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Impressão Originária

terça-feira 29 de março de 2022

Filosofia Moderna
Michel Henry  : Michel Henry   Encarnação - ENCARNAÇÃO

«Yo no soy de este mundo». La palabra que va a resonar a través de los siglos y más allá de ellos — que no pasará cuando el mundo pase —, la impresión por muy pobre que sea y en el momento mismo en que no le prestamos atención alguna, el deseo más humilde, el primer miedo, el hambre o la sed en su ingenua confesión, los placeres minúsculos y las penas insoportables, cada una de las modalidades más ordinarias de nuestra vida puede reivindicarse como la definición de su ser. En efecto, ninguna de ellas es del mundo, ninguna se abraza allí donde el «fuera de sí» ya ha deshecho todo abrazo. Impresión originaria (Ur-impression) denomina Husserl   a cada una de estas impresiones «siempre ahí de nuevo», llamadas a colmar en cada instante ese vacío de nada al que previamente habían sido reducidos cada uno de esos instantes por la forma ek-stática del flujo.

«Originario» debe entonces entenderse en varios sentidos. «Originario», en calidad de calificativo atribuido por Husserl   a la impresión, designa ésta antes que haya sufrido la retención - modificación retencional por la que pasa de su presente - condición presente o actual a la de «pasado al instante» o «recién pasado». No obstante, antes de la Retención - modificación retencional, la impresión ya es sumisa a la intencionalidad, depuesta de su realidad: ya ha perdido su «originariedad» si tal cosa debe significar una realidad impresional en la efectuación fenomenológica de su auto-impresionalidad. Y ello porque, como se ha mostrado ampliamente, la conciencia del presente, como toda conciencia según Husserl  , porta en ella, en calidad de intencional y como aquello mismo en que hace ver, el distanciamiento primitivo en el que, separada de sí, se anonada toda impresión concebible.

Originario no puede entonces designar sino esto: lo que viene a sí antes de toda intencionalidad e independientemente de ella, antes del espacio de una mirada, antes del «fuera de sí» — otro nombre de la intencionalidad misma —. Aquello que viene en efecto al principio, antes del mundo, fuera del mundo, aquello que es ajeno a todo «mundo» concebible, a-cósmico. El «antes» de lo «originario» no indica una situación inicial ni provisoria, el comienzo de un proceso: aquello que, adviniendo antes de que se ahonde el distanciamiento del «fuera de sí», estaría sin embargo destinado a deslizarse y perderse en éste. El «antes» de lo originario mienta una condición permanente, una condición interna de posibilidad, una esencia. Y, de este modo, aquello que viene antes del mundo jamás vendrá a él. En efecto, no vendrá nunca por una razón esencial, por principio, como dicen los fenomenólogos. No vendrá nunca porque no puede mostrarse en él, sino sólo desaparecer en él. De modo que este «desaparecer» no es todavía más que una forma de hablar, una suerte de metáfora que supone que conocemos en cierto modo aquello que decimos que aparece en el aparecer del mundo; a falta de que, no sabiendo nada de lo que desaparece, tampoco tengamos idea alguna de su «desaparición», medio alguno que nos permita saber que semejante «desaparición» ha tenido lugar.

Por tanto, no se puede, al modo de Husserl  , tomar la impresión «originaria» como una existencia que cae por su propio peso, simple supuesto no cuestionado en su posibilidad interna. Y ello cuando para concebir la realidad de esta impresión no se dispone de otra cosa que el proceso de su anonadamiento. Para nosotros, el problema no consiste en comprender cómo la nueva impresión es destruida sin cesar en el Ek-stasis del flujo que, al separarla de sí, la torna incapaz de sentirse a sí misma. Se trata de saber cómo, fuera del mundo e independientemente de su aparecer, antes de él, «al principio», una impresión, en efecto originaria, se edifica interiormente a sí misma de modo que venga a sí, se experimente y se impresione a sí misma en su propia carne impresiva — con objeto de ser una impresión —.

Ahora bien, no es precisamente la impresión, por originaria que sea, la que tiene semejante poder. Ninguna impresión se trae por sí misma a sí, ninguna se funda a sí misma. ¿No tendría, en este caso, la capacidad de determinar el género de impresión que quisiera ser? ¿Y, asimismo, de permanecer en ese estado si le conviene? ¿No pasan, por el contrario, todas nuestras impresiones, no se transforman constantemente, en efecto, no en el no ser del pasado al instante en que se desvanecen, sino en otra y siempre «nueva» impresión: la enfermedad en bienestar, el deseo en sosiego, el hambre en hartura, la inquietud en reposo, el sufrimiento en gozo, la desesperación en beatitud?

Ni ha elegido el género de impresión que es — ni, por consiguiente, permanecer en su estado o cambiarlo —, ni tampoco esta impresión — cualquiera que sea — ha elegido ser una impresión, ésta que se experimenta en su propia carne, en una materia impresiva, a la que Husserl   da, de forma muy equívoca, el nombre griego de hyle.

¿Cuál es el origen de la impresión si no es ella misma, si ninguna impresión tiene el poder de arribar por sí misma a su condición, fragmento de carne impresiva que se modifica sin cesar y se transforma no en la nada sino en una modalidad nueva, siempre presente, de esta misma carne? Origen, en fenomenología, designa el origen del ser, su principio, aquello que le hace ser y ser lo que es. El origen del ser es el aparecer. El origen de la impresión es su aparecer; un aparecer tal que todo lo que sé revela en él adviene como fragmento o momento siempre presente y siempre real de la carne impresiva de la que hablamos. No es el aparecer del mundo cuyo «fuera de sí» excluye a priori la posibilidad interior de toda impresión concebible, sino el aparecer de la Vida, que es la Vida en su fenomenización originaria.