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Larchet Orgulho

terça-feira 29 de março de 2022

Excertos de Jean-Claude Larchet

Como la cenodoxia, el orgullo supone dos formas o componentes. Una se manifiesta particularmente en las relaciones del hombre con sus semejantes; la otra concierne más a la relación del hombre con Dios.

1) La primera forma de orgullo consiste para el hombre en creerse superior a los otros hombres o al menos a tal o cual de entre ellos, pero también en buscar esta superioridad, si piensa que aún no la posee. En todo caso el orgullo consiste en exaltarse, sea sin motivo particular, sea — es el caso más común —, por las mismas razones que pueden servir de pretexto a la cenodoxia, que hemos presentado precedentemente (cualidades físicas, intelectuales, espirituales, rango social, riquezas, etc.) En esta exaltación, el orgulloso se estima y se admira a sí mismo, se felicita y se alaba interiormente. Encontramos esas actitudes en la cenodoxia, pero en esta última pasión el hombre espera más bien las alabanzas de los otros, mientras que en el orgullo más bien se las atribuye él mismo, si bien esos dos procesos se manifiesten tanto en una como en otra pasión.

En consecuencia, elevándose, el orgulloso rebaja a su prójimo. Lo mira de arriba, lo desprecia, y llega hasta «no hacer ningún caso de él, como si no fuera nada», actitudes que constituyen otro rasgo fundamental de esta primera forma de orgullo.

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Esta forma de orgullo se traduce en un cierto número de actitudes que también contribuyen a definirla. El orgulloso — observa s. Basilio — «hace alarde de lo que tiene y se esfuerza por parecer más de lo que es en realidad». En esta ocasión como en otras se muestra arrogante, engreído y contento de sí, lleno de seguridad y de confianza en sí mismo. A esto se agrega a menudo la pretensión de saberlo todo y la certeza casi constante de tener razón, de donde procede la manía de justificarse, así como el espíritu de contradicción (igualmente característico de esta pasión), pero también la voluntad de enseñar y de mandar. A quien afecta, el orgullo hace ciego a sus propios defectos, le hace rechazar a priori toda crítica y odiar todo reproche y toda reprimenda, le hace intolerable ser mandado y someterse a quien quiera que sea. Esta pasión se revela también en una cierta agresividad: a veces su expresión es la ironía, pero también la acritud en las respuestas a las preguntas de los demás, el silencio guardado en ciertas circunstancias, una animosidad general, el deseo de ultrajar al prójimo y la facilidad para hacerlo. Esta agresividad se manifiesta regularmente en responder (no quedarse nunca callado) a la menor crítica dirigida por otros.

2) Mientras que la primera forma de orgullo exalta al hombre frente a sus semejantes, la segunda lo eleva frente a Dios, lo alza contra Él. El orgullo aparece entonces como una pasión de una gravedad extrema: Todos los Padres da Igreja - Padres afirman continuamente que es la peor de todas y recuerdan que es la que ha provocado la caída de Satanás y de los ángeles que se han vuelto demonios y luego la del hombre mismo. En el análisis de las causas de esta caída original es, precisamente, donde se puede ver claramente lo que constituye el fundamento y la esencia del orgullo. Ya hemos tenido la ocasión de mostrar que el pecado ancestral ha consistido, tanto para el hombre como para el diablo, en autodeificarse, en reivindicar para sí una autonomía absoluta queriendo prescindir de Dios, en pretender que toda cualidad tiene origen en sí mismo, en buscar una gloria propia, en hacer de sí el centro absoluto y en afirmar en todo su superioridad. S. Juan Casiano explica así el pecado y la caída de Satanás: «Este creyó recibir de la potencia de su propia naturaleza y no de la munificencia divina el esplendor de la sabiduría y la belleza de las virtudes con las cuales la gracia del creador lo había adornado. Infatuado por esta razón, como si no tuviera necesidad del auxilio divino para perseverar en esta pureza, se juzgó semejante a Dios, pretendiendo que, como Dios, no tenía necesidad de nadie; puso su confianza en la capacidad de su libre albedrío, creyendo poder procurarse así en abundancia todo lo que exige la katartismos - perfección en la virtud y la bienaventuranza eterna. Este único pensamiento fue su primera caída». El mismo santo cita esta palabra del salmista: «He aquí el hombre que no ha reconocido a Dios como su ayuda, sino que espera en la abundancia de sus riquezas, y se ha creído fuerte en sus vanos recursos» (Sal. 51, 9). Recuerda además que el pecado ha consistido para el hombre en ceder a la tentación diabólica que prometía: «Serán como dioses». «Imaginándose que se transformaría en Dios, perdió el estado que poseía» observa s. Juan Crisóstomo, que hacía notar que ese mismo pecado se perpetuó por la influencia del diablo en todos los hombres que adoptan una actitud orgullosa: «Este ángel orgulloso les hizo caer luego en la misma impiedad engañándolos con la ilusión de que serían semejantes a Dios».

El orgullo se presenta entonces, como una negación o un rechazo de Dios, que puede a veces, como en el caso de Satanás, tomar para el hombre la forma de una abierta rebeldía, pero manifestándose más a menudo de manera menos estrepitosa como un «rechazo del auxilio divino y la presuntuosa confianza en sus propias fuerzas». El orgulloso se niega a considerar que Dios es el autor de su naturaleza, el principio y el fin de su ser, y también la fuente de todas las cualidades y todos los bienes que posee, para atribuírselos a sí mismo.