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Doroteo de Gaza Virtudes

terça-feira 29 de março de 2022

    

Excertos do site «CONOCEREIS DE VERDAD»
XIV CONFERENCIA - SOBRE EL EDIFICIO Y LA ARMONÍA DE LAS VIRTUDES DEL ALMA  

149. La Escritura dice de aquellas matronas que dejaban vivir a los niños varones de los israelitas: Por su temor de Dios, ellas se construyeron casas (cf. Ex 1, 21). ¿Se trata de casas materiales? ¡Pero cómo puede decirse que ellas construyeron tales casas por el temor de Dios! cuando por el contrario se nos enseña que es ventajoso abandonar por el temor de Dios hasta aquello que poseemos? (Cf. Mt   19, 29). No se trata entonces de una casa   material, sino de la casa del alma que se levanta por la observancia de los mandamientos de Dios. Con estas palabras la Escritura nos enseña que el temor de Dios dispone el alma guardar los mandamientos y por ellos se edifica la casa del alma. Cuidémonos entonces, hermanos. Tengamos también temor de Dios construyámonos nuestras casas para encontrar abrigo en el mal tiempo, en caso de lluvia, de relámpagos, de truenos, porque la mala estación es una gran calamidad para aquellos que no tienen morada.

150. ¿Pero cómo se edifica la casa del alma? Podemos aprenderlo con exactitud viendo construir una casa material. El que quiera construirla debe asegurarla por todas partes, debe levantarla sobre sus cuatro costados y no debe ocuparse de una sola parte descuidando las otras, pues de otra manera no llegaría a nada, perdería su esfuerzo y todos sus gastos serían inútiles. Así pasa con el alma. El hombre no debe descuidar ningún elemento   de su edificio, sino irlo elevando de forma pareja y armoniosa. Es lo que dice abba Juan: «Desearía que el hombre tome un poco de cada virtud y no haga lo que algunos que se aferran a una sola virtud, se acantonan en ella y no practican más que esa, descuidando las otras». Quizá tengan una superioridad en el ejercicio de tal virtud y consecuentemente no se verán molestados por la pasión contraria. Sin embargo las demás pasiones los asedian y los oprimen, pero ellos no se preocupan y se imaginan poseer algo grande. Se asemejan a un hombre que construye una única pared y la levanta tan alta como puede y luego considerando su altura piensa haber hecho algo grande, sin apercibirse de que el primer golpe de viento   la echará por tierra. Porque se levanta sola sin el apoyo de otras paredes. Tampoco puede servir como un refugio ya que se estaría al descubierto por los demás lados. No hay entonces que proceder de este modo, sino que quien quiera construir su casa para refugiarse en ella, deber construirla por cada costado y asegurarla en todas sus partes.

151. He aquí cómo: primeramente deber hacer el cimiento, que seria la fe. Ya que sin la fe _dice el Apóstol _ es imposible agradar a Dios (Hb 11, 6). Luego sobre ese cimiento deber construir un edificio bien proporcionado. ¿Tiene ocasión de obedecer? ¡Que coloque una piedra   de obediencia! ¿Un hermano   se irrita contra él? ¡Que coloque una piedra de paciencia! ¿Debe practicar la templanza? ¡Que coloque una piedra de templanza! Así de cada virtud que se presente   deber colocar una piedra en su edificio y levantarlo de esa manera con una piedra de compasión, otra de privación de su voluntad, otra de mansedumbre   y así sucesivamente. Debe cuidar sobre todo de la constancia y de la fortaleza, que son piedras angulares: son las que hacen sólida una construcción, uniendo las paredes entre sí e impidiéndoles doblegarse y dislocarse. Sin ellas somos incapaces de perfeccionar virtud alguna. Pues el alma sin valor   carece también de constancia y sin constancia nadie puede obrar   el bien. Así el Señor dice: Vosotros salvaréis vuestras almas por vuestra constancia (Lc   21,19).

El constructor deber también colocar cada piedra sobre cemento pues si colocara las piedras una sobre la otra sin cementar, se separarían y la casa caería. El cemento es la humildad porque está hecho de tierra, que todos tenemos bajo nuestros pies. Una virtud sin humildad no es tal, y como dice el libro de los Ancianos: «Así como no se puede construir un navío sin clavos, igualmente es imposible salvarse sin humildad». Debemos pues, si realizamos algún bien, hacerlo con humildad para poder conservarlo por la humildad. La casa deber todavía tener lo que se llama el encadenado: se trata de la discreción que consolida la casa, une las piedras entre sí y hace más firme   el edificio, dándole al mismo tiempo una buena apariencia.

El techo sería la caridad, que es la culminación de las virtud así como de la casa (cf. Col 3, 14). Después del techo viene la baranda de la terraza ¿Qué sería la baranda? Está escrito en la Ley: Cuando construyáis una casa y hagáis un techo con terraza, rodeadla con una baranda para que vuestros pequeños no se caigan de ella (Dt 22, 8). La baranda es la humildad, corona y guardiana de todas las virtudes. Así como cada virtud debe estar acompañada de la humildad, como la piedra colocada sobre el cemento, igualmente la perfección de la virtud exige la humildad, y es progresando en ella como los santos llegan con naturalidad a la perfección. Se los digo siempre: cuanto más nos acercamos a Dios, más pecadores nos vemos.

Pero, ¿quiénes son esos niños de quienes la Ley dice: Para que no se caigan del techo? Son los pensamientos que nacen en el alma: hay que cuidarlos con humildad para que no caigan del techo, es decir de la perfección de las virtudes.

152. Y he aquí la casa terminada. Tiene su encadenado, su techo y su baranda. En resumen, la casa está lista. ¿No le falta nada? Sí, hemos omitido algo ¿Qué? Que el constructor sea hábil, si no su construcción será endeble y un buen día se derrumbará. El constructor hábil es aquel que trabaja con conocimiento. Podemos en efecto dedicarnos a edificar nuestra virtud pero si no lo hacemos con ciencia, perderemos el tiempo y permaneceremos en la incoherencia sin llega a terminar nuestra labor; colocamos una piedra y la sacamos. Sucedería también que poniendo una lleguemos a sacar dos. Por ejemplo un hermano acaba de decirnos una palabra desagradable o hiriente. Tú guardas silencio y pides disculpas: has colocado una piedra. Después de lo cual vas y dices a otro hermano: «Fulano me ha ofendido, me ha dicho esto y aquello. Yo no solo no le he contestado sino que le he pedido disculpas». Aquí tienes, habías Puesto una piedra, has retirado dos. Se puede también pedir disculpas con el deseo de ser alabado encontrándose así unida la humildad a la vanagloria. Es coloca una piedra y luego sacarla. Aquel que se disculpa sabiamente, se persuade realmente de haber cometido una falta, está convencido de ser él mismo la causa   del mal. Esto es pedir disculpas con ciencia. Otro practica el silencio pero no lo hace con ciencia porque cree realizar un acto de virtud. Esto no le sirve de nada. El que calla con ciencia se juzga indigno de hablar, como dicen los Padres, y este es el silencio practicado sabiamente. Otro no tiene alta opinión de sí y cree que hace algo grande en reconocerlo, que se humilla no sabe que no hace absolutamente nada porque no obra sabiamente. No tener demasiada alta opinión de sí mismo  , sabiamente, seria tenerse por nada e indigno de ser contado entre los hombres, como abba Moisés, que se decía a si mismo: «Negro sucio, no eres un hombre, ¿y quieres estar entre ellos?».

153. Otro ejemplo: alguien atiende a un enfermo pero en vista de una recompensa. Esto tampoco es obrar sabiamente. Si le sucede algo desagradable, renuncia de inmediato a su obra buena y no puede llevarla a buen fin porque no la realizaba sabiamente. Por el contrario, aquel que atiende a un enfermo sabiamente lo hace para adquirir compasión y misericordia. Si tiene tal intención, la prueba puede venirle de afuera, el enfermo mismo puede impacientarse con él: lo soportará sin alterarse, atento a su fin y sabiendo que el enfermo está haciendo más por él que él por el enfermo. Porque, créanme, cualquiera que atiende a un enfermo sabiamente será aliviado de las pasiones y las tentaciones.

Yo conocí a un hermano que, atormentado por un deseo vergonzoso, fue liberado de él por haber atendido sabiamente a un enfermo de disentería. Evagrio   cuenta también que un hermano perturbado por alucinaciones nocturnas fue liberado de ellas por un gran anciano, quien le prescribió atenderá a los enfermos además del ayuno. A tal hermano que le preguntaba la razón contestó: «Nada apaga mejor tales pasiones que la misericordia».

Aquel que se entrega a la ascesis por vanagloria o figurándose que así practica la virtud, no lo hace sabiamente. De ahí proviene el que se ponga a despreciar a su hermano, creyéndose él mismo gran cosa. No sólo pone una piedra y retira dos, sino que al juzgar a su prójimo corre el riesgo de hacer caer toda la pared. Aquel que se mortifica sabiamente, no se tiene por virtuoso ni desea ser alabado como asceta  , sino que por la mortificación espera conseguir la templanza y por ella llegar a la humildad. Ya que, según los Padres, «el camino de la humildad solo son los trabajos realizados sabiamente».

En resumen, se debe practicar cada virtud como ya lo hemos dicho, de manera de llegar a adquirirla para luego transformarla en hábito  . Entonces seremos, como ya he dicho, buenos y hábiles constructores, capaces de construir sólidamente nuestra casa.

154. Aquel que desea llegar con la ayuda de Dios a tal estado   de perfección no deber decir: «Las virtudes son demasiado elevadas, no podré alcanzarlas». Seria hablar como hombre que no confía en la ayuda de Dios o que no es solicito en la práctica del bien. Examinemos cualquier virtud y verán ustedes que depende de nosotros el éxito, si lo queremos. Así la Escritura dice: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Lv 19, 18). No midas qué alejado estas de tal virtud no te pongas temeroso y digas: «¿Cómo puedo amar   a mi prójimo como a mi mismo? ¿Cómo podré preocuparme por sus penas como fueran mías y sobre todo de aquellas que permanecen ocultas en su corazón y que ni veo ni conozco como conozco las mías?». No alimentes tales pensamientos ni imagines que la Virtud es difícil, inalcanzable. Comienza siempre poniéndote en acción y depositando tu confianza en Dios. Muéstrale tu deseo y tu buena voluntad y verás la ayuda que te enviar para que logres triunfar.

Una comparación: imagina dos escalas. Una de ellas se elevan hacia el cielo  , la otra desciende hasta los infiernos. Tú estás sobre la tierra entre las dos escalas. No te digas: «¿Cómo podría volar desde la tierra y encontrarme de golpe en la cúspide de esa escala?». Esto no seria posible ni Dios te lo pide. Pero ten cuidado   por lo menos de no descender: no hagas mal al prójimo, no lo hieras, no lo critiques, no lo ofendas, no lo desprecies. Después ponte a practicar el bien reconfortando con tus palabras a tu hermano, demostrándole tu compasión y proporcionándole algo que necesite. Y así escalón por escalón llegarás con la ayuda de Dios a la cúspide de esa escala. Porque es a fuerza de ayudar al prójimo como llegarás a desear su provecho y beneficio igual que el tuyo y esto será amar al prójimo como a ti mismo. Si buscamos encontraremos, si pedimos a Dios El nos iluminará. Porque el Señor dice en el Evangelio: Pedid y se os dar , buscad y encontraréis, golpead y se os abrirá (Mt 7, 7; Lc 11, 9). Dice pedid para que roguemos por la oración. Buscad es examinar cómo se origina esta virtud, qué nos proporciona y qué debemos hacer para adquirirla. Hacer cada día este examen seria buscad y encontraréis. Golpead es cumplir los mandamientos ya que golpeamos con las manos y las manos significan la acción.

Luego debemos no solo pedir sino buscar y practicar, esforzándonos por estar, como dice el Apóstol, listos para toda buena acción (2 Tm 3, 17). ¿Qué quiere decir con esto? Que si alguien quiere construir un barco prepare primero todo aquello que necesita, desde los trozos más pequeños de madera hasta el pegamento y la estopa. Más aún: si una mujer quiere iniciar   una labor, preparar hasta la aguja más pequeña y el más pequeño hilo. El tener todo así preparado para cualquier cosa es lo que se dice: estar listos.

155. Estemos pues completamente preparados para toda buena acción, dispuestos a realizar la voluntad de Dios sabiamente como El quiere y para su agrado. El Apóstol dice: Lo que Dios quiere como bueno, lo que le es agradable, lo que es perfecto (Rm 12, 2). ¿Qué se entiende por esto?.

Todo llega porque Dios lo permite o porque así lo desea, como dice el Profeta  : Soy yo, el Señor, quien hace la luz y crea las tinieblas (Is 45, 7) , más aún: No hay mal en la ciudad que el Señor no lo haya   hecho (Am 3, 6). Por mal se entienden todas las desgracias, es decir las pruebas que nos suceden para nuestra corrección, por causa de nuestra malicia: hambre, pestes, sequía, enfermedades, guerras. Estos males no llegan por deseo de Dios sino porque El los permite; permite que nos sean infligidos para nuestro provecho. Luego Dios no quiere que nosotros los deseemos ni que los apoyemos.

Si, por ejemplo, la voluntad de Dios permite la destrucción de una ciudad, no nos pide que vayamos a prenderle fuego e incendiarla o tomemos hachas para demolerla. Y si Dios permite que un hermano esté afligido o caiga enfermo, no quiere que nosotros mismos contribuyamos a afligirlo diciéndonos: «Puesto que es la voluntad de Dios que este hermano esté enfermo, no ejerzamos misericordia con él». Dios no quiere esto, no desea que cooperemos con su voluntad cuando es de esta clase. Quiere que nos mantengamos buenos, cuando no quiere que nosotros deseemos cooperar ¿Y dónde quiere que se dirija nuestra voluntad? A todo aquello que es bueno, a todo aquello que responde a su voluntad, es decir, a todo aquello que es objeto de precepto: amarse los unos a los otros, ser compasivos, dar limosna, etc. Esto es lo que Dios quiere como bueno.

¿Qué debemos entender por aquello que le es agradable? Aun realizando una buena acción no hacemos necesariamente lo que es agradable a Dios. Me explico. Tomemos por ejemplo un hombre que encuentra una huérfana pobre   y linda. Encantado por su belleza la recoge y la educa en su condición de huérfana. Seria aquí obrar lo que Dios quiere y en conciencia algo bueno, pero no lo que le es agradable. Aquello agradable a Dios seria la limosna hecha no por consideraciones humanas sino por causa del bien mismo y por compasión. En fin aquello que es perfecto es la limosna hecha sin parsimonia, ni lentitud o frialdad, sino con todas nuestras fuerzas y de todo corazón. Es dar como si recibiéramos nosotros mismos, es ser benefactor como si fuéramos nosotros los beneficiados. Esto es lo perfecto. Es así como debe realizarse, según dice el Apóstol: Aquello que Dios quiere como bueno, aquello que le agrada, aquello que es perfecto. Y esto sería obrar con ciencia.

156. Debemos pues conocer el bien de la limosna y su virtud; porque ella es grande y tiene hasta el poder de borrar los pecados, según la palabra del Profeta: El rescate del hombre es su propia riqueza   (Pr 13, 8). Y además: Rescata tus pecados con tus limosnas (Dan 4, 24). El Señor mismo ha dicho: Sed misericordiosos como vuestro Padre celestial es misericordioso   (Lc 6, 36). No ha dicho «Ayunad como vuestro Padre celestial ayuna, ni, sed pobres como vuestro Padre celestial es pobre», sino: Sed misericordiosos como vuestro Padre celestial es misericordioso. Porque es especialmente esta virtud la que asemeja a Dios, ella es propia de Dios. Es preciso entonces, como decíamos, tener nuestros ojos fijos en tal meta y hacer limosna con ciencia. En efecto, existen gran variedad de motivos en la práctica de la limosna. Este la practica para que su campo   sea bendecido, y Dios bendice su campo; aquel por la seguridad de su barco, y Dios salva su barco; aquel otro por sus hijos, y Dios los protege; otros para recibir honores y Dios se los procura. Dios no rechaza a nadie y da a cada cual lo que busca, siempre que no perjudique a su alma. Pero todos ellos han recibido su recompensa, no se han reservado nada ante Dios porque el fin que perseguían no era el provecho de su alma. ¿Has hecho limosna para que tu campo sea bendecido? Dios lo ha bendecido. ¿Lo has hecho por tus hijos? Dios los ha protegido. ¿Para recibir honores? Dios te los ha concedido. ¿Qué te debe el Señor? Te ha pagado el salario por el cual has obrado.

157. Alguien hace limosna para verse preservado del castigo   futuro. Este obra por su alma. Obra según Dios pero no como Dios quiere porque todavía lo hace en condición servil; en efecto, el esclavo no cumple la voluntad de su amo voluntariamente sino porque teme el castigo. Hace limosna para ser preservado del castigo y Dios lo preserva. Otro practica la limosna para recibir su recompensa. Está mejor pero no todavía como Dios lo quiere, no está todavía en disposición de un hijo. Como el mercenario que no realiza la voluntad de su amo sino para percibir su salario, él también está actuando en busca de una remuneración.

Hay en efecto tres disposiciones dentro de las cuales podemos obrar el bien, según San Basilio. Ya se las he dicho en otra ocasión. O lo hacemos con temor por el castigo, y estamos en actitud servil, o lo hacemos en vista de la recompensa y estamos en disposición mercenaria, o finalmente lo hacemos por el bien mismo y entonces estamos con la disposición del hijo. Porque el hijo no cumple la voluntad de su padre por temor, ni por el deseo de recibir una remuneración, sino porque quiere servirlo, honrarlo y contentarlo. Así debemos hacer limosna: en vista del bien mismo, con compasión los unos de los otros, agradeciendo a los otros como si fuéramos nosotros los beneficiados, dando como si recibiéramos. Tal es la limosna practicada con sabiduría y es así, decimos, como nos encontraremos con la disposición del hijo.

158. Nadie puede decir: «Soy pobre y no tengo con qué hacer limosna». Porque si no puedes dar como aquellos ricos que echaban sus dones en el tesoro (cf. Mc   12, 41; Lc 21, 3), da dos monedas como la viuda pobre. Dios las recibir de ti más gustoso que los dones de lo ricos. ¿No tienes ni esas dos monedas?. Tienes al menos fuerzas y podrás ejercer misericordia sirviendo a tu hermano enfermo. Si tampoco puedes hacer esto, puedes todavía reconfortar a tu hermano con algunas palabras. Haz caridad con tu palabra y oye a aquel que dice: Una palabra es un bien superior a un don (Ecle 18, 16). Suponiendo que no puedas siquiera dar la limosna de tu palabra, puedes, cuando tu hermano esté irritado contra ti, tenerle compasión y soportarlo durante su cólera  , viéndolo atormentado por el enemigo común y en lugar de decir algo que lo excite aún más, guardar silencio ejerciendo así misericordia con respecto a su alma, al arrancarla del enemigo. Puedes todavía, si tu hermano ha pecado   contra ti, ejercer misericordia perdonándole su falta a fin de conseguir tú mismo el perdón de Dios. Pues esta dicho: Perdonad y seréis perdonados (Lc 6, 37). Así ejercerás caridad con el alma de tu hermano, perdonándole las falta que ha cometido contra ti. En efecto, Dios nos ha dado el poder de perdonarnos nuestros pecados los unos a los otros.

No teniendo con qué ejercer misericordia con el cuerpo de tu hermanos lo haces con su alma. Y ¿qué misericordia ser más grande que ésta? Así como el alma es más preciosa que el cuerpo, de la misma manera la misericordia con respecto al alma es superior a la misericordia con el cuerpo. Nadie podrá decir: «No tengo posibilidad de practicar misericordia». Todos lo podemos de acuerdo a nuestros medios y condición, siempre que tengamos cuidado de realizar con ciencia el bien que obremos, como ya lo explicamos con respecto a cada virtud. El que obra con ciencia es el constructor experimentado y hábil que construye sólidamente su casa y del cual el Evangelio dice: El hombre precavido construye su casa sobre la roca (Mt. 7, 24), y nada puede destruirla.

Que el Dios de bondad nos permita oír y practicar lo que oímos para que estas palabras no sirvan para nuestra condenación el día   de Juicio. ¡Que a El sea la gloria por los siglos! Amén.


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