant que berger il engraisse ses moutons non pas en vue de leur plus grand bien, mais, comme un gourmand qui veut donner un festin, en vue de la bonne chère, ou comme un commerçant, (345d) en vue de la vente, et non comme un berger. Mais l’art du berger ne se propose que de pourvoir au plus grand bien du sujet auquel il s’applique - puisqu’il est lui-même suffisamment pourvu des qualités qui assurent son excellence, tant qu’il reste conforme à sa nature d’art pastoral. Par la même raison je croyais tout à l’heure que nous étions forcés de convenir que tout gouvernement, en tant que gouvernement, se propose uniquement le plus grand bien du sujet qu’il gouverne et dont il a charge, qu’il s’agisse d’une cité ou d’un particulier. Mais (345e) toi, penses-tu que les chefs des cités, ceux qui gouvernent vraiment, le fassent de bon gré ?

Si je le pense ? Par Zeus, j’en suis sûr !

Mais quoi ! Thrasymaque, repris-je, les autres charges, n’as-tu pas remarqué que personne ne consent à les exercer pour elles-mêmes, que l’on demande au contraire une rétribution, parce que ce n’est pas à vous que profite leur exercice, mais aux gouvernés? Puis, réponds à ceci : (346) ne dit-on pas toujours qu’un art se distingue d’un autre en ce qu’il a un pouvoir différent ? Et, bienheureux homme, ne réponds pas contre ton opinion, afin que nous avancions un peu !

Mais c’est en cela, dit-il, qu’il se distingue.

Et chacun ne nous procure-t-il pas un certain bénéfice particulier et non commun à tous, comme la médecine la santé, le pilotage la sécurité dans la navigation, et ainsi des autres ?

Sans doute.

Et l’art du mercenaire le salaire ? car c’est là son pouvoir propre. Confonds-tu ensemble la médecine et (346b) le pilotage ? Ou, à définir les mots avec rigueur, comme tu l’as proposé, si quelqu’un acquiert la santé en gouvernant un vaisseau, parce qu’il lui est avantageux de naviguer sur mer, appelleras-tu pour cela son art médecine ?

Certes non, répondit-il.

Ni, je pense, l’art du mercenaire, si quelqu’un acquiert la santé en l’exerçant.

Certes non.

Mais quoi ! appelleras-tu la médecine art du mercenaire parce que le médecin, en guérissant, gagne salaire?

Non, dit-il. (346c)

N’avons-nous pas reconnu que chaque art procure un bénéfice particulier ?

Soit, concéda-t-il.

Si donc tous les artisans bénéficient en commun d’un certain profit, il est évident qu’ils ajoutent à leur art un élément commun dont ils tirent profit ?

I1 le semble, dit-il.

Et nous disons que les artisans gagnent salaire parce qu’ils ajoutent à leur art celui du mercenaire. Il en convint avec peine.

(346d) Ce n’est donc pas de l’art qu’il exerce que chacun retire ce profit qui consiste à recevoir un salaire ; mais, à l’examiner avec rigueur, la médecine crée la santé, et l’art du mercenaire donne le salaire, l’architecture édifie la maison, et l’art du mercenaire, qui l’accompagne, donne le salaire, et ainsi de tous les autres arts : chacun travaille à l’oeuvre qui lui est propre et profite au sujet auquel il s’applique. Mais, si le salaire ne s’y ajoutait pas, est-ce que l’artisan profiterait de son art ?

Il ne le semble pas, dit-il.

(346e) Et cesse-t-il d’être utile quand il travaille gratuitement ?

Non, à mon avis.

Dès lors, Thrasymaque, il est évident qu’aucun art ni aucun commandement ne pourvoit à son propre bénéfice, mais, comme nous le disions il y a un moment, assure et prescrit celui du gouverné, ayant en vue l’avantage du plus faible et non celui du plus fort. C’est pourquoi, mon cher Thrasymaque, je disais tout à l’heure que personne ne consent de bon gré à gouverner et à guérir les maux d’autrui, mais qu’on demande salaire, (347) parce que celui qui veut convenablement exercer son art ne fait et ne prescrit, dans la mesure où il prescrit selon cet art, que le bien du gouverné ; pour ces raisons, il faut donner un salaire à ceux qui consentent à gouverner, soit argent, soit honneur, soit châtiment s’ils refusent (28).

Comment dis-tu cela, Socrate ? demanda Glaucon ; je connais en effet les deux salaires, mais j’ignore ce que tu entends par châtiment donné en guise de salaire.

Tu ne connais donc point le salaire des meilleurs, ce (347b) pour quoi les plus vertueux gouvernent, quand ils se résignent à le faire. Ne sais-tu pas que l’amour de l’honneur et de l’argent passe pour chose honteuse et l’est en effet ?

Je le sais, dit-il.

A cause de cela, repris-je, les gens de bien ne veulent gouverner ni pour les richesses ni pour l’honneur ; car ils ne veulent point être traités de mercenaires en exigeant ouvertement le salaire de leur fonction, ni de voleurs en tirant de cette fonction des profits secrets ; ils n’agissent pas non plus pour l’honneur : car ils ne sont point ambitieux. Il faut donc qu’il y ait contrainte et châtiment (347c) pour qu’ils consentent à gouverner - c’est pourquoi prendre le pouvoir de son plein gré, sans que la nécessité vous y contraigne, risque d’être taxé de honte - et le plus grand châtiment consiste à être gouverné par un plus méchant que soi, quand on ne veut pas gouverner soi-même ; dans cette crainte me semblent agir, lorsqu’ils gouvernent, les honnêtes gens, et alors ils vont au pouvoir non comme vers un bien, pour jouir de lui, mais comme vers une tâche nécessaire, qu’ils ne peuvent confier à de (347d) meilleurs qu’eux, ni à des égaux. Si une cité d’hommes bons venait à l’existence (29), il semble qu’on y lutterait pour échapper au pouvoir comme maintenant on lutte pour l’obtenir, et là il deviendrait clair que le véritable gouvernant n’est point fait, en réalité, pour chercher son propre avantage, mais celui du gouverné ; de sorte que tout homme sensé choisirait plutôt d’être obligé par un autre que de se donner peine à obliger autrui (30). Je n’accorde donc nullement à Thrasymaque que la (347e) justice soit l’intérêt du plus fort.

Jowett

Several times in the course of the discussion Thrasymachus had made an attempt to get the argument into his own hands, and had been put down by the rest of the company, who wanted to hear the end. But when Polemarchus and I had done speaking and there was a pause, he could no longer hold his peace ; and, gathering himself up, he came at us like a wild beast, seeking to devour us. We were quite panic-stricken at the sight of him.

He roared out to the whole company : What folly, Socrates, has taken possession of you all ? And why, sillybillies, do you knock under to one another ? I say that if you want really to know what justice is, you should not only ask but answer, and you should not seek honor to yourself from the refutation of an opponent, but have your own answer ; for there is many a one who can ask and cannot answer. And now I will not have you say that justice is duty or advantage or profit or gain or interest, for this sort of nonsense will not do for me ; I must have clearness and accuracy.

I was panic-stricken at his words, and could not look at him without trembling. Indeed I believe that if I had not fixed my eye upon him, I should have been struck dumb : but when I saw his fury rising, I looked at him first, and was therefore able to reply to him.

Thrasymachus, I said, with a quiver, don’t be hard upon us. Polemarchus and I may have been guilty of a little mistake in the argument, but I can assure you that the error was not intentional. If we were seeking for a piece of gold, you would not imagine that we were “knocking under to one another,” and so losing our chance of finding it. And why, when we are seeking for justice, a thing more precious than many pieces of gold, do you say that we are weakly yielding to one another and not doing our utmost to get at the truth ? Nay, my good friend, we are most willing and anxious to do so, but the fact is that we cannot. And if so, you people who know all things should pity us and not be angry with us.

How characteristic of Socrates ! he replied, with a bitter laugh ; that’s your ironical style ! Did I not foresee — have I not already told you, that whatever he was asked he would refuse to answer, and try irony or any other shuffle, in order that he might avoid answering ?

You are a philosopher, Thrasymachus, I replied, and well know that if you ask a person what numbers make up twelve, taking care to prohibit him whom you ask from answering twice six, or three times four, or six times two, or four times three, “for this sort of nonsense will not do for me” — then obviously, if that is your way of putting the question, no one can answer you. But suppose that he were to retort : “Thrasymachus, what do you mean ? If one of these numbers which you interdict be the true answer to the question, am I falsely to say some other number which is not the right one ? — is that your meaning ?” — How would you answer him ?

Just as if the two cases were at all alike ! he said.

Why should they not be ? I replied ; and even if they are not, but only appear to be so to the person who is asked, ought he not to say what he thinks, whether you and I forbid him or not ?

I presume then that you are going to make one of the interdicted answers ?

I dare say that I may, notwithstanding the danger, if upon reflection I approve of any of them.

But what if I give you an answer about justice other and better, he said, than any of these ? What do you deserve to have done to you ?

Done to me ! — as becomes the ignorant, I must learn from the wise — that is what I deserve to have done to me.

What, and no payment ! A pleasant notion !

I will pay when I have the money, I replied.

But you have, Socrates, said Glaucon : and you, Thrasymachus, need be under no anxiety about money, for we will all make a contribution for Socrates.

Yes, he replied, and then Socrates will do as he always does — refuse to answer himself, but take and pull to pieces the answer of someone else.

Why, my good friend, I said, how can anyone answer who knows, and says that he knows, just nothing ; and who, even if he has some faint notions of his own, is told by a man of authority not to utter them ? The natural thing is, that the speaker should be someone like yourself who professes to know and can tell what he knows. Will you then kindly answer, for the edification of the company and of myself ?

Glaucon and the rest of the company joined in my request, and Thrasymachus, as anyone might see, was in reality eager to speak ; for he thought that he had an excellent answer, and would distinguish himself. But at first he affected to insist on my answering ; at length he consented to begin. Behold, he said, the wisdom of Socrates ; he refuses to teach himself, and goes   about learning of others, to whom he never even says, Thank you.

That I learn of others, I replied, is quite true ; but that I am ungrateful I wholly deny. Money I have none, and therefore I pay in praise, which is all I have ; and how ready I am to praise anyone who appears to me to speak well you will very soon find out when you answer ; for I expect that you will answer well.

Listen, then, he said ; I proclaim that justice is nothing else than the interest of the stronger. And now why do you not praise me ? But of course you won’t.

Let me first understand you, I replied. Justice, as you say, is the interest of the stronger. What, Thrasymachus, is the meaning of this ? You cannot mean to say that because Polydamas, the pancratiast, is stronger than we are, and finds the eating of beef conducive   to his bodily strength, that to eat beef is therefore equally for our good who are weaker than he is, and right and just for us ?

That’s abominable of you, Socrates ; you take the words in the sense which is most damaging to the argument.

Not at all, my good sir, I said ; I am trying to understand them ; and I wish that you would be a little clearer.

Well, he said, have you never heard that forms of government differ — there are tyrannies, and there are democracies, and there are aristocracies ?

Yes, I know.

And the government is the ruling power in each State ?

Certainly.

And the different forms of government make laws democratical, aristocratical, tyrannical, with a view to their several interests ; and these laws, which are made by them for their own interests, are the justice which they deliver to their subjects, and him who transgresses them they punish as a breaker of the law, and unjust. And that is what I mean when I say that in all States there is the same principle of justice, which is the interest of the government ; and as the government must be supposed to have power, the only reasonable conclusion is that everywhere there is one principle of justice, which is the interest of the stronger.

Now I understand you, I said ; and whether you are right or not I will try to discover. But let me remark that in defining justice you have yourself used the word “interest,” which you forbade me to use. It is true, however, that in your definition the words “of the stronger” are added.

A small addition, you must allow, he said.

Great or small, never mind about that : we must first inquire whether what you are saying is the truth. Now we are both agreed that justice is interest of some sort, but you go on to say “of the stronger” ; about this addition I am not so sure, and must therefore consider further.

Proceed.

I will ; and first tell me, Do you admit that it is just for subjects to obey their rulers ?

I do.

But are the rulers of States absolutely infallible, or are they sometimes liable to err ?

To be sure, he replied, they are liable to err ?

Then in making their laws they may sometimes make them rightly, and sometimes not ?

True.

When they make them rightly, they make them agreeably to their interest ; when they are mistaken, contrary to their interest ; you admit that ?

Yes.

And the laws which they make must be obeyed by their subjects — and that is what you call justice ?

Doubtless.

Then justice, according to your argument, is not only obedience to the interest of the stronger, but the reverse ?

What is that you are saying ? he asked.

I am only repeating what you are saying, I believe. But let us consider : Have we not admitted that the rulers may be mistaken about their own interest in what they command, and also that to obey them is justice ? Has not that been admitted ?

Yes.

Then you must also have acknowledged justice not to be for the interest of the stronger, when the rulers unintentionally command things to be done which are to their own injury. For if, as you say, justice is the obedience which the subject renders to their commands, in that case, O wisest of men, is there any escape from the conclusion that the weaker are commanded to do, not what is for the interest, but what is for the injury of the stronger ?

Nothing can be clearer, Socrates, said Polemarchus.

Yes, said Cleitophon, interposing, if you are allowed to be his witness.

But there is no need of any witness, said Polemarchus, for Thrasymachus himself acknowledges that rulers may sometime command what is not for their own interest, and that for subjects to obey them is justice.

Yes, Polemarchus — Thrasymachus said that for subjects to do what was commanded by their rulers is just.

Yes, Cleitophon, but he also said that justice is the interest of the stronger, and, while admitting both these propositions, he further acknowledged that the stronger may command the weaker who are his subjects to do what is not for his own interest ; whence follows that justice is the injury quite as much as the interest of the stronger.

But, said Cleitophon, he meant by the interest of the stronger what the stronger thought to be his interest — this was what the weaker had to do ; and this was affirmed by him to be justice.

Those were not his words, rejoined Polemarchus.

Never mind, I replied, if he now says that they are, let us accept his statement. Tell me, Thrasymachus, I said, did you mean by justice what the stronger thought to be his interest, whether really so or not ?

Certainly not, he said. Do you suppose that I call him who is mistaken the stronger at the time when he is mistaken ?

Yes, I said, my impression was that you did so, when you admitted that the ruler was not infallible, but might be sometimes mistaken.

You argue like an informer, Socrates. Do you mean, for example, that he who is mistaken about the sick is a physician in that he is mistaken ? or that he who errs in arithmetic or grammar is an arithmetician or grammarian at the time when he is making the mistake, in respect of the mistake ? True, we say that the physician or arithmetician or grammarian has made a mistake, but this is only a way of speaking ; for the fact is that neither the grammarian nor any other person of skill ever makes a mistake in so far as he is what his name implies ; they none of them err unless their skill fails them, and then they cease to be skilled artists. No artist or sage or ruler errs at the time when he is what his name implies ; though he is commonly said to err, and I adopted the common mode of speaking. But to be perfectly accurate, since you are such a lover of accuracy, we should say that the ruler, in so far as he is a ruler, is unerring, and, being unerring, always commands that which is for his own interest ; and the subject is required to execute his commands ; and therefore, as I said at first and now repeat, justice is the interest of the stronger.

Indeed, Thrasymachus, and do I really appear to you to argue like an informer ?

Certainly, he replied.

And do you suppose that I ask these questions with any design of injuring you in the argument ?

Nay, he replied, “suppose” is not the word — I know it ; but you will be found out, and by sheer force of argument you will never prevail.

I shall not make the attempt, my dear man ; but to avoid any misunderstanding occurring between us in future, let me ask, in what sense do you speak of a ruler or stronger whose interest, as you were saying, he being the superior, it is just that the inferior   should execute — is he a ruler in the popular or in the strict sense of the term ?

In the strictest of all senses, he said. And now cheat and play the informer if you can ; I ask no quarter at your hands. But you never will be able, never.

And do you imagine, I said, that I am such a madman as to try and cheat Thrasymachus ? I might as well shave a lion.

Why, he said, you made the attempt a minute ago, and you failed.

Enough, I said, of these civilities. It will be better that I should ask you a question : Is the physician, taken in that strict sense of which you are speaking, a healer of the sick or a maker of money ? And remember that I am now speaking of the true physician.

A healer of the sick, he replied.

And the pilot — that is to say, the true pilot — is he a captain of sailors or a mere sailor ?

A captain of sailors.

The circumstance that he sails in the ship is not to be taken into account ; neither is he to be called a sailor ; the name pilot by which he is distinguished has nothing to do with sailing, but is significant of his skill and of his authority over the sailors.

Very true, he said.

Now, I said, every art has an interest ?

Certainly.

For which the art has to consider and provide ?

Yes, that is the aim of art.

And the interest of any art is the perfection of it — this and nothing else ?

What do you mean ?

I mean what I may illustrate negatively by the example of the body. Suppose you were to ask me whether the body is selfsufficing or has wants, I should reply : Certainly the body has wants ; for the body may be ill and require to be cured, and has therefore interests to which the art of medicine ministers ; and this is the origin and intention of medicine, as you will acknowledge. Am I not right ?

Quite right, he replied.

But is the art of medicine or any other art faulty or deficient in any quality in the same way that the eye may be deficient in sight or the ear fail of hearing, and therefore requires another art to provide for the interests of seeing and hearing — has art in itself, I say, any similar liability to fault or defect, and does every art require another supplementary art to provide for its interests, and that another and another without end ? Or have the arts to look only after their own interests ? Or have they no need either of themselves or of another ? — having no faults or defects, they have no need to correct them, either by the exercise of their own art or of any other ; they have only to consider the interest of their subject-matter. For every art remains pure and faultless while remaining true — that is to say, while perfect and unimpaired. Take the words in your precise sense, and tell me whether I am not right.

Yes, clearly.

Then medicine does not consider the interest of medicine, but the interest of the body ?

True, he said.

Nor does the art of horsemanship consider the interests of the art of horsemanship, but the interests of the horse ; neither do any other arts care for themselves, for they have no needs ; they care only for that which is the subject of their art ?

True, he said.

But surely, Thrasymachus, the arts are the superiors and rulers of their own subjects ?

To this he assented with a good deal of reluctance.

Then, I said, no science or art considers or enjoins the interest of the stronger or superior, but only the interest of the subject and weaker ?

He made an attempt to contest this proposition also, but finally acquiesced.

Then, I continued, no physician, in so far as he is a physician, considers his own good in what he prescribes, but the good of his patient ; for the true physician is also a ruler having the human body as a subject, and is not a mere money-maker ; that has been admitted ?

Yes.

And the pilot likewise, in the strict sense of the term, is a ruler of sailors, and not a mere sailor ?

That has been admitted.

And such a pilot and ruler will provide and prescribe for the interest of the sailor who is under him, and not for his own or the ruler’s interest ?

He gave a reluctant “Yes.”

Then, I said, Thrasymachus, there is no one in any rule who, in so far as he is a ruler, considers or enjoins what is for his own interest, but always what is for the interest of his subject or suitable to his art ; to that he looks, and that alone he considers in everything which he says and does.

When we had got to this point in the argument, and everyone saw that the definition of justice had been completely upset, Thrasymachus, instead of replying to me, said, Tell me, Socrates, have you got a nurse ?

Why do you ask such a question, I said, when you ought rather to be answering ?

Because she leaves you to snivel, and never wipes your nose : she has not even taught you to know the shepherd from the sheep.

What makes you say that ? I replied.

Because you fancy that the shepherd or neatherd fattens or tends the sheep or oxen with a view to their own good and not to the good of himself or his master ; and you further imagine that the rulers of States, if they are true rulers, never think of their subjects as sheep, and that they are not studying their own advantage day and night. Oh, no ; and so entirely astray are you in your ideas about the just and unjust as not even to know that justice and the just are in reality another’s good ; that is to say, the interest of the ruler and stronger, and the loss of the subject and servant ; and injustice the opposite ; for the unjust is lord over the truly simple and just : he is the stronger, and his subjects do what is for his interest, and minister to his happiness, which is very far from being their own. Consider further, most foolish Socrates, that the just is always a loser in comparison with the unjust. First of all, in private contracts : wherever the unjust is the partner of the just you will find that, when the partnership is dissolved, the unjust man has always more and the just less. Secondly, in their dealings with the State : when there is an income-tax, the just man will pay more and the unjust less on the same amount of income ; and when there is anything to be received the one gains nothing and the other much. Observe also what happens when they take an office ; there is the just man neglecting his affairs and perhaps suffering other losses, and getting nothing out of the public, because he is just ; moreover he is hated by his friends and acquaintance for refusing to serve them in unlawful ways. But all this is reversed in the case of the unjust man. I am speaking, as before, of injustice on a large scale in which the advantage of the unjust is most apparent ; and my meaning will be most clearly seen if we turn to that highest form of injustice in which the criminal is the happiest of men, and the sufferers or those who refuse to do injustice are the most miserable — that is to say tyranny, which by fraud and force takes away the property of others, not little by little but wholesale ; comprehending in one, things sacred as well as profane, private and public ; for which acts of wrong, if he were detected perpetrating any one of them singly, he would be punished and incur great disgrace — they who do such wrong in particular cases are called robbers of temples, and man-stealers and burglars and swindlers and thieves. But when a man besides taking away the money of the citizens has made slaves of them, then, instead of these names of reproach, he is termed happy and blessed, not only by the citizens but by all who hear of his having achieved the consummation of injustice. For mankind censure injustice, fearing that they may be the victims of it and not because they shrink from committing it. And thus, as I have shown, Socrates, injustice, when on a sufficient scale, has more strength and freedom and mastery than justice ; and, as I said at first, justice is the interest of the stronger, whereas injustice is a man’s own profit and interest.

Thrasymachus, when he had thus spoken, having, like a bathman, deluged our ears with his words, had a mind to go away. But the company would not let him ; they insisted that he should remain and defend his position ; and I myself added my own humble request that he would not leave us. Thrasymachus, I said to him, excellent man, how suggestive are your remarks ! And are you going to run away before you have fairly taught or learned whether they are true or not ? Is the attempt to determine the way of man’s life so small a matter in your eyes — to determine how life may be passed by each one of us to the greatest advantage ?

And do I differ from you, he said, as to the importance of the inquiry ?

You appear rather, I replied, to have no care or thought about us, Thrasymachus — whether we live better or worse from not knowing what you say you know, is to you a matter of indifference. Prithee, friend, do not keep your knowledge to yourself ; we are a large party ; and any benefit which you confer upon us will be amply rewarded. For my own part I openly declare that I am not convinced, and that I do not believe injustice to be more gainful than justice, even if uncontrolled and allowed to have free play. For, granting that there may be an unjust man who is able to commit injustice either by fraud or force, still this does not convince me of the superior advantage of injustice, and there may be others who are in the same predicament with myself. Perhaps we may be wrong ; if so, you in your wisdom should convince us that we are mistaken in preferring justice to injustice.

And how am I to convince you, he said, if you are not already convinced by what I have just said ; what more can I do for you ? Would you have me put the proof bodily into your souls ?

Heaven forbid ! I said ; I would only ask you to be consistent ; or, if you change, change openly and let there be no deception. For I must remark, Thrasymachus, if you will recall what was previously said, that although you began by defining the true physician in an exact sense, you did not observe a like exactness when speaking of the shepherd ; you thought that the shepherd as a shepherd tends the sheep not with a view to their own good, but like a mere diner or banqueter with a view to the pleasures of the table ; or, again, as a trader for sale in the market, and not as a shepherd. Yet surely the art of the shepherd is concerned only with the good of his subjects ; he has only to provide the best for them, since the perfection of the art is already insured whenever all the requirements of it are satisfied. And that was what I was saying just now about the ruler. I conceived that the art of the ruler, considered as a ruler, whether in a State or in private life, could only regard the good of his flock or subjects ; whereas you seem to think that the rulers in States, that is to say, the true rulers, like being in authority.

Think ! Nay, I am sure of it.

Then why in the case of lesser offices do men never take them willingly without payment, unless under the idea that they govern for the advantage not of themselves but of others ? Let me ask you a question : Are not the several arts different, by reason of their each having a separate function ? And, my dear illustrious friend, do say what you think, that we may make a little progress.

Yes, that is the difference, he replied.

And each art gives us a particular good and not merely a general one — medicine, for example, gives us health ; navigation, safety at sea, and so on ?

Yes, he said.

And the art of payment has the special function of giving pay : but we do not confuse this with other arts, any more than the art of the pilot is to be confused with the art of medicine, because the health of the pilot may be improved by a sea voyage. You would not be inclined to say, would you ? that navigation is the art of medicine, at least if we are to adopt your exact use of language ?

Certainly not.

Or because a man is in good health when he receives pay you would not say that the art of payment is medicine ?

I should not.

Nor would you say that medicine is the art of receiving pay because a man takes fees when he is engaged in healing ?

Certainly not.

And we have admitted, I said, that the good of each art is specially confined to the art ?

Yes.

Then, if there be any good which all artists have in common, that is to be attributed to something of which they all have the common use ?

True, he replied.

And when the artist is benefited by receiving pay the advantage is gained by an additional use of the art of pay, which is not the art professed by him ?

He gave a reluctant assent to this.

Then the pay is not derived by the several artists from their respective arts. But the truth is, that while the art of medicine gives health, and the art of the builder builds a house, another art attends them which is the art of pay. The various arts may be doing their own business and benefiting that over which they preside, but would the artist receive any benefit from his art unless he were paid as well ?

I suppose not.

But does he therefore confer no benefit when he works for nothing ?

Certainly, he confers a benefit.

Then now, Thrasymachus, there is no longer any doubt that neither arts nor governments provide for their own interests ; but, as we were before saying, they rule and provide for the interests of their subjects who are the weaker and not the stronger — to their good they attend and not to the good of the superior.

And this is the reason, my dear Thrasymachus, why, as I was just now saying, no one is willing to govern ; because no one likes to take in hand the reformation of evils which are not his concern, without remuneration. For, in the execution of his work, and in giving his orders to another, the true artist does not regard his own interest, but always that of his subjects ; and therefore in order that rulers may be willing to rule, they must be paid in one of three modes of payment, money, or honor, or a penalty for refusing.

What do you mean, Socrates ? said Glaucon. The first two modes of payment are intelligible enough, but what the penalty is I do not understand, or how a penalty can be a payment.

You mean that you do not understand the nature of this payment which to the best men is the great inducement to rule ? Of course you know that ambition and avarice are held to be, as indeed they are, a disgrace ?

Very true.

And for this reason, I said, money and honor have no attraction for them ; good men do not wish to be openly demanding payment for governing and so to get the name of hirelings, nor by secretly helping themselves out of the public revenues to get the name of thieves. And not being ambitious they do not care about honor. Wherefore necessity must be laid upon them, and they must be induced to serve from the fear of punishment. And this, as I imagine, is the reason why the forwardness to take office, instead of waiting to be compelled, has been deemed dishonorable. Now the worst part of the punishment is that he who refuses to rule is liable to be ruled by one who is worse than himself. And the fear of this, as I conceive, induces the good to take office, not because they would, but because they cannot help — not under the idea that they are going to have any benefit or enjoyment themselves, but as a necessity, and because they are not able to commit the task of ruling to anyone who is better than themselves, or indeed as good. For there is reason to think that if a city were composed entirely of good men, then to avoid office would be as much an object of contention as to obtain office is at present ; then we should have plain proof that the true ruler is not meant by nature to regard his own interest, but that of his subjects ; and everyone who knew this would choose rather to receive a benefit from another than to have the trouble of conferring one. So far am I from agreeing with Thrasymachus that justice is the interest of the stronger.


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