Página inicial > Antiguidade > Puech Salvação Pessoal

Puech Salvação Pessoal

terça-feira 29 de março de 2022

Una inquietud semejante por la salvación personal, las pruebas que la suscitan, los esfuerzos que provoca, se reflejan y repercuten en las especulaciones y la literatura gnósticas. Resulta ya significativo que el autor se exprese en esos textos con frecuencia en primera persona de singular o de plural, y se explaye en ocasiones mediante una especie de confesiones o efusiones líricas. Un escrito como el Evangelho da Verdade   - Evangelio de Verdad encontrado cerca de Biblioteca de Nag Hammadi   - Nag Hammâdi, y, más aún, obras poéticas como los Naassenos - Salmos   de los Naasenos, así como multitud de piezas de los salterios maniqueos del Fayum o de Turfan, el «Himno» o el «Hino da Pérola - Canto de la Perla» de los Atos de Tomé - Hechos de Tomás, constituyen, desde este punto de vista, otros tantos testimonios directos, vividos y conmovedores. No obstante, es más frecuente que experiencia subjetiva y reflexiones individuales se traspongan a un plano impersonal, se formulen a la manera de las verdades teóricas, bajo la forma y en el marco de una doctrina o de un mito que los sistematice, las explicite o las justifique. Es así cómo el gnóstico acaba dando a sus sentimientos y a su propia empresa individual un valor colectivo, universal y metafísico. «¿Qué era yo? ¿Qué soy? ¿Qué seré?» se convierten en: «¿Qué éramos? ¿Qué somos? ¿Qué vamos a ser?»: la interrogación concierne a la condición humana en general, la sitúa de nuevo y resuelve su enigma en la perspectiva de un devenir cósmico y transcósmico cuyas tres etapas, «tres Tiempos» o «tres Momentos», habrán de servir concretamente, en el maniqueísmo, para articular la visión grandiosa de un universo traspasado, desde su origen hasta su fin, en todo el curso de su evolución, por su «historia». El malestar experimentado al contacto con las realidades sensibles conducirá a tener como mala la existencia actual, a asimilarla a una decadencia, y, de ahí, a considerarla como la consecuencia de una caída. Una caída que no es solamente aquella en la que nos ha precipitado nuestro nacimiento carnal, sino que se remonta a mucho antes, a mucho más allá, a la aurora de la historia humana, y hasta incluso, según los maniqueos, al principio de la formación del mundo: caída del primer hombre, de Adán, o del «Hombre Primordial», del Antropos arquetípico. Ese es el origen del considerable interés que los escritos gnósticos atribuyen al relato de los primeros capítulos del Génesis, de la interpretación o versión particular que ofrecen de ellos y que aspira a establecer la inocencia radical, la irresponsabilidad de Adán, del hombre, o cuando menos de todo «hombre de luz». La existencia humana, así como el mal que le es inherente, habrán de explicarse entonces por una degradación, mediante el tránsito de un estado de «plenitud» a un estado de disminución y de dispersión que es «deficiencia», «carencia», «falta», «vacío»: pleroma e histeroma adquirirán así un sentido ontológico y cosmológico y se convertirán — en particular en el Valentino - valentinismo — en palabras clave del vocabulario gnóstico. Asimismo, la condenación del cuerpo, del mundo y de cuanto tiene que ver con él, llevará consigo la de Aquel que es su creador y, en consecuencia, el responsable del mal que en aquéllos se encierra. El Dios bíblico o el Demiurgo platónico se verán rechazados, «malditos» en algunos casos; en otros, humillados, rebajados al rango de seres, si no «ciegos», perversos, crueles, «celosos» y coléricos, al menos mediocres, ignorantes o medio ignorantes, flacos o débiles. En cualquier caso, se les opondrá, o se imaginará muy por encima de ellos, el «Dios desconocido», un Dios absolutamente trascendente, sin vínculos con el mundo y el tiempo, inaccesible al conocimiento ordinario y que sólo se manifiesta mediante la revelación interior. El Dios que es verdaderamente «el Padre», que es pura Bondad y cuya función esencial no consiste en crear y en juzgar, sino en salvar. El gnóstico encuentra en él al garante de una salvación que busca fuera del mundo mientras se aleja por completo del mismo. Sea radical o relativa, la dualidad que el gnóstico establece entre los «dos Dioses», y, más en general, entre el Espíritu y la Materia, el Bem e Mal - Bien y el Mal, es el resultado de su deseo de romper con cuanto le rodea y le entorpece y de encontrarse integralmente con su auténtico ser.

Resultaría también muy fácil demostrar que, con sus pretensiones y sus aspiraciones, lo que hace el gnóstico es proyectarse en las Entidades de su metafísica o en los personajes de sus mitos. El «Salvador» tal como le concibe, el «Iluminador» (phoster), responde a una necesidad, pero también a la imagen ideal que se hace de sí mismo; este Salvador, este Salvador salvandus o salvatus, ha de ser salvado a su vez y se salva a sí mismo; como el Homem Primordial - Hombre Primordial del maniqueísmo, es la figura del alma caída en las tinieblas del mundo y liberada por el espíritu, por su nous, unido de nuevo a ella, de forma que es ella misma la que se salva en cierto modo a consecuencia de una «iluminación». Sophia, caída y salvada a su vez, es la madre de los «pneumáticos - Pneumáticos», y el Espiritual ha de sentirse por fuerza solidario de sus aventuras, de sus «desgracias» que prefiguran las suyas propias. El gnóstico extrae la demostración de su «nobleza», de la excelente y alta cualidad de su origen, de Seth, el «Allogenes - Allogenés», el «Extranjero», principio de su «raza» como Abel lo es de la de los «Psíquicos» y Caim - Caín de la de los «Hílicos - Hylicos»; y hace suya la movida historia de los «Setianos - Sethianos» preservados de los peligros que les amenazaban.

Los ejemplos podrían multiplicarse: nos llevarían a las mismas conclusiones. El gnóstico no sólo piensa que ha ligado su suerte a la de tal o cual ser celestial, sino que también se halla convencido de ser en sí mismo «consustancial» a esos seres, y hasta, según los maniqueos, a Dios. Bajo una u otra forma, el mito elaborado por él se encarga de asegurarle que pertenece de derecho y por naturaleza al mundo del Más allá y que, cualesquiera que sean las modalidades aparentes de su destino, permanece eternamente unido a éste mediante un vínculo indisoluble, lo mismo si se concibe como esencialmente formado de una «porción» desprendida del «Alma» o de la sustancia luminosa del mismo Dios, que si se imagina en posesión de una «chispa», «partícula» o «simiente» de luz descendida de «Lo Alto».